La actriz, que acaba de estrenar su quinta dirección teatral y está terminando la carrera de psicología, se declara una agradecida. “Tengo 47 años y he hecho mucho más de lo que creí iba a hacer en mi vida. Mi familia y mi carrera son un regalo”.
Por Marietta Santi Fotos Pedro Magnere
Bárbara Ruiz Tagle (47), expresa con todo la cara. Abre los ojos, arruga un poco la frente. Además, mueve las manos. Le entusiasma hablar del teatro, de la dirección teatral, de sus estudios de psicología que está a punto de terminar. Encontró su lugar en la carrera que eligió, como directora y actriz, y ahora solo le queda seguir profundizando.
“Para mí el teatro ya no es lo de antes. No tiene un pelo de externo, se me volvió algo muy profundo, que corre por las venas y me hace entender la complejidad del arte y de la responsabilidad que tenemos. Eso me lo ha regalado el oficio y estudiar Psicología fue el último empujón para sentir que ya no puedo verlo como hasta hace diez años. Cada vez comprendo más la misión del arte”, dice Bárbara, mientras fuma.
Este mes (desde el 9 de julio) presentará como directora Rosalyn, en el teatro de su alma mater, la universidad Finis Terrae. Del italiano Edoardo Erba, narra el enfrentamiento de dos mujeres de diversas clases sociales y realidades, protagonizadas por María Olga Matte y Alessandra Guerzoni.
Lo que le sedujo de la obra fue la posibilidad, una vez más, de desentrañar el comportamiento humano. “Es lo que más me interesa y mucho más ahora, no por tener más herramientas, sino porque tengo otro punto de vista, bastante más misericordioso, por así decirlo”.

—Que las protagonistas sean dos mujeres, ¿también fue importante a la hora de decidir dirigir la obra?
—Creo que sí, siempre el punto de vista femenino y las mil formas que tiene una mujer de salir adelante, me asombra y me admira. Si lo veo desde fuera, digo qué inmensa capacidad tiene el género femenino de levantarse, de vivir un trauma y encontrar un objetivo a pesar del dolor, a pesar de la herida.
—¿Los hijos?
—Creo que hay algo mucho más profundo, que la mujer tiene una capacidad de surfear y de comprender y no cuestionar el dolor. Tiene la capacidad de hacerse la pregunta de ¿para qué? y convertirse en otra versión de ella misma, sin caer en una victimización. La mujer se levanta, aprende, y si no tiene nada que aprender, simplemente sigue viviendo con ese dolor. Eso es algo que a mí me toca y me llama mucho la atención de esta obra.
—¿Puedes contarnos un poco más?
—Se trata de una escritora muy famosa, que es interrogada por un asesinato. A la hora de revivir el día D, ella recuerda a una mujer de la limpieza que conoció en ese mismo momento. Estas dos mujeres, aparentemente, son completamente distintas. A través de la diferencia logras entender que, muy probablemente, quien tienes en frente te está mostrando tus peores demonios o lo que no te atreves a ver de ti misma. Son personajes complejos, profundos, pero al final del camino son seres humanos que intentan sobrevivir.
—¿Y se resuelve o no el misterio?
—Se resuelve según la biografía del espectador. Eso es lo que me fascina, porque surgen distintas miradas. Incluso muchas personas no entienden si finalmente son dos personajes o uno.
Bárbara se reserva más detalles, pero adelanta “una mujer plantea la vida desde el éxito, y la otra desde el fracaso. Los seres humanos somos tanto éxito como fracaso y eso es muy bonito de reconocer en los personajes”.
Durante una década, entre 2007 y 2017, Bárbara fue rostro ineludible de la pantalla chica. Uno de sus personajes inolvidables, la sufrida Leontina, de El señor de la querencia, la instaló para siempre en el imaginario nacional.
La actriz forma parte de la primera generación de egresados de Teatro de la Universidad Finis Terrae, junto con actrices como Lorena Bosch y María Siebald. Ya desde la escuela le interesaba “el diálogo con la ternura, que yo veía muy poco. En ese momento me decían que era muy naif lo que planteaba”.
Fuma Bárbara, y reflexiona: “¿Por qué no podemos plantear una obra que no tenga un discurso de ira detrás? En el teatro me interesa buscar algo más transversal, más universal, detrás de las obras que he dirigido hay un discurso muy profundo”.
Su primera dirección fue una versión de La Cenicienta, en 2014, con un elenco formado por personas de diversos grados de discapacidad.
—Esa obra fue muy bien acogida por el público.
—Fue hermoso. Si en el teatro no hay otro punto de vista, como puede ser la ternura, me cuesta entenderlo. Parto con La Cenicienta y después las obras que escojo para dirigir plantean un mundo mejor desde los temas que me apasionan: la discapacidad y el adulto mayor pero desde la valoración, no desde el tratarlos de pobrecitos. Luego se sucedieron Mi hijo solo camina un poco más lento (2018), Como si pasara un tren (2023) y Felices fiestas (2025), todas con una gran resonancia entre los espectado- res.
