Fotos Pedro Magnere
Chusca, Zuri, Dolce y Gabbana llegaron a su vida de maneras muy distintas, pero hoy comparten algo en común: son familia. Entre historias de rescate, segundas oportunidades, pelos en la ropa y una cama tomada por cuatro perritas, la creadora de contenido cuenta cómo ellas le han enseñado que el amor también puede llegar con cuatro patas.
Hay casas que se sienten como hogar porque están llenas de recuerdos, personas y objetos queridos. Y hay otras donde el hogar, además, ladra, corre, pide cariño y deja pelos en la ropa. En la casa de Camila Santa Ana, las protagonistas son Chusca, Zuri, Dolce y Gabbana, cuatro perritas con historias, personalidades y mañas completamente distintas. La más longeva, la más juguetona, la más regalona y la más astuta: cada una llegó a su vida de una manera diferente y terminó ocupando un lugar único en su familia. Camila dice que no imagina su vida sin perros y que, en los momentos más difíciles, ellas fueron su refugio.
“Son mis primeras hijas”, asegura. Y basta escucharla hablar de ellas para entender que, en su casa, el amor tiene cuatro nombres y duerme todas las noches en su cama. —Tienes cuatro perros y cada una llegó a tu vida de una manera muy distinta.

¿Qué crees que han venido a enseñarte Chusca, Zuri, Dolce y Gabbana?
—Mis perritas me han enseñado que en la calle siempre hay un perrito esperando una oportunidad. Me han mostrado que todos son distintos, que cada uno tiene necesidades, personalidades e historias diferentes, y que justamente ahí está su belleza. La Chusca es la más viejita y sabia; la Zuri, la más juguetona; la Dolce necesita mucho cariño y contacto; y la Gabbana, aunque es más arisca al principio, termina entregando todo su amor. Cada una, a su manera, me enseña algo distinto. Gracias a ellas entendí que, detrás de cada perrito que vive en la calle, hay una vida que merece ser vista, cuidada y amada. Y que todos, sin importar su edad, su historia o su carácter, merecen una familia y un hogar donde sentirse seguros.
—Chusca tiene 13 años y dices que es “tu favorita, tu todo”. ¿Qué historia hay detrás de ese vínculo tan especial? ¿Qué momento recuerdas en que sentiste que ella te había elegido a ti?
—La Chusca me robó el alma. Me robó el corazón y un pedacito de mí que nunca voy a recuperar, porque se lo entregué por completo. No sé exactamente qué fue. Tal vez su mirada, sus ojos llenos de ternura, sus pestañas eternas o sus patitas cortitas. Hay algo en ella que me desarma por completo. A veces la miro y siento que me quita el aire. Quizás también tiene que ver con que siempre fue la que más me necesitó.
—¿Cómo fue su llegada?
—Cuando recién llegó, yo me movía de un lado a otro y ella iba detrás de mí. Siempre me busca con la mirada, siempre quiere saber dónde estoy. Como si, de alguna forma, su tranquilidad dependiera de saber que sigo cerca. La Chusca es mucho más que una perrita para mí. Es compañía, lealtad, amor incondicional. Es parte de mi historia y de mi familia. Y hay algo que agradezco profundamente: que siga aquí, que haya conocido a Nina y a Siena, que haya podido acompañarme en esta etapa de mi vida y compartir con mis dos hijas. Verlas juntas es un regalo inmenso, de esos que uno guarda para siempre en el corazón. Porque si hay algo que sé, es que la Chusca llegó a mi vida para enseñarme una forma de amor que no conocía. Y por eso le voy a estar agradecida todos los días que nos queden por compartir.
—Chusca llegó desde Fundación Julieta. ¿Qué significa para ti adoptar y darle una segunda oportunidad a un animal que quizás nadie estaba mirando?
—Antes de conocerla yo ya venía recogiendo perros de la calle. La primera que adopté fue la Pascua. La encontré un día de Navidad y por eso le puse ese nombre. Recoger un perro directamente de la calle es algo difícil de explicar. Es ver una vida vulnerable y decidir que no va a seguir enfrentando sola el mundo. Es saber que ese perrito ya no tendrá que buscar comida entre la basura, dormir bajo la lluvia o correr el riesgo de ser atropellado. Es cambiar su destino para siempre.

