Anne Hathaway, de 43 años, tenía expectativas “muy bajas” cuando supo que esperaba a su tercer hijo. Poco antes Natalie Portman, a los 44, anunció que esperaba el suyo. Dos ejemplos de mujeres +40 que se atreven con el embarazo. El desfile de panzas célebres parece hablar de mujeres que finalmente pueden elegir cuándo ser madres. Pero detrás de cada anuncio hay biología, plata, miedo y, sobre todo, tiempo en contra.
Por Rita Cox F.
Hay semanas en que Hollywood parece ponerse de acuerdo. Anne Hathaway, ya madre de Jonathan y Jack junto a su marido Adam Shulman, anunció en junio su tercer embarazo a los 43 años. Días antes, Natalie Portman confirmaba que, a los 44, espera a su tercer hijo, esta vez junto al músico francés Tanguy Destable, conocido como Tepr, tras Aleph (2011) y Amalia (2017), nacidos de su matrimonio con Benjamin Millepied.
Los medios de espectáculos no tardaron en sumar a Kaley Cuoco (40) y Aubrey Plaza (41) al mismo titular, describiendo a las cuatro como una suerte de generación que decidió, en 2026, que la maternidad después de los 40 no es una excepción, sino un dato de época.

El “desfile de panzas” —como lo bautizó de inmediato el comentario habitual del showbizz y sus seguidores— generó el entusiasmo de siempre, pero también preguntas menos livianas: ¿por qué ahora y por qué tantas al mismo tiempo? La respuesta corta es que no es tan nuevo como parece. Halle Berry tuvo a su segundo hijo a los 47; Janet Jackson fue madre por primera vez a los 50; Hilary Swank debutó en la maternidad a los 48, con mellizos; Eva Longoria tuvo a su primer hijo a los 43; Nicole Kidman recibió a su primera hija biológica a los 40; Mariah Carey tuvo mellizos a los 41; y Marcia Cross tuvo mellizas a los 44. La diferencia, esta vez, es la simultaneidad: varias historias similares llegando juntas, en la misma temporada de titulares.
El fenómeno no se queda en la pantalla. En el mundo corporativo, el caso de Marissa Mayer —quien asumió como CEO de Yahoo! embarazada y a los 40 tuvo mellizas— abrió un debate global respecto de la maternidad y liderazgo, sobre todo por su breve licencia posparto de solo dos semanas. Esto la enfrentó públicamente con Susan Wojcicki, que estaba entonces en YouTube y es defensora pública de licencias extendidas. Hoy, Mayer está al frente de Dazzle AI, empresa que fundó y dirige.
En la música, Alanis Morissette es otro caso de embarazos naturales espaciados en el tiempo: tuvo a su primer hijo, Ever, en 2010, a los 36 años; a su segundo hijo, Onyx, en 2016, a los 42; y a su hija menor, Winter, en 2019, a los 45.
Varios medios estadounidenses han aprovechado la contingencia “celebrity” para recordar que en ese país las mujeres están esperando más tiempo que nunca para formar una familia, y este cambio está transformando las tendencias de natalidad.
De hecho, un nuevo estudio citado en varios sitios revela que los nacimientos entre las mujeres de 40 a 49 años siguen aumentando, y que Washington, D.C., Nueva York, Nueva Jersey y Hawái registraron las tasas más altas en 2024, a medida que la maternidad tardía se vuelve cada vez más común.
En Chile también hay casos conocidos. La periodista Soledad Onetto fue madre de Borja a los 47, tras un proceso de congelamiento de óvulos que decidió hacer público. “Recomiendo ser madre grande […] a los 20 habría sido insoportable”, ha dicho, sin esconder los costos emocionales de sostener una carrera exigente en televisión al mismo tiempo. Su par Karina Álvarez tuvo a sus dos hijas después de los 40, y contó en el programa Podemos Hablar que, durante años, pensó que simplemente no sería madre. En el mundo actoral, Aranzazú Yankovic fue madre a los 43 y Begoña Basauri a los 41.

