fbpx Revista Velvet | Fatema Jalaly: Tras escapar de Afganistán
Suscríbete
Entrevistas

Fatema Jalaly: Tras escapar de Afganistán

Fatema Jalaly: Tras escapar de Afganistán
Entrevistas

Fatema Jalaly: Tras escapar de Afganistán

POR Francisca Olivares | 25 diciembre 2021

Hasta el mediodía del domingo 15 de agosto de 2021, en Kabul, esta afgana de 29 años estudiaba, trabajaba, salía con sus amigos y vivía en libertad. Sin embargo, la inesperada llegada de los talibanes a la ciudad alteró todo lo que ella tenía planeado y hoy –después de un largo e intenso viaje junto a su prometido y gracias a la ayuda de un grupo de jóvenes chilenos–, trata de rehacer su vida en nuestra tierra. “Sentí que aquí era libre, como un pájaro que lograba salir de una jaula”, recuerda de sus primeros instantes en el país.

Fotos por @Ozcar

La hija mayor de Mahoma –el fundador del Islam– se llamaba Fatema (Fátima), razón por la que en muchos países musulmanes las niñas llevan ese nombre que inspira un respeto especial. Por lo mismo, hace 29 años, en Afganistán, los padres de Fatema Jalaly eligieron llamarla así. Nunca imaginaron que tendrían que despedirse de su hija para que, en un país tan lejano como Chile, ella iniciara una nueva vida sin el miedo de perder la suya por el simple hecho de ser mujer, querer hablar, divertirse con sus amigas y desarrollarse como profesional, entre tantas otras cosas que son parte del vivir libre e igual en dignidad y derechos, independientemente del género.

Tras la sorpresiva llegada de los talibanes a Kabul –el 15 de agosto pasado– y el retiro adelantado de las tropas estadounidenses después de 20 años de intervención, Fatema, como tantos otros afganos, comenzó a jugársela por salir del país. Lo logró junto a su prometido Alí (periodista), gracias a la ayuda de cuatro estudiantes chilenos de la UDD que son embajadores de la Babson Collaborative Student Network (BCSN): Joaquín González, Magdalena Iribarren, Nicolás Castellón y Felipe Sanzana. Con ellos tenía contacto por su casa de estudios, la Universidad Americana de Afganistán, donde se había titulado en Administración de Empresas, figuraba preparando un MBA y era embajadora de la mencionada red de estudiantes y emprendedores que lidera Babson College.

Nicolás Castellón, en tanto, se acercó a Tomás Ffrench-Davis y José Ignacio Aracena, quienes ayudaron a recaudar fondos para esta travesía a través de su startup Kellun, una organización y aplicación que conecta voluntarios, donantes, iniciativas sociales, organizaciones no gubernamentales y empresas para apoyar a personas necesitadas. En 2021, Ffrech-Davis y Aracena ganaron el Babson Collaborative Global Student Challenge por Kellun.

Fatema y Alí llegaron al Aeropuerto Arturo Merino Benítez casi un mes después, el 18 de septiembre, y como cualquiera puede imaginar, emigraron con poquísimas cosas. Entre sus pertenencias más preciadas siempre estuvieron los libros para niños que ella publicaba a través de una pequeña editorial: Animales de granja, Introducción a los animales salvajes, Animales de bosques y Arezoo –sobre una niña con ese nombre, que significa Esperanza, y que es símbolo de unidad entre las naciones en Afganistán–. “A través de ellos hablo de valores humanos, como la bondad, la empatía, la solidaridad y el amor”, dice mientras hojeamos las páginas.

TRES DESPEDIDAS Y UNA INTENSA TRAVESÍA

Fatema está aprendiendo español, pero habla un inglés perfecto con acento de su tierra. Es dulce. Mira con cariño, sonríe y agradece hasta lo más mínimo. Con pesar, cada tanto menciona a los amigos que dejó en Kabul y a su familia, formada por su padre (jubilado de la construcción), su madre, tres hermanas y dos hermanos (uno de ellos expolicía, y que corre mucho riesgo), junto a varios sobrinos. Gracias a estos tiempos de conectividad, se pueden comunicar todos los días por WhatsApp, Facetime, llamadas, e-mails. Una vez no pudo hacerlo por casi 24 horas, y asume que fue desesperante.

