Revista Velvet | Viajes por Majo Winter: Carretera Austral, tres lugares que no puedo sacarme de la cabeza
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Viajes por Majo Winter: Carretera Austral, tres lugares que no puedo sacarme de la cabeza

Viajes por Majo Winter: Carretera Austral, tres lugares que no puedo sacarme de la cabeza
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Viajes por Majo Winter: Carretera Austral, tres lugares que no puedo sacarme de la cabeza

POR equipo velvet | 24 julio 2026

“El que se apura en la Patagonia, pierde el tiempo”. Esta frase la escuchas mucho en el sur de Chile, y la entiendes a la perfección cuando empiezas a adentrarte en una de las rutas más icónicas del país: la Carretera Austral.

Por María José Winter @majowinter

Es tanto lo que se podría hablar de esta ruta. Sobre ella se han cantado himnos, se han escrito libros y se han sacado más fotografías que de cualquier otro lugar de este largo país. Y tiene sentido: son más de 1.200 kilómetros de uno de los paisajes más salvajes del planeta. Bosques, fiordos, glaciares y reservas naturales que comienzan en Puerto Montt y terminan en Villa O’Higgins. Imposible resumir todo en un reportaje.

Así que no voy a intentarlo. Lo que sí puedo hacer es contarte mis tres favoritos: los lugares a los que volvería sin pensarlo, los que aparecen primero cuando cierro los ojos y pienso en la Patagonia. Futaleufú, Puerto Río Tranquilo y Villa O’Higgins. Tres lugares que no están uno al lado del otro, que no forman una ruta lógica en el mapa, pero que juntos cuentan exactamente la historia que quiero contar: la de una carretera que te cambia.

FUTALEUFÚ: ADRENALINA PURA

Llegar no es fácil. Son varios kilómetros de tierra, curvas y caminos en mal estado, pero cuando finalmente aparece el pueblo entre las montañas, el contraste te sorprende: es pequeño y tranquilo, con una plaza que concentra todo; agencias de aventura, tiendas de artesanía, restaurantes y hasta una cafetería de especialidad donde tomé uno de los mejores café del viaje. Futaleufú es un destino de turismo aventura de clase mundial, y se nota: si te gusta el kayak, el rafting, el canyoning, el mountain bike o el trekking, este lugar fue hecho para ti.

Cuando vas manejando entre curvas, aparece el río Futaleufú y su belleza te va maravillando de a poco. Es uno de los ríos más lindos del mundo. Podría estar horas observando sus colores, que van cambiando entre el turquesa, el celeste y el azul profundo, pero también llama la atención su fuerza, su potencia y su caudal. Por algo, tiene sectores donde el rafting es Clase V (el nivel para avanzados y expertos)… créanme cuando les digo que disfruté mucho observando esas olas gigantes y las caras de adrenalina de la gente. Yo me contenté con sentarme con un café en la mano y mirar cómo pasaban las balsas y cómo cambiaban los colores y el ritmo del río a medida que avanzaba el día.

Y si hablamos de alojamientos surrealistas, tengo que hablar de Uman Lodge. Uno de los hoteles con las vistas más impactantes de Chile. Está construido en altura, literalmente sobre las rocas, por lo que se ve todo el valle, las montañas y el río. Está lleno de detalles decorativos y en cada uno de sus espacios, encontrarás ventanales gigantes, como invitando a apreciar la joya de la corona: sus vistas. Las dos noches que pasé ahí me quedé horas sentada en la terraza, cerca de la chimenea, con una copa de vino apreciando la naturaleza mientras el sol se escondía en los cerros.

PUERTO RÍO TRANQUILO: EN EL CORAZÓN DE LA RUTA

Aquí el que se lleva todos los premios es el Lago General Carrera. Puede ser que esté un poco obsesionada con los colores de la naturaleza, pero de verdad no exagero cuando lo vi por primera vez y pensé: ¿cómo es posible que el agua sea de ese color? Lo bauticé como “celeste chicle” porque es tan intenso, tan lindo y tan cautivante que no puedes dejar de mirarlo.

