Revista Velvet | Mario Kreutzberger, el hombre que nunca dejó de conversar
Entrevistas

Mario Kreutzberger, el hombre que nunca dejó de conversar

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Mario Kreutzberger, el hombre que nunca dejó de conversar

POR equipo velvet | 05 julio 2026

A once años del histórico fin de “Sábado Gigante”, el programa que condujo durante 53 años y que marcó a generaciones de televidentes, Don Francisco vuelve oficialmente a la televisión estadounidense. Mario Kreutzberger encabezará una nueva serie de entrevistas para Univision, donde conversará con grandes figuras del mundo hispano en un formato que combinará la cercanía, la profundidad y la emotividad que han definido su estilo. Un esperado regreso que confirma que, a sus 85 años, el legendario animador chileno sigue apostando por el arte de la conversación.

Por Katherine Echaiz Dirección y fotografía principal Johanan Benavides

Durante más de seis décadas, Mario Kreutzberger acompañó la vida cotidiana de millones de personas. Fue el animador que reunió a las familias frente al televisor, el entrevistador que conversó con las figuras más influyentes del mundo hispano y el impulsor de una de las obras solidarias más importantes de Latinoamérica.

Pero detrás de Don Francisco siempre ha existido Mario. Y, a sus 85 años, conserva intacta la curiosidad que marcó toda su vida.

Nos recibe en su departamento de Miami, donde vive junto a Temmy, su compañera desde hace más de seis décadas. No hay asistentes marcando tiempos ni productores organizando la entrevista. Es él quien nos recibe, saluda al equipo, pregunta como estuvo el viaje desde Santiago y quiere saber cómo sobrevive una revista impresa en tiempos donde tantas han desaparecido.

Antes de que encendamos las cámaras, la conversación ya comenzó.

“Quiero felicitar a Velvet por estos años. Hoy los medios tradicionales enfrentan enormes desafíos. Mantener una revista es casi un acto heroico”, menciona.

No lo dice con nostalgia. Lo dice con la serenidad de quien ha visto cambiar la televisión, la radio, los diarios y ahora las plataformas digitales. Mientras muchos hablan del fin de los medios tradicionales, él prefiere hablar de la capacidad de adaptarse.

Y esa idea —adaptarse sin perder la esencia— termina atravesando toda la conversación.

EL JOVEN QUE DESCUBRIÓ EL FUTURO

“Al principio pensé que era una radio. Después entendí que era una radio que se veía”.

Mario Kreutzberger nunca soñó con trabajar en televisión. Su primer proyecto de vida estaba muy lejos de un estudio de grabación. Tenía que ver con telas, patrones y máquinas de coser. Su padre esperaba que continuara el negocio familiar y, para prepararlo, lo envió a los diecinueve años a Nueva York a estudiar modelaje industrial, una especialidad ligada a la confección masculina.

Hoy cuesta imaginar lo que significaba emprender ese viaje. No existían celulares, internet ni videollamadas. Llamar a Chile era una odisea y las cartas tardaban semanas. Quien cruzaba el continente desaparecía por meses de la vida cotidiana de su familia.

Mario llegó con una maleta, veinte palabras en inglés y muchas más preguntas que respuestas.

—¿Mandarías hoy a un hijo de diecinueve años solo a Nueva York? —me pregunta, invirtiendo por primera vez los roles.

Le cuento que mi hijo mayor vivió una experiencia similar cuando se fue adolescente a Alemania, donde reside parte de mi familia. Sonríe.

—Pero era distinto. Yo estaba completamente solo.

Vivía en el Hotel Stanford, en Manhattan. Nueva York era una ciudad vibrante y desconocida. Él también era otro hombre. Le gustaba el teatro y disfrutaba los escenarios, pero todavía no imaginaba que terminaría dedicando su vida a ellos.

Hasta que una tarde todo cambió.

Al entrar al lobby del hotel vio un aparato que creyó reconocer. Pensó que era una radio Grundig, como la que tenían en su casa. Se acercó por curiosidad. Entonces descubrió que aquella radio tenía imágenes.

—Pensé: “Este es el futuro”.

