Revista Velvet | Pedro Ruminot: “Yo siento que ellos me transformaron en una mejor persona”
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Pedro Ruminot: “Yo siento que ellos me transformaron en una mejor persona”

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Pedro Ruminot: “Yo siento que ellos me transformaron en una mejor persona”

POR Paulina González | 04 junio 2026

Detrás del humor, las rutinas y el éxito público, existe otra historia mucho más íntima: la de un hombre obsesionado con no repetir la herencia emocional que recibió. El comediante, que tiene cuatro hijos, tres perros y tres gatos, habla sobre adopción, pérdidas, terapia y la forma en que la paternidad terminó transformándose en su mayor acto de rebeldía.

Fotos Simón Pais Stylist Majo Olas Maquillaje y pelo Cristián Quitral Productora general Carolina Lazo Audiovisual Pedro Magnere

Cuando uno piensa en Pedro Ruminot, probablemente lo primero que aparece es el humor. El escenario. La rapidez mental. Sus rutinas en el Festival de Viña, las gaviotas, el éxito de Socios, junto a Jorge Zabaleta y Pancho Saavedra, o su especial en Prime Video. Todo eso construye una imagen muy clara de él: la del comediante rápido, filoso y siempre listo para convertir cualquier situación en una historia. Pero durante esta conversación aparece otra capa. Una mucho más íntima.

Durante la sesión de fotos, en medio de una conversación casual, Pedro menciona que una de sus películas favoritas es Good Will Hunting. No solo por la historia, sino también por Robin sensibilidad detrás del humor. Y algo de eso aparece también en él durante esta entrevista. Porque fuera del escenario, Pedro es más bien observador, tranquilo y contenido. Pero cuando habla de sus hijos, de su historia familiar o de las pérdidas que ha vivido, aparece una emocionalidad muy profunda.

En algún momento de la conversación, entre sorprendido y divertido, Pedro comenta que nunca antes le habían hecho una entrevista centrada específicamente en la paternidad. Y resulta extraño. Porque, probablemente sin proponérselo, ha sido papá de todas las formas posibles.

—Cuando hablamos, una de las cosas que más me llamó la atención es que has sido papá de todas las formas posibles: natural, mediante in vitro (FIV) y a través de la adopción. ¿Cómo ha cambiado tu mirada sobre la paternidad en cada una de esas etapas?

—Siempre quise ser papá. Fui papá de Diego (16) a los 28 años, después de Facundo (14) a los 30, luego de Baltazar (6) a los 39, y finalmente de Mila (15 meses) a los 45. Y cada etapa ha sido completamente distinta. Cuando llegó Baltazar me di cuenta de que no me acordaba de nada. A los 28 tenía otra energía. Ahora quizás no tengo la misma, pero la busco, la encuentro. También tengo más experiencia y más herramientas. Siempre quise formar una familia y, de alguna manera, siento que me preparé toda la vida para eso. Además, participé mucho en la crianza de una sobrina. Hasta el día de hoy viene a Chile y se queda en mi casa. Pagué parte de su universidad y estuve presente emocionalmente, que al final es lo más complicado.

—¿Por qué era tan importante para ti ser papá?

—El otro día hablaba con un amigo comediante que me decía que le daba mucho miedo ser papá, porque su papá no había sido un buen papá. Y yo tampoco tuve un buen papá. Todo lo contrario. Muy mal papá. Entonces, para mí, era muy importante ser distinto a él.

—¿Fue un papá ausente?

—Lamentablemente estaba, ojalá hubiese sido ausente. Hay una idea muy instalada en muchas familias chilenas: “Él fue mal papá porque también tuvo un mal papá”. A mí me daban mucho esa explicación sobre el mío. Que había tenido una crianza dura, que no sabía hacerlo de otra forma. Y yo pensaba: “¿Por qué tengo que repetir eso?”. Para mí era muy importante romper esa cadena y estar presente en la vida de mis hijos. Y no fue fácil. Con los mayores tuve juicios de custodia y todo un proceso complicado.

Reflexiona unos segundos, sonríe y luego pregunta:

“¿Quieres conocer a Mila?” La respuesta es obvia. El comediante saca su celular y muestra foto y videos. “Tiene tres pelos, igual le hice dos moños. Se lo mandé a Alison y le dije: ‘Mira, lista para salir’”, añade.

—Tu señora habló de lo difícil que fue el proceso de fecundación in vitro (FIV) con Baltazar, pero se logró. ¿Cuándo nacen las ganas de adoptar?

—En el proceso de adopción uno entra a terapia. Ahí me di cuenta de que en mi familia había muchas formas de adopción, aunque nadie las llamara así. Mi abuela prácticamente me crio, porque mi mamá tenía que trabajar. Y eso es una adopción. Había toda una historia familiar de mujeres sosteniendo, emocional y económicamente, a las familias y hombres ausentes,
o presentes de muy mala manera. Entonces empecé a entender que la adopción siempre había estado presente en mi vida.

