Casi dos décadas después de convertirse en una de las familias más recordadas de la televisión chilena, Jorge Zabaleta, Mane Swett y Belén Soto vuelven a encontrarse frente a una cámara para llevar Papi Ricky al cine. En tres conversaciones íntimas y por separado, hablan del paso del tiempo, de los vínculos que sobrevivieron fuera de pantalla y de las vidas que construyeron desde entonces. Porque ellos ya no son los mismos. Pero, de alguna manera, cuando están juntos, algo sigue intacto.
Dirección general Paulina González Fotografía Simón Pais Entrevistas Paulina González e Ignacia Castillo Stylist Thomas G. Matheson Asist stylist Fabricio Baldayo y María Tagle Maquillaje y pelo Poli Picó y Cristían Quitral Dirección de arte Alejandro Franco Backstage Pedro Magnere Producción general Carolina Lazo Runners Tomás Romo y Víctor Contreras
Hay algo que ocurre cuando Jorge Zabaleta, Mane Swett y Belén Soto vuelven a estar juntos. Se conocen hace casi veinte años, han visto crecer al otro y, aunque pasaron largos períodos sin trabajar juntos, nunca desaparecieron de la vida del otro. Por eso quizás hablar de “reencuentro” no sea del todo preciso. “Siento que siempre he estado con ellos”, dice Mané. Para Jorge, volver a actuar con ella fue “como si no hubiera pasado un día”.
Pero el tiempo sí pasó. Belén, la niña de nueve años que soñaba con Hollywood, es hoy la productora que ayudó a impulsar el regreso de Papi Ricky. Jorge vuelve a encontrarse con Ricky desde otro lugar: sus hijos ya son adultos y ahora conoce de cerca el desafío de aprender a soltarlos. Y Mane regresa a la actuación después de años que transformaron profundamente su vida y pusieron su maternidad por sobre todo.
Para esta portada, los tres conversaron por separado sobre lo que ocurrió desde entonces: crecer, resistir, soltar y volver a empezar. Y queda algo claro: la química que alguna vez construyó una familia en la ficción terminó convirtiéndose en un vínculo que sobrevivió fuera de ella.

Los últimos años han cambiado profundamente la vida de Mane Swett. Desde que su hijo no regresó a Chile tras viajar a Estados Unidos a fines de 2022, la actriz ha enfrentado una larga y dolorosa batalla judicial que la llevó a alejarse de la televisión y a reorganizar su vida en torno a una sola prioridad: su maternidad. Hoy vuelve a actuar, pero también a hablar. Y lo hace desde un lugar distinto. En esta conversación con Velvet reflexiona sobre el dolor que la transformó, las personas que permanecieron a su lado, su decisión de seguir creyendo en los demás y el significado detrás de “Resiste, mamá”, una frase que convirtió su experiencia personal en un mensaje para otras mujeres. “Quiero que mi historia sirva para salvar a otras mamás y otros niños”, asegura.
—Has compartido esta película con Belén Soto y Jorge Zabaleta, dos personas importantes en tu historia. ¿Qué ha significado para ti reencontrarte con ellos desde el lugar en que estás hoy, tantos años después?
—Me cuesta asimilar que sea un reencuentro tantos años después, porque siento que siempre he estado con ellos. Humanamente, como amigos, nunca nos hemos dejado de ver, de saber del otro o de acompañarnos. Entonces, podría hablar de un reencuentro actoral, porque ese sería el único reencuentro que para mí hay aquí. Para mí, volver a la actuación y tener la oportunidad de reencontrarme con el cine, acompañada por dos actores que son mis amigos, es una bendición. Estar con la Belén y con Jorge me hizo sentir en casa.
—Tú conociste a Belén cuando era una niña y hoy vuelven a trabajar juntas como dos mujeres adultas en la industria. ¿Qué has visto en su crecimiento? ¿Sientes que de alguna manera has sido una mentora para ella?
