Revista Velvet | Ignacio Santa Cruz Guzmán: “Me gusta meterme en las patas de los caballos”
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Ignacio Santa Cruz Guzmán: “Me gusta meterme en las patas de los caballos”

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Ignacio Santa Cruz Guzmán: “Me gusta meterme en las patas de los caballos”

POR equipo velvet | 10 agosto 2026

El actor acaba de lanzar en Madrid su primera novela, ejercicio que pretende reconocer a su padre suicida y que, de paso, remueve aguas públicas y privadas. Autor de la polémica cinta El tío, Santa Cruz reflexiona sobre su búsqueda artística, marcada por el origen familiar. “Ha sido muy terapéutico meterme con muelas y uñas con mi historia”, señala.

Por Marietta Santi Fotografía Pedro Magnere

Ignacio Santa Cruz Guzmán (46) lo hizo de nuevo. Ya exploró en la vida de su controvertido tío Jaime Guzmán, en la obra de teatro Guzmán y en la película El tío, lo que le acarreó sinsabores sociales y familiares. Ahora recuerda a su padre Víctor —quien se suicidó cuando él tenía tres meses de vida— en la novela La embajada (Planeta), que lleva dos ediciones en Chile y en julio llegó a Madrid.

El libro iba a ser una película que, en pleno proceso de creación, le costó a Santa Cruz la agresión de un primo y un proceso judicial.

La trama muestra a Iñaki (su alter ego) cuando pide asilo en la embajada de Chile en el Londres de 2019, mientras Chile vive el llamado “estallido social”. En un dormitorio encuentra el diario de su padre, que lo hace transitar a los años 70 y ser testigo de las relaciones de sus abuelos con Pablo Neruda, González Videla, el entonces príncipe Carlos y una joven Camila Parker Bowles.

Cuando se le pregunta el porqué del texto, Ignacio baja unos segundos la cabeza y luego reflexiona:

“Yo creo que la búsqueda de mi padre. Estas cosas las converso en la terapia, y me terapeo desde los 18. He vivido la vida sin padre y se puede vivir así, pero soy el menor, el más parecido a él, así es que en el fondo —y el psiquiatra me lo dijo— esto es absolutamente terapéutico”.

Reconoce que se sentía más seguro en el formato guion de cine, pero también que los personajes crecieron y se profundizaron al novelarlo. “Fue difícil ser mi voz y la de mi padre, y al mismo tiempo viajar entre el pasado y el presente”, dice.

—¿Pero hiciste un taller de literatura?

—No, me he negado. Y nunca en mi vida he bajado el Chat GPT, no se me ocurriría. No he querido tomar un taller literario porque no quiero aprender a escribir como hay que escribir. Respeto los talleres que hacen algunos escritores, pero también se traducen en encuentros sociales, que van de la mano con conocer las casas de cada uno o ver quién cocina más rico. Los escritos más depurados que he logrado, a los ojos de mi editor, se producen a las siete de la mañana, cuando estoy sin ropa, tomando café.

Confidencia que antes de partir a España entregó a editorial Planeta el manuscrito de su segundo libro, Silencio, dedicado a su mamá, la periodista Rosario Guzmán Errázuriz, que podría publicarse a fin de año o el verano próximo.

“El psiquiatra me dijo que iba a escribir de mi mamá, cuando ella estaba en su etapa final. Pensé que el doctor estaba loco. Se lo conté a mi madre, quien me dijo: Nadie más que tú, de todos mis hijos, podría hacerlo”.

Ignacio Santa Cruz toma café. Se emociona al hablar de la mujer que, dice, los educó en libertad. “Pese a que pudo tener opiniones y puntos de vista muy distintos a los de sus hijos. Fue una gran mujer, omnipresente, padre y madre al mismo tiempo”.

Después de Silencio, tal vez se acabe su búsqueda familiar. “Se me abrirá la cancha, por primera vez, para escribir sobre temas al margen de la biografía de la familia”, dice con una sonrisa.

VALENTÍA HEREDADA

Ignacio Santa Cruz Guzmán es el menor de cinco hermanos, estudió Teatro en el DUOC y luego se especializó en Nueva York, Barcelona y París. Tenía solo once años cuando su tío Jaime fue asesinado, hecho que lo marcó y lo llevó a investigar sobre él para plasmarlo en el teatro (2011) y el cine (2013).

Pero su carácter disruptivo se manifestó desde antes. A los 19 dejó Vitacura para fundar en Santiago Centro la sala teatral Autogestión. “Me gusta meterme en las patas de los caballos”, reconoce. “Hice, como actor y productor Los monólogos de la marihuana y Mi primera vez, que habla de la iniciación sexual”.

Hace 19 años fundó su empresa, Santa Cruz Producciones, que ha traído a Chile éxitos como Gorda, Art, Un dios salvaje y La duda, entre otros títulos. También ha hecho series para Instagram. El mes pasado, aprovechando el viaje a España, fue a Berlín para grabar la serie vertical Short Berlín, de diez capítulos. Antes hizo, en formato horizontal, París de los dos, Coronación y Miami Broker.

“Siempre he sido un gallo trabajador. A los nueve años trabajé por primera vez en una caja del supermercado Cosmos, en Vitacura. Después en una librería, y luego fui garzón durante varios años. Nunca le he hecho asco a la pega”, dice.