—Te hace pensar, ¿quién rescata a quién?
—Aunque pareciera que uno es quien está rescatando, con el tiempo descubre que ellos también terminan rescatándolo a uno. Porque el amor que entregan es inmenso, generoso y absolutamente incondicional. Es un amor que llena espacios que ni siquiera sabías que estaban vacíos. La Chusca llegó a través de una fundación, pero el impacto que tuvo en mi vida fue exactamente el mismo. No sentí que estaba adoptando una perrita más. Sentí que llegaba alguien que estaba destinada a formar parte de mi familia. Con ella aprendí que el amor no siempre llega de las formas que uno imagina. A veces llega despeinada, con miedo, con cicatrices y necesitando ayuda. Y termina convirtiéndose en una de las presencias más importantes de tu vida. La Chusca no solo encontró un hogar conmigo. Yo también encontré algo en ella. Encontré compañía, ternura, lealtad y una forma de amor tan profunda que, hasta el día de hoy, me cuesta ponerla en palabras.
—Zuri tiene una historia muy fuerte: llegó después de haber sido maltratada e incluso quemada. ¿Cómo fue el proceso de devolverle la confianza y mostrarle que podía volver a sentirse segura?
—La Zuri llegó a mi vida de una manera muy especial. La vi por Instagram y, aunque suene extraño, me enamoré de su fealdad. Había algo en ella que me atrapó de inmediato. Su historia era dura. Decían que era una perrita profundamente dañada, que había sido quemada y maltratada, que había vivido cosas que ningún ser vivo debería experimentar. Incluso existía la posibilidad de que no pudiera ver, de que quedara ciega. Aun así, cuando la vimos, con mi marido supimos que era para nosotros. No hubo dudas. Decidimos que, pasara lo que pasara, la íbamos a cuidar, a querer y a acompañar. Que con amor, paciencia y cariño ella iba a aprender que existía otra forma de vivir. Que había un lugar seguro donde podía descansar, confiar y sentirse protegida.
—Y así fue.
Con el tiempo, la Zuri entendió que esta era su casa. Que aquí nadie le iba a hacer daño. Que podía dormir tranquila, buscarme con la mirada, seguirme por la casa y entregarse al cariño sin miedo. Hoy, incluso enfrentando la epilepsia y los desafíos que trae la edad, seguimos exactamente donde prometimos estar desde el primer día: a su lado. Porque la Zuri ya no es una perrita que adoptamos. Es parte de nuestra familia. Y las familias no se abandonan cuando las cosas se ponen difíciles. Las familias se acompañan, se cuidan y se quieren hasta el final. Ella estuvo para nosotros con su amor incondicional todos estos años, y nosotros estaremos para ella siempre.
—Zuri tiene esa característica tan especial de que se le queda afuera la lengua. ¿Sientes que esas “imperfecciones” son justamente las cosas que más terminan enamorándonos de ellos?
—La Zuri es imperfectamente perfecta. Tiene la lengua siempre afuera, los ojos saltones, ve a medias, una patita chueca y un aliento que podría derribar a cualquiera. Es, sinceramente, un espectáculo dantesco. Y, al mismo tiempo, espectacular. Me enamoré de todo eso. De sus rarezas, de su historia y de su forma de seguir adelante a pesar de todo. Porque la Zuri me recuerda todos los días que la belleza no está en la perfección, sino en aquello que nos hace únicos.

—Dolce & Gabbana llegaron juntas a tu vida. ¿Qué te enamoró de ellas y cómo es la dinámica entre ambas? ¿Son tan distintas como sus nombres?
—La Dolce y la Gabbana llegaron juntas. No sé si eran hermanas, amigas o mamá e hija. Lo que sí sé es que son completamente distintas. La Dolce, la blanquita, es dulce como su nombre, regalona y muy mamona. La Gabbana, en cambio, es más arisca y le costó más confiar. Pero, a su manera y a su tiempo, las dos terminaron entregándose por completo a esta familia. Y nosotros a ellas.