—¿Qué pasa con Bárbara actriz? Te alejaste de las teleseries.
—Siempre creí que iba a combinar los roles de actriz y directora, pero hay un momento donde sentí que debía escoger. Creo que me tengo que dedicar a dirigir de manera consciente. Empecé a profundizar más en la dirección y la televisión me dejó de lado. Hoy digo gracias, porque si no me hubiera dejado de lado no hubiera descubierto otros caminos, no hubiese podido escoger mis proyectos de teatro desde lo que me interesa hablar, qué quiero plantear, qué quiero transmitir
—¿Te bajoneaste cuando la tele te dejó de lado o solamente te preguntaste por qué?
—Creo que me hice la pregunta. Por alguna razón te saca y lo hace de esa manera, ya que después de diez años nunca más me llamaron. ¿Cómo se sigue? porque al menos yo lo entendí rápido, dije: se acabó y no va a existir más. Entonces surge la creatividad. ¿Qué hago? ¿Qué me interesa realmente? ¿Por qué hago lo que hago? Y se abrió el camino de la dirección y de qué obras de teatro quiero hacer. Antes era: quiero trabajar, con la ansiedad de la juventud. Hoy ya entendí que no hay que ganar muchos lugares, hay que ganar un lugar.
—Imagino que tu familia (marido e hijo) ha sido muy importante en este proceso.
—Fundamental para entender todo. ¿Qué quieres? ¿Quieres mucha entrevista, mucho premio? Yo solo quiero estar en un lugar contenido y profundo, para poder hacer. Mi familia ha sido fundamental a la hora de escoger proyectos, desde los temas hasta los horarios de ensayo.
Bárbara toma café, abre los ojos y sonríe. “Comprendí que mi carrera era viable solo si era compatible con mi familia, si no, no me interesaba. Porque sé que cuando sea abuelita quiero que me reconozcan por haber sido una buena persona, no la mejor actriz”.

Hace un par de meses, en mayo, Bárbara Ruiz Tagle celebró su cumpleaños número 47. Y la palabra que se le ocurre cuando se le pregunta cómo se siente con esta nueva edad es, simplemente, agradecida.
E inmediatamente precisa: “Agradecida de entender que la vida es mucho más que un número, que es un camino de aprendizaje sin fin, al que hay que estar dispuesta. Hoy en día lo comprendo desde un lugar abierto, sin miedo y sin peros. Cada uno tiene distintas misiones, pero al menos yo creo que vine a este mundo a aprender”.
—¿Balance?
—Tengo 47 años y he hecho mucho más de lo que creí iba a hacer en mi vida. Me he ido superando en grandes y pequeñas cosas, que cuando era joven pensaba que eran un monte Everest. Hoy en día digo: “Lo pasé”, y eso ya no me provoca angustia o ansiedad. Tengo otra forma de ver las cosas y eso, sin duda, es una suerte. Mi familia y mi elección de vida, el arte, son los mayores regalos de mi vida, mis mayores logros.
Entonces recuerda un dicho de su mamá: no llegar a vieja con cabeza de barbie. “Me fascina, porque desde muy niña me hizo entender que la vida no pasa en vano. Y que la sabiduría del adulto mayor es tan valiosa porque hay un recorrido, porque hay un entendimiento, porque ha comprendido”.
La actriz está en pleno proceso de terminar su carrera de Psicología, que estudió de manera vespertina en la Universidad Gabriela Mistral. Ha sido duro, lo reconoce, pero ha tenido el apoyo de su marido, Mauricio Bustos, y de su pequeño hijo Rafael. “Mi familia me ha dado mucho soporte. Mi pareja me ha ayudado en todo y Rafita entendió rápido que la mamá estaba haciendo algo importante. Sin ellos no habría sido posible”.
—¿Por qué Psicología?
—Por todo lo que hemos hablado: para profundizar en el ser humano, para tener una mirada diferente en el teatro, para intentar comprender a las personas. Hace años hice un diplomado en dramaterapia en la PUC. Ese fue uno de los primeros pasos para entender que me interesa meterme aún más en la Psicología y en el comportamiento humano.
—¿Vas a ejercer como psicóloga?
—Voy a ejercer. Fue una gran pregunta que me hice todos los años de estudio y cada vez que se acercaba más la práctica. Hay una responsabilidad. No hay suficientes profesionales para hacerse cargo de la salud mental de las personas. ¿Por qué no voy a ejercer teniendo un título, cuando hay una necesidad enorme de aliviar cabecitas, de aliviar sentimientos, de aliviar traumas? Si el teatro cambió mi destino, tengo que ayudar a otros.
—¿Por qué dices que el teatro cambió tu destino?
—Porque no hubiese sido la misma persona. No hubiese sido mi mejor versión, ni cagando, no hubiera tenido la capacidad de entender el ser humano. Mientras estudias te dicen no juzgues, ponte en los zapatos del otro. Y eso es vital.
—¿Estás contenta?
—Estoy plena (mira a los ojos y sonríe).