Fotos Pedro Magnere
La primera mujer en dirigir un laboratorio de óptica cuántica en Chile acaba de publicar El mundo invisible, un libro donde tres hermanos y un misterioso gato invitan a niños, niñas, adolescentes y adultos a descubrir que el universo funciona de maneras mucho más sorprendentes de lo que imaginamos. Su objetivo no es enseñar mecánica cuántica, sino despertar la curiosidad y el pensamiento crítico desde la infancia.
“El vacío no está vacío” y “el tiempo no pasa igual siempre”. Esa conversación, aparentemente imposible, es la que escuchan Miguel, Daniel y Rafaela durante la cena, mientras sus padres hablan de ciencia. Poco después, las luces comienzan a parpadear, el reloj del microondas se detiene y un extraño gato morado aparece para invitarlos a conocer el “mundo pequeño”: un universo donde las reglas desafían la intuición, pero describen cómo realmente funciona la naturaleza.
Así comienza El mundo invisible: una aventura cuántica, el primer libro infantil de la doctora en Ciencias Físicas especializada en óptima cuántica Carla Hermann, una historia que transforma algunos de los conceptos más complejos de la mecánica cuántica en una aventura cercana para niños, niñas y sus familias.

A través de una narración sencilla, la autora invita a mirar la realidad con otros ojos y entender que la ciencia no solo ocurre en los laboratorios, sino también en las conversaciones cotidianas, en las preguntas antes de dormir y en la capacidad de sorprenderse frente al mundo.
No es una casualidad. Esa curiosidad ha acompañado a Hermann desde niña. “Mi interés por la ciencia nace desde chiquitita. A mi papá le encantan las ciencias, las matemáticas, la tecnología y teníamos una dinámica relacionada a esos temas”, dice.
Recuerda que salían juntos a correr recitando las tablas de multiplicar, mientras él aprovechaba el camino para hacerle preguntas que parecían simples, pero escondían enormes desafíos: por qué el cielo cambia de color, por qué una persona cae cuando salta o por qué el pasto es verde y crece hacia arriba contrariamente a esa fuerza que nos hace caer. “Trató de enseñarme que el universo tiene reglas y que hay un porqué detrás de cada cosa”, reflexiona la científica.
Aquella forma de mirar el mundo terminó marcando su camino. Hoy, además de ser investigadora y académica de la Universidad de Chile, es la primera mujer en dirigir un laboratorio de óptica cuántica en Chile, Amazing Quantum. También está actualmente en la lista corta de los FemTum Leap Awards 2026 –que reconocen a mujeres líderes en tecnologías cuánticas– y fue incluida en el listado Quantum 100 en diciembre del 2025, que destaca a referentes del ecosistema cuántico a nivel mundial. Pero, más allá de los reconocimientos, su mayor motivación sigue siendo la misma que sembró su padre: despertar preguntas.

Curiosamente, Hermann asegura que no fue ella quien eligió la física cuántica, sino que la disciplina terminó encontrándola. Durante su tercer año de universidad, en su alma mater la Universidad de Concepción, fue invitada a integrarse a un grupo de investigación dedicado al área, aunque su primer acercamiento había ocurrido antes, en un curso introductorio llamado Panorama de la Física.
La experiencia cambió para siempre su forma de entender el universo. “La primera vez que vimos un poco de relatividad y de cuántica, salí de esa clase con la sensación de que me habían engañado toda la vida, porque me iba muy bien en el colegio y nunca me cuestioné que no me hubiesen pasado algo. Pero cuando me abrieron todo este mundo nuevo de la física moderna dije: ‘¿Qué es esto?’. Fue muy bonito”, recuerda.
Hoy resume su trabajo como científica de manera simple: expandir el horizonte del conocimiento. “Observamos algo y tratamos de describirlo con modelos; después buscamos entenderlo, reproducirlo, predecir cosas nuevas o usarlo para desarrollar tecnologías. Nos hacemos preguntas incómodas que desafían lo establecido y, si logramos responderlas, seguimos expandiendo el horizonte del conocimiento”.
Ese mismo espíritu es el que intenta transmitir ahora a través de El mundo invisible. Más que entregar respuestas, el libro invita a hacerse preguntas.
