El periodista abre las puertas de su casa para presentar a Emma y Donna, sus dos perritas adoptadas. Entre historias de abandono, travesuras y amor incondicional, habla del lugar que ocupan en su familia, de su relación con su hija Alma y de todo lo que ellas le han enseñado sobre cuidar, acompañar y dejarse rescatar.
Fotos Jesús Alvarado
Emma y Donna llegaron a la vida de Eduardo Fuentes por distintos azares del destino. la primera apareció abandonada en una construcción, poco después de que el periodista y su familia perdieran a Lucas, uno de sus perros. Estaba preñada, tenía dos cachorros muertos en su vientre y tanto miedo que durante un tiempo se refugió en un clóset junto a un perro de peluche. Donna, en cambio, vivía en el camino a Farellones. La veían con frecuencia y la alimentaban hasta que finalmente alguien pudo bajarla de la montaña. Llegó a la casa convertida en “una masa de pelo”, mientras esperaba una adopción que nunca ocurrió.
Con el tiempo, las dos se transformaron en parte fundamental de la familia. Emma, regalona, sensible y protectora, acompañó el embarazo de su mujer y se convirtió en una cuidadora inseparable de su hija Alma. Donna, más joven, desordenada y aventurera, llenó la casa de una nueva energía. “Una loca linda”, la define Eduardo.
Después de 11 años con Emma y dos con Donna, el conductor habla con humor y emoción sobre sus personalidades, sus travesuras y el lugar que ocupan en su vida. También reflexiona sobre la adopción, la responsabilidad que implica convivir con un animal y esa forma inesperada en que, a veces, quien llega para ser rescatado termina rescatándonos a nosotros.

—Las dos son adoptadas, pero sus llegadas fueron muy distintas. ¿Qué recuerdas de esos primeros días?
—Fueron historias muy diferentes. Emma, después de todo lo que había vivido, se parapetó en el clóset con un perrito de peluche. Tuvimos que iniciar un proceso con un etólogo porque era muy tímida y temerosa. Le costaba dejarse acariciar y recibir comida directamente de nuestra mano. Fue un proceso que vivimos todos juntos.
Donna, en cambio, llegó como una oveja: era pelo por todos lados. Cuando la llevaron al veterinario, la bañaron y le cortaron el pelo, quedó irreconocible. Parecía otra perra. Se adaptó rápidamente, como si le hubiera encantado vivir en una casa. Nos da mucha risa porque creemos que pasó toda su vida en la cordillera, cerca de Farellones, y ahora duerme pegada a los calefactores.
—¿Qué viste en Emma para decidir que debía convertirse en tu perrita?
—Pensábamos que, por ser una golden retriver, debía tener dueño y que probablemente se había escapado de alguna casa. Publicamos en todas partes que la habíamos encontrado, pero nadie la reclamó y tampoco tenía chip. No sé si fue tanto lo que nosotros vimos en ella para decidir que fuera nuestra perrita, sino lo que vimos mutuamente. Ella encontró el espacio de amor que quizás no había tenido antes, y nosotros vimos a una perrita que merecía una casa, ser amada y querida. Además, nos rescató de la pena que estábamos viviendo por la muerte de Lucas.
—¿De qué manera sientes que Emma los rescató?
—Cualquiera que haya tenido una mascota sabe el inmenso dolor que se experimenta cuando se va. Nosotros somos toda la vida de nuestros perros, mientras que ellos son una parte de nuestra existencia. Cuando mueren se extraña todo. A veces el destino une a quienes están buscando un espacio de amor con quienes quedamos con la necesidad de seguir cuidando. Eso fue lo que nos pasó con Emma.
—Donna llegó a la casa mientras buscaban una familia para ella. ¿En qué momento decidieron que se quedaba?
