Revista Velvet | Denise Ratinoff de Lira y sus emocionantes 30 años como martillera de Christie’s
Entrevistas

Denise Ratinoff de Lira y sus emocionantes 30 años como martillera de Christie’s

Denise Ratinoff de Lira y sus emocionantes 30 años como martillera de Christie’s
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Denise Ratinoff de Lira y sus emocionantes 30 años como martillera de Christie’s

POR equipo velvet | 27 julio 2026

Por Alfredo López J. Fotos Pedro Magnere

“¡Es un espectáculo!”, dicen quienes la ven por primera vez al frente de un remate. Reconocida por haber articulado la mentalidad del coleccionismo en el país, la vicepresidenta regional de Christie’s para Chile, Perú y Ecuador sueña con un paraguas único de filantropía y beneficencia. Sobre las familias de alto patrimonio, es directa: “la verdad es que han sido extremadamente generosas”.

Sus días son organizados y de mucho trabajo de oficina, con una intensa agenda de reuniones que la tienen permanentemente conectada a horarios de Nueva York, Londres y Tokio. Aun así, todas las mañanas se levanta a las seis de la mañana y desayuna con su madre que cumplió cien años. Siempre impecable, siempre radiante, Denise Ratinoff Kramarenko (72) nos recibe en el comedor de su casa con vista al Club de Golf Los Leones.

En las paredes aparece, de alguna forma, la historia de su vida profesional: cuadros y esculturas de artistas como Mario Carreño, Roberto Matta y Marta Colvin representan su historia como la principal martillera del país, la misma que ha logrado que el arte chileno ingrese a las grandes ligas de las subastas internacionales. Y no solo arte. También vinos, muebles, joyas, cartas históricas, propiedades y hasta aristocráticos castillos en Europa.

De origen ucraniano, su familia materna llegó primero a Buenos Aires. Pero no les gustó la excesiva humedad de la ciudad y, finalmente, se establecieron en Valparaíso, donde les dijeron que estaba el mejor clima del mundo.

En Chile, Denise estudió en la Alianza Francesa y, como buena alumna, después recibió una beca para ingresar a psicología en la Sorbonne. Su madre no la dejó ir porque apenas tenía 16 años. Estudió Enfermería en la Cruz Roja, después Pedagogía en la Universidad de Chile y muy pronto conocería a su marido, el reconocido cirujano oncólogo Exequiel Lira del Campo, treinta años mayor que ella.

“Operó a mi abuela de un cáncer de tiroides, ahí nos conocimos, hablamos. A los pocos meses, en 1971, nos fuimos a vivir con mi familia a San Francisco, en Estados Unidos. Exequiel llegó hasta allá para decirle a mis padres que estaba enamorado de mí. No estaban muy contentos, por la diferencia de edad, pero después lo adoraron. Yo también lo ayudé mucho, trabajé más de 20 años con él, como arsenalera y en la consulta”.

Fue un pilar fundamental en su vida, con el cual estuvo 35 años casada y fue madre de tres hijos: Matías, Denise y Andrea. “Exequiel era de los que decía, por ejemplo, ‘¿por qué no me dan las jaquecas a mí en lugar de a Denise?’, imagínate. Volvería a casarme, a ojos cerrados, con el mismo hombre”.

Agradece a Dios la vida que ha tenido y dice que recibió una “estabilidad emocional tremenda” de parte de sus padres y abuelos. Por lo mismo, siente que debe entregar y su actual propósito es motivar a las mujeres más jóvenes.

“Cuando hablo con ellas, quiero imprimirles seguridad en sí mismas, para que su autoestima comulgue con lo que son y con lo que quieren ser. Yo trabajé para y con mi marido por años. Hasta que me di cuenta de que yo tenía título profesional, hablaba inglés, francés y castellano. Entonces, dije: ¿qué va a pasar cuando esto se acabe? Cuando él se retire, jubile o qué sé yo…”

—¿Y ahí apareció Christie’s en su vida?

