La hermana de Franco Parisi cuenta cómo ha sido su movido debut como diputada. “Me cuesta entender que mis colegas sean tan agresivos en la sala y que luego en los pasillos se saluden e, incluso, se feliciten”. Además, revela detalles de las negociaciones con el ministro Jorge Quiroz por la megarreforma y de la relación de la abuela con el resto de los parlamentarios del PDG.
Por Juan Cristóbal Villalobos Fotos Pedro Magnere
“Yo venía de un mundo completamente distinto y todo esto ha sido muy rápido” cuenta relajada, aunque siempre muy atenta al teléfono, Zandra Parisi. En marzo de este año fue su estreno en política, representando a las comunas de La Florida, La Pintana, Pirque, Puente Alto y San José de Maipo. Si bien solo logró el 2,46% de los votos en su distrito, fue electa gracias a la alta votación de su compañera de lista, la mediática Pamela Jiles. “Nuestra querida abuela es un encanto. En estos meses, no hemos tenido ningún roce, al contrario. En los almuerzos en el Congreso conversamos mucho y siempre terminamos riéndonos, porque ella hace un comentario simpático o nos cuenta alguna copucha”, asegura.
Respaldado por el protagonismo que logró Franco Parisi al sorpresivamente llegar tercero en la primera vuelta presidencial, y luego ser unos de los interlocutores del ministro Jorge Quiroz en las negociaciones por la megarreforma, el Partido de la Gente ha logrado una influencia inédita. “Desde el 11 de marzo, todos hablan del PDG. Para bien o para mal, pero siempre hablan. No somos ‘monedita de oro’ ni esperamos que todos nos amen”, afirma.
Debido a la estrecha relación con su hermano, Zandra Parisi se ha asegurado en lugar en las conversaciones con el Ejecutivo. “Ella es como mi ‘canciller’ en la Cámara”, ha reconocido el excandidato presidencial. Y Zandra responde: “Franco nos ha estado guiando y enseñando a cómo trabajar por Chile”.
Confiesa que todos los días habla con él y varias veces. “Le cuento todo lo que pasa en el Congreso y en mi vida. Con mi hermano no tenemos secretos”.

– ¿Cómo ha sido su relación con el resto de los diputados?
– Yo siempre estoy abierta al diálogo, así que no tengo problemas en conversar con parlamentarios de todos los partidos. Lo que me cuesta entender es que mis colegas sean tan agresivos y mal educados en la sala y que luego en los pasillos se saluden e, incluso, se feliciten. En realidad, esa actitud de choque y confrontación es solo para la televisión. Pasa lo mismo frente al PDG: nos critican públicamente, pero en privado son distintos. Pero bueno, así es esto. Es parte del show político. Pero te repito, todavía me es difícil comprenderlo.
– ¿Qué opinión se ha formado de la clase política, de la que ahora usted también es parte?
– Creo que le falta humanidad y que no pone a la gente en primer lugar. Yo me pregunto: ¿en qué momento los políticos se “bajaron de la micro”? Para mí es muy importante estar en contacto con la personas, escuchar sus alegrías y dolores. Para el PDG, a diferencia de los otros partidos, el contacto con la gente no es parte de una campaña política, sino que nuestro trabajo. Eso es lo que se espera de nosotros, pero a los políticos tradicionales se les olvidó.
– ¿Eso es una sorpresa o se imaginaba que fuera así?
– No tenía ni la más mínima idea de dónde me estaba metiendo. De lo que sí siempre he sido muy consciente es de que para poder lograr cambios y resultados reales hay que involucrase en política. No sirve de nada protestar marchando y levantando carteles.
Muchas veces me he sentido frustrada porque las cosas no resultan como uno quiere, pero tengo claro que esa frustración desaparecerá cuando el PDG sea gobierno. Nuestro sueño de país está a la espera de llegar a La Moneda, por mientras, vamos avanzando de a poquito.
– Muchos pensaban que, al igual que en el período anterior, la bancada del PDG no duraría mucho porque sus diputados abandonarían el partido. Hasta el momento, de los 14, solo se ha ido uno.
– Efectivamente, todos apostaban, es más, promovían, que eso pasaría. Esperaban que, nuevamente, Franco quedara solo y abandonado. Ahora los diputados del PDG aprendieron que, si no están a su lado, ninguno será reelecto.
– Se dice que el Partido Republicano está molesto por el protagonismo que les ha dado el gobierno.
– Los republicanos le tienen miedo al PDG. Nos meten porque no cuentan con un líder claro en la Cámara ni tienen la seguridad de que contarán con nuestros votos. Pero no solo ellos, todos los partidos nos miran con miedo. Sin embargo, también nos respetan porque saben que damos gobernabilidad. Más que oposición, nosotros somos “proposición”. Esto es independiente de quien hoy sea gobierno.
– ¿El objetivo del PDG es transformarse en el principal partido de centro? Así como en algún momento lo fueron los radicales y la DC.
– No es que sea nuestro objetivo, es lo que somos. Nosotros no vemos la política con anteojeras ideológicas, sino que recogemos las buenas ideas de todos lados. Por eso nos dicen la “bisagra”. Los diputados del PDG podemos ir a cualquier parte y no necesitamos protección policial, por eso no tenemos miedo. Franco, por ejemplo, anda en la calle solo y nunca ha tenido un problema. A mí ahora en la calle me saludan y tiran buena onda. Reconozco que me da un poco de vergüenza cuando me piden fotos (risas).