—Donna estaba preparada para ser adoptada: había sido operada, estaba limpia y tenía el pelo corto. Tenía una herida en la nariz que tardó en sanar, pero ya estaba lista. Era una perra muy cariñosa, tranquila y serena. La persona que, supuestamente, iba a llevársela nunca confirmó a tiempo. Y con algunos perros ocurre algo especial: de pronto piensas que ese perro nació para estar contigo. Se produce una especie de flechazo mutuo e inmediato. Creo que eso fue lo que pasó con Donna.
—¿Quién fue él o la primera en decir “nos quedamos con Donna”?
—Creo que Alma. Fue la que más insistió y, sin duda, quien terminó enamorándose completamente de ella. Después vino mi mujer y luego yo.
—¿Qué tienen en común Emma y Donna y en qué son completamente distintas?
—Tienen en común que son dos perritas muy buenas, con un carácter maravilloso. Emma tiene un amor brutal por los niños y las personas. Todo aquel que la conoce se enamora de ella. Donna es pura alegría. Es más traviesa y, como es más alta, llega a lugares donde antes pensábamos que la comida estaba protegida. Son muy diferentes, pero forman un lindo complemento.
—¿Cuál es la más desordenada y cuál es la más regalona?
—Donna es definitivamente la más desordenada. Es más joven, más lanzada y está siempre dispuesta a hacer alguna locura. Emma también hizo algunas cosas en su momento, pero no tantas. No la conocimos de cachorra; creemos que tenía unos tres años cuando la rescatamos. Emma es la más regalona. Mi mujer dice que tiene “cara de pena” porque, cuando uno le hace cariño, pone unas expresiones como si recordara todo su pasado. Es, por lejos, la más regalona.
—Si tuvieras que describirlas con tres palabras, ¿cuáles elegirías?
—A Emma siempre le digo “mi perrita amada”. Y Donna es “una loca linda”.
—¿Cuál ha sido su mayor travesura?
—Una vez se organizaron para sacar un trozo de carne que yo había preparado al horno. Lo dejé sobre la mesa para que se asentaran los jugos y, cuando volví a buscarlo, ya no estaba. Vi las marcas de los lengüetazos y pensé: “Se lo comieron los perros”. Revisamos las cámaras de seguridad y fue muy divertido, porque habían hecho un verdadero trabajo en equipo. Emma, como era más grande, sacó la carne de la mesa y la bajó para que comieran las tres (con Clarita). Trabajaban juntas de una manera impresionante.
—¿Quién manda realmente en tu casa?
—Mi mujer, obviamente. Después viene mi hija, luego Emma, después Donna y, finalmente, estoy yo. Soy el último en la cadena de mando de esta casa.
—¿Duermen contigo?
—No duermen en la cama, pero sí en nuestra habitación. Tienen sus propias camas y las ponemos ahí. Clarita, que era más pequeña, sí dormía con nosotros. Se acomodaba en mi espalda como una mochila y comenzaba a empujarme lentamente, hasta que yo terminaba prácticamente durmiendo en el larguero.

—¿Cómo es la relación de tu hija Alma con sus perritas?
—Mi hija ama a sus perritas con todo el corazón y ama a los animales en general. Eso nos causa mucho orgullo, porque es parte de lo que le hemos transmitido desde su más tierna infancia: el amor y el respeto por los seres vivos que están junto a nosotros y, por extensión, por aquellos que están en cualquier otro lugar de la naturaleza.
—¿Qué te gustaría que Alma aprendiera de crecer junto a perros adoptados?
—Que tenemos una responsabilidad y que el amor se puede compartir. También que tenemos una responsabilidad con los animales que están en la calle. Un perro no aparece ahí por generación espontánea: él, o sus padres, tuvieron alguna vez un tutor que no respetó ese acuerdo mínimo de cooperación que existe entre los humanos y los perros.
—Te costó mucho tiempo convertirte en papá. Durante esa espera, ¿tus perros fueron una compañía especial?