Leído en conjunto, lo de las celebridades funciona como entrada, pero no como explicación. La edad promedio de la maternidad viene subiendo hace décadas en buena parte del mundo, en paralelo a una caída sostenida de las tasas de natalidad y a un progresivo envejecimiento de la población. Este fenómeno ya no distingue entre países ricos y países en desarrollo: se documenta en Europa occidental desde los años 70 pero también, cada vez con más fuerza, en Asia, África y América Latina.
La pregunta obligada es por qué se posterga. Como se lee en The Guardian, en un artículo firmado por Zeynep Gurtin —profesora de salud de la mujer en el University College London, miembro de la autoridad británica de Fertilización Humana y Embriología (HFEA) y consultora en fertilidad—, un informe de la Oficina Nacional de Estadísticas del Reino Unido (ONS) apunta a varios factores conocidos: la mayor participación femenina en la educación superior y el mercado laboral, la incertidumbre laboral y el alza en los costos de tener hijos y de acceder a vivienda.
Pero Gurtin señala otro factor que ese informe no menciona, y que muchas mujeres citan como el determinante real a la hora de quedar embarazadas: las circunstancias de pareja. No se trata, para muchas, de una postergación deliberada, sino de estar esperando cumplir una condición que no depende solo de ellas —tener una pareja, o la pareja adecuada— mientras el reloj biológico sigue corriendo, indiferente a esa espera.
En Chile, la evidencia académica pone números concretos a esta tensión, y el libro Maternidades (FCE, 2025) es probablemente el material más contundente a disposición para entender las complejidades de la baja de la natalidad y la postergación de la maternidad a nivel local. Editado por Martina Yopo, doctora en Sociología de la Universidad de Cambridge y académica del Instituto de Sociología UC, quien también firma el capítulo “Es difícil ser madre: tendencias y experiencias de postergación de las maternidades” junto a Alejandra Abufhele, doctora en Demografía por la Universidad de Pennsylvania, y parte de la Escuela de Gobierno de la Universidad Adolfo Ibáñez.

Según datos del INE citados en el capítulo, la tasa global de fecundidad en Chile cayó de 5,4 hijos por mujer en 1960 a apenas 1,17 en 2023, con el descenso más acelerado concentrado entre las décadas de 1960 y 1990, cuando reformas sociales, económicas y sanitarias impulsaron la anticoncepción y la incorporación femenina a la educación y al trabajo. La edad promedio al nacimiento del primer hijo se mantuvo estable —entre 22 y 23 años— desde 1980 hasta 2008, pero desde entonces subió con fuerza: en 2018 llegó a los 26 años, cuatro más que en 1980, con el salto más pronunciado en la última década.
En paralelo, la fecundidad adolescente se desplomó —los primeros nacimientos de madres adolescentes pasaron de 34% en 2000 a 14% en 2018— mientras los nacimientos de madres de 30 años y más subieron a casi 30% en el mismo período. El INE registra, además, un aumento de 35% en mujeres de edad fértil sin hijos en las últimas dos décadas, y una caída de la fecundidad dentro del matrimonio que pasó del 66% de los nacimientos en 1990 al 27% en 2016.
Las autoras muestran que esa postergación no es uniforme entre grupos sociales: entre mujeres con estudios universitarios, la edad del primer parto subió más de dos años entre 1980 y 2018, versus 1,6 años entre quienes tienen menos de educación secundaria; entre quienes participaban del mercado laboral, la diferencia respecto de quienes no trabajaban pasó de cuatro a seis años; y la brecha entre madres casadas y no casadas se disparó de una diferencia mínima en 1980 a cuatro años en 2018, con las no casadas llegando en promedio a los 25,2 años y las casadas bordeando los 30.
Yopo y Abufhele identifican cinco razones detrás del fenómeno: la autorrealización, las nuevas normas de género, la maternidad intensiva —esa que exige cada vez más tiempo y dedicación por hijo—, la inseguridad de pareja y la precariedad social y económica. Todo esto, además, en un país donde persiste la feminización del cuidado y donde un alto porcentaje de padres no paga pensión alimenticia, lo que hace que buena parte del costo —y de la decisión— siga recayendo en las mujeres.
Anne Hathaway ha sido especialmente franca respecto de lo que hay detrás de su tercer embarazo a los 43. Según ha contado, ella y su marido, el actor Adam Shulman, llevaban tiempo lidiando con infertilidad y habían atravesado una pérdida, así que llegaron a este embarazo con expectativas bajas. Describió la noticia como un buzzer-beater (término que hace referencia a un tiro en el básquetbol que se realiza justo antes de que el reloj expire y suene la chicharra) y explicó que, a cierta edad, la esperanza real de quedar embarazada se reduce a apenas el uno o dos por ciento.
La pareja optó por dejar que la vida siguiera su curso sin presionar el resultado, y hoy habla del embarazo como una bendición que no da por sentada, consciente de que muchas mujeres nunca llegan a vivirlo aunque lo deseen.
Su caso encaja, casi con precisión clínica, en lo que la ginecóloga Trinidad Barriga, especialista en climaterio y menopausia de la Universidad de Chile, describe como un cambio de categoría completo. “Antes la norma era ver mujeres embarazadas antes de los 30 años. En obstetricia llamábamos a las mujeres de 35 años madres añosas. Ahora es como que todas serían madres añosas”, afirma. El término, que en la jerga médica describe simplemente un mayor riesgo obstétrico asociado a la edad, hoy aplica a la mayoría de las mujeres que llegan a la maternidad.
Marcela Bertossi, ginecóloga de Clínica Las Condes, con más de 35 años de experiencia, añade: “En general, cada vez se ven más mujeres con pareja estable que deciden no tener hijos, lo que antes era impensado. Y, las que deciden tenerlos, generalmente lo hacen después de los 30 años, y tienen uno o máximo dos hijos. Son mujeres que priorizan su carrera profesional y prefieren viajar y tener un buen pasar. También influye lo caro de la educación y la falta de apoyo doméstico, ya que muchas de las que tienen hijos deben recurrir a la familia para poder seguir trabajando, ya que el servicio doméstico –que antes era abundante y asequible– ahora es caro y escaso”.

