Revista Velvet | La valiente Valentina: La artista que hizo del dibujo una causa permanente
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La valiente Valentina: La artista que hizo del dibujo una causa permanente

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La valiente Valentina: La artista que hizo del dibujo una causa permanente

POR equipo velvet | 13 agosto 2026

Hasta el 6 septiembre se presenta en el Museo Nacional de Bellas Artes la exposición más extensa en torno a la obra de Valentina Cruz, la artista que hizo del dibujo una causa permanente. Con el título “De amor, humor y muerte”, se reúnen 130 piezas que abarcan más de seis décadas de trabajo ininterrumpido. Una muestra que, además, pone en relieve una vida errante con momentos difíciles, sobre todo cuando decidió establecerse en chile.

Por Alfredo López J. Fotos MNBA

Desde niña sintió la incomodidad de no pertenecer a ninguna parte. Hija de diplomáticos, vivió en distintas embajadas y constantemente cambiaba de colegio. Ese legado de ir y venir se convirtió en una impronta creativa para Valentina Cruz López de Heredia (1938-2025). Dibujante, escultora e ilustradora, su pasión era experimentar con materialidades y, de ese modo, hablar abiertamente de política, género y cuerpo con el lenguaje del cómic y la ironía.

Nació en Concepción y tempranamente se radicó junto a su familia en Roma durante la Segunda Guerra Mundial. Ahí pudo ver “de primera mano la devastación y los horrores”, diría después. Desde ahí pasó a Gran Bretaña, Suecia, Francia y Moscú, donde se maravilló con la vida de los teatros y el mundo de la danza. Quiso ser bailarina, pero sus padres no la apoyaron.

Desde ese momento, sintió que una ingenua rebeldía se apoderaba de su personalidad y decidió dedicarse por completo a las artes visuales. De regreso en Chile tomó clases con Nemesio Antúnez e ingresó en 1959 a la primera generación de la Escuela de Arte de la Pontificia Universidad Católica de Chile.

En esos tiempos, conoció a connotados profesores de la Universidad de Yale, como Paul Harris, quien la empujó a “pensar la escultura más allá de sus límites tradicionales”.

En los años ’60 ya era dueña de un lenguaje y exploró materiales ‘poco nobles’ como arpillera, papel de diario, sillas y taburetes. Creó seres antropomorfos y zoomorfos en gran formato. Después viajó a Nueva York para estudiar en el Art Students League y luego vivió dos años en París.

UNA ESCANDALOSA BAÑERA

En 1970 viajó a Chile para exhibir su Rompecabezas en la Sala Universitaria de la Universidad de Chile y, entre 1972 y 1973, revolucionó la escena cultural del país cuando realizó la obra Marat, en homenaje al doctor y periodista francés que, durante la Revolución Francesa, fue asesinado mientras se aseaba en una bañera. Valentina dispuso una tina a escala real elaborada con papel de diario y engrudo. Luego la quemó. Su acto, recordado como una absoluta osadía en el entonces conservador Museo de Bellas Artes, se transformó en tema de conversación y fue la propia escena artística que la bautizó como ‘Valientina’: un seudónimo que la acompañó hasta el final.

Cuando vino el golpe de 1973 se radicó en Barcelona. En esta ciudad, abordó el puntillismo como una nueva obsesión. Un trabajo minucioso que no dejaba de lado un fuerte contenido político y de resistencia. Muchas de estas obras están actualmente en la colección del MNBA.

También trabajó por largos años en la ilustración de libros en la Editorial Santillana. Esos encargos, sin embargo, nunca dejaron en segundo plano la fuerza de su obra crítica y reveladora. Ella misma definió su postura en 1975: “Me gusta el dibujo, hasta ahora muchos lo consideran un arte menor… Pero como me gustan las causas perdidas, acá me tienen”.

