Revista Velvet | María Teresa Haeussler: La fragilidad femenina de las bailarinas de bronce
Entrevistas

María Teresa Haeussler: La fragilidad femenina de las bailarinas de bronce

María Teresa Haeussler: La fragilidad femenina de las bailarinas de bronce
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María Teresa Haeussler: La fragilidad femenina de las bailarinas de bronce

POR Ignacia Castillo | 14 octubre 2026

Con más de 30 años dedicada a la escultura, la artista ha construido un lenguaje propio a través de figuras femeninas que parecen bailar, pero que, sobre todo, expresan emociones. Desde la madera hasta el bronce, su obra habla de libertad, fortaleza y de la necesidad de detenerse, aunque sea por un minuto, a mirar hacia adentro.

Fotos Jesús Alvarado

Para María Teresa Haeussler, la escultura nunca fue una decisión que tuviera que pensar demasiado. Desde niña estuvo ligada a los materiales, al hacer con las manos y a la creatividad de su familia.

Hoy, a sus 52 años y después de más de tres décadas de trayectoria, reconoce que aquella intuición infantil se convirtió en una manera de vivir y de expresarse. Su proceso ha pasado por la madera, la cerámica, la resina y finalmente el bronce, material que encontró cuando necesitó mayor libertad para llevar sus figuras hacia el movimiento.

“Nunca tuve duda de estudiar Arte en la Universidad Católica con mención en escultura, luego estudié escultura en Barcelona y me he dedicado siempre a eso. Es parte de mi ser. Soy artista, soy escultora, es mi manera de expresarme”, resume.

Ya no puede enumerar la cantidad de esculturas que ha hecho, que podrían ser fácilmente 300. Sí sabe que crea alrededor de 60 por año, en diferentes formatos, y que cada obra demora aproximadamente un año y 14 pasos desde el concepto a su versión final.

-¿De dónde viene tu pasión por el arte?

–De toda la vida. Fui súper inquieta con las manos desde chiquitita. Siempre he estado creando, haciendo, trabajando en 3D, siempre en escultura, con greda, barro, madera, construyendo. Mi abuelo y mi mamá eran personas muy creativas, muy artistas, y yo siempre andaba detrás de ellos. Me enseñaron a tallar y, más que nada, como maestranza. Siempre tuve súper claro que quería arte, que quería expresarme a través de mis manos.

-¿Cómo ha evolucionado tu obra durante estos más de 30 años?

-Siempre me he expresado a través de las figuras humanas, especialmente de las mujeres. A veces estaban acompañadas con hombres, parejas o familias; hoy día están bailando solas a la vida. Siempre he sido figurativa y más de emociones. Ha cambiado en que hoy soy más consciente de lo que hago, tengo más seguridad de lo que quiero hacer y me sale más fácil expresarlo. Como todo en la vida, cuando tienes claro lo que quieres, es más fácil hacerlo. Me doy menos vueltas, soy más concreta y una va afinando también la forma de expresar lo que quiere decir. Hoy puedo decir que aparentemente son bailarinas que le bailan a la vida, pero no desde una danza. Son mujeres que expresan a través del cuerpo, con sus brazos, sus manos, su cara y su postura. Expresan distintas emociones y te llevan a algún momento de tu vida o te despiertan alguna vivencia.

-¿Cómo son las bailarinas?

-Cada una de ellas es un mundo interior, donde yo soy el canal para expresarlo. Esa madurez te la da el tiempo, el hacer y crear. También me la ha dado la recepción que tengo con el público. Cuando veo que un espectador se emociona, que hay gente que se pone a llorar o queda afectada –siempre dentro del rango de las emociones positivas en el que yo me muevo– digo: “Qué bueno que puedo hacer un aporte”. No solo crear por crear, sino aportar en el crecimiento personal de cada uno, o sencillamente dar momentos de tranquilidad, calma y reflexión.

–¿Cómo parte la creación de una escultura en bronce?

-Hay dos maneras de crear, desde mi punto de vista. Una es desde el hacer por necesidad: tú haces y después te enteras de por qué lo hiciste o descubres por qué hiciste eso. Nunca es porque sí, siempre hay una razón. Y otra es desde el concepto, cuando ya tienes claro qué quieres hacer y tienes la necesidad de hacerlo. En mi caso, cada vez hago más desde el concepto. Creo que con la madurez la tengo más clara.

