El conocido actor dirige el debut nacional de Becky Shaw, taquillera obra que muestra a un grupo de personajes contradictorios y ambiguos, ansiosos de amor. Morales y Max Salgado, parte del elenco, reflexionan con Velvet sobre el porqué del éxito de este texto, que también llega a broadway.
Por Marietta Santi Fotografía Pedro Magnere
Seres humanos en los 30, indecisos, dependientes emocionales y vulnerables. Que manipulan y se dejan manipular. ¿Les suena conocido? Pues bien, Becky Shaw, una aguda comedia negra de Gina Gionfriddo –que probó su pluma en House of Cards– disecciona las relaciones afectivas en los tiempos actuales. Y si bien fue estrenada en 2008 en el Festival Humana, ha adquirido gran fuerza en estos días al punto que debutará en Broadway y en Chile al mismo tiempo, el 18 de marzo.
Héctor Morales, destacado actor y director, es el encargado de la nueva producción de Teatro Zoco. “Me atrajo muchísimo su actualidad, lo contemporáneo de sus temas. Personas muy humanas, con muchas ambigüedades, con muchas contradicciones. Cuando uno lee por primera vez la obra, no tiene mucha certeza de quién está en el mejor camino o quién está cometiendo errores. Fue aterrador al principio, porque es una obra difícil y un desafío desde la dirección, y para los actores también, porque no deja ver inmediatamente de qué se trata. Se va mostrando de a poco”, revela.
A lo anterior se suma que la obra propone siete locaciones distintas y que su estructura –según la crítica internacional– es más cinematográfica que teatral.
En Becky Shaw son cuatro los personajes que tejen la trama: Andrew (Francisco Reyes Cristi), el buena persona; Susanne (Adriana Stuven), intensa y adicta a la verdad; Max (Max Salgado), frío y distante; y Becky Shaw (Victoria de Gregorio), que da el nombre a la obra, frágil y desvalida.
A ellos se suma Gaby Hernández, como Susan, una mujer mayor que tiene un amorío con un tipo joven. “Son personajes que están muy heridos. Y lo que más me gusta es cómo el humor aparece desde el dolor”, precisa Morales, sentado frente a un café en Zoco. “Están invalidados por sus emociones, por sus deseos. En ese sentido, Becky funciona como un espejo que les muestra a ellos quiénes son realmente. Ella llega a sacar lo mejor y lo peor de cada uno de estos personajes, que están en la ambigüedad y quieren ser mejores personas”.
Max Salgado (Los Casablanca en TV, Cabaret y H.P. en teatro) interpreta al cínico Max. Tanto lo enganchó el texto, que cuando Morales se lo mandó, solo demoró dos horas en leerlo: “Creo que en los tiempos que vivimos, mostrar la ambigüedad del ser humano es importante, porque son tiempos de mucha certeza. O eres esto o eres lo otro, eres blanco o negro, de izquierda o de derecha. Max es una persona que no tiene miedo de mostrarse contradictorio. Él vive esas contradicciones y un poco obliga al resto a asumirlas también”.
Cuenta que su Max está en una tecla que no había tocado. “Este es un personaje realista, de treinta y cinco años, muy cercano a la edad que yo tengo (32). Él es el cínico filosófico, que reconoce la vida como algo amargo y doloroso, pero que no entra en eso porque simplemente hay que seguir viviendo”, se explaya el actor.
La conversación fluye entusiasta con Héctor y Max, pese al calor y a que están a punto de tomarse unos días de vacaciones antes de retomar los ensayos. Se nota que Becky Shaw toca fibras importantes, por lo que el diálogo podría extenderse por horas.

CONTRADICTORIOS Y AMBIGUOS
La trama de Becky Shaw parte con una buena acción. Andrew, marido de Susanne, quiere ayudar a Becky –su desvalida compañera de trabajo– y le organiza una cita a ciegas con Max, el exitoso hermanastro de su mujer. Por supuesto la cita fracasa, lo que desata un vendaval de consecuencias emocionales en los protagonistas.
Para Max Salgado y Héctor Morales, la protagonista de la obra es solo un detonante para que los demás se revelen y, de paso, identifiquen a los espectadores con su forma de pararse ante la vida.
“La obra nunca confirma ni niega nada: todo es ambiguo, todo es interpretable. Esa ambigüedad, tan humana, es la materia prima con que trabajamos”, señala el director.
Para él, la dramaturga fue capaz de poner en el texto varias tópicos contemporáneos: la necesidad de conocer todo del otro, la dependencia emocional y la necesidad de ayudar a toda costa. “La obra se ríe de nuestra necesidad de sentirnos buenas personas”, concluye.
–¿Es una obra generacional o intergeneracional? El cuarteto principal está en los treinta y tú Héctor eres mayor (45).
Héctor: Totalmente intergeneracional. ¿Y sabes quién es el personaje que se encarga de eso? El de Gaby Hernández, Susanne, que es brillante.
Max: Como ella dice, no hay para qué obsesionarse con la honestidad ni con la intimidad. La pareja de cada uno tiene derecho a tener ese lugar privado.
Héctor: Y eso lo vuelve muy transversal, porque estamos hablando de seres humanos, no importa la edad que tengan. La humanidad está puesta ahí. Hay una radiografía a la humanidad contemporánea. La responsabilidad emocional es algo muy, muy actual. Son temas que hoy día nos importan mucho. Cómo nos vinculamos, cómo respetamos, cómo cada uno raya la cancha alrededor de sus propias relaciones.