—Así fue. Justo Dios me mandó en ese momento, en el año 1994, a una amiga que me dice: “Ven, acompáñame, que vienen dos personas de Christie’s a entrevistar a gente para un trabajo”. A mí no me interesaba, tampoco sabía lo que era. Llegamos y nos dijeron que había que viajar todos los meses a Estados Unidos, porque había setenta departamentos, 365 remates al año y cincuenta oficinas alrededor del mundo. Les dije que no, porque tenía hijos adolescentes y mucho sentido de familia.

—¿No insistieron más?

—Pasaron ocho meses y, en una feria Art Basel de Miami, me encuentro con Alain Jathière, el francés que me había entrevistado y me dice: “Te va a llegar un sobrecito para que tú decidas”. Efectivamente, encontré el sobre con un pasaje y la estadía en un hotel por cinco días para conocer Christie’s en Nueva York. Mi hijo Matías, me decía: “Mamá, si pasa algo, probemos”. Y Mario Carreño, el pintor, que para mí era una inspiración, me insistía en que fuera…

—¿Cómo la convenció Carreño?

—Me dijo que el arte en Chile no estaba regulado ni fiscalizado. Que cualquier persona que no tenía trabajo se dedicaba a ser dealer de arte. Cuando recién llegué a Christie’s recuerdo que tenía diez o doce entrevistas diarias, en inglés, francés y en castellano. Además de otras sobre arte ruso, arte japonés, old master, antiguos maestros, pintura del Siglo XIII al siglo XVIII, pintura moderna, joyas, libros, vinos, mapas, una miscelánea de cosas. Hasta que llegó David Tyler, que era el presidente de esa época, y me dice: “Would you accept the job?” (¿Aceptas el empleo?) Y le contesté: “Dame un día más para sentir que soy parte de la familia Christie’s”. De inmediato, me di cuenta de que no era un trabajo, sino una forma de vida. Al día siguiente, igualmente, dije que sí. Desde ahí han pasado treinta años.

“SIEMPRE SEGURA Y AGRANDADA”

—¿Cuál fue su propósito inicial?

—Crear la mentalidad del coleccionista en el país y que entendieran que el artista escribe la historia. También me interesaba su internacionalización y la recuperación del patrimonio en mi país. En esa época yo trabajaba con pintores como Roberto Matta, Claudio Bravo y Mario Carreño. Siempre con artistas consagrados, porque para impulsar nuevos talentos están las galerías que hacen un gran trabajo. Christie’s, en cambio, busca responder a las inquietudes de los coleccionistas como mercado secundario.

—¿Cuáles cree que han sido momentos importantes de su carrera, sus highlights?

—Cuando vendí el record price de Roberto Matta, el primer cuadro que se vendió en 5,5 millones de dólares, en NuevaYork. Otros récords han sido con Guayasamín y Carreño.

—Su entorno, ¿qué decía?

—Cuando llegaba acá, los martilleros hombres me preguntaban: “¿Tú vas a vender un cuadro en 100 mil dólares?”. “No”, les respondía, porque los venderé en un millón de dólares. Siempre segura y agrandada. Y así fue…

—Un mundo muy masculino…

—Absolutamente. Y todavía lo es. Seguramente debo ser una de las pocas martilleras profesionales en el país.

—¿Cómo se entrena un martillero?

—Se entrena en una sala donde hay un profesor de teatro, un psicólogo, un fonoaudiólogo y un experto en algún área. Recuerdo que, la primera vez, me dijeron: “A ver, venda las joyas de la reina Isabel”. Entonces ahí te paras en el estrado con tu martillo y comienza el remate. Después, cuando terminas, te muestran la filmación de lo que hiciste. Te explican cómo hacerlo, con movimientos que sean equilibrados, con técnicas para no equivocarse y retener.

