A punto de cumplir 80 años, la actriz y figura icónica del espectáculo argentino reflexiona sobre su trayectoria, el poder de la mente, su fascinación por la Kabbalah y la libertad que ha marcado su vida. Con más de cinco décadas sobre los escenarios, Moria habla de humor, intuición y de esa filosofía personal que –según dice– siempre la ha mantenido de pie.
Hay figuras que pertenecen al espectáculo y otras que terminan formando parte de la cultura popular Moria Casán pertenece a la segunda categoría. Con más de cincuenta años de trayectoria en teatro, televisión y cine, su presencia atraviesa generaciones: desde quienes crecieron viéndola en el teatro de revista hasta quienes hoy la descubren convertida en meme o frase viral en redes sociales.
Pero detrás del personaje público –irreverente, provocador y siempre agudo– aparece también una mujer profundamente reflexiva. Durante la conversación habla de lectura, de filosofía de vida y de su reciente acercamiento a la Kabbalah, un estudio que, asegura, reforzó algo que siempre creyó: que el pensamiento y la energía personal tienen un poder real sobre el destino.
A punto de cumplir 80 años, la actriz no parece interesada en balances nostálgicos. Prefiere hablar del presente, del “momentismo absoluto”, como ella misma lo define, y de una convicción que atraviesa toda su vida: el amor propio como motor para seguir creando, trabajando y enfrentando cada nueva etapa.
–Eres una de las mujeres más fuertes de Argentina. ¿Te reconoces en esa definición?
–Me reconozco en esa definición en cuanto a la personalidad, la permanencia y la productividad que tengo. Y la permanencia en el sentido de la trayectoria, que no es acumular años, sino la vigencia absoluta de esos años. Tengo más de 50 años en el espectáculo argentino, entreteniendo al público. He sido la mujer que ha hecho más teatro en la vida, y creo que dejé de hacerlo en mi país solo dos años en más de cincuenta. Siempre trabajé en teatro con gran poder de convocatoria. Cuando tenés cincuenta años acumulados en una carrera, estás todos los días presente en distintos lugares: desde un meme en TikTok hasta lo que sea. Soy muy abarcativa en cuanto a mi llegada a la gente.
–Y qué te pasa con los memes o frases que circulan por todos lados?
–Es algo muy fuerte. Cuando ya te convertís en una especie de leyenda estando viva, cuando sos muy icónica, sorprende. Pero creo que se debe a la trayectoria que tengo. Me conocen los abuelos, los padres y los nietos. Las generaciones se van sumando.
–Eres parte de la cultura popular. ¿Eres consciente cuando estás creando una frase que va a quedar? Por ejemplo, una de mis favoritas: “Sos un helado de pollo, no existís”. ¿Cómo nace eso?
–Creo que nace de la impronta natural que tengo. Las frases tienen algo muy particular. Por ejemplo, “el decorado se calla”, que para mí significa que la masa es algo inerte. Cuando muchas personas hablan a la vez, para mí es como un ruido que termina siendo silencio. Lo del “helado de pollo no existís” es gracioso porque provoca risa al escuchar algo imposible. Creo que también lo incorporé del teatro de revista. Soy como una especie de capocómica que muchas veces está fuera del libreto. Hice muchos sketches con cómicos y esa impronta me viene de haber hecho tantos años de teatro de revista. Tenés un libreto, pero de pronto creás cosas cómicas en escena. Y como enseguida fui figura, podía improvisar. Siempre tuve salidas que hacían reír a la gente.
–También tienes algo muy particular: eres una mujer muy guapa y muy graciosa, algo que muchas veces no se asocia.
–A mí me dieron muchos premios como capocómica argentina, como una de las mujeres que más hace reír. Y todo eso está en un envase que no correspondería a alguien gracioso. Muchas veces, la belleza distrae o te pone en otro lugar, como si fueras hueca. Eso es un prejuicio. Además, soy una gran lectora. La lectura enriquece muchísimo el lenguaje. Podrías ser un intelectual en otro packaging, pero no tener la fuerza o la impronta para la improvisación. A mí, las cosas me salen en el momento. Por ejemplo, ayer le dije a Andrea del Boca que ahora, con tanta fama, más que una actriz celebrity me parecía una doña con olor a sopa.

–Sin duda tienes una forma muy especial de describir a la gente. ¿Eso te nace desde la intuición, desde el estómago?
–Siempre fue así. Me acuerdo que estaba en la Facultad de Derecho y decía cosas que hacían reír a todos. En esa época, en los años 60, estaban muy de moda las azafatas, casi como misses. Tenían que cumplir requisitos muy estrictos. Y yo decía, “chicos, córtenla con las azafatas. Son mucamas del aire. Son siervas del aire. Déjense de joder con las misses”. Y todos se reían. Dentro del humor también hay ironía y sarcasmo. Creo que tiene que ver con la personalidad y con la lectura. Leo mucho y eso me ha enriquecido el lenguaje.
–Estás a punto de cumplir 80 años. Si tuvieras que inventar una frase para esta etapa de tu vida, ¿cuál sería?
–Tomaría una frase de Oscar Wilde: el mejor amor es el amor a uno mismo. En mi vida, el motor siempre ha sido el amor propio. Quererte, priorizarte y elegirte.
ENTRE LOBAS Y KABBALAH
Incluso cuando habla de libros, Moria Casán logra sorprender. La diva argentina cuenta que suele leer varias cosas al mismo tiempo y que siempre tiene algún libro a mano, incluso en el auto, para aprovechar cualquier momento libre. Entre sus lecturas recurrentes está “Women Who Run with the Wolves”, un texto al que vuelve cada cierto tiempo y que considera casi un clásico personal. Pero su curiosidad no se queda ahí. También está leyendo La Biblia Psíquica y, sobre todo, profundizando en el estudio de la Kabbalah, reflejando una faceta más espiritual e introspectiva que convive con el personaje irreverente y magnético que ha construido durante décadas. Incluso en sus lecturas, Moria demuestra que siempre hay algo nuevo por descubrir.
–¿Qué te ha dado el estudio de la Kabbalah?
–La Kabbalah es una rama del pensamiento judío muy interesante. Yo soy católica apostólica romana sin ejercer; casi agnóstica, porque me parece una institución perimida la Iglesia. Me regalaron el libro del Zohar, el libro del esplendor. Lo estudié durante casi un año. Ahora también trabajo con mantras. Me dio herramientas para reforzar algo que siempre fue mi filosofía: que nada me desestabilice. Siempre me prioricé a mí misma: mi salud, mi fortaleza. Y todo lo que pensé, decreté o manifesté en mi vida, lo he logrado. La Kabbalah reforzó esa identidad: la idea de que la prosperidad, la salud y la protección frente a la negatividad dependen de tu energía.
–¿Qué parte de ti sientes que hoy está más viva que nunca?
–El deseo y la libertad. Soy del momentismo absoluto. El presente es lo que mejor me va. Aunque el mundo parezca caótico, creo que los momentos de crisis también son momentos de creatividad. Hay que seguir adelante.
–¿Siempre has usado el humor para hablar de temas importantes?
–Siempre. El humor desdramatiza y permite llegar a lugares que el drama a veces no logra. La vida tiene lágrimas y risa, como la máscara teatral.
–Siempre se te reconoce como una diva argentina. En un mundo donde cualquiera puede tener fama momentánea, ¿qué se necesita para ser realmente una diva?
–No me considero diva en el sentido hollywoodense. Creo que lo que tengo es aura y estelaridad. Desde chica tenía algo que hacía que me eligieran siempre. Eso no te lo da una cirugía ni nada externo. Es un ángel, una energía.