Revista Velvet | Centenario de Marilyn Monroe: Entre el glamour y el desastre
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Centenario de Marilyn Monroe: Entre el glamour y el desastre

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Centenario de Marilyn Monroe: Entre el glamour y el desastre

POR equipo velvet | 01 junio 2026

Por Rita Cox F.

Hoy, 1 de junio, Marilyn Monroe —muerta a los 36 años— cumpliría cien. A propósito del centenario, revisamos las claves de su imagen y su autoimagen, y recordamos que el Museo de la Moda de Santiago guarda una de las colecciones más completas de su guardarropa en el mundo.

28 de abril de 1955 y Truman Capote esperaba en la recepción de una funeraria. esperaba a Marilyn Monroe, que entonces tenía 28 años y llegaba siempre tarde. Cuando por fin la vio, no la reconoció. Su pelo rubio estaba completamente oculto bajo un pañuelo de gasa negra. El vestido holgado del mismo color tenía aires de abuela. Las medias de seda apagaban el brillo de sus piernas. Capote la describió como la abadesa de un convento de monjas en audiencia privada con el Papa, salvo por los zapatos de tacón algo eróticos y los anteojos oscuros que realzaban la palidez vainilla de su piel. Afuera, algunos curiosos giraron la cabeza: no porque reconocieran a la estrella, sino por el extravagante atuendo. Ella soltó su risita y le dijo a su amigo: “Tal vez debería vestirme siempre así. Completamente de incógnito”.

Sin maquillaje y con el pelo oculto, Capote la observó durante la ceremonia y anotó en su memoria lo que vio: una mujer que parecía tener 12 años. Ese retrato —la Monroe deslavada, sin construir, sin plata en la cartera, que nunca sabía qué decirle a la gente y que odiaba los funerales— lo publicó 20 años después en ese texto precioso titulado Adorable criatura, que se encuentra en el libro Retratos (Anagrama). Es el perfil más íntimo que existe de ella junto a la entrevista que Richard Meryman le hizo para la revista Life en julio de 1962 — dos sesiones de cuatro horas que se publicaron bajo el título Marilyn Lets Her Hair Down About Being Famous, días antes de su muerte, el 5 de agosto. Tenía 36 años.

Esa entrevista acaba de ser publicada íntegramente en el libro Marilyn: The Lost Photographs / The Last Interview, que incluye más de 400 fotografías de Allan Grant de la última sesión formal de Monroe en su casa de Brentwood.

En ambas publicaciones aflora la contradicción que encarnaba Monroe y que, probablemente, explica la curiosidad que sigue generando. La mujer pública, construida, platinada, ceñida, de escotes profundos, vestidos cosidos directamente al cuerpo. La mujer privada, destartalada, agotada de cargar con el personaje.

Los diseñadores de MM

La transformación de Norma Jeane Mortenson en Marilyn Monroe fue un proyecto colectivo y calculado. Un sistema de estudios de cine, un coro de profesionales de la moda y la belleza, y varios otros artífices construyeron algo que terminó siendo mucho más grande que cualquiera de sus partes. El diseñador William Travilla fue el arquitecto central: el vestido blanco plisado que voló sobre una rejilla del metro en La comezón del séptimo año (1955), el rosa fucsia de Los caballeros las prefieren rubias (1953), el vestido de lamé dorado que la dejó en la portada de todos los diarios al día siguiente de un estreno cinematográfico.

Travilla no estaba solo. Jean Louis diseñó el vestido nude con cristales para el Happy Birthday, Mr. President de 1962, con participación del joven Bob Mackie. Ceil Chapman era una de sus favoritas para eventos: vestidos de crepé de seda con canutillos, materiales que Monroe atesoraba y repetía. Emilio Pucci aparecía en su guardarropa en varios colores del mismo corte, porque cuando encontraba algo que le quedaba bien lo compraba en todos. En su vida cotidiana usó también Neiman Marcus, Bergdorf Goodman, Saks Fifth Avenue, Jax de Beverly Hills, zapatos de Salvatore Ferragamo.