—A usted le ha tocado negociar la megarreforma. ¿Cómo ha enfrentado esa discusión sin tener formación como economista?
—Soy muy matea y tengo un gran equipo asesor compuesto por puras mujeres inteligentes, a quienes Franco y yo les decimos con cariño “las Pinky y Cerebro”. Además, mi hermano me ayuda en estos temas. Al principio fue difícil sentarse con el gobierno, porque el ministro de Hacienda no estaba dispuesto al diálogo. Recuerdo que en la primera reunión le pregunté a Jorge Quiroz: “¿Tiene un plan B por si la reforma es rechazada?”. Me respondió que no y que si era rechazada, se haría por decreto presidencial. Entonces le dije: “Pero ministro… ¿pololiemos? ¿A usted le gusta pololear? (risas). Mejor dialogemos”.
Ahí, el ministro me respondió que bueno, que podíamos “pololear”. Es decir, conversar. Finalmente, Quiroz se fue abriendo. Yo lo entiendo: él también llegó a un mundo desconocido y estaba tan desconcertado como yo. No sabía si tenía que ser duro o aceptar ell diálogo y crear lazos. La verdad es que no existe ningún manual que te enseñe cómo hacer política.
– En esas discusiones Pamela Jiles también ha logrado protagonismo. ¿No teme que le pueda disputar el liderazgo a su hermano?
– No existe rivalidad. Al contrario, ellos son amigos hace muchos años. Ningún cariño malo dura tanto.
– ¿Se podría dar una primaria presidencial en el PDG entre ella y Franco?
– La competencia no es mala, muy por el contrario. Es más, necesitamos nuevos líderes.
– ¿A los diputados no les molesta que Jiles los trate de sus “nietitos”?
– Para nada, estamos felices de ser sus “nietitos”. A ella también la veo muy contenta de estar acompañada. La abuela se sienta delante de nosotros, se da vuelta y sabe que tiene su bancada. Es muy difícil hacer política sola, como le sucedió en otros períodos.
– ¿Cómo manejan las diferencias internas en el partido?
– Los proyectos los analizamos particularmente, además que tenemos las llamadas green cards. Cada parlamentario tiene derecho a tres green cards al año, las que puede usar cuando quiere votar distinto al resto de la bancada. Hasta el minuto, ninguno la ha ocupado, aunque frente a ciertos puntos de la megarreforma sí hubo diferencias, las que resolvimos internamente.
– ¿Generó molestia cuando el diputado Javier Olivares se puso una capa emulando a la de Pinochet?
– Eso fue algo curioso, nada más. El PDG es tan diverso como Chile y abrazamos a todo el mundo. Javier Olivares es un encanto y uno podría criticar que lo que hizo no fue lo más adecuado, pero ya no es tema. Nosotros respetamos la diversidad y nunca se nos ocurriría vetarlo por algo así.

– Franco ha contado que, cuando su padre estaba muy enfermo, le pidió que lo ayudara a morir. ¿Cómo vivió usted ese proceso?
– A mi papá lo mató la política. Él tuvo su primer infarto cerebral cuando estaba viendo las noticias y se acusó a mis hermanos, Franco y Antonino, de tener deudas previsionales por 300 millones en sus colegios. Mi padre tenía 80 años y sufrió mucho con eso. Luego siguieron las acusaciones y amenazas, y cada vez que eso pasaba él sufría un nuevo ataque. Finalmente, tuvo ocho.
– Y les pidió que quería morir…
– A mí nunca. La relación de una hija con su padre es muy distinta. Éramos muy cercanos. Yo era su “niña”, y a las niñas no se les dicen esas cosas.
– ¿Si se lo hubiera pedido, lo hubiera hecho?
– Lo hubiese entendido… Si existiera la posibilidad legal, yo lo hago. A esas alturas, mi papá ya no era el que siempre había sido: inteligentísimo, súper independiente y con mucho carácter. Incluso estando muy enfermo tenía la conciencia para decir “no quiero esto”. Yo veía sus ojos llenos de lágrimas pese a que él nunca lloraba. Uff, me estás haciendo casi llorar a mí ahora…
– ¿Apoyaría una ley de eutanasia?
– Es algo muy delicado y doloroso, no es llegar y tener una postura firme y definitiva. Si yo estuviera desahuciada, pediría que me ayudaran a morir. Por eso en estos temas hay que preguntarle a la ciudadanía y escuchar también a los enfermos desahuciados. Es un tema valórico tan importante que uno no puede decidir por el resto.
– ¿Qué le parece el proyecto de ley “Escucha su corazón”, que obliga a las mujeres a oir los latidos del corazón del feto antes de realizar un aborto por alguna de las tres causales?
– Ahí se ve la falta de humanidad de algunos políticos, ya que se obligaría a la mujer a pasar por un sufrimiento innecesario. Estoy segura que será rechazado en la Cámara. Quienes se acogen a algunas de las tres causales son víctimas, y de esta forma las hacen sentir aún más víctimas. ¿Te imaginas el dolor terrible que se debe sentir? Muchas hemos tenido embarazos que, por distintos motivos, no han llegado al final, y sabemos que escuchar los latidos sabiendo que ese feto no vivirá sería terrible. En Chile no hay aborto libre y los diputados que plantean esto lo hacen como si sí existiera. Sinceramente, no sé de qué planeta vienen.