Punta Arenas no es solo “la escala antes de”, es una ciudad bonita, con carácter y calle, de historia dura, y con una escena gastronómica que te permite sentir aire magallánico.
Es la puerta hacia la Patagonia Grande y, más allá, hacia la Antártica. Pero en los últimos años la ciudad dejó de vivir únicamente de la promesa del paisaje y empezó a construir un panorama propio. Se camina bien y se come mejor, con ideas nuevas que no vienen a “copiar” nada, sino a decir “esto es Magallanes”.
Y sí, hay un rito que la ciudad te deja servido: pasar por la plaza y tocar el pie del Indio Patagón. No es folklore para la foto, es decir “llegué”, marcando el inicio del recorrido.

Aquí, el Estrecho manda. Navegar por el Parque Marino Francisco Coloane, mirar el cielo, ver fauna en serio y entender la escala de estos canales patagónicos.
El avistamiento de ballenas me tenía intrigado y ansioso. Ahí están, estos colosos marinos en medio de la nada. Al observarlos, con esa mezcla de alegría y respeto, uno se vuelve mínimo. Después, viene el golpe emocional del hielo. Dos glaciares en el horizonte de la Isla Santa Inés y, como punto alto, el Glaciar Sarmiento en su propio teatro natural, de blanco azulado, casi neón, que conmueve.
La belleza impactante de los fiordos te inunda, y en algunos momentos me preocupé por el oleaje cruzando mar abierto. Pero luego, entre islas, llega la calma que te conduce hasta el glaciar.
Solo Expediciones / José Nogueira 1255, Punta Arenas / @soloexpediciones

La “Cena del Estrecho” tiene algo que, en Punta Arenas, calza perfecto: no intenta domesticar el paisaje. Te subes al catamarán, el viento hace lo suyo, la luz cae tarde y, adentro, se arma una escena cálida: mesas puestas, copas, conversación y esa sensación de comer en movimiento con el agua marcando el ritmo.
Y la gracia está en el contraste. Afuera, el Estrecho oscuro y enorme, mientras que adentro, cocina y servicio a tiempo.

AIMA es nuevo –lleva menos de siete meses instalado– y se siente como cuando un lugar abre con idea clara y equipo concentrado. No está tratando de agradar a todo el mundo, se está acomodando e intenta interpretar un territorio desde la cocina. Algo que, en Punta Arenas, se veía poco más allá de su escena tradicional.
El proyecto es de Martín Perdomo y Tatiana Guiloff, y en cocina, Fabrizio Aciares. La casa quiere poner al centro la frescura radical, el producto vivo, simpleza con intención, rescate de sabores patagónicos y el respeto por el ingrediente, una cocina que hace bien.
Emplazado en un edificio patrimonial restaurado con detalle, donde el diseño no tapa la historia, AIMA trabaja con el músculo del lugar: mar, frío, sal, acidez bien puesta y cocciones perfectas. El humo aparece como parte del paisaje –a veces en exceso–, pero se nota la búsqueda. Es un lugar brillante que todavía afina sus bordes, pero tengo la certeza que irá trabajando en hospitalidad y detalles. Aunque hoy ya está por sobre la norma local.
Un plato para recordar: las almejas vivas de Chiloé con salsa verde magallánica. Por lejos, mis favoritas. Y para abrir con un golpe más seco, el tártaro de res con pepino pickle, emulsión de yema y quinoa suflada: rico y crocante, de esos que te ordenan el apetito al tiro.

En primera instancia aparecen los bagualito: entremeses breves, intensos y estacionales. Pequeños platos que condensan el espíritu de la casa: producto local, precisión y el fuego como elemento central.
Cabe destacar que en España, la tapa nace –o al menos se vuelve popular– alrededor de una idea simple: acompañar la bebida con algo pequeño. Su origen exacto es discutido y está lleno de relatos, desde cubrir la copa para protegerla, hasta historias de reyes y tabernas.
AIMA trae esa lógica a Magallanes, pero con su propio lenguaje. El nombre es una declaración: bagual, el caballo salvaje patagónico –indómito, adaptado, pegado al paisaje–. Se pueden pedir como aperitivo o venir derechamente a “bagualear”, probar varios, conversar y dejar que llegue la noche.
Errázuriz 970, Punta Arenas. @aimarestaurant

Si AIMA es lo nuevo mirando el territorio, La Taberna es un lugar con peso de ciudad y ambiente cálido. Está en el subterráneo del Club de la Unión y, ya con eso, la escena cambia: piedra, madera, luz baja, mesas que invitan a quedarse, y una cava que recuerda que acá el invierno se conversa con copa en mano.
Plaza Muñoz Gamero 716, Subterráneo. @tabernaclubdelaunion

Monnier funciona como regalo seguro y antojo personal. Packaging bonito, barras y bombones con carácter. Ese tipo de compra que uno agradece después, cuando vuelve a abrir una tableta y el viaje se asoma solo.
La Galería Paola Vezzani es un paseo lleno de obras, objetos y piezas con identidad local, de esos lugares donde uno entra “a mirar un minuto” y termina quedándose. Buen sitio para llevar algo con sentido.
@lagaleriatienda

Para dormir, Estancia Río de los Ciervos funciona perfecto. Queda al sur de la ciudad y te quita el ruido sin aislarte. Tiene ese aire de casa patronal magallánica, con camas listas y silencio de campo, pero con acceso rápido a Punta Arenas.
Río de los Ciervos 5, 5 sur, Punta Arenas. @estanciariodelosciervos

El Cementerio Municipal Sara Braun se recorre con tiempo. Cipreses, mausoleos, mármol, símbolos y apellidos que cuentan Magallanes sin necesidad de explicación. Y al salir, la ciudad vuelve a lo suyo: plaza, viento en la cara, y el Indio Patagón esperando su ritual. Tocar el pie y seguir caminando, como corresponde.