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Flavia Radrigán, a secas: “Lo que yo hago es enterito mío”

Flavia Radrigán, a secas: “Lo que yo hago es enterito mío”
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Flavia Radrigán, a secas: “Lo que yo hago es enterito mío”

POR Vero Marinao | 26 diciembre 2021

Recientemente, la dramaturga –que en enero estrenará Yo primero, una obra sobre la eutanasia– echó a andar una fundación para preservar la obra de su padre, Juan Radrigán, Premio Nacional de Artes. Pero hace una aclaración muy importante: “Ando en la onda de independizarme de Juan. Mi papá a estas alturas es un fantasma, bello, entretenido, un gran dramaturgo, pero me ha costado que me vean como alguien independiente de él (…) y lo que yo hago es enterito mío”.

Fotos @Ozcar Producción Karen Villalobos

Antes de que Juan Radrigán se dedicara a escribir teatro, publicó el libro de cuentos El vino de la cobardía. Pero no le gustó cómo le quedó. Era muy autoexigente. Así es que cada vez que encontraba un ejemplar en alguna librería, lo compraba y lo hacía desaparecer. Creando piezas teatrales, en cambio, siempre se sintió más seguro y le importaba mucho que se difundieran y se montaran. Justamente ese es el objetivo de la Fundación Juan Radrigán que, entre otros, lidera su hija Flavia.

Poco antes de que Juan se enfermara, ambos iban a publicar un libro de cuentos. “Alcanzó a escribir dos cuentos y yo iba a escribir otros dos. Ahora voy a revivir ese proyecto; ya ha pasado suficiente tiempo y paz. Y se lo voy a proponer a LOM como próxima actividad de la fundación”, dice.

Explica: “El objetivo de la fundación es preservar la obra de Juan y ha sido muy entretenido, porque ha sido un redescubrimiento de su obra, un reposicionamiento, una nueva visión. El año pasado fue muy bonito ver sus obras hechas por diferentes directores, era un caleidoscopio muy bonito el entender la vigencia de su temática y de los problemas que abordaba, y que las nuevas generaciones pueden hacer las postas”.

Flavia acaba de escribir dos obras. Una de ellas, Yo cuervo, es sobre la deconstrucción de la pareja: “cómo la pandemia nos ayudó en un aspecto a tomar decisiones que nunca hubiéramos podido tomar si hubiéramos seguido en un continuo”. La otra es Yo primero, sobre la eutanasia, y se debiera estrenar en enero. “Hice una obrita para un curso del AIEP donde los alumnos tenían que actuar con Héctor Noguera. A él le gustó tanto que ahora ya es obra. La va a dirigir Gonzalo Pinto y va a trabajar Héctor Noguera con Daniela Ramírez en el Teatro Camino. También se va a dar en el Festival de Teatro Juan Radrigán de Quilicura”.

Flavia cuenta que ha escrito hartos cuentos, no solo esos dos que tiene pendientes para el libro que escribiría junto a su padre.

–Ando en la onda de independizarme de Juan. Mi papá a estas alturas es un fantasma, bello, entretenido, un gran dramaturgo, pero me ha costado independizarme de él. Yo reivindico a Pilar Donoso en Correr el tupido velo. Cuesta que a uno la vean, es difícil que sepan que has sido independiente. Es un proceso del que soy muy consciente. Es mejor asumirlo y no claudicar, pero lo que yo hago es mío enterito.

–Pero eso te pasaba también cuando Juan Radrigán estaba vivo. Me acuerdo que una vez hablaste de ‘matar al padre’, metafóricamente hablando.

–Sí poh, había que matarlo. En el 2004 yo hice la obra Un ser perfectamente ridículo (que hablaba sobre cómo el poeta Premio Nobel de Literatura abandonó a su hija Malva Marina, quien padecía de hidrocefalia), cuando nadie quería decir nada malo de Neruda. Y cuando se estrenó la obra se acerca un periodista y me dice: “¿cuánto escribiste tú y cuánto escribió tu papá?’. Me mató, me mató, me mató. Y dejé de escribir teatro hasta el 2012. Ese fue un período en el que yo no tenía las herramientas para agarrar eso. Era muy emocional. Fue muy doloroso. Entonces me dediqué a hacer talleres (junto a Juan), a aprender, a seguir escribiendo (para ella) y vivir este proceso de ‘yo soy yo y tú eres tú’. Hasta que un día le dije ‘papito yo no voy a hacer más taller contigo, hasta aquí llegamos’. A él no no le preocupó mucho, a la otra semana tenía a alguien que lo ayudara, ¿cachái? Ahí empezó el ‘matar el padre’. Fue complejo esto de los dolores, porque yo escribo de otras cosas. Él hacía temas superiores en esa época La dramaturgia era bien masculina. Estaban todos juntos, estaban Egon Wolf, mi papá, Marco Antonio de la Parra, Galemiri, Paco Rivano, Jorge Díaz, Sergio Vodanovic, era complejo. Y en ese tiempo me tocó sobrevivir para pagar la educación a mis hijos; yo era uniparental. Tenía que trabajar el doble, porque tenía que educar a dos cabros. Después a uno se le pasa el tiempo. Empecé de nuevo en la escritura y decía ‘si no puedo montar, acumulo, acumulo’ (escritura). Entonces, cuando mi padre murió, saqué un libro que se llama Ausencia de ti, donde están las obras escritas cuando él estaba vivo y la última obra que puse (Lear, el rey y su doble) fue de transición: era el proceso que estaba haciendo para volar, ahí está ese período en el que yo tenía que escribir algo inteligente. Mi papá era muy crítico. Me decía: ‘¿qué dice acá en esta frase? no dice nada’. Era terrible. Entonces en el periodo de duelo fue como ¿estaré escribiendo algo que valga la pena? Eso ya pasó, estoy feliz, hay una soltura y una libertad maravillosa.