Aunque suele hablar de “mecánica cuántica”, Carla Hermann prefiere usar una expresión mucho más sencilla cuando conversa con niños: el mundo pequeño. Ese mismo nombre es el que da vida al universo que recorren Miguel, Daniel y Rafaela en El mundo invisible, guiados por un misterioso gato morado que los lleva a descubrir que la realidad funciona de maneras muy distintas a las que percibimos a diario.
Para la científica, esa es precisamente la mayor belleza de la física cuántica. “Me fascina del mundo cuántico, lo elegante, pero al mismo tiempo extravagante y asombroso que es. Es un mundo maravilloso que funciona con reglas que desafían nuestra intuición. Eso es lo bonito: no es magia ni es al lote, tiene reglas. Y lo que más me gusta es que, justamente, por extraño que sea, es responsable de que nuestro mundo grande sea como es”, expresa.
Ese “mundo invisible” al que hace referencia el libro corresponde al universo atómico y subatómico, donde operan las leyes de la mecánica cuántica. Es un lugar que no podemos observar a simple vista, pero que explica cómo interactúan las partículas, la luz y la materia.

Allí, cuenta Hermann, las reglas son completamente distintas a las que experimentamos en nuestra vida cotidiana. “Las partículas tampoco son solo partículas, son excitaciones de campos invisibles: a veces se comportan como partículas, a veces como ondas, son ambas cosas al mismo tiempo. Entonces, hay una serie de fenómenos distintos a lo que pasa en nuestro mundo grande”, explica.
Uno de los ejemplos que más sorprende –y que también aparece en la historia– tiene que ver con el vacío. “En el mundo grande estamos acostumbrados a pensar que el vacío está vacío y que es la ausencia de todo. Pero en mecánica cuántica eso está completamente desafiado. Siempre hay una energía mínima y fluctuaciones”.
Esa idea, que parece sacada de una novela fantástica, es precisamente la puerta de entrada del cuento. Lejos de buscar que los lectores comprendan todos los conceptos científicos, Carla Hermann quiso transmitir otra idea: que incluso aquello que parece imposible tiene una explicación.
“El libro trata de ir mostrando que, por loco que parezca el mundo cuántico, tiene reglas. Y que lo entendemos tan bien que tenemos tecnologías a base de cuántica”, afirma.
-¿Por qué es importante acercar estos temas desde pequeños?
-Es relevante que niños y niñas aprendan a cuestionarse su entorno y entender que nuestro universo es precioso y que las cosas son como son porque tienen reglas detrás que las sostienen. Es importante que en la niñez temprana les enseñemos a hacerse preguntas incómodas como “¿por qué el avión vuela?”, y que el papá o la mamá les respondan. Es tratar de incentivar que se cuestionen el universo, porque desde ahí podemos expandir el conocimiento y entender mejor dónde estamos, por qué estamos, qué hacemos y por qué funciona así.
La investigadora reconoce que explicar estos conceptos fue uno de los mayores desafíos del proyecto. Después de todo, se trata de materias que normalmente se estudian durante años en la universidad.
Pero ese nunca fue el objetivo. “Este libro trata de abordar temas que necesitan un doctorado para entenderlos y fue un desafío no menor. Lo que yo busco no es que un niño o una niña aprendan mecánica cuántica, sino que se cuestionen y piensen: ‘Esto está pasando en el mundo chiquitito. No lo entiendo, pero no importa; es asombroso y tiene reglas’. Con eso me doy por pagada”, sintetiza.
Los protagonistas del libro tampoco fueron elegidos al azar. Miguel, Daniel y Rafaela están inspirados en los tres hijos de Hermann, aunque en la ficción aparecen algunos años mayores para permitirles vivir la aventura. Incluso el gato tiene un origen científico.
-¿El libro tiene mucho de tu propia vida?
-Son mis hijos, pero son más chicos en la actualidad. El más grande tiene seis años, el otro cuatro y la más pequeña un año nueve meses. En el libro tienen siete, nueve y once. Y el gato está inspirado en la paradoja del gato de Schrödinger, propuesta por Erwin Schrödinger, uno de los padres de la mecánica cuántica. Él propuso un experimento mental para cuestionar la teoría, pero hoy los laboratorios podemos hacer “gatos de Schrödinger” con la luz.
