Revista Velvet | Felipe Lecaros, artista visual: “Me encanta ennoblecer las cicatrices”
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Felipe Lecaros, artista visual: “Me encanta ennoblecer las cicatrices”

Felipe Lecaros, artista visual: “Me encanta ennoblecer las cicatrices”
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Felipe Lecaros, artista visual: “Me encanta ennoblecer las cicatrices”

POR equipo velvet | 10 junio 2026

En la calma de su taller en Vitacura, el artista explica por qué su obra se ha ido revelando después de capas de silencio. Le costó mostrar su trabajo, admite. después de diez años dedicado a la porcelana, ahora experimenta con pliegos de papel que rasga hasta convertirlos en mares de paz y tranquilidad.

Por Alfredo López J. Fotos Pedro Magnere

Cuando en el verano pasado se atrevió a mostrar, por primera vez, su obra en Culto Zapallar sintió que al fin liberaba una parte muy íntima de su personalidad creativa. La pieza, que unía cientos de rasgaduras de papel, parecía ser el relato de un trabajo anónimo por años.

Felipe Lecaros Ibieta, que estudió ingeniería comercial y que, por largos años se dedicó a la producción de moda, junto a figuras cono Bernardita del Solar e Ignacio Pérez Cotapos en los tiempos de oro de las revistas Ed y OneBook, escondía sigilosamente extensas horas de trabajo en su taller. Pocos lo sabían.

Un acabado conocimiento de distintas materialidades que se le han aparecido en la vida de manera amable y misteriosa. Primero fue la porcelana, específicamente, el kintsugi: una centenaria técnica japonesa que consiste en reparar cerámica rota uniendo las piezas con un barniz o resina mezclado con polvo de oro, plata o platino.

YO, MI TALLER Y NADIE MÁS

Embellecer las fracturas, se convirtió en un llamado hasta que llegó al concepto del wabi-sabi, la belleza de lo imperfecto. “Siempre he sido de un trabajo muy íntimo. Yo, mi taller y nadie más. Nunca había expuesto ni tampoco había vendido mi obra. Esta fue mi primera vez, en Culto”, recapitula el artista casado con el coleccionista Juan Yarur Torres, con quien es padre de Cora, Cirilo y Cala, quien acaba de cumplir tres años.

—¿Cómo pasó de la porcelana al papel?

—Siento que aún la porcelana sigue presente, es algo que no he cerrado, porque me entretiene. Siempre he pensado que todo se va dando como una exploración total y a largo plazo. Me gusta hacer figuras con porcelana muy fina, tratando de buscar la transparencia, que se vean lo más débiles y delicadas posible. Me encanta, porque representan fragilidad, pero una vez que las piezas ya salen del horno, se vuelven firmes. Me encanta esa dualidad.

—¿Cómo pasó al papel?

—No sé por qué, fue de repente. Tomé unos pliegos de papel que había en la casa y empecé a hacer pruebas. Luego fui montándolos uno sobre el otro, disponiéndolos de distintas maneras. El acto repetitivo siempre me ha gustado y calmado mucho. Creo que soy un poco autista, el hecho de estar trabajando en solitario me produce un placer increíble y me calma demasiado. Ese gesto repetitivo, tal vez rudo de rasgar el papel, te conduce a otros caminos. En un nivel más macro, esos papeles se transformaron después en mares de calma que me encantan, porque siento que me apaciguan el alma. Eso me pasa.

AMOR POR LA FACTURA JAPONESA

—¿Esa pulsión terapéutica cómo se manifiesta hacia afuera?

—Me gustaría, sobre todo, que mi obra irradiara esa calma. Por eso no le doy nombre a ninguna obra, sino que les pongo un código, que en el fondo es la antítesis de este trabajo tan manual, versus un código que es tan multifactorial. No quiero imponerle nada a nadie, sino que quiero invitar a observar, a inspirarse y que cada uno vea y sienta lo que quiera.

—¿Por qué en su trabajo siempre aparece un afán por lo manual?

—Me gusta el rescate de antiguos oficios, o de antiguas facturas. Sobre todo, en esta época en que la inteligencia artificial, las impresoras 3D y los avances de la computación parecen dominarlo todo. Encuentro que la labor manual se ha perdido mucho. Por eso llegué al kintsugi, la técnica japonesa de reparar la porcelana cuando se rompe. Volver a unir las piezas rotas con oro, a través de un tejido con alambres. Lentamente, comencé a conocer más de la cultura japonesa y apareció el trabajo en papel bajo el concepto milenario del wabi-sabi, o la belleza de lo imperfecto. En lugar de esconder la rotura, la idea es resaltarla y hacerla todavía más bonita. Me encanta ennoblecer las cicatrices.

—Después pasó a trabajar con fuego, con un soplete quemando la madera… ¿Eso también responde a ese mismo camino de investigación?

—Tiene que ver con ese mismo amor por la factura japonesa. Empecé a investigar sobre distintas técnicas y conocí el yakizugi o shousugi ban, que consiste en carbonizar las superficies de la madera a temperaturas no muy altas, porque de lo contrario se degrada. Eso permite que la madera sea ignífuga, impermeable y resistente a los mosquitos, dándole una nueva vida. Incluso era un tratamiento que le daban a la madera antes de ser usada en la construcción. Así no tenían humedad ni riesgo de fuego.

—¿Qué otros significados le da al fuego?

—Cuando se quema madera generalmente se tiende a la alarma, como si siempre se tratara solo de destrucción, de riesgo. Pero aquí se da otro diálogo entre los materiales. La posibilidad de una nueva vida, más protegida, en este caso, para la madera. Me gusta la idea de que, con gestos como usar fuego, o rasgar papel, aflora la esencia más básica de cada uno. Que esos actos hagan aparecer tu ser más propio e interno.

—¿Cómo es un día suyo de trabajo, tiene un horario?

—Por lo general, trabajo en las mañanas. Llego tempranito, tomo un café, escucho música y empiezo a abrir cortinas. Que el jardín entre al taller. Empiezo trabajando con los papeles, que me calman mucho. Es cuando monto el escritorio y empiezo a romperlos y a montarlos. Es una dinámica, que me lleva a una suerte de trance.

—¿Cómo compatibiliza su trabajo con la vida familiar y el hecho de ser padre de tres hijos?

—Bueno, todas las mañanas comienzan con las “repartijas” en colegios y jardín infantil. Luego me vengo al taller, empieza el día laboral y, a las 12, ya voy de vuelta para pasar a buscar a los niños. Por las tardes, trabajo en la web felipecaros.com y en distintas postulaciones a ferias y encuentros de arte, entre ellos, el próximo Art Week.

—En su línea de trabajo, siente que tiene referentes, u otros artistas a quienes admire profundamente…

—Me inspiran mucho los formatos de gran pureza. Agnes Martin, la pintora canadiense, siempre ha sido como una de mis favoritas. Me encantan muchos artistas asiáticos que demuestran un nivel de precisión y de detalle impresionante. Adoro esa minuciosidad del trabajo. Mientras más prolijo y más limpio, mejor.

—¿Aparece ahí alguna porfía, una obsesión?

Puede ser. No sé, es como ver a las hormigas o a las abejas trabajar. Me gusta observar un trabajo tan pequeñito, tan poco notorio. Uno siempre fija la vista en lo grande, pero pocas veces en lo micro, en cómo están hechas las cosas. Eso me obsesiona.

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