–En ese momento tuviste una triple presión, personas como ese periodista que mencionas, las críticas de tu padre y el machismo. 

–Y la sociedad que no te ve. Y no te ven porque él (Juan Radrigán) es más grande. Entonces te tapa el sol. No te ven como persona independiente. Te ven como la secretaria de él, la que lo va a dejar a los talleres, la que lo acompaña, la que va con él al teatro.

–Como la hija solamente.

–Claro, es un mal muy chileno, que le pasa a mu- chas dueñas de casa, incluso las ven como las que tienen el almuerzo listo, la que espera a los cabros del colegio, la que es feliz porque los cabros van a la universidad y los espera el fin de semana. Eso es muy chileno. Ver lo que quiero ver y cómo lo quiero ver.

–¿Y cómo ves esas críticas que recibiste cuando hiciste la obra sobre Neruda? Porque hoy en día es distinto criticarlo. Está más normalizado.

–En ese momento me hicieron pebre. Hasta mujeres me dijeron ‘pero cómo, para qué hablar de intimidades’, pero la Malva Marina a mí me rondaba muchísimo, hasta soñaba con ella. Estoy muy feliz de que no me importó nada y lo hice igual. Las críticas son la evidencia del pensamiento del momento.

En este país se aguantó que Volodia Teiltelboim sacara un libro donde se mentía. Él decía que la niña había nacido muerta o que había vivido dos años (cuando en realidad vivió ocho). Entonces estoy muy feliz por esas críticas y por ese revuelo. Cuando yo dije de lo que iba a escribir, las críticas vinieron antes de que yo lo hiciera, entonces mi preocupación estaba en que el texto estuviera a la altura de todo este revuelo, que escenificara bien todo lo que quería decir.

–En ese momento el movimiento feminista no tenía la fuerza que tiene hoy. Hoy habrías sentido mucha más sororidad.

–Sí, lo tengo claro. Se hubiera reivindicado a Malva Marina, hubiera tenido más apoyo. Pero en ese momento no se veía como en un tema feminista, yo era alguien que había escrito de un ‘pelambre’.

–Y Neruda era intocable todavía.

–Claro. Y ese mismo año, cuando a mí me cuentan que Neruda tuvo una hija, yo dije: ‘está hecha la tarea’. Antes no se decía eso en la casa de Isla Negra. Y no hablé de todas la pruebas que llegaron a mis manos. Llegó tanta información que me abrumé. En ese tiempo yo también sabía de la violación en México, pero si yo escribía de la violación, mi iban a fusilar.

“LA PANDEMIA HIZO QUE EL VERBO FUNCIONARA”

Flavia Radrigán analiza los últimos dos años en el país.

–Si no hubiera habido pandemia ni descontento social, esto que estamos viviendo habría sido impensable. Lo más lindo del 18 de octubre es que no había líder, no había un macho alfa. Era pura humanidad diciendo ‘estoy enojado, estoy enojado, hasta cuándo, hasta cuándo, hasta cuándo’. Y eran vasos comunicantes que atravesaban distintos estratos sociales, todo era muy lindo, muy emocionante el ir a la Plaza de la Dignidad. Pero después se hace evidente que en las protestas había que tener un norte, había que pelear por una idea, no por hacer daño, es cómo ‘dime por qué estás enojado, qué te pasa.

Esto es lo que, para ella, pasó luego:

–La pandemia mostró lo cagados que estábamos, los pobres ni siquiera estaban catastrados, teníamos un ministro de Salud que dijo que no sabía que había tanto pobre en este país. O sea, es vergonzoso. Todo el mundo decía que era obvio, pero no era obvio.

No obstante, la dramaturga ve un lado positivo:

–Si no hubiese habido pandemia, hubiese seguido esa miseria y esa miseria es pura violencia, puro maltrato; habríamos tenido otras generaciones de niños y jóvenes enojados. Se visibilizó. La pandemia hizo que el verbo funcionara, hay que movilizarse y hacer acción. También surgieron nuevos líderes que mostraban la llaga. En ese sentido hizo bien la pandemia. Hizo bien también para muchas parejas que creían que estaban bien viviendo juntas y entendieron que era mentira; hizo bien para entender que había mujeres que había que ir a sacarlas de sus casas, defenderlas, que de verdad había maltratado- res. Eso hay que reconocérselo a la pandemia. Además, empezaron a surgir liderazgos barriales de los que se veían en dictadura y que se habían perdido; las ollas populares, el atender a la tercera edad. Creo que hoy es el momento de la visibilidad.

Y finaliza:

–No estoy diciendo que no hubo gente que lo pasó mal. Trato de mirar lo positivo. Pero lamentablemente, como en toda revolución, hay víctimas. Yo hablo harto de la invisibilidad, pero por algo a la gente le disparaban a los ojos, no a las piernas, eso ya es menos que nada. En el inconsciente, a los pacos los preparan para que el otro no signifique nada, entonces fue terrible lo que hicieron, tanta muerte inexplicable. Pero estoy contenta de que la gente reaccionara en las redes sociales, porque la prensa había mentido mucho, la TV había mentido mucho.

 

 

 

 

 

 

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