Pero lo más importante es la intuición. Ahora soy capaz de ver detrás de la retina de las personas, sé cuándo no quieren más y hasta ahí llegó su oferta. Otra cosa es dejar que la gente se entusiasme y se motive, porque puedes empezar en 100 y terminar en 500, pero eso es una técnica.

—¿Cómo se siente cuándo está en el estrado?

—No lo sé. Cuando estoy sobre el estrado, me transformo. El martillo es algo personal, cómo hablas y te mueves… Cuando recaudo fondos para una fundación, lo primero que hago es entender sus necesidades. Porque son todas distintas y con diferentes necesidades.

EL ULTIMO PIJAMA NO TIENE BOLSILLO

Desde niña sintió que su vocación era el servicio. “Me preguntaba, ¿a qué vine a este mundo? ¿Qué tengo que hacer? ¿Cómo puedo aportar? He tenido el privilegio de trabajar con un porcentaje pequeño de gente, posiblemente menos del 1% de personas que pueden adquirir un patrimonio alto. Mientras que el otro 99 por ciento no tiene cómo hacerlo. Para eso estoy yo, para unir esos mundos, a través de la beneficencia pro bono”. Es así, como mediante sus subastas, ha logrado recaudar cifras históricas sobre 1 millón 200 mil dólares.

—¿Cómo llegó a la Fundación Nuestros Hijos?

—Bueno, me mueve mucho el tema. Mi marido Exequiel era oncólogo. Y, además, amo a los niños. Tengo un imán con ellos, me acerco y algo pasa. Ellos intuyen cuando tú los quieres. Recuerdo que cuando conocí a David Rockefeller, a quien todos los años le organizábamos sus subastas, me dijo: “En Chile hay beneficencia, pero no hay filantropía”. Ahí entendí qué significaba de verdad la consecuencia filantrópica, una conciencia que se hereda de generación en generación.

—¿Cómo funcionan en Chile las familias más importantes en torno a estos conceptos de filantropía?

—Diría que son extremadamente generosas, todos sabemos que no son unas pocas familias en el país. Tal vez no les guste que lo diga. Pero sí, me consta y lo he vivido. Es gente que ha demostrado una generosidad a otro nivel, lo que las fundaciones agradecen.

—¿Todas, todas?

Así es. Es muy poco probable que no te den para una causa importante. Por lo mismo, creo que el modelo filantrópico puede funcionar muy bien aquí, contagiar a las próximas generaciones para que ese propósito persevere. Lo lindo que existe en Chile, por ejemplo, es que hay varias fundaciones vinculadas a estas familias que se dedican básicamente a la educación. Y la educación es la base del desarrollo. Hay que impulsar ese amor a compartir con los demás, porque cuando uno se va de este mundo, lo hace con lo que llegó. O sea, nada. Por eso, yo siempre digo que el último pijama no tiene bolsillo.

—¿Cuál sería para usted un escenario ideal en el futuro en torno a la filantropía?

—Mira, mi sueño es que pueda existir una sola fundación que albergue a todas las otras que se dedican a oncología, otra que se dedique a educación, otra a los niños down y así sucesivamente, ir uniendo a todas. Si hubiera un solo directorio para hacer eventos grandes al año, podríamos entregarles mucho más. Lo digo, porque en lo personal, casi no doy abasto con todas las peticiones.

—¿Cuántas tiene al mes para subastas de beneficencia?

—Más de ocho. Y todas son relevantes, o de urgencia. Muchas se chocan con otras en torno a un mismo propósito y el público también es el mismo.

—¿De qué forma cree que se pueda llegar a un gran cambio social?

Sin duda a través de la educación. Si aquí todas accedieran a una educación -no digo que necesariamente universitarios, sino también técnico-profesional- todos tendrían su ruta. No habría tanta delincuencia ni abandono, porque lamentablemente los niños repiten esquemas. La educación es un derecho, no un privilegio.

—Una última frase que la identifique.

—Simple. Solamente son tres palabras: la felicidad es compartir.

 

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