Lo recuerda con la precisión de quien conserva intacto un instante decisivo. Mientras la mayoría veía una innovación tecnológica, él alcanzó a intuir algo más profundo: estaba naciendo un nuevo lenguaje. Una forma distinta de contar historias y de llegar simultáneamente a millones de personas.

Aun así, terminó sus estudios.

—No quería defraudar a mi padre. Me titulé, trabajé un tiempo en eso… pero ya sabía que quería buscar una oportunidad en la televisión.

No hubo rebeldía. Tampoco un plan perfectamente diseñado. Hubo intuición. Con los años entendió que aquella tarde en el Hotel Stanford había cambiado su destino. Lo llamativo es que, al recordar esos años, Mario nunca habla de ambición. Habla de aprendizaje. Quizás por eso nunca dejó de reinventarse. Lo hizo cuando apareció la televisión a color, cuando llegaron el cable e internet y, más recientemente, cuando las redes sociales transformaron la manera de comunicarnos.

Confiesa que el salto al mundo digital no fue sencillo.

—La primera vez que grabé contenido para redes me dijeron: “Eso es televisión. No sirve para redes”.

En lugar de resistirse, decidió volver a aprender.

—Hoy uno también tiene que involucrarse. Ya no basta con preguntar. Hay que contar quién eres, de dónde vienes, qué piensas.

Mientras hablamos de comunicación, vuelve a hacer preguntas. Quiere saber de mi infancia en Concepción, de mi familia y de cómo llegué al periodismo. Entonces entiendo que su mayor talento nunca fue únicamente entrevistar: fue conseguir que las personas olvidaran que estaban siendo entrevistadas.

Ese rasgo nació mucho antes de Don Francisco, mucho antes de Sábado Gigante. Comenzó en 1959, cuando un joven chileno descubrió, casi por casualidad, una “radio que se veía” y comprendió que el futuro consistiría, simplemente, en encontrar nuevas maneras de conversar.

EL OFICIO DE CONVERSAR

“Nunca pensé que iba a convertirme en un personaje. Siempre me sentí un trabajador de las comunicaciones”, reflexiona.

Mario Kreutzberger evita hablar de éxito. Tampoco utiliza palabras como fama o celebridad. Hay una que aparece una y otra vez durante la conversación: trabajo.

—Yo he sido un obrero de esto.

No parece una frase casual. Resume una forma de entender la televisión.

Mientras millones de personas veían a Don Francisco una vez por semana, él dedicaba el resto de los días a pensar en el programa siguiente. Nunca en el anterior. Para Mario, cada sábado significaba volver a empezar. Ese hábito nació mucho antes de Sábado Gigante. Cuando regresó de Nueva York, Chile apenas descubría la televisión. No existían escuelas de comunicación, manuales ni profesores que enseñaran el oficio.

—Uno aprendía haciendo.

Y eso fue exactamente lo que hizo. Observó. Probó. Se equivocó. Volvió a empezar. Cuando le pregunto si un comunicador nace o se hace, responde con una comparación inesperada. Recuerda los cursos de modelaje donde cientos de jóvenes soñaban con convertirse en modelos profesionales.

—Entraban doscientas personas. La mayoría aprendía a caminar, pero eso no las convertía en modelos. El talento era otra cosa.

Hace una pausa.

—Con los comunicadores pasa igual.

La técnica puede perfeccionarse. Lo que no puede enseñarse es la capacidad de conectar con las personas. Con el tiempo comprendió que la televisión no consistía en hablar frente a una cámara. Consistía en observar. Escuchar. Entender qué emocionaba, qué divertía y qué conmovía al público. Por eso, cuando habla de comunicación, rara vez comienza por la tecnología. Prefiere hablar de las personas.

—Los medios cambian. Las personas no tanto.

Esa convicción terminó definiendo toda su carrera.

Mientras muchos animadores miraban el escenario, él miraba las tribunas. Había descubierto que el verdadero protagonista nunca sería el conductor. Sería el público.

EL PÚBLICO PRIMERO

Décadas antes de las redes sociales, Don Francisco ya había entendido que la televisión no podía construirse desde arriba del escenario.

—Nuestro programa se hacía al lado del público y a través del público.

Por eso nunca creyó que el éxito de Sábado Gigante estuviera en los concursos, los artistas internacionales o las celebridades. La fuerza del programa estaba en la gente. Cada semana el equipo trabajaba con una sola obsesión: sorprender.