“Me acabo de acordar de algo”, dice de pronto. “Cuando Diego era chico, lo llevaba a una plaza y jugaba siempre con otros niños. Durante mucho tiempo pensé que pertenecían a un jardín infantil, hasta que descubrí que era un lugar donde había niños esperando ser adoptados. Y desde esa época –estoy hablando de 2010– me quedó dando vueltas que yo quería adoptar en algún momento. Después mi relación anterior terminó, pasó el tiempo y con Alison empezamos a darnos cuenta de que no lográbamos tener hijos”, añade.

—Ahí comenzaron el proceso de adopción.

—Sí. Y nos dijeron: “¿Agotaron todas las instancias?”. Entonces apareció la opción del in vitro. Nos pasó de todo. Incluso un falso positivo de VIH que recibió Alison en una clínica. Fue durísimo.

—¿Un falso positivo?

—Me acuerdo perfecto. Alison me escribió “positivo” y yo pensé que me estaba devolviendo un chiste negro que yo había hecho antes. Pero salí y estaba llorando dentro del auto. Fue terrible. Yo reacciono de forma muy práctica frente a las crisis. Empiezo inmediatamente a pensar cómo resolver las cosas. Después vino el examen real y le dijeron que había sido un error.

Hace una pausa.

—Alison y yo, individualmente somos fértiles, pero juntos éramos infértiles, por así decirlo. Finalmente, llegamos a la Clínica de la Mujer de Reñaca gracias a un dato de Mey Santamaría y ahí el proceso cambió completamente. Empezamos a viajar una vez a la semana, lo transformamos casi en un ritual. Hubo pérdidas en el camino. Y el último blastocisto que nos quedaba fue Baltazar.

—¿Y después de eso siguieron pensando en adoptar?

—Siempre. Nunca dejó de ser una decisión. Cuando Baltazar cumplió un año retomamos el proceso, pero hubo que empezar desde cero. Fueron más de cuatro años de entrevistas semanales, psicólogos, terapia.

—¿Qué te produjo esa terapia?

—Me derrumbó. Yo llevaba diez años en terapia y llegué pensando que no necesitaba esto y estaba completamente equivocado.

—¿Qué descubriste?

—Entendí algo súper fuerte: los hombres de mi familia, prácticamente todos, habían sido malos papás o habían abandonado. Y también descubrí algo mío: que no me permito sufrir mucho las cosas. Sigo adelante no más. La psicóloga le hizo notar algo que lo marcó profundamente.

—Me dijo: “El día de mañana tu hijo o hija puede decirte ‘tengo pena porque fui abandonado’, y tú vas a responder desde la lógica, no desde la emoción”. Y tenía razón. Yo probablemente habría dicho: “Pero estás acá, estás bien, eres feliz”. Y entendí que eso no basta.

—Eres un caballo de carrera.

—Totalmente. Y me ha costado mucho entender eso. Yo tuve cáncer y nunca hice terapia por eso. Nunca me detuve a pensar que estuve a punto de morir. Pasé de cero a cien, de cien a mil, y en 2008, cuando ya estaba sano, me derrumbé.

Mientras lo maquillan y peinan para la sesión de fotos, Pedro señala una zona de su cabeza donde el pelo ya no volvió a crecer igual. “Justamente, esas son las secuelas del cáncer”, comenta.

—¿Qué edad tenías cuando te dio cáncer?

—25. Y lo único que me quedó después del cáncer fue esta sensación de que todo se puede acabar. Antes de sanarme, el miedo era: “Me voy a morir”. Y me angustiaba pensar que no había hecho nada. No había tenido hijos, no había formado una familia, no había viajado. Y después, cuando me salvé, fue al revés: “Ahora tengo que hacer todo”.

Se ríe mientras recuerda una conversación reciente con Jorge Zabaleta y Pancho Saavedra.

—Les decía: “Ustedes no entienden, yo soy un tren”. Y ellos se morían de la risa. Me decían: “Ahí llegó el tren”. Y yo seguía: “Nada detiene un tren”. Pero sí, hay algo de eso. Esa necesidad constante de seguir.

LA HIJA QUE LLEGÓ DESPUÉS DE TODO

La conversación avanza entre anécdotas familiares y momentos donde Pedro parece olvidar completamente que está dando una entrevista. Pero cuando habla de Mila, el tono cambia.

—¿Cómo fue la llegada de ella a la familia?

—El proceso fue largo y los niños sabían perfectamente en lo que estábamos. Una semana antes de que nos llamaran, Facu nos preguntó: “¿Y ustedes siguen con eso de la adopción o ya se acabó?”. Nosotros le dijimos que seguíamos. Y una semana después nos llamaron para decirnos: “Mañana van a conocer a su hija”.

 

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