Siempre di por hecho que tenía ritmo y bailaba bien, hasta que me enfrenté a mi primera clase de pop. Lo que aprendí, más allá de una coreografía, fue a dejar de lado esa timidez y perderle el miedo al ridículo, pero también que lo importante no es el ritmo, sino dejarse llevar.
El baile es un lenguaje universal que trasciende fronteras culturales, geográficas y lingüísticas. En 2009, el húngaro István Winkler demostró que, sin importar el idioma nativo, las personas nacemos con un sentido rítmico-musical, lo que se traduce en una capacidad innata de los seres humanos para moverse al ritmo de la música.
Personalmente siempre creí que tenía ritmo, más allá de lo que alguien pueda opinar al respecto. Pero bailar en una fiesta, en las alianzas del colegio o en la ducha, definitivamente no es lo mismo que formar parte de una coreografía, poder hilar y recordar cada uno de los pasos.
Cuando me sugirieron asistir a una clase de baile en Wedance lo primero que pensé fue “qué tan difícil puede ser”, pero lo cierto es que no es tan fácil como se ve.
En Wedance cada clase gira en torno a una canción y su coreografía. “Tenemos distintos estilos y ritmos, desde canciones icónicas que todos conocemos hasta música más actual, y tres niveles de dificultad: básico, medio y desafiante”, explica Antonia Irarrázabal, cofundadora Wedance.
“Así, cada persona elige qué quiere bailar según sus gustos y el desafío que tenga ganas de vivir ese día. Todas las clases parten con un breve calentamiento siguiendo al profesor y después viene la canción principal”, agrega Antonia. Cuenta que abrió este espacio porque “cada vez que buscaba dónde hacerlo, terminaba en una sala de gimnasio adaptada, entre máquinas y espejos que no estaban pensados para eso. Un día pensé que el baile se merecía su propia casa: un lugar bonito, hecho para bailar, donde el corazón de todo fuera la música”.
Cuando las contacté, la parrilla contaba con “Magalenha”, la canción de Sergio Mendes, “Dancing Queen”, de ABBA, “Wannabe”, de Spice Girls, y “Debí Tirar Más Fotos”, con Bad Bunny, entre otras.
En mi caso, la clase elegida fue “Wannabe”. El lugar: espectacular. Una sala de clases tal como la que imaginas en las películas o has visto en Instagram. Un espejo y una sala eterna minimalista, que solo quiere ver gente disfrutar al ritmo de la música. Te crees una bailarina de entrada… hasta que comienza la fiesta.

La primera clase fue todo un reto. No solo me enfrenté a la coreografía, sino también al espejo, al ritmo que creía tener y no era tal y, lo más importante, a perder la vergüenza para poder soltar el cuerpo y moverme al ritmo del pop.
Como fanática de la cumbia argentina, juraba que lo hacía estupendo. Pero me encontré frente a algo completamente diferente, así como también frente a un reto personal… dejarme llevar.
Con las Spice Girls de fondo, confieso que en esa primera aproximación no me moví mucho y sentí que lo hice pésimo. Más allá de las indicaciones de la profesora a cargo es mucha información en pocos segundos; y aun cuando se ve lento o parecieran ser pocos pasos, en la práctica la performance requiere de mucho más.
“Y… 1, 2, 3, 4”, decía la profesora, y yo sentía que ya me había perdido o que no había comenzado al mismo tiempo. Giré para otro lado y mi brazo terminó atrás, cuando tenía que estar hacia adelante.
Salí de esa primera clase frustrada, con la sensación de no saber nada de baile. Me sentía ridícula total frente al espejo y pensé “esto definitivamente no es para mí”.
Por suerte, en Wedance te guían. Me aconsejaron volver a una segunda y tercera clase porque la evolución, según ellas, era inmediata. Y me aseguraron que esa impresión negativa que yo tenía respecto a mi desempeño iba a cambiar sí o sí.
Dudé, pero tomé el consejo y la segunda clase fue completamente diferente. Ya con la coreografía en la cabeza, la cosa cambia. El cuerpo no se olvida de los pasos y responde diferente. Además, el ambiente ayuda. Están todas en la misma sintonía y la gracia es aprenderse la coreografía, claro, pero también disfrutar de ese momento y dejarse llevar por la bailarina interna.
En esa segunda oportunidad dije: “Vine a esto”, y logré sacar la coreografía. Disfruté cada momento y la sesión se pasó volando. “De hecho, parte de la experiencia está justamente ahí: la primera vez quizás estás tratando de entender los pasos, pero cuando vuelves empiezas a reconocerlos, te sueltas, dejas de pensar tanto y comienzas realmente a disfrutarla. Hasta que llega ese momento en que dices: ‘¡Me salió!’. Esa sensación de logro es una parte muy importante de la experiencia Wedance”, sostiene Antonia.