—La gente nunca encontraba el mismo programa dos semanas seguidas.

Algunas secciones permanecían porque el público las esperaba —el Chacal de la Trompeta, La Cuatro o los concursos tradicionales—, pero todo lo demás estaba en permanente movimiento. Mario intuía algo que después se transformaría en una regla de la televisión: el éxito del sábado anterior no garantizaba absolutamente nada para el siguiente.

LA APUESTA MÁS GRANDE

El gran giro de su carrera no ocurrió frente a las cámaras. Ocurrió en una oficina. Después de años en Canal 13 sintió que había llegado a un límite.

—Sentí que me estaban restringiendo.

No lo recuerda con resentimiento. Más bien como el momento en que comprendió que, si quería seguir creciendo, debía salir de su zona de confort. La oportunidad apareció de la mano de Joaquín Blaya, un ejecutivo chileno radicado en Estados Unidos.

Mario recuerda con precisión aquella conversación.

—Me dijo: “El Sábado Gigante de Chile no sirve”.

Hace una pausa y sonríe.

—Después agregó: “Hay que hacerlo aquí”.

La frase cambió su vida. Aceptó el desafío de comenzar prácticamente desde cero en un mercado mucho más competitivo. Durante años vivió entre dos países. Pasaba once días en Miami y once en Santiago. Todos los miércoles viajaba a Chile para conducir el programa; apenas terminaba la transmisión del sábado, regresaba a Estados Unidos para grabar la versión internacional. Dormía más en los aviones que en su propia casa.

—Había meses en que pasaba seis o siete noches arriba de un avión.

Recuerda incluso que, algunas veces, el vuelo de LAN Chile esperaba unos minutos para que alcanzara a llegar desde el canal.

—Eran otros tiempos. LAN tenía tres aviones… hoy tiene cientos.

Lo cuenta entre risas, sin épica. Nunca habla de sacrificio. Habla de disciplina. Porque, al final, convertirse en Don Francisco nunca fue el objetivo. El verdadero desafío consistía en algo mucho más simple y mucho más difícil: llegar cada sábado con una idea nueva para volver a sorprender al público. Durante más de sesenta años lo consiguió. Y quizás esa sea la mejor definición de su carrera. No la de un personaje televisivo. La de un hombre que convirtió la curiosidad, el trabajo y la capacidad de escuchar en el oficio de toda una vida.

EL PRECIO DEL ÉXITO

Hasta aquí hemos hablado del comunicador. Del joven que descubrió la televisión en Nueva York. Del hombre que transformó Sábado Gigante en el programa de variedades más importante del mundo hispano. Pero hay una pregunta que cambia el rumbo de la conversación: ¿Qué precio tuvo ese éxito? Mario guarda silencio unos segundos. Después sonríe.

—He sido bígamo.

La frase provoca un instante de desconcierto. Él mismo rompe el silencio.

—Llevo sesenta y tres años casado… y sesenta y tres años dedicado a las comunicaciones.

El humor dura apenas unos segundos. Después aparece Mario.

—En algún momento se produce un desequilibrio entre el trabajo y el hogar.

No hay dramatismo ni justificaciones. Solo una constatación. Mientras millones de personas lo veían cada sábado por televisión, su familia aprendía a convivir con las ausencias.

—No es que yo no estuviera. Estaba… poco.

La diferencia parece mínima. No lo fue. De todos los recuerdos que comparte, hay uno que todavía lo conmueve. No tiene que ver con la televisión. Ni con el rating. Ni con los premios. Tiene que ver con un dibujo. Preocupados por algunos aspectos de la crianza, Mario y Temmy llevaron a sus hijos a un psicólogo. El ejercicio era simple. “Dibujen a su familia”. Los niños comenzaron a pintar. Primero apareció la madre. Grande. En el centro de la hoja. Después los hermanos .Y, en una esquina, casi fuera del dibujo, una figura pequeña. Era él. Mario recuerda ese momento con absoluta claridad.

—Fue un impacto muy grande.

No necesita agregar nada más. El dibujo decía todo lo que él todavía no había querido ver.

—Me di cuenta de que tenía que cambiar.