—Eres un emprendedor.

—Pertenezco a familias de la oligarquía idealizada, eso afloró en mí una inmensa creatividad y mucha capacidad de trabajo. Ha sido muy terapéutico meterme con muelas y uñas con mi historia, independientemente de los inmensos costos familiares y sociales que he tenido que pagar. Me duele acostumbrarme a escuchar lo que dice de mí y de mi trabajo gente que quiero, que critica mi película y no la vio, que critica mi novela, y no la leyó. Esos mismos me abrazan y me invitan a almorzar.

—Imagino que tu mamá, Rosario, fue muy importante en el desarrollo de tus inquietudes.

—Absolutamente, absolutamente (vehemente). Ella permitió que yo esté acá. Fue una mujer extraordinaria, que enviudó a los 34 años. Recuerdo que trabajaba en cuatro o cinco partes para generar las lucas que necesitaba, para colegios y terapias de cinco niños. Siempre con una sonrisa, queriendo que fuésemos gallos felices, no competitivos. Mi vieja me preparó mucho para la vida.

—¿Recuerdas cuando le dijiste que querías estudiar Teatro?

—Creo que a ella le habría hecho ilusión que hubiese sido periodista, pero me la dejó pasar, no me objetó para nada. A diferencia de mi hermana mayor, que trató de estudiar Teatro pero mi abuela impuso su negativa.

—Ser gay tampoco fue tema.

—Nunca necesité salir del clóset, y me senté a la mesa con mis respectivos a partir de los 19 años, al igual que mis hermanos con sus respectivas. Por lo tanto, no me ha tocado sufrir, he podido ser yo. Creo que he sido valiente y eso, sin duda, tiene que venir por el lado materno.

—Pero hay dolores.

—Claro (dice serio). Los datos biográficos son duros: suicidio del padre, asesinato del tío, suicidio del hermano. Pero mi madre decía que lo que realmente importa es lo que uno hace con lo que le pasa. Además, los años no transcurren en vano. La terapia también ayuda, porque siempre es bueno saber quién uno es, sobre todo cuando los padres han muerto. Creo que entonces uno realmente encuentra la primera línea de libertad humana. Está todo permitido.

PURA FRAGILIDAD

Después de casi un mes en Europa, aterrizó en Santiago e inmediatamente partió a Zapallar, donde vive hace dos años. “De alguna manera siento que vivo como si tuviese 65 años, porque he aprendido a lidiar con la soledad, he aprendido a convivir con toneladas de silencio. No tengo televisor en mi casa. Vivir a dos horas de Santiago me ha dado paz, me ha dado tranquilidad”, comenta.

—Tal vez necesitas calma, alejarte un poco de todo lo que estás creando o produciendo siempre.

—Es verdad. Hay demasiada información. Creo que este sería un mejor mundo y seríamos todos mejores personas si tuviésemos la capacidad de estar solos una hora al día. Y estoy cierto de que, después de ese momento de soledad, de estar con uno mismo, uno sale al encuentro con los demás en mucho mejor estado interno.

—Me llama la atención tu gran autoconciencia, porque eso también significa dolor.

—Por supuesto que sí. Desde que estoy solo, digamos, sin padres en el mundo, llega un momento del día en que uno dice: ¿sabes qué? Uno no le importa a nadie. Podría pasarme cualquier cosa y nadie se va a enterar. Por eso manejo el autocuidado, trato de tener buena actitud siempre y cuidar la cabeza. Me cuesta parar y dejar de pensar. La gente que más me quiere, que no son familiares sanguíneos, siempre me dice: lo importante es que tú lo pases bien, que disfrutes. Y eso a veces me cuesta un poco, pero lo encuentro en el mundo artístico. Cuando los colegas me dicen: Ya, Ignacio, tómate una cerveza. Relájate.

—¿Estás en pareja?

—No, terminé una relación en diciembre con alguien mucho menor que yo. He pololeado solo cuatro veces en la vida. Cuando se muere la madre y uno está en pareja, hay cierto estándar, de apoyo y contención, que tiene que cumplir esa persona. Y no estuvo tan a la altura. Es loco, porque a mí me encanta mirar la vida de dos.

—Bajo toda la fortaleza que demuestras, ¿qué te quiebra?

—(risas) Creo que estoy bien seteado, soy como samurái. Es una broma, pero tengo un grupo de amigos que nos llamamos así. La verdad es que me quiebra todo. Soy una guagua grande. Y la gente que me conoce de verdad, me percibe así. Pero yo feliz con ese niño que no desaparece nunca, que siempre es tan útil para la profesión. Soy un hombre con un alto nivel de sensibilidad. Con mucha fragilidad.

“De repente pasa que no veo a nadie”, precisa. “Estoy solo de domingo a miércoles, pero soy muy sociable. Cuando me empiezan a llamar, agarro el auto y parto a Santiago para tomarme un trago con los amigos”.

Luego de un silencio, cuenta que está proyectando el Gran Teatro Zapallar en conjunto con la municipalidad, un espacio con un plan de gestión a largo plazo y modelo comercial mixto: público y privado.

—No paras.

—(sonrisa) Es una buena práctica no esperar que suene el teléfono. El trabajo es súper importante, no solo para llegar a fin de mes, sino que también para estar contento, para encontrar el sentido de la vida.

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