En un momento, el profesor nos estaba enseñando un movimiento de caderas y mientras yo ensayaba el paso me dice “con esos movimientos, Shakira te demanda”. Evidentemente no tengo las caderas ni los movimientos de la colombiana, pero debo decir que fue la frase perfecta para desafiarme a desbloquear las caderas.
La confianza aumenta, los profesores te motivan y cuando ya ves que los pasos comienzan a salir, el resto es solo disfrutar. Es más, incluso grabé un video que, si bien comenzó como registro personal, terminé compartiendo en redes sociales. Me llegaron más de 40 mensajes de amigos y seguidores que aplaudieron mi ritmo, o la falta de, pero que también celebraron ese lado que quizás muestro menos, uno más artístico y femenino, algo que me cuesta.
Vuelvo a ver el video y me sigue dando un poco de vergüenza, pero también me gusta porque me recuerda un logro desbloqueado que también habla de timidez. Y es que insisto: se ve fácil, pero no lo es.
Esos días en Wedance me dieron algo que va más allá de lo físico, me recordó lo importante que es dejar la vergüenza de lado y disfrutar el proceso. Cuando la coreografía te sale, te crees un poco más bailarina y, como me dijo una amiga, podría ser perfectamente la Spice Deportista.
Uno de los beneficios que tiene Wedance es que “no tienes que asistir siempre al mismo horario: puedes ir armando tu semana según las canciones que quieras bailar y los horarios que más te acomoden”, explica Antonia.
Un espacio para todos y que no requiere experiencia previa. “En Wedance conviven distintas generaciones. Nuestra alumna más mini tiene 10 años y viene a bailar junto a su mamá, y tenemos personas de más de 60. Y, aunque la mayoría de nuestra comunidad son mujeres, también vienen hombres. Al final, cuando empieza la música, la edad importa poco: los unen las ganas de bailar, aprender y pasarlo bien”, explica Antonia.

Acostumbrada a hacer deportes intensos y de impacto, admito que el baile me fascinó y que es de las disciplinas que más he disfrutado probar. Y es que su mayor beneficio es definitivamente emocional.
Dicen que el baile se estableció entre la especie humana jugando un rol fundamental en la evolución de las relaciones sociales debido, precisamente, a su capacidad de vincular a los individuos emocionalmente, más allá de las habilidades lingüísticas. Y tiene todo el sentido.
Fuera de sus beneficios físicos, rescato su aporte psicológico. Al bailar se despiertan emociones, lo que facilita la expresión de estas, así como también de sentimientos y estados de ánimo, pero de forma natural y desinhibida. ¿El resultado? Conectar con nosotros mismos y con esas emociones que muchas veces reprimimos.
Bailando, esa rabia, pena, ansiedad o angustia se disipan, y se canalizan de forma saludable, algo que definitivamente ayuda al control emocional en el día a día. Aquí, como dice Antonia, “trabajas coordinación, memoria, concentración y conciencia corporal. Además, es una muy buena actividad aeróbica para activar todo el cuerpo”.
A esa segunda clase llegué derrotada y salí con un video publicado en redes sociales, feliz y con ganas de volver por más y lograr la coreografía sin errores y con más flow.
Y así es como el estado de ánimo, la autoestima y la seguridad también cambian. Yo lo experimenté de una clase a otra. Asistir a clases de baile es un excelente método para vencer la timidez y perder ese miedo “al ridículo”, porque lo cierto es que no hay un motivo por el que avergonzarse.
“Empiezan a bailar con más soltura, con más ganas y con menos vergüenza. Se atreven con canciones que antes les parecían difíciles, se ponen más adelante en la sala, se equivocan sin que les importe tanto y disfrutan mucho más”, coincide Antonia.
“El baile tiene algo muy lindo en ese sentido: te invita a volver a moverte, a soltarte y a reconectar con tu cuerpo desde un lugar libre y entretenido”, sostiene Antonia.
Al conseguir ese paso difícil o lograr terminar la coreografía, la seguridad en uno mismo mejora y el refuerzo no puede ser más que positivo. Algo que, de forma natural, extrapolas a tu vida. Si tengo ritmo o no, al menos sé que Shakira no me demandará.
COORDENADAS:
Dirección: Av. Vitacura 3535, piso -1, Vitacura.
Duración de las clases: 50 minutos
Reservas: Escribir al WhatsApp +56962014270
Instagram: www.instagram.com/wedance.cl
Web: wedance.cl