“Marilyn no solo dejó vestidos icónicos; dejó una forma de entender el vestir. Muchas imágenes suyas en jeans, camisa blanca o prendas básicas parecen sorprendentemente contemporáneas porque anticipan una estética que más tarde se volvió central en la moda estadounidense: la idea de que la sensualidad podía surgir de la simplicidad. Más que una marca determinada, Marilyn parece haber anticipado una actitud visual que décadas después sería retomada por campañas de moda y por el ideal de la mujer moderna, cercana y sofisticada al mismo tiempo”, explica a Velvet Acacia Echazarreta, curadora del Museo de la Moda.

El maquillaje también fue un instrumento preciso.

Sus labios rojos se convirtieron en una firma visual tan reconocible como el lunar. Usaba el rouge número 25 Satin de Guerlain para los estrenos, los sets, la mayoría de sus apariciones públicas. Hoy Bésame Cosmetics comercializa un labial llamado Red Hot Red como reproducción de ese tono, y Max Factor tiene su versión con un tono llamado Ruby Red. El labial rojo de Marilyn Monroe sigue siendo un hit.

“Soy rubia. Pero nadie es tan natural”, le dijo a Capote ese día en la funeraria, levantando el pañuelo para mostrarle la raíz oscura.

Los fotógrafos que contribuyeron a fijar su imagen en el imaginario colectivo fueron algunos de los más importante del sigo XX: Richard Avedon, Cecil Beaton, Eve Arnold, Milton Greene, Philippe Halsman. Greene, que fue su socio en la productora Marilyn Monroe Productions, le tomó algunas de las fotos más memorables que existen de ella: sin glamour de estudio, con una Monroe que parece estar jugando.

El cuerpo MM

“Durante las décadas de los 50 y comienzos de los 60, la sociedad promovía ideales de feminidad asociados a la domesticidad, la maternidad y una imagen de mujer considerada armónica y saludable. En la moda reaparecieron las cinturas marcadas, las caderas definidas y los bustos acentuados, siluetas que contrastaban con las formas más austeras y funcionales que habían predominado durante la guerra.

En ese contexto, el cuerpo de Marilyn no era percibido como una excepción radical, sino como una expresión particularmente intensa de un ideal femenino de la época”, dice Echazarreta.

Agrega que “sus curvas fueron asociadas con una imagen de abundancia, prosperidad y feminidad, valores que también dialogaban con el optimismo económico y el crecimiento del consumo en la sociedad estadounidense de posguerra. Ese cuerpo, además, estaba profundamente mediado por la industria cultural. No era solo un cuerpo biológico, sino un cuerpo construido mediante vestuario, corsetería, maquillaje,iluminación, fotografía y estrategias de representación cinematográfica. Hollywood ayudó a transformar su imagen física en un símbolo cultural”.

La comparación con otras mujeres famosas de la época es inevitable, y la que más se repite es la de Jacqueline Kennedy. Son el mismo período, el mismo Estados Unidos, el mismo hombre en disputa y, sin embargo, dos universos visuales completamente distintos: el glamour sensual de la estrella de Hollywood frente a la elegancia institucional y la sobriedad política.

Ambas construyeron su imagen con igual inteligencia y precisión, pero para objetivos opuestos. Marilyn quería ser vista; Jackie quería ser respetada. Ambas lo lograron, y las dos usaron la ropa como herramienta.

Elizabeth Taylor es la otra gran comparación posible, y Monroe la tenía presente. Ese día con Capote, mirando una vitrina de joyería en Third Avenue, se detuvo frente a un anillo con piedra granate y perlas pequeñas: “Me gustaría poder usar anillos, pero odio que la gente se fije en mis manos. Son demasiado gordas. Elizabeth Taylor tiene las manos gordas. Pero con esos ojos, ¿quién mira sus manos?”.

La vigencia MM

Aunque murió hace más de 60 años, el interés que genera no cede. GUESS lanzó una colección cápsula inspirada en sus looks, Brooks Brothers estrenó en febrero de 2026 su propia cápsula llamada Sealed With a Kiss, y hasta SharkNinja presentó una línea de electrodomésticos en colores Monroe. El labial rojo sigue siendo negocio: Bésame Cosmetics y Max Factor tienen cada una su versión del tono que ella usaba.