—Es increíble porque realmente he visto crecer a la Belén. Hoy reconozco a una Belén grande, que ya se sabe, se conoce y es muy autora de su propia vida en todo sentido. Pero también viví su proceso de conversión, donde pasó, como todos, por la prueba y el error. Si hay algo enorme en ella es el ímpetu que tiene por lograr lo que quiere. Va para adelante. Creo que todo lo que ha logrado crear alrededor suyo ha sido a punta de esfuerzo y de insistencia. Tiene todo mi respeto profesionalmente y todo mi cariño como amiga. Hay un sentimiento que todavía me sorprende: me suceden cosas maternales con ella. Por ejemplo, en su matrimonio fui su dama de honor junto a sus mejores amigas. Pero cuando estaba en el altar, se me erizó la piel y me estremecí como su madre. Era verla alcanzar, en ese momento, su meta. Lo mismo me pasa cuando la veo subirse a un escenario y hablar en público. Me invade nuevamente ese sentimiento muy maternal.
—¿Y qué te pasa con Jorge? Después de tantos años, ¿qué hace que esa complicidad siga intacta y qué valoras de él que quizás no veías cuando comenzaron a trabajar juntos?
—Hay algo que valoro mucho en Jorge que no existía cuando comenzamos a trabajar juntos: es un amigo que no solo me quiere, sino que también me cuida. Eso se dio con el tiempo, porque el feeling y la conexión existieron desde el principio. Tenemos un humor muy común. Muchas veces pasa que solo nosotros nos reímos de nuestros chistes. Pero hay cosas que con el tiempo le dan más valor a la amistad: nos queremos profundamente y nos cuidamos. Me atrevería a decir que él más a mí que yo a él. Es bastante paternal conmigo.
—Los tres quedaron instalados en el imaginario de muchas personas como un elenco muy especial. ¿Por qué crees que funciona esa química entre ustedes?
—No lo sé. Existe una química que primero es inconsciente y luego un cariño que se desarrolló a través del tiempo y fue creciendo. Finalmente, ellos son parte importantísima de mi vida. También importa que la primera vez que trabajamos juntos lo hicimos, azarosamente, en una gran historia. Los tres hicimos personajes que nos marcaron mucho la vida y estábamos totalmente fascinados con la historia, con nuestros personajes y con el recibimiento de la gente. El escenario en el que nos conocimos fue muy generoso y nosotros también entregamos todo ahí. Había mucho respeto por el trabajo del otro. Creo que eso también importa, además de lo humano: el escenario donde nos conocimos.
—¿Qué ha cambiado en la Mane de hoy respecto de la mujer que comenzó en televisión?
—Todo. Todo, excepto que sigo creyendo en la gente. Es lindo, pero de repente pienso: “¿Hasta cuándo, Mané, vas a seguir creyendo en la gente?”. Y creo que no se me va a pasar. Tengo que darle la importancia que merece, porque sí es una virtud, pero en el mundo en que vivimos también hay que estar más alerta. Pero sigo creyendo. Cuando creo que aprendí, me pillo que creí de nuevo. Creo que llegará un momento de mi vida, tal vez después de los 50, en que seguir creyendo en la gente va a ser una virtud que voy a poder gozar. Voy a tener mi vida armada y voy estar rodeada de la gente que elegí. Y una de las cosas de volver a creer en la gente es que, de seguro, no ahora, pero voy a volver a amar con toda la intensidad. Como si no hubiera aprendido nada.
—Me encanta esa respuesta. ¿Qué aprendizaje de estos últimos años sientes que te cambió para siempre y que probablemente no habrías tenido si la vida hubiese sido más fácil?
—Creo que si hay algo que adquirí es un superpoder para resistir el dolor. Mi umbral del dolor se movió a un lugar que no sabía que existía. En el momento te puede romper, pero para el futuro mi resistencia al dolor está siendo mi guía, porque me doy cuenta de que soy capaz de mucho más. Cuando te duele profundamente, después las otras heridas ni se sienten. Y eso modificó por completo mi vida. Cambió mi manera de relacionarme con la gente: qué considero bueno, qué considero malo, qué de verdad tiene importancia y qué no, a qué le debo tomar atención, en qué me debo meter, a quién le debo dedicar tiempo. Es contradictorio porque el dolor es algo malo y yo lo veo también como algo bueno, porque me dio herramientas para todo lo demás. Lo que no aprendí es a dejar de creer en los demás. Y lo que sí aprendí es que tengo una resistencia al dolor infinita.
—“Resiste, mamá” se convirtió en una frase que muchas mujeres han hecho también suya. ¿Qué significa para ti y qué sientes al haberte convertido, sin buscarlo, en una voz para otras madres que viven situaciones dolorosas?
