Revista Velvet | Viajes con Majo Winter: Hakuna Matata, lo que aprendí viviendo con las tribus de Tanzania
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Viajes con Majo Winter: Hakuna Matata, lo que aprendí viviendo con las tribus de Tanzania

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Viajes con Majo Winter: Hakuna Matata, lo que aprendí viviendo con las tribus de Tanzania

POR equipo velvet | 21 agosto 2026

Un viaje al corazón de Tanzania para descubrir la vida de dos de sus comunidades más emblemáticas. Entre ceremonias ancestrales, paisajes que inspiraron el Rey León y una filosofía de vida marcada por el Hakuna Matata, esta experiencia revela una África tan fascinante como desconocida.

Por María José Winter @majowinter

Durante muchos, muchos años, el rey león fue mi película favorita. la vi cuando tenía unos cinco años y, a pesar de que esa primera vez en el cine me escondí debajo de las sillas para llorar la muerte de Mufasa, siguió siendo mi adicción… por Simba, Timón y Pumba, por Rafiki, por sus paisajes, por su Hakuna Matata.

Y casi 30 años después, acá estoy. Viviendo un sueño: El Rey León en vivo y en directo. Una película ambientada en Tanzania y en el Parque Nacional Serengueti, ese inmenso horizonte de sabana africana que sirvió de inspiración para Disney. Pero desde el primer momento en que tomé la decisión de viajar a África, supe que este viaje iba a ser mucho más que animales y naturaleza. Yo quería conocer la realidad profunda de las tribus africanas: las que aún mantienen costumbres como la poligamia y la circuncisión de los niños, las que llevan a pastorear a sus animales y los defienden de hienas y leones.

Me sorprendí bastante cuando supe que Tanzania alberga más de 120 grupos étnicos. Así que tenía que elegir bien. Los Maasai y los Chagga fueron los dos grupos con los que tuve el privilegio de convivir, y aquí les cuento mi experiencia.

MAASAI: GUERREROS, COLLARES Y UNA CEREMONIA QUE NUNCA OLVIDARÉ

El primer encuentro siempre impacta.

Todo era distinto: el idioma, las costumbres, la forma de vestir, la manera de vivir. Ayubu Laizer, guerrero Maasai y socio de Loreto Rocha, nos fue a buscar en moto. Loreto, una chilena que vive desde hace cuatro años en Tanzania, dirige la agencia de viajes Travel Up Adventures y la ONG Maasai Volunteering Solution.

Llegamos a la aldea un poco antes del atardecer. Lo primero que vi fueron los círculos de chozas, pequeñas y bajas, construidas con una mezcla de abono, agua y tierra de los termiteros, rodeadas de cercos de ramas con espinas para encerrar el ganado. Sin ventanas, solo diminutos tragaluces que dejan pasar apenas un hilo de luz. Mientras nos acercábamos, llegaba un grupo de niños arreando cabras y vacas, algo que me dejó parada en seco, porque muchos comienzan a trabajar desde los cinco años, con una naturalidad que en

Occidente sería impensable.

Aquella tarde era especial: se realizaría una ceremonia que solo ocurre cada siete años, el rito de circuncisión maasai, que representa la transición de un niño a guerrero y pone a prueba el valor y la resistencia al dolor de los jóvenes, quienes deben soportar el proceso sin mostrar ningún tipo de queja. Cuando llegué, estaban todos los hombres reunidos, cocinando en grandes ollas, comiendo y riendo. Todos vestidos con sus telas de colores intensos envueltas alrededor del cuerpo como una toga, con sus collares de cuentas y sus tradicionales sandalias hechas de neumáticos.

Durante la primera jornada, las mujeres no podían participar de la ceremonia. Los jóvenes de la aldea entraron formados, bailando, cantando y saltando. Formaron un círculo y comenzaron a cantar en un gran coro masculino. Acá no hay instrumentos musicales: toda la música proviene de sus voces y su respiración rítmica. Y todo gira en torno al baile del salto, el Adumu.

El objetivo es dar saltos verticales tan altos como sea posible, manteniendo el cuerpo recto y los pies juntos, sin que los talones toquen el suelo. La altura del salto es una demostración directa de valentía y masculinidad. Ahí estaba yo, en medio del círculo, sintiéndome en una película. Era algo tan distinto que, por momentos, me sentí soñando despierta.

Al día siguiente, la fiesta continuó, esta vez con las mujeres participando con sus propios cantos. Seguí maravillándome con una comunidad que vive entre jirafas, leones y hienas, donde los niños apenas tienen cubiertas las necesidades básicas y, aun así, mantienen una sonrisa permanente. Un lugar donde las mujeres comparten marido, crianza y cocina con una tranquilidad que yo no termino de entender del todo.

Uno no tiene que compartir sus tradiciones para aprender de ellas. Me fui de esa aldea con algo que es difícil de explicar: la sensación de haber visto una forma de vida completamente distinta y de haber sido bienvenida en ella.

CHAGGA: FELICIDAD CULTIVADA A LOS PIES DEL KILIMANJARO

Aunque los Chagga son un grupo étnico mucho más integrado a la vida moderna que los Maasai, no quería dejarlos fuera de este relato. Un par de horas con ellos me contagiaron una energía infinita.

Los Chagga viven principalmente en las laderas del Monte Kilimanjaro y la zona de Moshi, y son famosos por su agricultura basada en el café y los plátanos: tienen incluso una bebida alcohólica tradicional fermentada de plátano y maíz llamada mbege, que lamentablemente no alcancé a probar.

Reconozco que no llegué de buen humor. Salimos temprano de Moshi y tuvimos que literalmente subir el cerro en tuk tuk: una hora cuesta arriba por un camino en pésimo estado en el que mi estómago quedó en mi cerebro. Se los cuento no para espantarlos, sino para explicar el estado en el que llegué y cómo cambió en cuestión de segundos cuando nos bajamos y había un grupo de Chagga esperándonos. Nos vieron llegar y se pusieron a cantar una animada canción que siempre terminaba en Hakuna Matata. Sin preocupaciones. Que todo fluya.

Esa dinámica continuó durante el resto del día: casi dos horas de caminata entre ida y vuelta hacia una catarata preciosa de casi 80 metros, rodeada de árboles de selva tropical, con una pequeña piscina natural al pie donde el agua cae con tanta fuerza que se siente desde lejos. Durante todo el camino, nuestro guía nos cantó, nos bailó, nos enseñó palabras en swahili y nos hizo reír con sus chistes y su risa constante.

Luego de la caminata, un almuerzo que ya empieza a ser mi favorito en Tanzania: arroz integral, plátanos fritos, salsa de verduras y carne. Sencillo y delicioso. Después llegó el mejor momento: hacer nuestro propio café. El café chagga es arábico, cultivado en las faldas del Kilimanjaro con métodos ancestrales y sin fertilizantes, y el resultado es un grano de calidad extraordinaria. El tostado y el molido del grano se realizaron con cantos y bailes al ritmo del proceso, una forma de demostrar que, para los chagga, no existe tarea que no pueda hacerse mejor con música.

Antes de decir adiós, nos sentamos a tomar nuestra propia taza, sin apuro, mirando la selva tropical extenderse hacia abajo. Entonces pensé en algo que es fácil de olvidar cuando uno vive apurado: que la felicidad, muchas veces, no es un estado de ánimo. Es una decisión que se toma cada mañana. Los Chagga y su Hakuna Matata parecen saberlo de memoria

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