La cadena de referencias en la música es igual de larga. Madonna la citó en 1984 con Material Girl, en 1990 con el corsé cónico del Blonde Ambition Tour y en 2021 recreando The Last Sitting para la revista V. Sabrina Carpenter llegó a los VMAs de 2024 con un Bob Mackie vintage que Madonna había usado en los Oscar de 1991, el mismo Mackie que había diseñado el vestido nude de Monroe para el cumpleaños de Kennedy.

El caso Kardashian es, quizás, el más elocuente de todos. En la Met Gala de mayo de 2022, Kim Kardashian llegó a la alfombra roja con el vestido original que Monroe usó para cantarle Happy Birthday, Mr. President a JFK en Madison Square Garden en 1962: la columna ajustada, color piel, cubierta de cristales, diseñada por Jean Louis sobre un boceto de Bob Mackie, guardada en el museo Ripley’s Believe It or Not! en Orlando. Para entrar en ella sin alteraciones, Kardashian siguió una dieta estricta de tres semanas. “¿Qué es lo más americano que puedes imaginar? Eso es Marilyn Monroe”, le dijo a Vogue esa noche.

Desde Chile, Mon Laferte construyó su propia versión de ese diálogo. En los Grammy 2025, la cantante caminó por la alfombra roja con un vestido satinado amarillo, corte strapless en forma de corazón, el cabello rubio platino cortísimo. La referencia era explícita: en entrevistas reconoció que su intención era “ser como Marilyn y como esas divas de los 40 y 50”.

MM en Santiago

El Museo de la Moda de Santiago tiene una relación larga con Monroe. Jorge Yarur adquirió sus pertenencias en el primer remate en que participó el museo, en 1999, y hoy conserva alrededor de 250 piezas: vestidos de cine, ropa cotidiana, objetos domésticos, accesorios, libros,revistas.

La curadora Acacia Echazarreta describe lo que esas prendas revelan: “Las piezas funcionan como documentos materiales que permiten comprender cómo se construyó una de las imágenes más influyentes del siglo XX. Algunas muestran una imagen más simple y funcional; otras revelan cómo ciertas prendas participaron activamente en la construcción de una presencia escénica”. Los pijamas que usaba de día, porque no dormía con ropa. Los pantalones Jax en varios colores. El abrigo de piel de armiño para las premieres. El vestido rojo de terciopelo que llegó tan deteriorado que la diseñadora textil Priscilla Alvarado tardó seis meses en restaurarlo.

Raissa Bretaña, del Museo de la Moda del Fashion Institute of Technology, de Nueva York, suma a Velvet: “La ropa usada por una celebridad —especialmente alguien del pasado— es a menudo el vínculo físico más directo con la persona misma. Su contacto directo con el cuerpo genera una sensación de intimidad, como si aún conservara algo de la presencia de quien la llevó”.

Antes de morir, Marilyn Monroe protagonizó dos sesiones de fotos que describen a la perfección sus dos maneras.

En junio de 1962, el fotógrafo Bert Stern la convocó para Vogue, para la llamada The Last Sitting, tres días en el Hotel Bel-Air, con la actriz en un vestido negro de Dior de espalda descubierta. De las fotografías que le disgustaron, tachó varias con una X en tinta roja, ejerciendo el último control posible sobre su imagen. Stern las publicó de todas formas.

A mediados de julio, en tanto, fue retratada por su amigo George Barris, en la playa de Santa Mónica. En esas fotos lleva un cárdigan artesanal de estilo mexicano, que décadas después se subastó. Con el pelo desordenado, al viento, Monroe mira al mar, la cámara, o sonríe suavemente, envuelta en la lana, descalza en la arena.

Ese contrapunto ya lo había comprendido Capote esa tarde de 1955, en Nueva York, cuando Marilyn le preguntó qué diría de ella si alguien le preguntara cómo era de verdad. “Apostaría a que dirías que soy una descuidada. Un banana split”. Capote le respondió que sí, claro, pero que también diría algo más: “Diría que eres una adorable criatura”.

 

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