—Esta pregunta es súper importante porque, a diferencia de lo que se pueda pensar, ese “Resiste, mamá” no va para mí. Va para todas las mamás que por interno han llegado a mi vida buscando ayuda o dándome apoyo. He conocido muchas historias de mujeres que vienen luchando hace mucho tiempo, y solo ellas saben que cuando escribo esa frase es para ellas y para las mamás que se van sumando. Dentro de todo lo que he podido, he tratado de guardar la confidencialidad de mi historia, pero en un momento esto se abrió y, al hacerse público, me di cuenta de que no solo tenía que cuidar a mi hijo, también podía hacer algo por los demás. Quisiera poder levantar una bandera sin ningún reparo, sin ningún miedo, con total libertad. Es algo que me moviliza profundamente, pero no puedo hablar porque necesito llegar al otro lado de mi camino primero. Creo que es posible que “Resiste, mamá” sea el principio de algo grande en el futuro, porque quiero que mi historia sirva para salvar a otras mamás y otros niños. Solo así podría tener algo de sentido. Todas las mamás buscan proteger a sus hijos. Se comunican por interno, como bajo tierra, y se apoyan entre ellas. Yo, con las herramientas que tengo porque ha sido un camino largo, trato de transmitirles mi experiencia para que no cometan los mismos errores que yo cometí al ir por caminos que me mal aconsejaron. Si todas estas mamás pudiéramos por fin hablar, ¿cuántas mamás rescataríamos y cuántos niños rescataríamos? En este tema en particular no se ha legislado lo suficiente y no tenemos un respaldo ni un soporte. Mientras tanto nos ayudamos entre nosotras. Creo que, dentro de todo, estoy en el camino correcto.
—¿Todo este viaje cambió tu perspectiva sobre la importancia de las redes de apoyo?
—Sí, totalmente. He pasado por todos los procesos respecto de las redes de apoyo. Al principio acudí a ellas y entendí lo importantes que eran, pero después me sorprendí entendiendo que las redes de apoyo no existen realmente cuando las cosas se complican. Me alejé voluntariamente de gran parte de mi red de apoyo y pasé por momentos donde no tuve ninguna. También he vivido el momento en que reaparecen y aquel en que yo he tenido que buscar ayuda. Hay que aprender a pedir ayuda y yo no soy una persona que lo haga fácilmente. Hoy siento que la red de apoyo es importante, pero también que tiene que existir ese colador: volver a abrir los ojos después de los años que han pasado, mirar para el lado y ver quién sigue ahí. Es importante que el proceso haga su autoselección, porque te muestra la verdad. Estoy súper desilusionada de las redes de apoyo, pero no le aconsejo a nadie tomar el camino de seguir adelante sola. A veces uno siente que es mejor hacerlo para no pasar a llevar a nadie más, y no se lo aconsejo a nadie. Las redes de apoyo son importantísimas. Hay que cuidarlas.
—¿Cómo fue para ti interpretar una historia que también habla de maternidad considerando el momento personal que estabas viviendo?
—Si bien son los mismos personajes y es la continuidad de la misma historia 20 años después, el hecho de que sea una comedia cambia totalmente la perspectiva. Mi vida real y la maternidad de la película no se parecen en absolutamente nada. Lo que sí ocurría era que yo no estaba teniendo una vida donde tuviera la posibilidad de filmar una película. Tengo un norte y una misión súper clara, y es un trabajo 24/7. Estoy al llamado: viajo, vuelvo, viajo, vuelvo. Por eso tuve que dejar mis trabajos y también rechacé teleseries. Cuando el productor de la película vino a mi casa, fui súper clara. Le dije: “Yo no voy a hacer la película, no porque a mí no me convenga hacerla, sino porque a ti no te conviene contratarme. Porque si estoy filmando tu película y me llaman (por un tema relacionado con su hijo), yo me voy a ir. Me tengo que ir”. Finalmente se estableció por contrato que, en caso de razones de fuerza mayor, yo podía irme, y pedí que existiera un plan B de rodaje para no dejar parado a todo un equipo. Gracias a eso hice la película. Entonces, el tema de la maternidad no pasaba por tocarla en la película. Pasaba porque yo era una actriz, que era una mamá, que estaba filmando contra viento y marea en la vida real. Esa fue mi principal dificultad: no la maternidad ficticia, sino la real. Y lo logramos. Cuando hice mi última escena, Dios mío, saltábamos. Cada día era un desafío: lograr hacerla, que el universo conspirara a mi favor. Y se dio como si hubiera estado producido desde arriba.