UN DIFÍCIL REGRESO

Recién volvió a Chile a mediados de los 90. Fue profesora de dibujo en el Instituto Cultural de Las Condes, de diseño en la UC y en la Universidad Finis Terrae. Se instaló en una parcela en Pirque, donde durante más de 20 años trabajó incansablemente en su casa-taller construida con fardos de paja.

La mayoría de su producción la presentó junto a la galerista Patricia Ready, quien hoy la recuerda con emoción “La verdad es que Valentina fue una mujer extraordinaria. Nos hicimos muy amigas”, sostiene. Y agrega: “Su obra era fantástica, siempre actual y vanguardista, incluso hasta hoy. Era una artista pionera en todos los sentidos. Recuerdo que fue de las primeras en ocupar todo el espacio de la galería para desplegar su obra”.

En esos tiempos, mientras trabajaba incansablemente, era además profesora de la Escuela de Arte de la UC. Ahí fue donde vivió uno de los golpes más duros de su vida. Pocos meses antes de jubilarse, el entonces director de la escuela, la despidió. Nadie lo entendía y la propia escena cultural del país bautizó al entonces directivo como el “Injusto”. La pena caló hondo y sus cercanos dicen que nunca pudo recuperarse de ese episodio. Luego tuvo que enfrentar un cáncer, pero ella siempre siguió adelante con su trabajo.

Como mujer que nunca se casó ni tuvo hijos, siempre estuvo conectada con su familia y se hizo cargo, hasta el final, de sus dos hermanas mayores. Su manera de ver el mundo era de absoluta justicia en medio de tiempos difíciles.

Ahora, a más de un año de su muerte, el principal museo del país busca reparar todas las dificultades que tuvo luego del regreso a su patria. La muestra, de este modo, habla de 63 años de absoluta experimentación. Con la muestra “De amor, humor y muerte” se propone una curaduría que permite ver sus dibujos como un “dispositivo expandido”.

Aparecen obras desmontables tipo puzle, polípticos plegables, instalaciones en papel y acrílico, collages, ilustraciones, esculturas en goma látex hechas en Nueva York, el registro de la acción  Marat y la proyección de la famosa Hombre de pie: una escultura que ganó el primer premio en la IV Bienal de Arte Joven de París, en 1965.

Más de 100 obras provienen de donaciones que la propia artista hizo en vida al museo. Algunas ingresaron de manera póstuma, cumpliendo su último deseo. Por eso hoy Cruz es una de las artistas con mayor cantidad de obras en la colección MNBA.

UNA VIDA POÉTICA

La exposición aborda temas como la construcción de género y de alienación urbana. Pero, sobre todo, se caracteriza por una estética cercana al cómic, con un fuerte componente de crítica social y política. Para Varinia Brodsky, directora del MNBA, esta retrospectiva responde a “un compromiso del Museo por relevar trayectorias de mujeres artistas y reducir brechas de género. Además, es un reconocimiento al legado que Valentina Cruz donó generosamente al museo”, cuenta.

Sus alumnos también la recuerdan con gratitud, porque llegó a Chile con la convicción de que la ilustración era el oficio más fascinante al que alguien podía dedicarse. La artista Paloma Valdivia, que la llamó “mi gran maestra”, la despidió así luego de su muerte: “En enero la visité por última vez en su parcela. Le llevé el anuario de la Feria de Bologna, cuya portada había tenido el honor de ilustrar. Lo miramos juntas, conversamos, hablamos de la vida y alcancé a darle las gracias por haber iluminado mi camino”.

Su vida era una novela poética. Cuando niña fue rescatada de un congelado río Moscova, vio el fin de la segunda guerra desde una ventana de hotel en la ex Unión Soviética y se abrió camino en un mundo, hasta entonces, dominado por los hombres.

La propia Valentina escribió en 2010: “A través del tiempo, mis dibujos han experimentado cambios, no solo técnicos sino conceptuales, producto de las experiencias que presenta la vida y como tal, hay períodos poéticos, tormentosos, festivos y de humor, donde la capacidad de lo mágico, misterioso e inesperado siempre se infiltra con persistencia”.

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