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Reportajes

Mimirichi, los clowns ucranianos que declararon una “guerra de papel” al mundo

Mimirichi, los clowns ucranianos que declararon una “guerra de papel” al mundo
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Mimirichi, los clowns ucranianos que declararon una “guerra de papel” al mundo

POR Vero Marinao | 10 abril 2022

Por varios años, una de las compañías cómicas más prestigiosas de este tiempo dio la vuelta al globo –en un periplo que incluyó a Chile– con un espectáculo que hacía “pelear” de manera pacífica a los espectadores: niños y adultos se “agarraban” a papelazo limpio en las butacas. Además, la obra mostraba a un hombre que, sediento de poder, deliraba y creía que dominaba al planeta. Tomando en cuenta el lamentable contexto actual internacional, “Guerra de papel” fue una obra visionaria. El contenido era crítico, mordaz e irónico. Y las municiones de esa “batalla campal” eran solo risas y papeles. Es la única guerra que aplaudimos y aplaudiremos.

Sobre el escenario hay un gran papel blanco que funciona a modo de cortina. Detrás de él se ven las sombras de los tres clowns –Andrii Gonsales, Igor Ivashchenko y Anatolii Miroshnik– que conforman la prestigiosa compañía ucraniana Mimirichi. Sus figuras se mueven y se ven de diferentes tamaños; a veces son muy grandes; otras, ínfimas.

A través de pantomimas excéntricas y acrobacias impensadas, los ucranianos narran varias historias que giran en torno a un relato macro: un hombrecito es perseguido por todos y, al entrar en contacto con el exterior, es decir, al romper ese gran papel y mostrarse al público, se muestra como lo que es: un pequeño dictador. Delira, piensa que domina el mundo. Es codicioso y se convierte en un hombre-aspiradora que traga todo, por eso se infla hasta alcanzar grandes dimensiones. Pero, pronto, los otros actores, con la ayuda del público incluso, lo pondrán en su sitio…

Los Mimirichi elaboran muebles, animales, figuras extrañas y, lo más importante, municiones (léase pelotitas y avioncitos) con papel. De pronto, los artistas empiezan a tirar papel al público y se desata la “tole tole”.

Todos los que quieran pueden dar una pelea que solo “daña” los músculos del estómago de tanto reír: niños y adultos participan en esta guerra inofensiva y divertida en medio de una historia que, lejos de ser frívola, se burla de la falta de empatía, de la predominancia de la rabia en vez del diálogo, de la codicia y del individualismo. Los Mimirichi no son payasos de cachetada fácil. En resumen, la “Guerra de papel” es una parodia acerca de la megalomanía humana.

Los artistas ucranianos bajan del escenario en algunos momentos; en otros instantes invitan a alguien del público a participar. Es una relación muy horizontal, donde el teatro se entiende como lo que es: una comunidad, un colectivo que involucra a los espectadores, no solo a los dueños de la pelota. Dueños de la pelota literalmente hablando, porque hay una escena donde simulan la final de un mundial y un espectador dispara a un arco.

Tal ha sido el éxito de esta obra que la gente de todo el mundo se ha reído a carcajadas durante 25 años. Es un show delirante, onírico, encantador, cómplice. Un referente obligado para un alumno de teatro que se quiere dedicar al teatro de clown o a la comedia en general. Una forma de entender por qué el teatro puede ser un reflejo de la sociedad.

UNA TROPA DE ANARCO-CLOWNS

Mimirichi nació a fines de los años 80 en Kyiv –como los ucranianos le dicen a su capital; Kiev es en ruso–, cuando aún existía la URSS. Originalmente eran cuatro integrantes y se llamaban Mimikrichi. Su propuesta fusiona el arte del clown, la pantomima, las acrobacias y los malabares. Son herederos de la milenaria tradición de los bufones callejeros eslavos y del legado del mítico payaso soviético Oleg Popov, “el payaso del sol”. Además, recibieron la influencia de Charles Chaplin, Buster Keaton, Slava Polunin, el clown ruso Leonid Engibarov, Charlie Rivel y, por supuesto, del mimo francés Marcel Marceau.

Antes de iniciar su conquista por los diferentes continentes, recorrieron todo el territorio de la Unión Soviética y ganaron innumerables premios en festivales y concursos. En 1989 obtuvieron la categoría de teatro profesional y en 1991 fueron incluidos en la Asociación Mundial de Payasos en Bognor Regis (Gran Bretaña). También recibieron la Medalla de Oro en el concurso internacional de actores de variedades en Stuttgart.

En 1997, durante un encuentro creativo de artistas en Bruselas, asombraron al mismísimo Marcel Marceau y fueron sus alumnos por un tiempo. Tras ese apadrinamiento, Mimirichi tomó su propio camino. La palabra Mimirichi significa “ricas expresiones faciales y plasticidad”, y eso les permite llegar a cualquier país del mundo. El idioma nunca es una limitante para ellos. Al contrario. Es hasta divertido que, la mayor parte de las veces, no entiendan lo que les gritan los niños. Fueron una de las primeras compañías que abrió el camino a la improvisación y al contacto continuo con el público, pero de manera siempre amorosa, jamás desde la incomodidad.

Hasta antes de la reciente invasión de Rusia a Ucrania, Mimirichi seguía funcionando. Al menos, en su página web están las especificaciones de tres de sus shows, para contratarlos desde diferentes puntos del mundo. De los fundadores solo quedan Andrii Gonsales e Igor Ivashchenko, pero han sumado a otros. Nos comunicamos con ellos por mail, y justo al cierre de esta edición nos llegó su respuesta respecto a lo que están viviendo: “¡Es terrible lo que está pasando! Ahora estamos cuidamos a nuestros familiares y niños, y hacemos todo lo que hace el país. Sin embargo, seguimos ensayando nuestra obra ‘Guerra de Papel’. Esperamos que cuando la guerra termine, podamos dar la vuelta al mundo con este monta- je. Gracias por no olvidarnos”.

La crítica especializada los ha definido como una tropa de anarco-clowns, y su “Guerra de papel” como una “comedia melancóico-caótica”. Porque, claro, uno puede llorar de la risa con sus ideas desquiciadas, pero su trasfondo hoy resuena más que nunca: su ironía acerca del poder y los delirios era comiquísima pero demoledora. Si bien los Mimirichi han dicho que, potencialmente, “todos tenemos un dictador interior”, es bien diferente ese dictador psicológico reprimido al caso de personas con poder que tienen en sus manos la vida de otros. Y hoy, mirando con perspectiva, su obra cobra más vigencia que nunca, porque es evidente que las únicas guerras que deciden los pueblos, y qué decir los niños, son las de papel. Esas inocentes guerras de papel que permiten unos artistas ucranianos extraordinarios como Mimirichi.

 

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