Y si de los 30 pasamos a los 40, tal vez hay carrera, pareja, un buen pasar y millas acumuladas, pero el reloj biológico pone en jaque las ganas. Trinidad Barriga es enfática en algo que suele perderse en el relato de cuento de hadas propio del showbizz: la fertilidad no cae recién a los 40. Las mujeres nacen con dos millones de óvulos y llegan a la primera menstruación con solo 400 mil; desde ahí la cantidad y calidad ovocitaria desciende de forma progresiva, con una caída más marcada a partir de los 35 y –aún mayor– a los 40.
“No es lo mismo un óvulo de 25 años que uno de 40, porque ha estado ahí esperando y se ha ido desgastando con el tiempo”, explica la ginecóloga. Eso se traduce en riesgos concretos: mayor probabilidad de preeclampsia, diabetes gestacional, restricción de crecimiento fetal y partos prematuros, además de un aumento del riesgo de alteraciones cromosómicas —a los 40, la probabilidad de síndrome de Down es de 1 en 100—.
La reproducción asistida ayuda, pero no es garantía: según la doctora, la tasa de éxito de una fecundación in vitro es, en condiciones óptimas, de 40%. Y advierte sobre un malentendido frecuente respecto al congelamiento de óvulos: muchas mujeres llegan a los 40 queriendo congelar, pensando que aún están a tiempo, cuando lo ideal es hacerlo antes de los 35. “Un óvulo no es igual a un recién nacido vivo”, resume, describiendo el proceso —descongelamiento, fecundación, selección embrionaria— como una cadena donde en cada etapa se pierde parte del material inicial.
A la incertidumbre biológica se agrega, en Chile, una dimensión económica que condiciona el acceso a estas alternativas. La preservación de la fertilidad mediante congelación de óvulos implica un costo elevado: en clínicas privadas, el procedimiento puede bordear entre $2,5 y $3,5 millones; considerando etapas como la estimulación ovárica, la extracción de ovocitos y su vitrificación.
A este monto deben añadirse los medicamentos hormonales, cuyo valor depende de la respuesta de cada paciente, además del almacenamiento de los óvulos y los eventuales tratamientos posteriores si estos se utilizan, como la fecundación in vitro y la transferencia embrionaria. En algunos casos, la inversión total puede acercarse a los $4,5 millones. Dado que actualmente no existe cobertura integral por Fonasa, y el reembolso de las isapres es limitado, la preservación de la fertilidad sigue siendo una opción concentrada principalmente en mujeres con capacidad de financiamiento privado.

Es tentador leer todo esto —el desfile de embarazos famosos, las cifras del INE, el auge de la congelación de óvulos— como una historia de empoderamiento puro: mujeres que finalmente pueden decidir cuándo y cómo ser madres. Gurtin vuelve sobre esto en el mismo artículo de The Guardian, ofreciendo un contrapunto necesario a esa lectura simplista.
Sostiene que las estadísticas oficiales rara vez muestran cuánto tiempo tardaron realmente las mujeres en concebir, si necesitaron tratamientos de fertilidad —incluyendo óvulos o esperma de donante— o cuántos embarazos terminaron en pérdida. Esa ausencia de información, advierte, esconde que muchas mujeres mayores de 40 enfrentan dificultades serias para concebir y complicaciones al llevar el embarazo a término; y que otras, muy tristemente, no lograrán tener hijos, aunque lo hayan deseado.
En su experiencia entrevistando a mujeres que fueron madres después de los 40, las luchas prolongadas por concebir son moneda corriente, igual que la montaña rusa emocional de los tratamientos de fertilidad y el duelo de los abortos espontáneos. Muchas de esas mujeres —dice Gurtin— se sienten profundamente agradecidas por sus embarazos “milagrosos” o de “última oportunidad”, al mismo tiempo en que cargan con la ansiedad de saberlos frágiles y enfrentan el estigma de quienes las consideran egoístas o demasiado enfocadas en su carrera.
Ahí está, quizás, la lectura más honesta del fenómeno: no todas las que aparecen en la portada eligieron postergar. Para muchas, la maternidad después de los 40 no fue un plan, sino lo que quedó disponible después de esperar una pareja, una estabilidad económica o un momento que nunca terminó de llegar. El desfile de panzas famosas es real, y es una buena excusa para hablar del tema. Pero detrás de cada mujer hay una historia distinta, y no todas empiezan con la palabra “elegí”.