—Si pudieras hablarle hoy a la Mane que comenzó su carrera, antes de saber todo lo que iba a vivir, ¿qué le dirías?
—Si tuviera la oportunidad de hablarle a la Mane de los 21 años que comenzó a trabajar en televisión, le diría: “Haz todo tal cual”. Tal cual. Pero me gustaría ir a otra Mane. Me gustaría ir a la Mane embarazada y decirle: “Cuídense. Cuídate”. A ese lugar sí me gustaría. Desde muy joven he pensado que no me arrepiento de nada, porque ya está hecho y porque prefiero no quedarme con la inquietud de qué hubiera pasado si… Prefiero equivocarme. Estoy acostumbrada a equivocarme y a empezar de nuevo. Eso me hace mucho más feliz y me deja mucho más tranquila, aunque me duela, que no intentarlo. Después, cuando nació mi hijo, también me preguntaban de qué me arrepentía. De nada, porque si la vida no hubiera ocurrido de esa manera, Santi no hubiera nacido. Pero ahora que ha pasado el tiempo y que ha pasado lo que ha pasado, cambié de opinión. Si retrocediera a hablar con una Mane sería un consejo más largo y muy preciso, pero todo es muy privado. Solamente te puedo dar esas palabras: “Cuídate, cuídense, cuídalo”.
La entrevista ya había terminado cuando Mane quiso agregar algo más:
—Yo la película quiero dedicársela a mi hijo porque lo extraño con el alma.

Belén Soto tenía nueve años cuando entró a un casting masivo de Canal 13 y terminó convirtiéndose en Alicia, el personaje que cambiaría su vida. Casi dos décadas después, los roles parecen haberse invertido: aquella niña que llegó a un set sin saber lo que vendría fue una de las encargadas de hacer posible el regreso de Papi Ricky, esta vez a la pantalla grande y con ella no solo frente a cámara, sino también como productora.
El proyecto comenzó a gestarse hace cerca de dos años y medio y significó conseguir la propiedad intelectual, desarrollar el guion, convocar al elenco original y convencer a ejecutivos de que esos personajes seguían vivos en la memoria del público. Pero detrás de ese regreso hay también otra historia: la de una actriz que entendió muy joven que su carrera sería una “montaña rusa” y decidió dejar las teleseries para aprender a producir y crear sus propios proyectos. Hoy, a los 29 años, Belén vuelve a Alicia desde un lugar completamente distinto. “Mi sueño no es llegar a Hollywood”, dice. Para ella, el éxito ahora tiene que ver con crear, aprender, trabajar con la gente que quiere y, sobre todo, entender que “la cima la construimos nosotros”.
—Si pudieras sentarte hoy frente a la Belén de 9 años que llegó a Papi Ricky, ¿qué le dirías?
—A mis 9 años jamás me hubiera imaginado estar donde estoy hoy. Siempre he dicho que gracias a Papi Ricky, gracias a Alicia, existe la Belén de hoy. Más allá de que el cariño del público te hace crecer y te permite estar donde estás, para mí lo más importante ha sido darme cuenta de que ese personaje que interpreté a los 9 años lo hice desde una inocencia donde no sabía lo que iba a venir. Creo que mi gran secreto siempre ha sido que lo que hago, lo hago con mucha pasión. Me acuerdo de que a esa edad decía en entrevistas: “Mi sueño es llegar a Hollywood”.
—Ese sueño cambió.
—Totalmente. Mi sueño es justamente estar donde estoy hoy, 20 años después, luego de mucho aprendizaje, pudiendo crear ideas, colaborar con muchas personas, crear equipos y trabajar con gente increíble. Para mí, hoy, la cima es poder seguir desarrollándome, aprendiendo y creando mis propios proyectos para crecer como persona. La cima la construimos nosotros, no la presión social ni lo que el resto quiere de ti. Esta industria es una montaña rusa. Puedes estar muy vigente, muy arriba, y de repente ya no es tu momento. Estos 20 años me han enseñado que siempre tengo que dar lo mejor de mí, pero también que esto tiene matices. Uno puede estar arriba o abajo, y ambas oportunidades hay que aprovecharlas. Hoy en silencio. Aprendí que no todo siempre va a ser aplaudido. Vivo muy tranquila bajo esa premisa: lo que hago, lo hago para mí, para mi gente y para las personas con las que trabajo.
