Hay actores y actrices buenísimos que son muy histriónicos; léase Al Pacino, Robert De Niro, Leonardo DiCaprio y Glen Close, por ejemplo. Pero también hay otros -tanto o más talentosos- que recurren a trabajos más contenidos, a una expresividad tan natural que uno se olvida de que están actuando. En este grupo están, cómo no, el gran Joe Pesci, Gilliam Anderson y Julianne Moore, entre otros. Y, por supuesto, también figura Bill Pullman, el protagonista de “The Sinner”, la serie policial que ha atrapado al público de Netflix durante tres temporadas.
Pullman interpreta a Harry Ambrose, un detective maduro, atormentado y enigmático; suponemos que su vida no ha sido fácil. No es un superdetective ni un sabelotodo y eso es uno de sus encantos. Es un hombre común y corriente, inteligente, y con una gran capacidad de empatía, cualidad vital que le sirve para entender las personalidades y acciones de los implicados.
Pese a que “The Sinner” es una serie policial, su narración es lenta y profunda; no hay pirotecnia en seguimientos ni tiroteos; los fuegos artificiales está en los pensamientos complejos de los protagonistas.
En la primera temporada, Harry debe resolver el caso de una mujer que, sin motivo aparente, mata a un joven en la playa. En la segunda temporada sigue el caso de un chico de 13 años que envenena a sus supuestos padres. Y en la tercera temporada (estrenada recientemente en Netflix) investiga por qué el profesor Jamie (Matt Bomer) deja morir en un accidente de auto a un hombre con quien tenía una tóxica amistad. No hay duda de su culpabilidad. La misión del policía, entonces, es buscar pruebas y develar el misterio que llevó a Jamie a tomar esa decisión.
Esta tercera temporada es más compleja que las anteriores porque se adentra en los recovecos más oscuros de la mente humana. La cercanía ‘mental’ que se produce entre Jamie y Harry no resulta muy verosímil, la verdad, pero la actuación de Pullman es tan notable que se puede perdonar ese recurso poco logrado. A Pullman hay que aplaudirlo de pie.