Revista Velvet | Turquía: Entre dos continentes y años de historia
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Turquía: Entre dos continentes y años de historia

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Turquía: Entre dos continentes y años de historia

POR equipo velvet | 28 octubre 2026

Desde el amanecer suspendido sobre las chimeneas de hadas de Capadocia hasta las mezquitas, bazares y barrios de Estambul, un recorrido por un país donde oriente y occidente se encuentran entre paisajes irreales, sabores intensos y siglos de historia.

Texto y fotos María José Winter @majowinter

Al viajar, hay momentos que son difíciles de describir. Como cuando te abruma la belleza del paisaje y el cúmulo de emociones no encuentra palabras. Por eso me encanta buscar en otros idiomas lo que en español a veces no alcanza. Y encontré una palabra japonesa: Mono No Aware. “El sabor agridulce que deja un momento breve y agonizante de belleza trascendental”. Hace referencia a esa sensibilidad de sorprenderse ante la belleza de las cosas y a la dulce tristeza que nos invade cuando desaparece, porque nada dura eternamente.

Todo esto era para explicarles lo que se siente volar sobre un globo a las 6 de la mañana en Capadocia, cuando el sol aún no sale entre las montañas.

CAPADOCIA, VOLAR ENTRE LAS CHIMENEAS DE LAS HADAS

A esa hora hay una luz preciosa, un amarillo brillante con nubes rosadas y anaranjadas. Desde la tierra se levantan enormes formaciones rocosas de formas imposibles. Y, en el cielo, más de 100 globos volando. De todos los colores. Hay un silencio absoluto, interrumpido solamente por la llama del quemador que se prende y se apaga para mantener el globo en el aire. Una escena surrealista que solo existe en Capadocia. Y yo estaba ahí arriba, dentro de uno de esos globos.

Lo que se siente es difícil de traducir: una paz absoluta, la sensación de querer grabarte esa imagen en la cabeza para siempre. El globo sube muy alto y de pronto baja, y te metes entre las rocas, rozando casi las chimeneas de hadas que desde el suelo parecían enormes y desde el aire parecen de otro planeta.

Observas cómo los otros globos danzan a tu alrededor, cómo la luz va cambiando con cada minuto que pasa.

Es uno de esos momentos en que el cuerpo sabe que está viviendo algo que no va a olvidar.

Capadocia es especial por sus formaciones rocosas naturales, esculpidas durante millones de años por la erosión del viento y la lluvia. Y hay que vivirlas también desde tierra. Recorrí el Valle de las Palomas caminando entre las chimeneas, observando sus distintas formas: algunas altas y delgadas, otras anchas y redondeadas; todas con esa textura porosa que parece esculpida a mano. Es un paisaje irreal, como si alguien hubiera diseñado un paisaje de ciencia ficción.

Y los miradores al atardecer merecen un apartado. Desde arriba, el valle completo se tiñe de naranja intenso, como si estuvieras mirando Marte desde un satélite. Todo: las rocas, el cielo, el polvo del camino, se convierten en una pintura monocromática que dura exactamente los minutos que dura la luz. Si tienes más tiempo, el Museo al Aire Libre de Göreme es una visita que no puedes saltarte: un conjunto de iglesias, templos y monasterios bizantinos excavados directamente en la piedra, con más de mil años de antigüedad.

ESTAMBUL, DONDE EL PLAN ES PERDERSE

Turquía es mucho más que Capadocia. Es un país de contrastes, con una cultura rica, una gastronomía deliciosa y una ciudad tan compleja y vibrante como pocas en el mundo. Estambul, además, es la única ciudad del planeta dividida entre dos continentes.

Estambul es de esas ciudades que te atrapan desde el primer día. Llena de barrios con vida propia, cafeterías escondidas, calles que suben y bajan sin lógica aparente y una historia que se cuela por cada adoquín. Si tuviera que elegir mis favoritos: el barrio de Gálata y el de Fener y Balat.