—Hubo un momento en que dejaste las teleseries y comenzaste a construir tu camino como productora. ¿Cuándo tomaste esa decisión?
—Hubo un momento, cuando tenía alrededor de 16 años, en que durante un año y medio no me llamaron. Ahí me cuestioné toda la vida: si era buena, si era mala, por qué no me habían llamado. Y pensé: ¿qué va a pasar cuando tenga 25, 30 o 35 años? Porque vives los ocho meses que estás contratada para una teleserie, ¿y después qué? Desde los 16 años empecé a cuestionarme cómo podía dar vuelta eso. Me di cuenta de que esta industria era una montaña rusa y que tenía que cambiarlo. Por eso, a los 22 años hice mi primera productora. La gente me dice: “No te vemos hace muchos años en una teleserie, no te vemos actuando”. Claro, porque me he dedicado todos estos años a trabajar en silencio para lo que quiero. Y creo que ahora, a mis 29 años, por fin vengo de vuelta a decir: “Acá vengo a mostrar todo lo que estuve trabajando durante estos años”.
—Ahora vuelves a interpretar a Alicia, pero además estás detrás de la película como productora. ¿Qué fue más fuerte: reencontrarte con tu personaje, con las personas que fueron parte de tu infancia o lograr que todo esto sucediera?
—Hacer que esto sucediera. La gente ve ahora el estreno, pero esto comenzó hace casi dos años y medio. Primero estuvo todo el proceso de hacer el licenciamiento de la IP con Canal 13, luego convencer con la historia, crear el guion, hacer todas las correcciones, convocar a las personas, a los actores, al equipo. Es un proceso muy largo que he valorado mucho porque he tenido grandes partners durante todo este proceso. Yo tenía que convencer a los grandes ejecutivos y explicarles que esta historia, y estos personajes, han seguido viviendo durante estos 20 años. Es como si Papi Ricky nunca hubiera terminado. Siempre he dicho que soy lo que soy gracias a Alicia. Si no hubiera existido Papi Ricky, mi historia no sería la misma. Durante todos estos años la gente me seguía preguntando: “¿Dónde está su Papi Ricky?”, “¿cuándo se hace una segunda temporada?”, “¿cuándo va a existir una ontinuidad?”. La teleserie se repitió más de seis veces en Canal 13 y siguió viviendo en nuevas generaciones. Creo que ese fue uno de mis grandes motores para preguntarme: ¿por qué no hacer la continuidad 20 años después de una historia que marcó tanto a una generación?
—¿Y cómo fue convencer a Mane de volver?
—Con Mane tuve una videollamada muy larga, de unas tres horas y media. Yo estaba en México y ella en Nueva York. No esperaba que la llamara para esto. Nos pusimos al día, ella estaba viviendo su lucha personal y de repente llegué con esta propuesta. Su primera reacción fue: “Es que yo tengo que hacer a Catrala. ¿Me voy a tener que cortar el pelo?”. Inmediatamente fue muy “sí, obvio”.
—Tú llegaste a Papi Ricky siendo una niña y Mane era una de las mujeres adultas que te acompañaban en ese set. Casi 20 años después, ¿qué significa para ti que esa relación se haya convertido en una amistad real?
—Uno de los regalos más lindos que me dejó Papi Ricky fue justamente mi amistad con Mane. Al principio era distinto porque yo era mucho más niña. Después nos tocó volver a reunirnos en dos teleseries más, donde ya no teníamos una relación de mamá e hija, pero seguíamos teniendo una relación cercana. Nunca nos despegamos. Mane ha estado en algunos de los momentos más importantes de mi vida y también en los más tristes, y yo he estado en los de ella. Ambas tenemos muy pocos amigos. Yo tengo un círculo muy chiquitito y no muchos amigos de la industria. Con Mane hemos logrado conservar esta amistad porque nos respetamos mucho, nos admiramos mucho, sabemos el trabajo que hace la otra y nos apoyamos. Además, somos muy similares. Las dos somos estructuradas y metódicas, a las dos nos carga salir de noche. Nos cuesta socializar, confiar y entregarnos a las personas. Tenemos un círculo muy cerrado y, de hecho, muchos de nuestros amigos son los mismos.
