Premiadísima internacionalmente, esta actriz y escritora que está a punto de estrenar la versión teatral de uno de sus aplaudidos libros, confía en el futuro: “Quiero creer que esta crisis que el mundo está padeciendo es la gran oportunidad para la gente juiciosa y democrática”, declara.
Por Marietta Santi Fotos Pedro Magnere
Alta, flaca y chispeante, así es nona fernández, nombre que ha asumido desde niña y con el que firma sus libros. Actriz y escritora, es una de las creadoras chilenas más conocidas internacionalmente. Hace poco su último texto, Marciano, fue finalista del Premio Aena de Narrativa Hispanoamericana, que entrega un millón de euros al ganador. Una noticia pop que la llevó a los noticieros de todo el mundo.
Nona (1971) se ríe cuando escucha de su fama. Estamos en el antiguo café California, en Ñuñoa, que le encanta. Se toma un momento antes de hablar: “Voy a ser súper honesta. Hablar de fama me parece gracioso.
Me gusta hablar de la hiper exposición que uno empieza a tener, y que estoy aprendiendo a gestionar. No me siento una persona famosa, pero entiendo que los trabajos literarios me han llevado a distintos lugares”.
—Y te convierten en referente.
—No escribo para ser portada de una revista o para ser noticia. Escribo porque me gusta, porque si no escribo, no sé vivir. Es una manera de respirar, de pensar el mundo, lo mismo el escenario. Es todo lo que podría decir, porque estoy en el medio del problema (risas). Estoy intentando ajustarme a que en la calle me hablen o me pidan fotos. Que es lo que veía con mis amigos que trabajan en las teleseries. Pero no es mi cara la expuesta, sino el libro, que es probablemente lo mejor que soy.
En este momento, Nona ensaya todas las mañanas con su compañía, La Pieza Oscura, para el 10 de julio estrenar en GAM la versión teatral de su libro La dimensión desconocida (2017), Premio Sor Juana Inés de la Cruz y finalista del National Book Award.
¿La trama? Una mirada a Andrés Antonio Valenzuela, El Papudo, torturador que un día se arrepintió y quiso confesar lo hecho a la periodista Mónica González.
“La gran reflexión es sobre la humanidad. Los seres humanos podemos emprender caminos horrorosos, pero siempre hay algo de humanidad que rescatar. Si alguien como El Papudo lo logró, que era un campesino, cómo no van a poder lograrlo personas que son letradas”.
—¿Por qué precisamente este libro al teatro?
—En algún minuto me cansé de montar obras aristotélicas. Intentando jugar con otros materiales, puse sobre la mesa Space Invaders, un librito chiquito. Y siguiendo esa ruta después hicimos Voyager. En el caso de La dimensión desconocida, la compañía quiso trabajarla. Con todos los desafíos que eso implica y todas las preguntas para nosotros. ¿Por qué ahora? ¿Qué nos interesa problematizar?
—¿Disfrutas este proceso? Es un libro complejo.
—El traspaso al teatro, por lo menos de estos tres trabajos, ha sido súper interesante porque es revisitar los textos y volverlos colectivos, que es algo que mi trabajo literario no lo tiene del todo. Digo eso porque creo que cada vez que escribo lo hago en conjunto. No escribo sola, no invento las cosas. La escritura literaria es solitaria, pero no tanto. Está llena de fantasmas.
—Necesitas una alta cuota de generosidad para poner tu creación al servicio de la compañía.
—El ego no funciona en los trabajos creativos, eso me lo enseñó el teatro. La mierdita que uno es (sonríe) tiene que quedar a la altura de todos. Somos todas juntas haciendo el trabajo. El ego no tiene mucho que ver con mi trabajo, se apaga en el proceso.
—¿Conscientemente o no?
—Naturalmente. Creo que soy una señora con poco ego, o poco ego del malo. Me es muy fácil dialogar.

Nona Fernández egresó como actriz de la Escuela de Teatro de la Universidad Católica, donde hoy hace clases. Pareja desde entonces del director y también escritor Marcelo Leonart, juntos se han convertido en el núcleo de un colectivo que ha mutado de nombre con los años: Merry Melodys, La Fusa y La Pieza Oscura.
Creció en el barrio Avenida Matta, con su madre y su abuela, fue a un colegio de monjas, creció en dictadura y, como en toda su generación, la explosión adolescente se mezcló con la vuelta a la democracia.
—¿Por qué crees que te impactó tanto la dictadura? Podría haber sido otro tu tema. El género, por ejemplo, ya que creciste en un entorno femenino.
—No lo sé, de verdad. Vengo de una familia de izquierda, pero no tengo familiares detenidos desaparecidos ni exiliados. Pero mi familia era sensible y estudié en un colegio de Avenida Matta, muy sensible políticamente. Teníamos compañeras que habían sufrido problemas; íbamos a los entierros, a los funerales, hacíamos velatones, íbamos a las marchas. Creo que eso configuró de alguna manera mi infancia y adolescencia, y me marcó. Así de simple.
—La infancia y la adolescencia son etapas fundamentales de la vida.