En su cabeza lleva un sutil velo negro. Al estar entre mujeres y en un espacio interior lo guarda delicadamente en su cartera. Antes de la llegada de los talibanes, había empezado a trabajar en una consultora y vivía en un dormitorio de la universidad, que fue destruido al igual que tantos otros por las nuevas fuerzas. “Cuando vi las fotos que me mandó un amigo solo lloré, porque mi universidad era como mi casa. Entraron a nuestras habitaciones. Rompieron las camas, las sillas, todo”, recuerda. Cuenta que hasta el mediodía del domingo 15 de agosto su vida transcurría entre su familia, sus amigas, sus compañeros de trabajo y las idas a correr, incluso participaba en maratones. “Íbamos a restaurantes, a bibliotecas, caminábamos, tomábamos vacaciones. Una vida muy normal. Aunque sí había explosiones en ciertas zonas del país, en medio de eso siempre teníamos esperanza, y creíamos que no iba a pasar nada en la capital… Las mujeres teníamos libertad, derechos, nos respetaban. Con la llegada de los talibanes todo eso se destruyó. Ellos no consideran a la mujer como un ser humano. El régimen talibán es muy anti-mujer”.

–¿Cómo fue tu último día “normal” en Kabul?

–El día anterior, el sábado 14 de agosto, yo había ido a un restaurante con mis amigos; estábamos muy felices, nos reíamos, lo pasamos muy bien sin imaginar que viviríamos algo tan peligroso al día siguiente. Para el 15 de agosto, yo estaba en una cafetería con un grupo con el que hacía actividades colaborativas. Mientras conversábamos de nuestros proyectos y planes, vimos por la ventana que afuera había mucha gente que corría y gritaba. En ese momento, nos enteramos que venían los talibanes. Fue muy sorprendente. No entendíamos por qué estaban en Kabul.

–¿Nunca pensaron que el presidente de Estados Unidos, Joe Biden, retiraría de manera adelantada las tropas de Afganistán, algo que estaba previsto para el 30 de agosto?

–La mayoría de los afganos, como yo y mis amigos, oramos y deseamos que Biden fuera elegido presidente de Estados Unidos (cosa que ocurrió en noviembre de 2020). Pensábamos que si ganaba Trump no se tomarían buenas decisiones para nosotros. Pero cuando Biden asumió, todo se revirtió. Rápida e irresponsablemente evacuó sus fuerzas de Afganistán, y hoy la situación es muy mala, es un desastre.

–¿Cuán cerca te tocó estar de los talibanes ese fatal 15 de agosto?

–Cara a cara. Cuando los vi solo pensé en escapar y empecé a correr por los callejones para ir a la casa de una de mis hermanas, que era la que vivía más cerca de la cafetería donde estaba. Cuando llegué me puse a llorar; mi hermana me preguntó qué pasaba, pensó que quizás alguien me había robado la cartera. Ahí le conté que los talibanes estaban en la ciudad. Quedó en shock y llamó a su marido para que regresara a casa. Todos empezamos a encerrarnos en nuestros hogares.

–¿Qué fue lo primero que hablaste con Alí, tu prometido?

