Revista Velvet | Jordi Castell y su manada: Una casa donde todos hablan el mismo idioma
Entrevistas

Jordi Castell y su manada: Una casa donde todos hablan el mismo idioma

Jordi Castell y su manada: Una casa donde todos hablan el mismo idioma
Entrevistas

Jordi Castell y su manada: Una casa donde todos hablan el mismo idioma

POR Paulina González | 17 abril 2026

El fotógrafo y comunicador vive rodeado de animales que funcionan como una pequeña sociedad, con jerarquías claras, rituales diarios y una comunicación que, según él, no necesita palabras. En su casa los perros, una gata ciega y su humano comparten comida, rutinas y una complicidad total.

Fotos Pedro Magnere

En la casa de Jordi Castell no hay mascotas: hay una manada. Una pequeña comunidad donde cada integrante tiene un rol, una personalidad definida y un lugar claro dentro de la dinámica familiar. Rocío, Fredy, Dagoberto y Nina –sus perros– conviven con Topacio, su gata ciega, bajo una lógica que mezcla cariño, jerarquía y un ritual cotidiano que el fotógrafo cuida con devoción.

Castell habla de ellos como si se tratara de personas y, en cierto sentido, lo son: Rocío es la más cariñosa, la que se acurruca como un cojín; Fredy mantiene el espíritu eterno de cachorro; Dagoberto encarna la nobleza tranquila de los perros viejos; y Nina, la primera en llegar, conserva su rol de alfa con la seguridad de quien sabe que manda. A todos ellos se suma Topacio, la gata ciega que, por decisión colectiva, tiene siempre la prioridad en la mesa.

Porque sí: en esta casa se come juntos. Cada día, humanos y animales comparten una misma comida, en un ritual que para Castell simboliza algo más profundo que alimentar: la idea de comunidad.

La comunicación también ocurre en otro nivel. Castell asegura que sus animales no necesitan palabras: basta una mirada, un gesto o un tono de voz para entenderse. Entre refuerzos positivos, conversaciones cotidianas y rutinas compartidas, la convivencia ha creado una relación tan afinada que, incluso en los momentos más íntimos –confiesa entre risas–, los animales saben retirarse discretamente de la habitación.

El resultado es una convivencia sin grandes conflictos, donde los juegos en el parque reemplazan las peleas y donde incluso los episodios difíciles –como la llegada de algunos perros en malas condiciones o la adaptación con la gata ciega– terminaron resolviéndose con paciencia y aprendizaje.

Así funciona la casa de Jordi Castell, como una manada organizada, afectuosa y profundamente conectada, donde humanos y animales parecen entenderse con una naturalidad que muchos envidiarían. Porque, al final, como él mismo dice, lo más bonito de todo es que no necesitan hablar para saber exactamente lo que el otro siente.

–Si tuvieras que definir a cada uno según su “rol” en la manada (el jefe, el sensible, el estratega, el regalón), ¿quién es quién?

–La Rocío es la más de piel, la que puedo apretar como un cojín, la que duerme pegada a mí. Fredy es el más manipulador, con síntomas claros de querer ser un cachorro para siempre. Dagoberto es pura ternura, respeto y una generosidad tan propia de un perro viejo. La Nina es alfa… sabe que es la más antigua, la primera, la que necesita tener el control de todo siempre.

–¿Qué pasa en tu casa cuando llegas después de un día largo?

–Luego de un día largo hay una tradición que es comer todos lo mismo… proteína de animal, pescado al vapor, jamón de algo…, pero el rito es siempre darle la prioridad a la Topacio, que es mi gata ciega, y todos respetan eso. Pero lo lindo es que saben que estamos todos en la casa comiendo de lo mismo una vez al día.

–Si la casa tuviera cámaras 24/7, ¿qué escena cotidiana entre ellos sería viral?

–Escenas virales que me delatan… les hablo, me responden, los llamo a cada uno, les hago refuerzo positivo constantemente. Hay mucha comunicación entre todos.

–Cuando pones música fuerte, tus perros… (Completa la frase).

–Aunque no soy de poner música fuerte, en mi casa siempre estoy escuchando algo. Por lo general cuido los decibeles, tanto por la armonía como por mi sordera galopante.

–¿Hay alguno que se parezca peligrosamente a ti?

–Cada uno tiene rasgos calcados a mí. Somos todos parecidos. Nos hemos ido copiando ciertas características y hábitos.

–¿Qué secreto tuyo conocen todos… aunque ninguno pueda contarlo?

–Los secretos ni a ellos mismos les interesan, porque cada vez que estoy en una cita y sube de tono, ellos se retiran lentamente de la pieza. Es como si estuvieran amaestrados para ser discretos en el momento peak del asunto amoroso. Créeme que es un alivio gigante que ninguno mire ni sea cómplice de lo que ya sabemos que pasa.

–Si cada uno pudiera hablar durante diez segundos, ¿qué te dirían?

–Si cada uno pudiera hablar no serían perros, porque lo más lindo es que no necesitan hablar para comunicarse. Tengo animales que, solo con mirarme o con un gesto, dan a entender perfecto lo que está pasando. Lo que uno quiere, lo que otro necesita, es a ese nivel nuestra comunicación.

–¿Cuál es la mayor pelea interna de la manada y por qué comienza?

–Peleas, por suerte, no hay en esta casa. Lo único que ocurrió es que, cuando recién llegaron Dagoberto y Rocío en condiciones bastante adversas, no supieron relacionarse con la gata ciega. Pero un solo grito en su momento bastó y nunca más existió ese problema, y de eso ya han pasado dos años. Aquí nadie se pelea, ni entre ellos ni conmigo. Cuando vamos al parque juegan, se persiguen. Son perros muy sociables.

–¿Qué comida humana logra romper toda armonía y disciplina?

–Hay algo que los vuelve locos y, semanalmente, se las compro porque les hace muy bien: son las panitas de pollo. Por supuesto, sin sal. Todos comemos lo mismo y eso es un rito diario en esta casa. Todos los días comemos algo todos a la vez.

Te puede interesar