—¿Qué rituales tienen juntas? ¿Hay algún momento del día que sea sagrado con ellas?
—Nuestro ritual es dormir juntas. Mis hijas jamás han dormido en mi cama, pero mis perras son las verdaderas dueñas de ella. Todas las noches las cuatro se acomodan en sus lugares. La Dolce y la Gabbana duermen arriba de nosotros, sobre las almohadas; la Chusca duerme entre mi marido y yo; y la Zuri, a los pies de la cama. Así ha sido por años. Ese es nuestro ritual, nuestro momento de encuentro y una de las cosas que más amo de nuestra familia.
—¿Tus perros han sido una compañía especialmente importante en momentos difíciles o de grandes cambios en tu vida?
—Mis niñas son todo para mí. En los momentos más difíciles de mi vida, cuando no podía tener hijos, estuvieron ahí. Por eso siempre serán mis primeras hijas. Han sido compañeras fieles, incondicionales y un refugio en cada etapa de mi vida. Pero también han estado presentes en los momentos más felices, como el día de mi matrimonio, acompañándome y siendo parte de esa alegría. Ellas siempre están. En las penas, en las celebraciones y en los grandes momentos. Y por eso ocupan un lugar tan importante en mi corazón y en mi familia.
—¿Qué crees que las personas aprenden cuando conviven con un perro? ¿Qué te han enseñado ellas sobre el amor?
—No me imagino la vida sin perros. De verdad no entiendo cómo hay personas que viven sin ellos. Para mí, vivir con perros es vivir teniendo la felicidad al alcance de la mano. Es saber que siempre habrá compañía, una bienvenida llena de entusiasmo, alguien esperándote y alegrándose genuinamente de verte. Son una preocupación linda, una presencia constante y un amor incondicional que acompaña todos los días. Para mí, tener perros no es un detalle en la vida. Es algo fundamental.

—Si tuvieras que describir tu casa cuando están las cuatro juntas, ¿qué palabra usarías?
—Hogar.
—¿Qué cosas de ellas te gustaría llevar contigo para siempre?
—Pelitos. ¡Siempre me llevo sus pelitos en mi ropa!
—Si pudieras decirles una frase a tus cuatro perritas, sabiendo que entienden más de lo que creemos, ¿qué les dirías?
—Que las amo y que quiero que vivan para siempre al lado mío.
—Si tus cuatro perritas tuvieran un chat de WhatsApp sin ti, ¿qué crees que dirían de su humana?
—Si mis perritas tuvieran un grupo de WhatsApp sin mí, estoy segura de que dirían algo así: “¿Alguien puede decirle a nuestra humana que ya no nos dé tantos besos?” o “Por favor, que deje de apretarnos todo el rato”. También: “¿Es realmente necesario que nos encuentre lindas cada cinco minutos?”. Probablemente pasarían el día quejándose de lo intensa que soy. Pero también sé que, cuando no estoy, serían las primeras en preguntarse dónde anda su humana.
—¿Quién es la más regalona, la más mal genio, la más celosa y la que sabe exactamente cómo conseguir lo que quiere?
—La más regalona la Dolce, la más mal genio la Chusca, Dolce es celosa y Gabbana la más astuta.
—¿Cuál es la regla de la casa que tus perros ignoran completamente?
—¡No pueden ladrar! ¡Y ladran un montón!
—¿Qué apodo secreto tiene cada una? ¿Cómo les dices cuando nadie las está escuchando?
—Zuri es perrita bebé, Chusca es Chusca, Dolce es Osheee y Gabbana es Babbana.
—Si tus perros pudieran escribir una reseña de cinco estrellas sobre ti como mamá, ¿qué diría?
—¡Señora, deje de adoptar perros siempre nos trae uno nuevo!
—¿Quién sería la primera en escaparse si abres la puerta de la casa por accidente?
—Gabbana sale corriendo y vuelve.
—¿Cuál de ellas tiene más “mañas” o pequeños lujos de princesa?
—La Zuri es la más compleja y mañosa. Si llueve, no sale a hacer pipí.
—¿Hay alguna palabra que ellas entiendan perfectamente y que jamás puedas decir delante de ellas?
—¡Vamos!