¿Qué es lo que falla? Más de alguna vez te ha pasado que por un momento olvidas dónde dejaste el auto, sin embargo, hay cosas que recuerdas aún con el paso de los años como una mala broma o una discusión con alguien.
La repuesta a esto está en la memoria cotidiana, pero más que el recordar, es en la atención, algo que saturamos con facilidad.
Los recuerdos están cargados de emoción y suelen acompañarnos durante años. Y, según una socióloga y dos expertos en neurociencia y psicología, hay una explicación por la cual el cerebro guarda algunas conversaciones de antaño como si hubiese ocurrido ayer, mientras que detalles como dónde dejé las llaves se nos olvida.
Pero la explicación no está en la calidad de nuestra memoria. “Muchas veces no falla la memoria: falla el momento en que esa información entró en el cerebro”, explica a Telva, Pablo Quiroga Subirana, especialista en Neurología y Neurofisiología Clínica y miembro de Top Doctors. Además, para el expeto la diferencia recae en las emociones y mecanismos cerebrales, los que están diseñador para retener aquello revelante.
En esto, coincide Alba Navalón Mira, doctora del Departamento de Sociología I de la Universidad de Alicante, quien asegura que ciertas conversaciones “alteran nuestro orden social y nuestra posición ante los demás”. Entonces, el cerebro las interpreta como información valiosa para nuestra supervivencia social.
Por su parte, el doctor Román D. Moreno, director del Instituto de Neurociencias y Psicología Social Aplicada (SINAPSICO) de la Universidad Franciso de Vitoria, plantea que los recuerdos que emocionalmente significaron algo para nosotros, suelen tener un proceso más profundo, de ahí que permanezcan presentes durante años.
Lo primero que debemos tener claro es que olvidar es normal. Esto, porque, según explica Quitoga, “el cerebro necesita filtrar información para no saturarse”. Por lo tanto, aún cuando creemos que tener buena memoria es guardar todo en nuestra cabeza, los expertos aclaran que el olvido es parte del funcionamiento saludable del cerebro.
La memoria cotidiana, entonces, es la encargada de manejar mucha información práctica. Esto es, dónde dejamos las llaves o el teléfono, alguna contraseña temporal, una cita o el lugar donde estacionamos. Y si bien resultan ser datos útiles, puede que a largo plazo no sean importantes. Es ahí cuando la atención se dispersa y puede que no registremos la información. “Si no hubo atención, no hay fijación”, sostiene Quiroga.
Alba Navalón sostiene que entre una conversación de pareja o olvidar las llaves la diferencia está marcada por la dimensión social. Esto es, que aquellas experiencias que afectan a nuestras relaciones no son simples hechos, sino que nos cambian internamente. “La discusión fuerte altera nuestro orden social y nuestra posición ante el otro”, argumenta. “Ese momento redefine quiénes somos, con quién nos relacionamos y cómo nos percibimos”. Y es por esta razón que el cerebro decide conservarlo.
La socióloga también recuerda que la memoria emocional no almacena datos, sino significado. Mientras que la memoria funcional nos ayuda a desenvolvernos en el día a día. De esta forma, la emocional actúa como una brújula en nuestras relaciones futuras, conservando lo que pueda ayudarnos a protegernos e interpretar el mundo social.
La psicóloga y escritora Andrea Klimowitz coincide cpon esto. Y afirma que la memoria no guarda cualquier emoción, sino aquello que tiene una carga especial. “La memoria no guarda necesariamente lo más espectacular, sino lo que tuvo carga emocional. A veces un gesto mínimo contiene algo enorme: una sensación de pertenencia, de abandono, de vergüenza, de amor o de seguridad”. Por eso, explica, un olor o una frase, aparentemente insignificante, pueden recordarse a la perfección durante décadas.
Esas conversaciones que recordamos por años tienen que ver con la emoción. Y es que es precisamente la emoción lo que le dice al cerebro “esto es importante”. Cuando una experiencia nos emociona, ya sea felicidad, tristeza o miedo, aparece la amígdala cerebral, especializada en detectar esta relevancia emocional.
Entonces, no es necesario enfrentarse a un peligro físico para que el recuerdo quede. Basta solo con sentir una amenaza, como una ruptura sentimental, un conflicto o la sensación de rechazo.
¿La consecuencia de esto? Esos recuerdos reciben un tratamiento privilegiado con respecto a los otros.
Lo mismo que ocurre con aquellos recuerdos negativos. “Recordar quién nos traicionó o dónde nos equivocamos es más útil para no repetir el error que recordar una tarde tranquila”, afirma Alba Navalón. Y es que el cerebro tiene una tendencia a prestar más atención a las amenazas. Y a esto debemos sumarle los “asuntos pendientes”, porque mientras el cerebro perciba que hay algo sin resolver, ese recuerdo volverá a primer plano una y otra vez.
Finalmente, “Sin atención no hay buena memoria”, concluye Pablo Quiroga. Muchas veces el error ocurre antes, es decir, cuando dejamos las cosas mientras estamos pensando en otras cosas al mismo tiempo.