—Son como una especie de Itaca, siempre se vuelve. Es un momento fundacional. Y mi anecdotario, mi imaginario, mi vida de esa época estaba envuelta en esto: la calle, los centros de alumnos, la asamblea. Todo era vitalidad. Nos enamorábamos, en las marchas íbamos a ver a los que nos gustaban, todo se mezclaba. Era un momento de completa efervescencia. Intuyo que esa es la razón. Y también porque hubo muchas cosas que quedaban sin respuesta. Los adultos no te decían porque no sabían o porque querían protegernos.
—¿Y la democracia cambió algo?
—Pensé que todo este puzle se iba a aclarar. No ocurrió del todo, para ser justas. Se ha ido aclarando con el tiempo, lentamente, y todavía hay mucho que nunca vamos a saber. Encontré en la literatura un espacio de pensamiento y de investigación sobre ese pasado reciente.
A fines del año pasado publicó tal vez su libro más polémico, Marciano, aplaudido ejercicio literario centrado en la vida de Mauricio Hernández Norambuena, más conocido como el comandante Ramiro. “Es divertido, porque evidentemente ese libro ha resonado mucho por el protagonista, y a ratos lo único que importa es la posición política que pueda el libro tener. Siempre supe que no iba a ser una oda a Mauricio, ni tampoco lo iba a condenar. Quería hablar sobre la experiencia humana, sobre el alma humana”, precisa.
—¿Esta mezcla de investigación, con ficción, con biografía, es una decisión consciente o aparece por una necesidad?
—Ningún proceso creativo mío parte de lugares muy conscientes. Soy muy intuitiva para trabajar, desde la elección de los temas, que aparecen y me enamoran. Mi guata, mi estómago, mi cuerpo, mi intelecto, todo dice “hay que hacerlo”. Y voy tras la ruta de ese deseo, me lanzo. Y los procedimientos siempre son distintos.

Una de las palabras que más repite Nona es compromiso, lo que se permea en su familia (pareja, un hijo y un gato), en su trabajo teatral y en su mirada política.
“Se trata de voluntad y de convicción. Uno toma la opción de hacer un camino colectivo, de hacer un camino juntos, y eso no es un sacrificio, es un aprender juntos, es crecer juntos. A la gente le cuesta mucho tomar un compromiso”, reflexiona.
—¿Cómo hacerlo?
—Si quiero un mundo más cariñoso, tengo que ser más cariñosa, más tolerante, Tengo que llegar a acuerdos y tener una mesa más amplia para dialogar. He aprendido mucho y probablemente esto no te lo hubiese dicho hace diez años, cuando había gente con la que no me iba a sentar nunca a conversar. Ya no sirve la dicotomía entre el bueno y el malo. Creo que todos aquellos que no cuidan la democracia se quedan fuera de los límites mínimos de diálogo. Esas personas son peligrosas.
—O sea cumplir años ha sido bueno para ti.
—Vengo saliendo de un periodo complejo con mi mami, que falleció hace un año. Fue un tiempo difícil, de deterioro. Y para mi madre ser vieja siempre fue un problema. No toleraba la vejez. ¿Y sabes? No sé si es por contreras, pero cada día disfruto más ser grande. No me molestan las arrugas ni las canas, no me molesta la experiencia, tampoco no acordarme a ratos de algo, ni el cansancio. No me da el cuerpo como antes. Bueno, descanso. Creo tiene que ver con la experiencia que se ancla en el cuerpo y con lo que uno aprende de los errores. Por lo menos para mí, que siempre he tenido el problema de ser consciente.
—Como dice Jo March, de Mujercitas, lo peor es la conciencia.
—(risas) La conciencia a ratos es un problema. A veces me gustaría haber sido más inconsciente, para haber loqueado más. Sigo equivocándome un millón, pero no me importa, porque sé que eso es aprendizaje y que finalmente no somos nada importante. Y aunque la cague, tampoco es tan importante. No hay que perder el entusiasmo que se asocia a la juventud, porque no es un tema de jóvenes sino de convicción y de elección.
—¿El futuro te parece muy oscuro?
—Parece que no tenemos salida, todo es incertidumbre, pero no podemos pensar en eso. El problema que tenemos es feroz y puede destruir al planeta, hay que concentrarse en inventar el futuro que queremos, porque si no, nos pegamos un tiro ahora. Por eso tenemos que armar un proyecto colectivo amplio para proyectar un futuro cariñoso, bueno, justo, mejor. La izquierda ha sufrido de falta de creatividad política, cuándo vamos a proponer un proyecto que entusiasme para poder caminar hacia allá. Y eso no está ocurriendo a nivel mundial.
—¿Y cómo lo imaginas tú?
—Quiero creer que esta crisis que el mundo está padeciendo es la gran oportunidad para la gente juiciosa, democrática, que cree que las cosas pueden ser más cariñosas y mejores. Ya hubo guerra, hubo intentos de revoluciones, hubo totalitarismo, no repitamos, inventemos algo nuevo y caminemos hacia ello. Me declaro optimista, saldremos de esta oscuridad.