–Mientras yo escapaba lo pude llamar. Por suerte que él estaba en su casa y le dije que no saliera, y que le señalara lo mismo a su familia y amigos. Lo más importante era estar en nuestras casas y no hacer nada. Estábamos en shock. Después decidimos encontrar una manera de salir de Afganistán, pero eso no fue inmediato, porque cuando nos enteramos de que los talibanes se estaban apoderando de las provincias todavía existía la esperanza de que hablaran con nuestro presidente (Ashraf Ghani), de que habría negociaciones, quizás un gobierno temporal, compartir el poder… Sin embargo, nuestro presidente simplemente se escapó del país (el mismo 15 de agosto partió a los Emiratos Árabes) y puso a Afganistán y al pueblo en manos de los talibanes con toda su miseria…

Con este nuevo escenario, a los pocos días de la llegada de los talibanes a Kabul la idea de salir del país comenzó a tomar más fuerza para Fatema y Alí. Canadá, Estados Unidos, distintos países de Europa y Chile, entre otros, empezaron a ser posibles destinos, de acuerdo con los contactos que tenían.

La universidad de Fatema trató de ayudarlos en la evacuación, pero no resultó.

–Tras ser avisados por mail, dos veces fuimos al aeropuerto a una determinada hora, pero no pudimos abordar ningún avión. En una de esas veces, justo cuando habíamos decidido mejor volver a casa, explotó una de las puertas y muchos murieron. Después de eso mis padres me dijeron que al parecer esa no era la forma de salir del país.

Después de ese día, otro mensaje de la universidad llegó a su correo, pero esta vez le decía que no había posibilidad cercana de salir, que tenía que esperar un poco más.

–Estaba muy triste, decepcionada… Yo lloraba sin saber qué hacer hasta que recibí un mensaje de Magdalena, Joaquín y Nicolás, en el que aseguraban que seguían buscando la manera para que me viniera a Chile. Hablé con mi familia y me dijeron que era la mejor opción si es que yo lo quería. No pude venir con ellos, porque no tienen los pasaportes ni tenemos el presupuesto para traerlos.

–¿En qué están tus amigos afganos?

–Algunos pudieron salir de Afganistán como nosotros, pero la mayoría todavía está allá. No significa que quieran quedarse, pero están buscando las formas de irse. La mayor parte del tiempo están en casa y algunos van, por ejemplo, a protestar en las manifestaciones, pero eso no es muy seguro. Por lo general no están muy felices en Kabul, porque son nuevas generaciones y sus mentes no son como las del pasado. Ellos quieren salir de casa, trabajar, estudiar, hacer deporte.

–Hemos sabido de protestas de mujeres en Afganistán. ¿Ellas pueden manifestarse sin el riesgo de morir?

–Por supuesto que no. En ese tipo de situaciones, cuando una mujer quiere salir de casa debe decir su último adiós a su familia. Luego tiene que usar su hiyab (velo) de manera completa, pero eso no es una garantía de que después va a regresar a su casa. Nada frente a los talibanes es fácil. Cuando las mujeres protestan y se manifiestan, los talibanes las golpean, algunos de ellos les disparan, y eso también se lo hacen a los periodistas.

–¿Tienes parientes o antiguos amigos que sean talibanes?

–No, no tengo. Pero en la organización en que estaba trabajando tuvieron que contratar a un talibán para poder continuar con sus tareas y se le pagaba muchísimo dinero.

–¿Cómo te despediste de tu familia?

–Fue muy difícil para mí. Las primeras dos veces que me despedí de ellos fue cuando traté de tomar el avión en el aeropuerto y no pude hacerlo. Esas veces fueron muy difíciles, pero cuando me vine a Chile, el 3 de septiembre, por primera vez vi llorar a mi padre. Mi mamá también lloraba, pero a él nunca lo había visto así.

Sus hermanos, cuñados y sobrinos también fueron parte de esa despedida final. No fue fácil, pero Fatema y Alí ya habían tomado su decisión y la posibilidad de irse era real. Ese mismo día viajaron de Kabul a Herat, una provincia casi al límite con Irán. Por una semana alojaron en un hotel esperando a que les entregarán visas iraníes. Al recibirlas, volvieron a empacar lo poco que traían consigo y el 11 de septiembre tomaron rumbo a Mashhad, la segunda ciudad más importante de Irán, para luego llegar en tren a Teherán.