La autora explica que el libro también está lleno de referencias históricas y científicas que los lectores adultos podrán descubrir a medida que avanza la historia. “Tiene muchas capas de profundidad y de conocimiento. Lo pensé desde los siete años, pero también considerando que lo podían leer adultos, colegas, profesores y otras personas. No quería que fuese un libro explicativo como clase”, dice.
De hecho, ya trabaja en una continuación de la historia y en una guía (otro libro) dirigida a los adultos que acompañarán la lectura de los menores. Además de acercar la ciencia a las niñeces, El mundo invisible también busca derribar la idea de que la física es un territorio reservado para unos pocos.
-Muchas veces la física se percibe como algo difícil. ¿Cómo cambiamos esa percepción?
-Justamente no despreciando la inteligencia de los niños y las niñas. Hay un error muy grande en las crianzas cuando hacen preguntas y el adulto piensa que no son capaces de entender, por lo que no hace el esfuerzo por explicarles a su nivel. Y, además, a muchos les da lata averiguar. Yo creo que tenemos que enseñarles esas cosas. Mis hijos, por ejemplo, son fanáticos de los circuitos eléctricos y para ellos cuestionarse es parte de su vida cotidiana.
Esa convicción también atraviesa su mirada sobre la participación femenina en la ciencia. Aunque reconoce que en los últimos años ha habido avances y hoy existen más referentes en disciplinas STEM, cree que el principal obstáculo sigue estando en la infancia.
Para ejemplificarlo, recuerda un estudio publicado en el documento Política Nacional de Igualdad de Género en CTCI 2024, que mostraba cómo los propios adultos proyectan de manera distinta el futuro de niños y niñas.

“Cuando les preguntan a padres y madres si ven a sus hijos varones dedicándose a STEM, cerca del 50% responde que sí. Pero cuando les hacen la misma pregunta respecto de sus hijas, solo el 16% lo cree posible. Ahí está el problema. Las niñas no pueden soñar con lo que no ven. Y, si ni tus propios cuidadores creen que puedes estar ahí, la posibilidad baja a algo muy cercano a cero”, reflexiona.
Carla Hermann destaca que hoy existen científicas como Teresa Paneque, María Teresa Ruiz o Laura Pérez que se han convertido en referentes para nuevas generaciones. Ella, por su parte, ha querido demostrar que tampoco es necesario elegir entre la maternidad y la investigación. “He tratado de redefinir lo que significa la maternidad y demostrar que no es un estorbo”.
Aunque el libro está pensado para lectores pequeños, Carla Hermann espera que también despierte la curiosidad de quienes los acompañan.
-¿Qué te gustaría que niños y niñas se lleven después de leer el libro?
-Me conformo con que se lleven la idea de que el universo es mucho más asombroso de lo que pensaban, que el mundo invisible está lleno de magia –que, en el fondo, es ciencia– y que en el mundo cuántico las cosas funcionan de manera distinta. Esa sorpresa, ese asombro y ese cuestionamiento es lo que yo quería producir.
-¿Y los adultos?
-Espero que su niño o niña interior también se maraville, porque ellos probablemente tampoco tuvieron la oportunidad de conocer esto en su niñez. Y que, desde ese asombro, puedan transmitirles esa curiosidad a sus hijos e hijas.
Quienes ya comenzaron a vivir esa experiencia fueron sus propios hijos. Van recién en el quinto capítulo y, cuenta entre risas, están fascinados porque son los protagonistas de la historia. La aparición del gato fue uno de los momentos que más los sorprendió.
“Mi hijo de cuatro años me decía: ‘Pero mamá, esto no puede ser’. Y era justamente lo que estaba buscando”, dice con orgullo. No fue casual que la historia estuviera narrada desde la mirada de los niños, afirma: “Quería ponerme en sus mentes, que tienen personalidades muy distintas y empiezan a razonar lo que están viendo. No hay nada en el libro que se haya dejado al azar. Absolutamente todo, cada palabra, cada idea, tiene un propósito y un significado”.
La autora ya proyecta varios tomos más dedicados a distintas aristas de la física cuántica. La experiencia, dice, le abrió una nueva forma de hacer divulgación, complementando el trabajo que realiza en redes sociales, talleres y charlas.
El mundo invisible también deja espacio para preguntas más filosóficas sobre el universo y nuestra capacidad para comprenderlo. Es una inquietud que, reconoce, está profundamente ligada a su propia forma de mirar el mundo.