Max: Cómo cada uno pone límites.
Héctor: Todo esto hace que la obra se vuelva muy transversal. Creo que va a seducir al público de toda edad, que de una u otra manera se verá reflejado a través de la situación y de cada uno de los personajes.
–¿Y ustedes, en su generación, ven la problemática que plantea la obra como vigente?
Max: Sí, todo el tiempo (risas). Sobre todo lo del lugar de la intimidad, que también es una pregunta un poco ontológica. ¿Cómo te puedo mostrar mi verdadera intimidad, si ni yo mismo sé dónde se encuentra la verdadera intimidad? Porque una cosa es contarse todo lo que uno se puede contar…y no sé si eso es acceder realmente a la intimidad de una persona. Hay cosas que ni yo mismo sé que estoy sintiendo, procesando, digiriendo y, a veces, hay una presión por saber todo. Quiero saber todo lo que piensas, todo lo que sientes.
Héctor: Quiero saber quién eres realmente.
Max: Sí, y eso muchas veces es una utopía relacional.
–Además, siempre tenemos una posibilidad de cambio, ¿no?
Max: Está ocurriendo todo el tiempo y, también, cada uno es muchas personas a la vez.
Héctor: Somos diferentes con cada persona. Querer saber exactamente quién eres es una de las enfermedades de nuestros tiempos.
Max: Yo he reflexionado harto respecto de eso, a propósito del Chat GPT, que nos permite tener acceso demasiado rápido a la certeza. Queremos saber algo, lo preguntamos y ya tenemos la respuesta. Parece que quisiéramos replicar eso mismo con nosotros, y no se puede. Lo humano funciona muy distinto a la información. No somos un pedazo de información rápidamente almacenable, que se pueda poner en una base de datos. No funcionamos así.
UNA OBRA INCÓMODA
Héctor Morales partió leyendo la traducción de la obra, realizada por Pablo Schwarz, a fines de octubre pasado.
Luego hizo una primera adaptación, que se completó en conjunto con el elenco. “Es una obra de mucho texto, muy difícil, por lo que trabajamos con el texto original en inglés, el texto traducido y nuestra propia adaptación. Para entender bien las situaciones y lograr que sean mucho más claras para el público”, comenta.
Ante tantas vueltas que dan los personajes, tanto Héctor como Max destacan el humor. “Si bien todo parece muy intenso, está todo teñido por el humor”, dice el primero.
Salgado agrega que “lo entretenido es que en la obra sucede todo en situaciones que son delirantes. Una cita en un café, un reencuentro, una noche, un asalto… ¡Pasan un montón de cosas!”.
Ambos destacan que, aunque es una obra de 2008, muchos de sus temas resuenan con más fuerza hoy. Morales enumera: “Salud mental, límites personales, vulnerabilidad masculina y femenina, el discurso del autocuidado, la idea de ‘ser suficientes’, el burnout emocional, la toxicidad elegante, la ironía, la autoexplotación afectiva”.
Y Max afirma que “indagar en el ser humano y sus contradicciones no pierde vigencia. Después de la pandemia, el autocuidado se volvió tema, y cuidarse emocionalmente es muy importante”.
–¿Y funcionan los estereotipos sobre las diferencias de género?
Max: Siento que los personajes rompen bastante con los estereotipos. Susanne es sumamente empoderada, fuerte y confrontacional, es directa.
Héctor: Andrew es un personaje súper sensible, ambiguo, frágil.
Max: Max pertenece más al estereotipo de género de Wall Street, por así decirlo. Encarna esa masculinidad. Y Becky quizá encarna esa feminidad estereotipada de una mujer frágil, que necesita ayuda.
–A juicio de ustedes, ¿con qué sensación se va a ir el público?
Héctor: Creo que esta obra no es de risa fácil ni de carcajadas. Pienso que es de risas incómodas, de un humor bien negro y ácido. Espero que las personas, por sobre todo, se diviertan, pero es una obra que incomoda, vertiginosa y difícil de seguir también. Hay que estar súper atento, porque creo que cada texto y cada situación aporta.
Max: El público va a salir con la sensación de haber visto algo intenso y con ganas de conversar con un traguito. La obra abre espacios de reflexión y de especulación también, porque termina con un final abierto. ¿Qué va a pasar con ellos? Hay muchas situaciones cómicas, pero como dice Héctor, provoca una risa incómoda.
Sé para la grabadora, pero no el intercambio de ideas. Héctor y Max siguen profundizando en Becky Shaw y sus múltiples capas. Y están de acuerdo, la obra será un gran espejo para el público chileno.

VICTORIA DE GREGORIO ES BECKY
La actriz, que destacó en teleseries como “Demente”, “La Ley de Baltazar” y “Al sur del corazón”, interpreta a la controvertida Becky Show y nos comparte sus pensamientos sobre ella: “Becky me pareció un enigma por completo y me sentí muy atraída por ella, porque me pregunté ¿cómo lo hago para entenderla, para empatizar con ella y no prejuiciarla? En una primera lectura, yo también caí un poco en el prejuicio de que es una loca o una manipuladora. Creo que es muy frágil, que busca atención y cariño, y se plantea frente a los otros tratando de desestabilizarlos para que la entiendan”.