En la capital de Irán estuvieron unos cinco días. Allí recibieron sus tickets de avión. La primera escala fue en Qatar, la segunda en Brasil y finalmente aterrizaron en Chile.

–Llegamos para las Fiestas Patrias (sonríe). Fue un viaje muy largo y estresante. Antes de llegar a Irán, siempre estaban los talibanes registrando los autos, nuestras maletas, nuestros celulares donde teníamos los documentos, todo, yo también traía mis libros conmigo (y hace el gesto de tenerlos entre sus brazos). Pasamos mucho susto, pero nada pasó.

–¿Qué sentiste cuando te bajaste del avión y pisaste suelo chileno?

–Uf, Dios mío, sentí que aquí era libre, como un pájaro que lograba salir de una jaula. Ni siquiera en Brasil me sentía segura. Cuando por primera vez vi a Joaquín y Nicolás fuimos tan felices. Ellos con Magdalena trabajaron día y noche para ayudarnos. Todo fue en un mes, muy intenso.

“AHORA SOY COMO UN BEBÉ RECIÉN NACIDO”

Al llegar a Chile, la cuarentena en el hotel –por la fase del Plan Paso a Paso para enfrentar la pandemia del Covid-19– fue un poco estresante, ya que además de extrañar a sus familiares, Fatema y Alí no estaban acostumbrados a la comida. Pero todo cambió cuando salieron y pudieron reunirse con sus amigos chilenos: “Creo que ahora soy como un bebé recién nacido. No sé hablar español, no puedo trabajar, tengo que aprender de todo, pero haré lo mejor para incorporarme a la comunidad lo más pronto posible”.

Su primer “panorama” fue ir a comer al departamento de Magdalena: “No puedo olvidar esa noche. Después de eso fuimos a Viña del Mar. Fue la primera vez que vi una playa con mis ojos (ríe). Yo solo había visto playas en las películas. Afganistán es un país montañoso, con lagos y ríos. Una provincia muy famosa es la de Bamyan”.

Como dato, justo un mes antes del cierre de esta edición se supo que el parque nacional Bande Amir, ubicado en Bamyan y considerado como un oasis en el desierto, había vuelto a abrir a público. Un lugar muy lindo en medio de las montañas del Hindu Kush (un macizo montañoso entre Afganistán y el noroeste de Pakistán), donde solo los hombres pueden bañarse en sus seis lagos de azul intenso; las mujeres no pueden quitarse sus velos ni menos mostrar algo de la piel del cuerpo. Solo pueden remitirse a pasear en botes a pedales.

Lejos de eso y en su inesperada vida chilena, Fatema y Alí –quien encontró trabajo lavando autos– experimentaron su primer Halloween y, tal como les advirtieron, muchos niños de su edificio fueron a tocarles la puerta disfrazados. Fatema lo comenta con mucha gracia y hace hincapié en que se habían preparado para recibirlos con chocolates. Ahora se viene su primera Navidad y eso los tiene aún más entusiasmados.

–¿Qué expectativas tienes después de lo que has vivido en los últimos meses?

–Aprender bien el idioma español y espero que el gobierno chileno pueda apoyarme para continuar con las actividades que realizaba antes, sobre todo con las que tienen que ver con las publicaciones. Espero escribir más historias, imprimirlas y distribuirlas en Chile y en Afganistán. Nuestra próxima meta es que los libros estén en persa, español e inglés.

–¿Crees que podrás regresar a Afganistán?

–No sé… pero tengo la esperanza de volver algún día, y que tendremos una vida normal en comunidad, en democracia, con un presidente; que se respetarán los derechos humanos. Soy afgana, me gustaría compartir mis talentos y experiencia en mi país… Espero volver. Algún día.

De inmediato, su rostro regala la última sonrisa de esta entrevista, al mismo tiempo que cubre su cabeza con el ligero velo negro. Es momento de caminar, con esperanza, por su nueva ciudad.

Te puede interesar