No asegura haber recuperado el tiempo perdido. Tampoco intenta suavizar la historia. Simplemente reconoce que empezó a buscar un mejor equilibrio. Ese cambio tuvo una forma concreta. Todos los martes, al mediodía, dejaba de trabajar. Sin excepciones, iba a buscar a sus hijos y la tarde era completamente de ellos. No había reuniones, ni grabaciones, ni llamados.

—Ellos elegían. Ir al cine, comer un helado, salir a caminar, dar una vuelta en auto sin destino.

Lo importante nunca fue el panorama. Fue el tiempo compartido.

—Hasta hoy se acuerdan de los martes especiales.

Hace una pausa.

—También recuerdan los momentos en que no estuve.

Hay alguien que aparece constantemente durante la conversación, Temmy. Le pregunto cuál ha sido el secreto para mantenerse casados durante más de seis décadas. No responde hablando del amor. Responde hablando de ella.

—La virtud de mi mujer.

La frase no suena protocolar, suena profundamente sincera. Habla de una mujer que sostuvo la familia mientras él cruzaba continentes, que entendió las exigencias de una carrera extraordinaria y que acompañó silenciosamente cada etapa de ese recorrido. Después llega otra reflexión.

—Cuando uno tiene veinte años cree que el amor es entusiasmo, química o admiración.

Después entiende que también es una decisión. Hace una pausa.

—Es decidir construir una vida con otra persona.

Quizás allí esté el verdadero secreto de una historia compartida durante más de sesenta años. Seguir eligiéndose, una y otra vez.

LO QUE PERMANECE

Antes de cambiar de tema vuelve a hablar de su familia. Enumera con orgullo a sus tres hijos, nueve nietos y cinco bisnietas. Entonces resume toda una vida en una sola frase.

—Uno viene al mundo para construir algo que continúe cuando uno ya no esté.

No habla de Sábado Gigante, ni de premios, ni de reconocimientos internacionales. Habla de familia. Porque con el tiempo comprendió que el éxito cambia de significado. Deja de medirse por los aplausos. Empieza a medirse por quienes siguen esperando que uno llegue a la mesa. Y, probablemente, ese sea el mayor aprendizaje de Mario Kreutzberger. Después de haber conquistado la televisión, descubrió que los recuerdos más importantes nunca ocurrieron frente a una cámara. “Lo importante no soy yo. Lo importante es que la obra permanezca”, reconoce.

Durante toda la tarde ha recordado programas, viajes, audiencias y anécdotas. Ahora las respuestas son distintas. Más pausadas. Más íntimas. Como si, al llegar a este punto de su historia, ya no estuviera hablando de una carrera, sino del lugar donde finalmente encontró sentido a todo lo anterior.

“Uno cree que la televisión es el objetivo”, dice. “Con el tiempo entiende que solo era una herramienta”.

Su vocación por reunir personas comenzó mucho antes de que existiera la Teletón. Incluso antes de que existiera Don Francisco. Recuerda que en el colegio organizaba campañas para pintar salas, construir una cancha de básquetbol o mejorar espacios comunes. Haber crecido como hijo de inmigrantes, en una época donde muchas veces se sintió distinto, terminó despertando una necesidad casi natural de convocar a otros en torno a un propósito compartido. La televisión solo amplificó esa capacidad. La primera campaña solidaria que impulsó buscaba reunir cuarenta mil dólares para comprar una máquina destinada al tratamiento de niños con hemofilia. La consiguieron, la entregaron, pero nunca pudo utilizarse. La autorización para instalarla demoró tantos años que, cuando finalmente estuvo lista, la tecnología ya había quedado obsoleta.

Mario no recuerda ese episodio con frustración. Lo recuerda como una lección. Comprendió que ayudar no consistía únicamente en recaudar dinero. Había que construir instituciones capaces de sostener esa ayuda en el tiempo. Quizás allí comenzó, sin saberlo, la verdadera historia de la Teletón.

Hay una escena que sigue intacta en su memoria. No ocurrió sobre el escenario. Ocurrió cuando las luces ya se habían apagado. La primera Teletón había terminado. Chile celebraba el éxito de una campaña inédita. Mientras abandonaba el antiguo Teatro Casino Las Vegas, Mario vio a una familia sacar desde la parte trasera de un automóvil un par de muletas nuevas. Nada más, no hubo discursos, no hubo cámaras, no hubo aplausos, solo unas muletas. Hace un largo silencio antes de continuar.