-¿Y cómo es el proceso?

-En bronce es súper largo. Son alrededor de 13 o 14 pasos, todos muy delicados. Primero tienes el concepto y la idea, y luego debes hacer la obra en otro material: plasticina, cerámica, madera, resina, lo que quieras. A eso se le saca un molde y empieza todo el proceso de la cera perdida y el proceso de fundición. Si en alguna de esas etapas no se hace bien el trabajo, lo que hice originalmente en plasticina no va a ser el resultado en bronce. Por eso, aunque la creación está al principio, el proceso completo también es parte de la obra. No la puedo descuidar ni un minuto.

María Teresa destaca al “equipo maravilloso” que trabaja con ella desde hace casi 20 años, cuando se enfocó en bronce. “Me conocen, conocen mi mano y siempre están preocupándose de hacerlo lo más fidedigno posible, como si fueran mis manos. Pero, así y todo, no son mis manos. Si yo no estoy encima de cada uno de estos actos, se puede perder lo que quise expresar en la cara, en las manos o en el movimiento”, afirma.

Cuando finalmente sale la pieza en bronce, después de soldar, pulir y darle color, llega una satisfacción enorme, cuenta. A esa altura ha pasado prácticamente un año desde que la escultura fue pensada en plasticina. “Es como verla nacer después de un embarazo muy largo”.

BAILARLE A LA VIDA

La llegada del bronce significó también una liberación. La madera comenzó a limitar las posibilidades de movimiento que buscaba para sus figuras y la cerámica.

El bronce, en cambio, le permitió llevar al cuerpo hacia brazos extendidos, movimientos más libres y figuras que combinan delicadeza con resistencia. En esa contradicción María Teresa encuentra también una metáfora de la mujer.

“Para trabajar en madera tienes que tallar una a una las piezas y quería expandirme, levantar los brazos. Se puede hacer en madera, pero te limita: se quiebra, un brazo finito o un dedo delgadito es más frágil. Me tenía contenida, como con los brazos unidos al cuerpo”, recuerda. Después trabajó con alambre, resina y otros materiales que le permitieron soltarse, hasta que llegó al bronce y dijo: “Esto no lo puedo hacer en otro material”. Sus primeras bailarinas, hace 18 o 19 años, fueron chiquititas, con tutú y detalles en las manos.

-¿Por qué el bronce?

-Me gusta el bronce por la permanencia, porque la obra trasciende, no se va a romper. Puede estar en el exterior y puede durar. Mi obra tiene mucha relación con el bronce porque el ser humano, y especialmente la mujer, somos personas fuertes, aunque tenemos mucha carga y responsabilidades. Nos paramos en punta de pie con una carga enorme y decidimos levantarnos día a día y seguir adelante. Siento que el bronce, al ser duro, firme y resistente, afirma este concepto de resistencia y firmeza. Mi trabajo tiene esa contradicción: desde lo frágil, pero lo firme. Es lo mismo que tenemos las mujeres: la fragilidad es tu fuerza. Somos tan frágiles y tan firmes a la vez.

-¿Y cómo surgieron las bailarinas?

–Uno de mis referentes siempre fue Constantin Brancusi. Él trabajaba con una imagen muy simplificada que dice mucho. También me gustaba mucho Alberto Giacometti, con estas figuras flacas y largas. Partí haciendo figuras más abstractas. Tenían los ojos cerrados, y eso sigue siendo parte de una necesidad en mi trabajo: ninguna de mis esculturas te va a mirar, necesito que estén hacia dentro. No es que hayan partido bailando. Partieron siendo mujeres expresando, a lo mejor, una contención. Todo de la mano de mis vivencias. Después esas personas se fueron individualizando y fueron agarrando protagonismo de manera independiente. Son niñas, son mujeres que no tienen edad. Algunas bailan, otras están de pie, otras están con los ojos cerrados mirando al cielo, como una conexión entre la tierra y el cielo, lo divino. En pocas palabras, creo que nacen desde la libertad de expresión de la mujer. Desde cómo una mujer empieza a expresarse con madurez y libertad, con los brazos, con el cuerpo, con las manos, y eso termina viéndose como una bailarina.

