Revista Velvet | Panamá sin filtro: Islas, langostas y la vida sobre el mar
Tendencias

Panamá sin filtro: Islas, langostas y la vida sobre el mar

Panamá sin filtro: Islas, langostas y la vida sobre el mar
Tendencias

Panamá sin filtro: Islas, langostas y la vida sobre el mar

POR equipo velvet | 13 mayo 2026

A menos de seis horas de Santiago, este destino caribeño combina islas paradisíacas, tradiciones intactas y experiencias únicas que van desde dormir sobre el mar hasta descubrir comunidades que viven a otro ritmo.

Por María José Winter @majowinter

Hay destinos que te sorprenden cuando ya creías haberlo visto todo. Panamá fue eso para mí. Un país que, durante años, quedó reducido a su canal y sus rascacielos, pero que esconde playas tan absurdamente perfectas que cuesta creer que sean reales: agua tan turquesa que casi duele mirar, arenas blancas, palmeras que se doblan con el viento y un silencio roto solo por el mar. Y todo eso, a menos de seis horas de Santiago.

Porque sí, Panamá tiene mucho más que un canal. Tiene el café más caro del mundo, un skyline que compite con cualquier metrópolis, un pueblo indígena que vive de forma totalmente autóctona a una hora de la capital, y dos archipiélagos que te van a dejar sin palabras: San Blas y Bocas del Toro.

Llegar es más fácil de lo que parece: el vuelo desde Santiago dura menos de seis horas, y Copa Airlines tiene 42 vuelos semanales con equipaje de mano y comida incluidos en todas sus tarifas. La capital panameña vale por sí sola una visita: su increíble costanera, un centro histórico precioso donde puedes vivir la “Geisha Experience” y probar ese café del que todo el mundo habla, y cientos de rooftops con vistas al skyline. Pero hoy, vinimos a hablar de playa, descanso y Caribe.

San Blas: El caribe que los Kunas protegen del mundo

Para llegar a San Blas hay que ganárselo. Desde Ciudad de Panamá son aproximadamente tres horas en auto hasta el Puerto de Cartí. Cruzando una cordillera densa y verde que parece no tener fin, pasando por controles policiales y adentrándote poco a poco en la comarca indígena Kuna Yala. El paisaje va cambiando, las casas se hacen más simples, los letreros desaparecen y, cuando finalmente llegas al puerto y ves el mar por primera vez, entiendes que el viaje valió cada curva. Desde ahí, una lancha te lleva hasta la isla o el catamarán donde te hospedarás.

¿Por qué la mayoría elige el catamarán? Porque San Blas es territorio indígena protegido, lo que significa que no ha hoteles, resorts, ni turismo masivo. Solo encontrarás algunas cabañas muy rústicas y sitios de camping en ciertas islas. Entonces, la vida sobre el mar se convierte en la opción más lógica. Además, seamos honestos, en un sueño absoluto.

Según tu presupuesto puedes elegir un barco compartido o uno privado, con tripulación, paseos por los cayos y gastronomía a otro nivel con todas las comidas incluidas. Imagina esta rutina: despertar en una suite con el ruido del agua, asomarte por la ventana y ver el sol saliendo sobre el océano. La chef te espera con desayuno: pan de masa madre, jamón serrano, tomates cherry, huevo pochado con salsa especial, una bandeja de frutas, yogurt con granola y café de grano. El itinerario del día depende completamente de ti: stand up paddle, pescar, nadar en aguas transparentes o salir en un bote pequeño a explorar los cayos que quieras.

El archipiélago tiene más de 350 islas. Hay algunas más grandes donde viven familias kuna, que han instalado espacios para acampar, pequeñas cabañas, restaurantes y bares. Otras son solo palmeras interminables inclinadas sobre el agua. Y hay pedazos de tierra tan pequeños que los cruzas en dos minutos caminando, con el mar a ambos lados de tus pies. Cada una es distinta, y ninguna se parece a nada que hayas visto antes.

La gastronomía tampoco decepciona. Tendrás un restaurante de lujo sobre el mar: langostas y pescados recién sacados del océano, traídos directamente por los pescadores kunas en sus balsas de madera –como si el mar fuera su despensa–, preparaciones sofisticadas y una copa de vino mientras el sol se esconde en el horizonte. Una experiencia que hay que vivir al menos una vez en la vida.

La isla que lo tiene todo: Bocas del Toro

Si San Blas es naturaleza pura y silencio, Bocas del Toro es todo lo contrario: color, movimiento y vida. Y aun así, los dos tienen algo en común: esa capacidad de hacerte querer quedarte mucho más de lo planeado.

Este archipiélago lo tiene todo. Playas increíbles, naturaleza, fauna, bares, vida nocturna, comunidades que mantienen vivas sus tradiciones y, la joya de la corona: Cayo Zapatilla. Clasificada entre las 25 mejores playas del mundo según el ranking de The World›s 50 Best Beaches 2025. Un paraíso deshabitado dentro del Parque Nacional Marino Isla Bastimentos con arenas blancas, aguas cristalinas, arrecifes de coral y cero intervención humana.

Pero lo que más me atrapó de Bocas no fue ninguna playa en particular, sino su vibra. Acá todos se mueven en lancha, la gente te saluda, te sonríe, camina descalza y vive sin apuro. Es ese ritmo caribeño que no se puede imitar ni exportar; simplemente existe ahí y te contagia sin que te des cuenta.

El archipiélago tiene tres islas principales. La primera es Isla Colón, el centro neurálgico de Bocas: aeropuerto, terminales de lanchas, restaurantes, tiendas y operadores de tour. A solo dos minutos navegando está Isla Carenero, perfecta para los amantes del surf y con buena oferta gastronómica.

Y luego está mi favorita: Isla Bastimentos. Una mezcla de naturaleza, playas vírgenes y la localidad más pintoresca que recorrí en todo Panamá. La razón es simple: acá vive una comunidad con una rica herencia afrocaribeña y una población local muy activa que convive con el turismo de una forma que pocas veces he visto. Desde el mar ya se aprecian las casas pintadas de todos los colores, que te reciben con alegría. Cuando caminas por sus calles encuentras murales, flores nativas y adultos mayores jugando ajedrez en mesas de madera frente al mar.

Me recomendaron un restaurante, llamado Guari Guari, donde los platos son absolutamente sorpresa: solo las cocineras conocen el menú. Salí con una sonrisa enorme después de comer un guiso de leche de coco con langosta, yuca y plátano, y de fondo un pescado con arroz, coco, porotos y plátano frito. Uno de esos almuerzos que recuerdas mucho después de haber vuelto a casa.

El resto de los días en Bocas pasan así: bañarse en Playa Estrella, rodeada de decenas de estrellas de mar que puedes ver perfectamente bajo el agua, tan quietas y tan reales que parece mentira. Almorzar en Cayo Coral después de hacer snorkel en las aguas más transparentes que he visto en mi vida, donde los corales y los peces de colores están a centímetros de tu cara.

Hacer un paseo por el río mientras observas osos perezosos colgados en las ramas, completamente ajenos a tu presencia. Y terminar el día en Boya de Vida, un beach club flotante en medio del mar, con los pies colgando sobre el agua y un trago ennla mano, viendo cómo el cielo se tiñe de colores.

Panamá no es el destino que creías conocer. Es el que te hace llegar a casa con arena en la mochila, con el sabor del coco todavía en la memoria y con ganas de volver antes de haber deshecho las maletas. Y eso, para una viajera, es la mejor señal de todas.

Te puede interesar