El artista visual y su mujer, la interiorista Mariola Arteche, formaron una familia ensamblada de cinco hijos donde la naturaleza, la libertad y la confianza son parte esencial de la crianza.
El artista visual Matías Vergara lleva décadas construyendo universos a través de la pintura, la escultura, los dibujos y la poesía. Licenciado en Artes Plásticas de la Universidad Finis Terrae, con estudios en diseño gráfico, ha expuesto en Santiago, Miami y Mónaco, además de participar en ferias y muestras colectivas en ciudades como Shanghái, Seúl, Buenos Aires, Lima y distintas localidades de España y Colombia.
Hoy, mientras prepara un libro compilatorio de dibujos en blanco y negro y poemas que espera publicar a fin de año, asegura que ninguna obra lo ha transformado tanto como la paternidad.
Tiene tres hijos de su primer matrimonio: León (23), Baltazar (21) y Santiago (17). Y desde hace algunos años comparte la vida con la interiorista Mariola Arteche, madre de Mía (21) y Cristian (20). “Juntamos cinco. Entre nosotros no tenemos niños, pero sí tenemos cuatro perros”, resume entre risas. En su casa y en su taller, el vínculo familiar se mezcla naturalmente con la creatividad y la vida al aire libre.

Cuando recuerda el nacimiento de su primer hijo, Matías habla de un quiebre profundo. “Me cambió todo”, dice. “Hay un antes y un después del minuto en que nació mi primer hijo, porque por primera vez me enfrenté al miedo más profundo. Encontré un amor que no sabía que existía, y cuando descubres cuánto puedes amar, también aparece el temor de perderlo”. Esa experiencia, asegura, modificó para siempre su forma de mirar el mundo y también su sensibilidad artística.
Su obra, alejada de los grandes discursos conceptuales, se ha ido nutriendo de lo cotidiano: los encuentros, los abrazos, las escenas simples y la poética escondida en los pequeños gestos. “Mi trabajo tiene que ver con valorar el hoy, con dignificar lo cotidiano”, explica. Y reconoce que mientras más consciente ha sido de su rol como padre, más conectado se siente con esa sensibilidad.
-¿Qué has buscado transmitirles a tus hijos?
-Trato de enseñarles todas las herramientas que yo pueda. Son dos pilares importantes: el deporte –no solamente por salud, sino que por tener un propósito, disciplina, ética y trabajo en equipo– por lo que es una es una escuela vida; y la naturaleza, que también es otra escuela donde se desarrolla la sensibilidad y el respeto por el mundo que habitamos. Dejo que el colegio les entregue las materias, pero yo les trato de inculcar formas de vida a través de esas dos actividades. Por eso los tres sacan fotos, surfean, hacen trekking y están en ligas de fútbol, entre varios otros.
TALLER Y CORAZÓN ABIERTO
Para él, su vida como artista confluyó bien con la paternidad. “Soy muy estructurado: trabajo de lunes a viernes desde la mañana, después de entrenar, hasta las 8 pm. Así que los fines de semana son para ellos. Hacemos actividades y a veces vienen a mi taller a estudiar”, cuenta.
Su taller es un galpón donde cuelgan todos los cuadros en tela que pintaron sus hijos cuando eran pequeños, con barcos, peces, ballenas, dinosaurios y delfines. Desde esa época, hasta ahora, han tenido un lazo muy cercano. “Yo soy taller abierto, casa abierta. Soy muy unido y muy amigo con mis hijos. Nos queremos mucho, hablamos todos los días y nos cuidamos”.
Sobre cómo lo perciben ellos, dice que solo le gustaría que lo vieran como una persona auténtica. “Nunca me acomodé al deber ser ni al qué dirán”, reflexiona.
-¿Te han enseñado cosas?
-Han sido unos maestros de vida para mí también. Vienen seteados de otra manera, son muy distintos a como éramos en mi época. Tienen una visión del mundo inquieta, se interesan y leen mucho. Creo que son muy superiores a mí. Quizás no en la sensibilidad con respecto al arte, porque esa es una cualidad innata mía, pero sí en el resto.
-¿Tienen algún ritual?
-Algunos. Ellos son prestados así que no puedo exigirles. Pero sí trato de que almorcemos, por lo menos, los sábados o domingos todos sentados en la mesa. Me preocupo de tenerles algo rico. Y, en el verano, pasar el mayor tiempo posible junto a ellos en algún lugar nuevo que no conozcamos, como una aventura.

-¿Qué ha sido lo más increíble de ser papá?
-El haber logrado tener hijos de los que me enorgullezco profundamente. Entre la mamá y yo construimos niños con valores muy profundos, una visión de la vida bastante amplia y mucha tolerancia. Esos factores para mí son clave. Les he exigido, obviamente, pero no los voy a medir por sus logros académicos ni de ese tipo. De lo que me preocupo es cómo forjan su carácter, su calidad humana y su visión de excelencia.
-¿Y lo más difícil?
-Lo más difícil ha sido poder estar presente al separarme de su mamá, afectándolos lo menos posible. Mi preocupación eran mis niños y todos lo pasamos mal. Ha sido lo peor que me ha pasado como papá. Fue un proceso doloroso, pero con el tiempo ha tenido frutos.
-¿Cómo definirías la paternidad en una escena?
-Mi vida con ellos es como lo que pasaba cuando eran chicos y los traía al taller a pintar. Es que estén frente a todos los materiales, colores y herramientas, y ver cómo van investigando. Yo los voy guiando y después me sorprendo con lo que hacen y ellos se decepcionan de lo que no logran. Es ese construir: darles la libertad total de que hagan lo que quieran, siempre conmigo al lado para ayudarlos a tomar decisiones en su beneficio. Esa imagen refleja todo lo significa la paternidad para mí.
-¿Hay algo sobre lo que tú haces que quisieras traspasarles a tus hijos?
-Depende, porque ellos tienen sensibilidad pero no necesariamente una vocación por el arte. Creo que para ser felices necesitan perseguir su sueño y no los he visto en este camino. De mí, ojalá rescaten las cosas buenas y yo voy a estar al lado para acompañarlos siempre.