Fotos Pedro Magnere
Entre la maternidad de dos hijos, una historia marcada por la diferencia física y una personalidad que nunca ha sabido rendirse, Javiera Icaza construye su vida —y su relato— desde la resiliencia, el humor y la convicción de que todo, siempre, se puede hacer a su manera.
Hay algo en Javiera Icaza que no se puede fabricar. No es una pose ni una narrativa aprendida: es una forma de estar en el mundo. Una donde la duda existe, pero no paraliza. Donde lo complejo no se evita, se enfrenta. Nacida con síndrome de Holt-Oram —una condición que marcó el desarrollo de sus brazos—, su historia nunca se ha sostenido desde la limitación. En sus redes no hay impostación: hay vida real, humor, estilo y una manera muy propia de resolverlo todo. Porque si algo define a Javiera, es esa convicción casi obstinada de que, de una forma u otra, siempre se puede.
Esa idea —tan concreta como poderosa— atraviesa todo. Su infancia, su manera de relacionarse con el error, su forma de construir independencia y, hoy, su maternidad. Porque en ella no hay un relato de épica ni de superación forzada. Hay algo más cotidiano, más real: adaptación constante, criterio propio y una insistencia casi intuitiva por hacer que las cosas funcionen.
En su vida actual —entre niños, rutinas, decisiones prácticas y una estética que nunca abandona— esa lógica sigue intacta. No hay quiebres, no hay versiones nuevas de sí misma. Hay continuidad. La misma manera de siempre: observar, resolver, ajustar. Y seguir. A su manera.

—¿Siempre has tenido esa personalidad de empujar las cosas hasta que resulten?
—Sí, totalmente. Te juro que algo que valoro demasiado de mí misma —y aquí me voy a tirar un poco de autobombo— es que cuando se me pone una idea en la cabeza, le empujo y le empujo hasta que resulta. Y creo que es parte de cómo me criaron mis papás. Desde muy chica me incentivaron a hacer las cosas a mi manera. No era como “esto no se puede”, sino “ya, ¿cómo lo vas a lograr tú?”. Por ejemplo, cuando quise aprender a andar en bicicleta. Mi papá no dijo “no”. Adaptó la bicicleta: le subió el manubrio, ajustó los pedales. Me caí igual que todo el mundo, obvio, pero aprendí. Y así con todo. Nunca hubo una lógica de limitar, siempre fue de empujar.
—¿Ese impulso sigue presente hoy?
—Sí, totalmente. Es parte de cómo funciono. Y hay un ejemplo que para mí es súper claro: esquiar en agua. Iba todos los veranos al lago Ranco donde una amiga tiene casa, y veía a todos esquiar. Y yo decía: “Yo también quiero”. Era muy difícil. De verdad muy difícil. Y se transformó casi en una misión colectiva. Todos los que iban pensaban cómo hacerlo: probamos partir desde el muelle, usar esquís distintos, mil cosas. Hasta que un verano alguien dijo: “Ya, probemos así: yo me pongo detrás de ti, agarro la cuerda y te levanto”. Y salimos a la primera. Fue heavy. Había gente mirando desde dos muelles, todos expectantes. Y cuando resultó fue como una celebración de todos. Pero para mí fue algo muy claro: listo, de nuevo, a mi manera, lo logramos.
—También mandaste un mail que terminó siendo clave para llegar a Jefe Asuntos Públicos LATAM Airlines Group, tu actual puesto. ¿Qué tenía ese correo para que realmente pasaran cosas?
—Te juro que fue muy de guata. Me acuerdo perfecto que el asunto del mail era: “Debes contratar este power”. O sea, imagínate el nivel. Y me resultó, me junté con mi actual jefe y me contrató. Y creo que eso es lo que ha marcado mucho cómo hago las cosas: si quiero algo, lo empujo. No me quedo esperando. Se me mete una idea en la cabeza y le doy, le doy, le doy hasta que encuentro la forma. Entonces más que el mail perfecto, era esa energía de ir para adelante sin tanta duda, muy desde el “ya, ¿cómo lo voy a lograr a mi manera?”.
—¿La maternidad te enfrentó a algo distinto?
—No, en verdad no. Cero. Me acuerdo perfecto que alguien me preguntó si me costaba cambiar pañales. Y fue como… ¿en serio? Si algo me cuesta, encuentro la forma. Siempre ha sido así. Además, yo crecí rodeada de guaguas. Tengo hermanos chicos, un sobrino que nació cuando yo tenía 18, siempre hubo niños en mi entorno. Entonces no era algo completamente desconocido. Obvio que no sabía cómo era el día a día al cien por ciento, pero nunca lo vi como algo que me iba a sobrepasar.