—Ahí entendí que esto era mucho más grande que un programa de televisión.

Todavía hoy parece emocionarse al recordarlo. Porque aquel instante cambió completamente la dimensión de lo que estaban construyendo. Hasta entonces había pensado en una campaña, ese día comprendió que estaban dando origen a un movimiento. Y un movimiento, a diferencia de una campaña, no termina cuando se apagan las cámaras.

Es mucho más que una transmisión. Por eso, cuando habla de la Teletón, rara vez se refiere a las veintisiete horas de televisión. Prefiere hablar de los otros trescientos sesenta y cuatro días del año. De los institutos, de los equipos de rehabilitación, de las familias que vuelven a tener esperanza, de los niños que recuperan autonomía. Hoy existen dieciséis institutos a lo largo del país. Pero las cifras no parecen impresionarlo tanto como las historias. Habla de la futura casa de acogida para familias que deben viajar cientos de kilómetros acompañando a un hijo en rehabilitación. Habla de los desafíos pendientes. De las dificultades para sacar adelante proyectos de largo plazo. Nunca idealiza el camino, sabe que construir una obra exige mucho más que entusiasmo. Exige persistencia.

SABER RETIRARSE

Con la misma naturalidad con que un día tomó el liderazgo, hoy habla del momento de dar un paso al costado. Durante años escuchó la misma frase: “A un caballo ganador no se le cambia el jinete”.

—Pero llega un momento en que hay que cambiarlo.

No lo dice con nostalgia. Lo dice con convicción. Porque entiende que ninguna obra verdaderamente importante puede depender para siempre de una sola persona. Su mayor preocupación ya no es conducir una campaña. Es asegurar que la Teletón continúe existiendo cuando él ya no esté. Por eso impulsa con tanta fuerza la ley que busca institucionalizar la fecha de la campaña. No piensa en el próximo año, piensa en las próximas generaciones.

Antes de terminar le pregunto cómo le gustaría que la historia recordara a Don Francisco. Niega suavemente con la cabeza, nunca ha pensado demasiado en eso. Recuerda nombres enormes de la radio chilena que hoy casi nadie menciona.

—Las personas pasan.

Lo dice con absoluta tranquilidad. No parece inquietarle. Hay algo que considera infinitamente más importante.

—Lo importante es que la obra permanezca.

Y quizás allí esté la diferencia entre una carrera extraordinaria y un verdadero legado. Una carrera termina cuando una persona deja de trabajar. Una obra continúa cambiando vidas mucho después de que su fundador abandona el escenario.

Las cámaras siguen encendidas, pero hace rato que dejamos de entrevistar a Mario Kreutzberger, la conversación avanza. El fotógrafo guarda parte del equipo y la luz que entra por los ventanales. Le pregunto cómo vive esta etapa de su vida. No responde de inmediato. Mira unos segundos hacia el horizonte y sonríe.

—La vida es exactamente igual que la de una guagua… pero al revés.

Levanta las manos, dibujando un círculo en el aire.

—Cuando un niño nace no puede caminar, no puede hablar, no puede hacer nada solo. Después aprende. Va ganando habilidades. Con los años ocurre exactamente lo contrario.

Hace una pausa.

—Uno empieza a perderlas.

No hay tristeza en sus palabras. Hay aceptación. En una época obsesionada con prolongar la juventud, Mario habla del paso del tiempo con una serenidad poco común.

—Hay que aprender a adaptarse.

La misma palabra que utilizó para describir la televisión, la tecnología y las redes sociales aparece ahora para hablar del cuerpo. Quizás toda su vida haya consistido precisamente en eso. Aprender a cambiar sin dejar de ser el mismo.

EL LUJO DE DORMIR

Durante décadas dormir fue un lujo. Los programas, los viajes y los vuelos entre Santiago y Miami dejaron poco espacio para el descanso. Hoy sonríe al reconocer que las prioridades cambiaron.

—Dormir es un privilegio.