-¿Qué lugar ocupan tus emociones en la creación?

-Mi trabajo viene súper de mi alma, de mi corazón. Mis manos son un canal. Soy muy observadora y, obviamente, me sale mucho más fácil cuando he sentido esa emoción, porque ahí sé cómo el cuerpo habla. Pero todas las emociones que uno trabaja las ha sentido a lo largo de la vida. La diferencia es que yo las expreso a mi pinta, como yo creo que se vería esa emoción. A lo mejor tú la ves diferente, vas a ver otra cosa, pero te va a llevar a otra emoción, a una vivencia o a un momento de reflexión que te conecte con alguna historia tuya.

-¿La maternidad también se refleja en tu obra?

–Mis tres hijas mayores son mujeres y ahí partió mi etapa de madre, con mucho rosado, princesas y vestiditos. Eso me ayudó a atreverme a darle algo súper femenino a mi obra. Después tuve dos hombres, y eso me hizo apreciar todavía más lo femenino. Qué lindo que las mujeres nos atrevamos a ser lo que somos y que no tengamos miedo de ser femeninas, cada una en su esencia. Tuve cinco hijos en diez años y nunca dejé de trabajar. Para mí ir al taller a crear no era trabajar, era mi mejor terapia de la vida. Necesitaba irme al taller. Siempre me las ingenié para trabajar, nunca dejé de hacerlo.

MIRAR HACIA ADENTRO

Durante agosto y septiembre, María Teresa presentó en Galería La Sala una selección de 15 esculturas, correspondientes a trabajos desarrollados durante aproximadamente los últimos cinco o seis años. Algunas fueron fundidas en 2025 y 2026, mientras que otras nacieron mucho antes.

La muestra reunió a sus bailarinas y también incorporó obras realizadas con objetos encontrados y materiales reciclados.

-¿Qué encontró el público en esta exposición?

-Son mujeres que te invitan a reflexionar sobre cómo queremos vivir la vida. Te invitan a mirarte hacia adentro, a parar, a tener una pausa en tu día a día. Los invito a verlas y ojalá se detengan dos minutos por escultura, para mirar, observar, sentir y reflexionar. También tengo siete mini bailarinas, algunas con su escultura grande, y dos obras con redes chilotas recicladas. Es una línea que desarrollo paralelamente, donde visto a las mujeres con redes, madera, cerámica, láminas de bronce o palos de los ríos. Es una manera de darle una segunda vida a objetos encontrados que están botados. La figura, la bailarina, les da alma y el objeto encontrado tiene una segunda vida.

-¿Tienes bailarinas favoritas?

-Las favoritas están en mi casa y van variando según lo que voy viviendo. Hay momentos en que unas no me hablan mucho y las cambio por otras que me llenan el alma en ese momento. No es una específica, van rotando. Hay algunas que tienen más relación solo conmigo, con mi esencia, pero en general todas tienen un pedacito mío.

-¿Por qué es importante acercar tu arte a la gente?

–El arte es parte de mi vida. Es mi manera de entregar algo, de aportar en esta sociedad y de expresarme. No podría desligarlo de mí. Yo podría crear y estar en mi taller, y sería inmensamente feliz, pero todo lo que yo quiero expresar necesita salir a la luz. Estas mujeres necesitan llegar a un escenario. Todo lo que han practicado y han bailado no es solo para mí, también es para los demás. El mundo hoy es muy rápido, muy estresado. La inteligencia artificial, las redes sociales, todo nos da una inmediatez y no nos da tiempo de parar. Yo veo que no hay tiempo de detenerse sin teléfono y sin mirar nada. Eso es lo que yo ofrezco con mi escultura: nada más que un minuto para mirarte a ti. Es como un freno de mano: para y luego vas a tener otro día, un día mucho mejor. Siento que mi aporte a la sociedad y a la cultura es que el ser humano tenga un momento de pausa en la vida, una pequeña reflexión, y que podamos ser mejores personas.

María Teresa termina con una reflexión: “Soy una agradecida de la vida por hacer lo que más me gusta, poder vivir de esto y que haya personas que lo valoren. Para mí es un tremendo regalo”.

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