—¿Nada ha sido realmente difícil?
—Lo único que diría que es más tema —y que me gustaría resolver— es manejar. Nunca fue importante antes porque vivía cerca de todo. Mi papá a tres cuadras, mi suegra a dos, el metro. Me movía en Uber, caminando. Pero ahora con niños cambia. Y me gustaría tener esa independencia. No es que no pueda, es más un tema de seguridad. Hay cosas técnicas que en un momento crítico pueden ser complejas, como el manubrio. Entonces me gustaría hacerlo bien, segura. Lo veo como un desafío más. Un check más que quiero lograr.
—¿Cómo es tu dinámica en el día a día con tus hijos?
—Soy práctica. Y soy estricta. Con la Jacinta, por ejemplo, tengo que poner límites. Porque si no, sería mucho más difícil todo. Con una niñita moviéndose, haciendo de todo, si no hay orden, se vuelve cuesta arriba. Y también tengo un partner que es clave. No tengo que pedirle cosas, él las hace. Tiene un rol súper activo. Eso cambia completamente la experiencia.
—¿Has tenido que adaptar tu forma de hacer las cosas?
—Sí, pero siempre a mi manera. He encontrado soluciones para todo. Por ejemplo, para cambiar pañales, para moverme, para hacer cosas que podrían ser más difíciles. Y también en lo práctico: elegir productos que me faciliten la vida. El coche, por ejemplo. Yo no iba a andar encorvada. Fui a buscar uno específico, más alto. O los broches con imán, que hacen todo más fácil. Para mí no se trata de hacerlo perfecto, sino de hacerlo funcional.

Hoy la maternidad no solo se vive: se exhibe. Se construye como imagen, se edita, se ordena en una narrativa visual donde todo parece armónico, impecable, deseable. En ese escenario, Javiera Icaza toma distancia —no desde el rechazo, sino desde una claridad que desarma lo evidente.
Porque su forma de criar no responde a la expectativa, sino al sentido. A lo que funciona, a lo que importa, a lo que permanece. Y en ese ejercicio hay una decisión constante: simplificar sin perder belleza, ordenar sin sobreproducir, elegir sin exceso.
Hay algo profundamente contemporáneo en su mirada, pero también algo muy esencial. Como si, en medio de un sistema que empuja a mostrar, ella eligiera volver a lo básico. Y desde ahí, construir.
—¿Cómo te relacionas con las redes sociales en esta etapa?
—No soy mamá influencer, ni quiero serlo. Subo cosas, sí, pero desde lo que me nace. Si la vestí linda, lo subo. Pero más desde la moda, no desde la maternidad como contenido. No es algo que me mueva tanto.
—También tienes una mirada bien clara sobre el consumo…
—Sí. Mis hijos han usado mucha ropa prestada. Y lo encuentro lo más lógico del mundo. Les dura nada. Tres meses, seis meses. No tiene sentido gastar una fortuna. Obvio tienen algunas cosas lindas, pero en general soy súper práctica con eso.
—¿Y con los regalos?
—No les compro para cumpleaños. Porque todo el mundo les regala. Entonces digo: ¿para qué sumar más cosas? Mi departamento ya está lleno, jajajá. Prefiero que cuando realmente quieran algo, o lo necesiten, tenga sentido.
—¿Qué valores quieres transmitirles?
—Que las cosas no son fáciles. Yo viajé por primera vez en avión en mi viaje de estudio. Todo lo demás me lo pagué yo, ahorrando, trabajando. Y quiero que entiendan eso, aunque su realidad sea distinta. También que lo material no define nada. Que no necesitas ciertas cosas para valer más.
—¿Cómo se logra eso hoy?
—Es difícil. Sobre todo con redes sociales. Por eso creo que es importante preguntarse constantemente: ¿para quién estás haciendo las cosas? Lo veo en los cumpleaños, por ejemplo. Todo híper producido, perfecto… ¿pero para quién? Al niño no le importa.
—¿Cómo son entonces los cumpleaños en tu casa?
—Simples. Hay naranjas con jalea, papas fritas y una torta. Y listo. No voy a estresarme ni gastar plata en cosas que, en el fondo, son para la foto.
—¿Te ha pasado caer en esa presión igual?
—Sí, obvio. Pero paro y me cuestiono. Me pasó cuando me fui a vivir con mi marido. No teníamos nada y al principio me angustiaba. Después entendí: esto es nuestro. Lo logramos solos. Y eso vale mucho más.
—¿Cómo resumirías tu forma de vivir hoy?
—Diría que no hay una sola forma de hacer las cosas. Y que, aunque no sea como el resto, a tu manera igual se puede lograr.