Es el lago más grande de Chile y el segundo más grande de Sudamérica, por lo que a su alrededor encontrarás varios poblados como Puerto Ingeniero Ibáñez, Puerto Murta, Puerto Guadal y Chile Chico. Pero Puerto Río Tranquilo es de mis preferidos.

¿Por qué? Para partir, desde acá salen las embarcaciones hacia las icónicas Capillas de Mármol, un santuario natural esculpido por el agua. Este paseo es un imperdible, porque da lo mismo como llegues, en bote o en kayak, de cualquier forma, es un espectáculo. Yo me fui en bote y estuvimos casi dos horas en el agua, observando las formaciones de roca brillando frente a los rayos del sol. Es realmente impresionante, puedes dar vueltas y en cada ángulo encontrarás un brillo distinto y una tonalidad especial.

La mejor parte, fue cuando nos metimos dentro de unas cavernas o grutas, tuvimos que agacharnos para entrar y ahí sí pudimos observar en todo su esplendor las paredes pulidas y los reflejos turquesas del agua.

Y si tienes más días, Puerto Río Tranquilo también es la puerta de entrada al Glaciar San Rafael y al Glaciar Exploradores, dos de los destinos más impresionantes de los Campos de Hielo Norte.

VILLA O’HIGGINS: EL FIN DE LA RUTA Y EL PRINCIPIO DE OTRA COSA

Hay una magia especial en esos lugares aislados, que se sienten el fin del mundo, como si no hubiese nada más allá al otro lado de las montañas. Eso pasa cuando llegas a Villa O’Higgins, un remoto poblado en la Región de Aysén que no tiene más de 650 habitantes.

De hecho, para llegar, es necesario cruzar el fiordo Mitchell a bordo de una barcaza, un transbordador gratuito que funciona por orden de llegada. Y cuando vas navegando en el transbordador, acompañado por un par de habitantes del pueblo, por un grupo de motoqueros que vienen haciendo una travesía desde Alaska y por un par de mochileros europeos conociendo el fin del mundo, te das cuenta de que eres un privilegiado al estar acá y poder decir: esto también es parte de Chile.

Y, siendo sincera, no me esperaba demasiado de un lugar tan aislado. ¿Tal vez no averigüé demasiado de esta última parada de la Carretera Austral? Sea como sea, cuando llegué, me enamoré. Despertarse con las montañas al frente. Ese silencio salvaje y el viento patagónico sin descanso. El río Mosco, el río Mayer y el Lago O’Higgins; y es que si seguimos con nuestra paleta de colores, acá el agua es de un color plata brillante, un turquesa lechoso causado por la alta concentración de “harina de glaciar”.

Hay pocos lugares donde alojar, así que nombrar el increíble lodge donde nos quedamos estoy segura de que le servirá a más de uno: Rumbo sur, un acogedor hotel que siempre estaba muy calentito, con un desayuno delicioso y bien local, y unas piezas con vista a la inmensidad de las montañas.

Cómo olvidar esa familia que nos abrió las puertas de su casa. Mientras caminábamos por la plaza buscando un lugar donde lavar ropa, ellos nos invitaron a pasar, nos ofrecieron lavar nuestras cosas y nos invitaron a una once comida monumental. Terminamos con la radio a todo volumen cantando canciones de chamamé. Un ejemplo perfecto de la calidez de la gente de estos lugares del sur.

Hicimos kayak en el río Mosco, justo bajo el puente Augusto Grosse, con el agua color plata rodeándonos por todos lados. Nos sacamos la foto clásica en el letrero que dice “Fin de la Carretera Austral”, como hace todo el mundo.

Y un día decidí hacer sola el Sendero Cóndores hasta el Mirador de la Bandera. Cuando llegué a la cima y vi los ríos, los lagos, el verde interminable y las montañas nevadas extendiéndose hasta donde alcanzaba la vista, entendí para qué había venido hasta acá.

Villa O’Higgins te enseña algo que es difícil de aprender en la ciudad: que no siempre necesitas más. A veces basta con el viento, una montaña enfrente y una familia desconocida que te abre la puerta sin que se lo pidas.

 

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