—Mane ha vivido años muy difíciles. Desde tu lugar de amiga, ¿cómo has tratado de acompañarla durante este proceso?
—Creo que mi mayor apoyo ha sido cuidarla. Los amigos al final están para eso, para cuidarse. No tanto para aconsejarla, porque ella sabe lo que está haciendo. Es una tremenda e increíble mamá. Está asesorada por mucha gente con años de experiencia en esto y sabe muy bien cuál es el proceso que está viviendo. No necesita tanto un consejo; necesita a su amiga y a sus redes de apoyo ahí, cuidándola y protegiéndola. Al momento de hacer la película, una de las principales razones por las que Mane aceptó fue porque Jorge y yo le dijimos: “Mane, vas a estar en familia”. Nosotros siempre respetamos sus tiempos y sus necesidades. Si Mane tenía que irse al día siguiente a Nueva York, sabíamos que teníamos que respetarlo porque conocemos cuáles son las prioridades. Hoy la gran prioridad, honestamente, no es la película: es la lucha de Mane.
—Hay algo muy especial en tu historia con Jorge: según cuentas, fue él quien vio tu casting cuando tenías nueve años y dijo “ella es”. ¿Qué ha significado en tu vida más allá de ser tu “Papi Ricky”?
—Jorge siempre ha sido un compañero increíble. Hace 20 años inmediatamente tomó una posición muy paternal conmigo. Creo que también se dio porque tenía hijos de mi misma edad. Creo que por eso la química que logramos hace 20 años fue tan linda: fuimos más allá de la pantalla. Yo conocí a su familia y él conoció a la mía. Después, durante muchos años nos separamos y nos veíamos cada cierto tiempo. No se armó una amistad tan fuerte como la que tengo con Mane como compañera, pero con Jorge siempre existió esa relación más paternal, de preocupación. Para la película fue como abrir y cerrar los ojos: volver al set y sentir como si nada hubiera cambiado en 20 años. Ese compañero y partner que ha existido durante todos estos años creo que se logró reflejar en la pantalla y en el set desde el momento en que nos dijeron “acción”.
—¿La historia de Papi Ricky termina con esta película?
—Las ganas de continuar están y es una conversación que ya está creada. Estamos solamente esperando que el público disfrute esta película tanto como nosotros.

Jorge Zabaleta tenía 36 años cuando interpretó por primera vez a Ricardo Montes, un padre que intentaba criar a su hija y que, según reconoce, tenía bastante de él mismo. Casi dos décadas después, la vida volvió a acercarlo a Ricky desde otro lugar. Hoy tiene 56 años y sus tres hijos —Raimundo, Milagros y Antonio— ya son adultos. Una de ellas incluso dejó Chile para construir su propio camino lejos de casa. Soltar, confiar y aceptar que los hijos también necesitan equivocarse son experiencias que ya no tiene que imaginar para interpretar.
En estos años también cambió su carrera: dejó las teleseries, se aventuró en nuevos proyectos y encontró en Socios otra de esas sociedades creativas que parecen haber marcado su trayectoria. Pero hay vínculos que permanecen. Mientras lo maquillan para esta portada y Mane Swett está a pocos metros de él, Jorge habla de Belén, de sus hijos, de la amistad y de un personaje al que, después de todos estos años, sigue reconociendo como propio.
—¿Qué sentiste cuando estuvieron los tres juntos por primera vez en escena para esta película?
—Lo que pasa es que Papi Ricky tiene que ver con mi propia historia y la época en que hice la teleserie. Mi hijo mayor tiene la misma edad que Belén, entonces Ricky me representaba mucho en esa etapa de la vida. Y ahora, en la etapa que estamos hoy, mi hija Milagros también está como en la edad de Belén, entonces he visto muy de cerca todo el proceso que puede estar viviendo Ricky. En este caso, que las hijas lleguen con los pololos que a uno no le gustan, donde uno sabe que están cometiendo errores, que se van a caer, e intenta que esa caída sea lo más leve posible. Pero uno sabe que finalmente tienen que cometer errores. Si no, no van a aprender.
—Ricky es muy sobreprotector. ¿Tú también eres así?