Gálata es famoso por su torre medieval, construida en 1348, que además de ser uno de los mejores miradores de la ciudad es considerada una de las torres más antiguas del mundo. A su alrededor, las calles tienen vida propia: pasadizos de adoquines, algunas que suben, otras que bajan, todas estrechas y llenas de secretos. Desde ahí puedes acceder al Puente de Gálata, que cruza el Cuerno de Oro, y es el lugar perfecto para ver el sol esconderse en el Bósforo mientras los turcos pescan con sus cañas y los barcos pasan en todas direcciones. Baja al nivel inferior del puente, siéntate frente al río con una cerveza y un shawarma. No necesitas más.

Fener y Balat son los barrios más coloridos y fotogénicos de Estambul, declarados Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO y famosos también por aparecer en todas las teleseries turcas que conquistaron Latinoamérica. Cada día llegan cientos de turistas buscando sus casitas de colores, sus tiendas llenas de flores y sus cafeterías de especialidad.

Y en alguna esquina, casi seguro, te vas a encontrar con el espectáculo del café turco: un joven sentado frente a una olla con arena caliente (la técnica para distribuir el calor de manera uniforme) moviendo con paciencia el recipiente hasta que el café está listo. Pruébalo sí o sí.

SULTANAHMET: DOS MEZQUITAS Y MIL AÑOS DE HISTORIA

El barrio de Sultanahmet es lo que fue el centro del Imperio Bizantino y hoy es un museo al aire libre donde conviven mezquitas monumentales, pequeñas teterías, patios escondidos y callejuelas empedradas. Pero hay dos monumentos que lo dominan todo como guardianes silenciosos: Santa Sofía y la Mezquita Azul.

Santa Sofía fue construida en el siglo VI como basílica bizantina y convertida en mezquita en el siglo XV.

Cuando entras, lo primero que te golpea es la luz: oscura, densa, misteriosa. Sus pinturas son grises y el espacio tiene una penumbra que no esperabas, pero que le da exactamente el aire que merece un edificio con quince siglos de historia. Los mosaicos cristianos conviven con la caligrafía islámica en las paredes, y esa mezcla te recuerda que este lugar ha sido testigo de imperios enteros. Ten presente que actualmente está en trabajos de mantención permanente, así que no la verás en todo su esplendor, pero igual vale la visita.

Justo enfrente está la Mezquita Azul, reconocible desde lejos por sus seis minaretes y su fachada simétrica. Pero lo que realmente te detiene está adentro: más de 20.000 azulejos de cerámica de İznik que cubren cada pared e inundan el espacio de una luz azulada hipnótica. Puedes entrar libremente, sentarte en el suelo y escuchar a los fieles rezar. Esa dimensión espiritual, en medio de tanta belleza visual, es difícil de olvidar. Recuerda los códigos de vestimenta: hombros y rodillas cubiertos para todos, y pelo cubierto para las mujeres. Antes de seguir, haz una pausa en alguna tetería del barrio. Té de manzana, de hibisco o de salvia.

A diez minutos de Sultanahmet está el Gran Bazar, y la descripción más honesta que puedo darte es esta: es una ciudad dentro de la ciudad. Más de 4.000 tiendas distribuidas en un laberinto de calles techadas, uno de los mercados cubiertos más antiguos y grandes del mundo. Al principio puede ser abrumador; los vendedores te hablan desde todos lados, la oferta es infinita, pero lo mejor es tomárselo con calma y dejarse llevar. Alfombras tejidas a mano, joyas de oro, cerámicas pintadas, lámparas turcas, especias, cuero, antigüedades. Si las compras son lo tuyo, este es tu lugar.

Y para cerrar la experiencia, a diez minutos del Gran Bazar está el Bazar de las Especias: más pequeño, más concentrado e igual de intenso. Prepárate para probar frutas deshidratadas rellenas de crema de pistacho, dátiles enormes con frutos secos, dulces de miel y chocolates, en un ambiente que huele a canela, cardamomo, azafrán y menta. Uno de esos lugares donde los sentidos no saben por dónde empezar.

Turquía es de esos destinos que te dejan con la sensación de no haber tenido suficiente tiempo, sin importar cuántos días hayas estado. Y eso, viniendo de un país que cabe entre dos continentes, tiene todo el sentido del mundo.

 

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