El ejercicio continúa siendo una rutina intransable. Camina, hace elongaciones, se mantiene activo, no para verse más joven, para conservar la independencia.

—Si no hago ejercicio, me cuesta caminar.

Lo dice con absoluta naturalidad. A esta altura de la vida, explica, la verdadera libertad consiste en seguir haciendo por uno mismo aquello que durante años pareció obvio. Caminar, viajar, abrazar a los nietos, salir con Temmy, pequeños gestos que el tiempo transforma en grandes privilegios.

Cuando la conversación deriva hacia su familia, el tono vuelve a cambiar. La menor de sus bisnietos tiene apenas unos meses. Entonces vuelve a la imagen del comienzo.

—Ahora veo cómo nace una guagua y entiendo mejor la vida.

Sonríe. El tiempo deja de ser una línea recta. Se convierte en un círculo. Mientras una generación comienza a descubrir el mundo, otra aprende a despedirse lentamente de algunas certezas. Y, sin embargo, él habla de ese proceso sin nostalgia. Con gratitud.

Muchos de sus contemporáneos eligieron retirarse. Mario sigue aprendiendo. Recuerda la primera vez que grabó contenido para redes sociales. Cuando terminó, el equipo fue categórico.

—Eso es televisión. No sirve para redes.

En lugar de defender seis décadas de experiencia, hizo una sola pregunta.

—¿Entonces cómo se hace?

Todavía hoy conserva esa disposición para empezar de nuevo. Mientras hablamos, vuelve a interesarse por mi infancia, por Concepción y por el camino que me llevó al periodismo. Entonces comprendo que, más allá de la televisión o de las plataformas digitales, Mario nunca dejó de hacer aquello que mejor sabe. Escuchar.

Le pregunto si aún tiene sueños pendientes. No necesita pensarlo.

—Muchísimos.

Quiere que la Teletón siga creciendo. Que las nuevas generaciones asuman el liderazgo. Que su nuevo programa encuentre audiencia. Seguir viajando con Temmy. Ver crecer a su familia. Y continuar aprendiendo. Mientras alguien siga haciendo planes, el futuro permanece abierto.

Cuando la entrevista ya parece haber terminado, Mario vuelve a hacer preguntas. Quiere saber qué pienso del amor. De los cambios de esta época. De las nuevas generaciones. Por un instante olvido quién entrevista a quién. Y entiendo que quizás esa haya sido siempre la mayor virtud de Mario Kreutzberger. No solo formular buenas preguntas. Sino conseguir que la conversación continuara mucho después de que las cámaras dejaran de grabar.

LA ÚLTIMA RESPUESTA

Mientras Mario sigue conversando como si la entrevista apenas hubiera comenzado. Pregunta por la edición 150 de Revista Velvet, por los próximos entrevistados y por el futuro de la revista. La curiosidad que lo llevó a descubrir una televisión en el lobby de un hotel de Nueva York sigue intacta.

Nos acompaña hasta la puerta. Antes de despedirnos le hago una última pregunta.

—¿Cómo le gustaría que lo recordaran?

Esta vez no responde de inmediato. Piensa unos segundos. Después dice, con la misma sencillez que ha marcado toda la conversación:

—Que fui una buena persona.

Nada más. No habla de récords de audiencia. No menciona Sábado Gigante. Tampoco la Teletón, los premios ni la estrella en Hollywood. Solo eso. Una buena persona.

Mientras caminamos hacia el lobby del edificio, vuelvo a pensar en el muchacho de diecinueve años que llegó solo a Nueva York con apenas veinte palabras de inglés y descubrió, casi por casualidad, una “radio que se veía”. Nunca imaginó que aquel instante cambiaría su vida. Ni que terminaría acompañando la de millones de personas durante más de seis décadas.

Hoy, después de haber conversado con presidentes, artistas, deportistas, premios Nobel y personas anónimas, Mario Kreutzberger sigue haciendo exactamente lo mismo que aquel joven curioso de 1959. Escuchar.

Quizás por eso, detrás de Don Francisco, nunca encontré a un mito. Encontré a un hombre que convirtió la conversación en una forma de mirar el mundo. Y comprendí que ese fue, desde el principio, su verdadero talento.

No hablar, saber escuchar.

La conversación termina.

Su legado, no.

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