—Creo que no. Siento que sí soy bien preocupado. Me preocupan mis amigos y la gente que quiero. Pero con mis hijos trato de soltar en algún minuto y confiar en la educación que les di y en que van a tomar buenas decisiones porque, finalmente, la vida son decisiones todo el rato. Uno puede estar en el día a día de tus amigos, de tu familia, pero finalmente son ellos los que van a decidir. En el caso de los amigos, uno puede estar ahí para apoyarlos cuando se equivocan o para celebrar cuando lo hacen bien. Y en el caso de los hijos, ojalá se equivoquen lo menos posible y de la forma menos dolorosa. Uno lo siente y le llega al corazón cuando ellos sufren.
—¿Qué tan diferente es Ricky de Jorge?
—No es tan diferente, porque el personaje me tocó en una época donde me representaba mucho lo que estaba pasando yo, al tener un hijo sin haber tenido una familia formada como dictaban las leyes, ya que no estaba casado y vivía con mi mujer. Yo fui papá en el ‘96 y eso era súper mal mirado, juzgado, y todo el mundo tenía derecho a opinar. Incluso el mismo Estado le ponía un timbre al certificado de nacimiento de un hijo natural reconocido por el padre. Entonces, esto de poder representar finalmente en una teleserie a una familia que no era tradicional para esa época, a mí por lo menos me produjo mucha satisfacción. Yo creo que, por lejos, el personaje que más me ha representado siempre ha sido Ricky.
—¿Cómo fue este reencuentro después de 20 años con Belén y Mané?
—Con Belén ha sido distinto porque ella creció, ya no es la persona con la que trabajé. Hoy es una mujer emprendedora, empresaria, súper movida. Fue un súper motor en toda esta película. Yo dejé una niña de 9 años y ahora me encuentro con una mujer hecha y derecha. Y con Mane es como si el tiempo no hubiera pasado. Hace mucho que no trabajábamos juntos, cerca de 12 años, y es como si no hubiera pasado un día. Seguimos teniendo la misma dinámica de trabajo de siempre. Nuestra desconexión fue solo laboral, no personal. Me encanta trabajar con ella.
—Más allá de lo laboral, ¿qué significa para ti estar presente para alguien como Mane en todo lo que ha vivido últimamente?
—Son sus procesos, yo no puedo comentar esas cosas. Yo estoy ahí por si me necesitan, pero soy súper poco invasivo. Si no me comparten algo o no me buscan para pedirme un consejo, soy más observante.
—Son casi 25 años de amistad con Mane. ¿Cómo describirías hoy ese vínculo?
—La Mane es fantástica. Nosotros nunca hemos perdido el contacto desde que nos conocimos en la serie Más que amigos. Eso fue el 2002, van a ser 25 años. En ese momento, mientras ambos se preparan para la sesión de fotos, Mane lo mira e interviene: “Eres lo más antiguo que me queda en la vida. Lo que más me ha durado”.
—¿Y cómo has visto a Belén en este proceso, desde esa niña que conociste hasta la mujer que impulsó esta película?
—Ella es un poto loco. Se fue a México a buscar su futuro, no está esperando a que llegue. Y en eso es imparable: lo que se proponga, lo va a lograr. Es bueno ver y saber en qué está. Me representa mucho porque yo soy muy parecido en ese sentido. Voy a buscar las cosas también y entiendo su motor y sus ganas.
—Tu carrera ha estado marcada por grandes compañeros de ruta, desde Mane en Papi Ricky hasta Pancho Saavedra y Pedro Ruminot en Socios. ¿Qué necesitas encontrar en otro para que se convierta en un verdadero partner?
—Uno no puede trabajar solo, y a mí me gusta trabajar en equipo. Me acomoda mucho trabajar con Mane. Ella tiene otra mirada de las cosas que a mí muchas veces me descoloca y me hace pensar. Uno no puede trabajar tan solo en esto, no debería. Para mí es fundamental tener otra mirada y otra experiencia en la vida, eso te hace crecer. No concibo el trabajo en solitario.
—¿Qué crees que tiene esta historia para que todavía exista tanta conexión con el público después de casi 20 años?
—Todo. Es una etapa de la vida que también estoy viviendo con una hija que está lejos, viviendo su vida, y que va a representar a todos los de mi generación. Todos los que alguna vez se vieron reflejados en esta teleserie se verán reflejados ahora como papás, viendo que los hijos hacen cosas con las que no siempre estamos de acuerdo.