—Por supuesto. Con mi mujer tuvimos que esperar mucho tiempo para poder quedar embarazados. Durante esa época, mis otros perros: Lucas, Patitas y luego Clarita, se fueron convirtiendo de alguna manera en una extensión natural del amor que uno entrega. No son hijos, evidentemente. Creo que todos tenemos absolutamente claro que no son lo mismo que un cachorro humano, pero la responsabilidad y el amor sí son los mismos.
—¿Cambió tu relación con Emma y Donna después del nacimiento de Alma?
—No. Emma estuvo presente durante el embarazo y ha sido una de las principales cuidadoras y tutoras de Alma durante su infancia. Hay muchas fotos en las que aparece pegada a ella, cuidándola. Donna llegó después, cuando Alma ya era más grande.
—Ahora que eres papá, ¿entiendes de otra forma lo que significa cuidar y proteger a otro ser?
—Un hijo es una responsabilidad mayor y se transforma en un eje de vida, pero no lo pondría en una línea en la que se contraponga con tener un perro. A un perro le entregamos amor y a los hijos también. A los hijos debemos entregarles otras cosas porque la naturaleza de su crianza es distinta, pero el amor es uno, uno y nada más. Hay que saber entregarlo a la vida, a la naturaleza, a las personas que nos rodean, a la sociedad, a los perros y a los hijos.

—¿Qué significa para ti adoptar?
—Adoptar es una responsabilidad que tenemos como sociedad. Nos quejamos mucho de todo, pero pocas veces hacemos algo para aportar, aunque sea con un mínimo granito de arena.
—¿Qué le dirías a alguien que quiere tener un perro, pero todavía no se decide por la adopción?
—Antes era más majadero con el “adopta, no compres”. Hoy sigo creyendo que adoptar es muy importante porque forma parte de la solución, pero también pienso que, si decides comprar, debes entender que existe una responsabilidad muy grande. Ya sea adoptando o comprando, es un compromiso para toda la vida y una relación de cuidado mutuo. No se trata solamente de tentarse con un cachorro porque es lindo. Hay que entender que los perros van a depender de nosotros y debemos ser suficientemente conscientes de eso.
—¿Crees que adoptar un perro también es una forma de ser rescatado?
—Absolutamente. Emma nos rescató a nosotros.
—Si Emma y Donna fueran humanas, ¿cómo serían?
—Emma sería una mamá aprensiva, de esas que cuidan mucho a sus hijos. Sería temerosa, respetuosa de la ley y muy correcta. Donna sería una loca que andaría metida en conciertos, saltando, haciendo locuras y travesuras, pero sería una buena persona.
—Si tuvieras que llevar una a una aventura y dejar a la otra cuidando la casa, ¿a cuál elegirías para cada cosa?
—Me llevaría a Donna a la aventura, solamente porque es más joven y Emma ya está más viejita. Pero cuando vamos a la playa, vamos todos. Ahí a Emma se le olvida que es mayor y corre a la par con Donna.
—¿Cuál de las dos se parece más a ti?
—Donna, definitivamente. Es más traviesa y más loca.
—Si Emma y Donna tuvieran que escribir tu perfil de Tinder, ¿qué dirían de ti?
—Creo que dirían: “No les conviene, chiquillas”, para que nadie me eligiera y así poder quedarse solas conmigo.
—Después de 11 años con Emma y dos con Donna, ¿qué te gustaría agradecerles?
—Emma está enfrentando el tratamiento de una enfermedad. Sea cual sea el resultado, solo tengo gratitud por estos años que nos regaló, por haber cuidado a mi hija, por ser una perra hermosa y por tener uno de los caracteres más maravillosos que he visto. Emma realmente tiene un carácter increíble y sé que la voy a extrañar mucho el día en que se vaya. A Donna le agradecería haber aceptado la invitación de la persona que la bajó desde el cerro y que, después de eso, nos haya regalado tanta alegría. Solo puedo darles las gracias, tal como se las he dado a todos los perros que han sido parte de mi vida.