Como “un alarido de supervivencia” se describe el trabajo de la talentosa fotógrafa pin campaña en su exposición “Imágenes paganas”, en Casas de Lo Matta. Esta es una conversación sobre su trabajo más personal –que desarrolló en paralelo a su trabajo en revistas–, sobre esta muestra con más de 170 fotografías y sobre la vida que se abre paso entre el lupus que la afecta hace más de 30 años y la silla de ruedas que hoy, entre cirugías, la acompaña. “La rodante”, como ella la llama.
Por Sofía Beuchat Retrato Josefina Donoso Campaña
Pin Campaña llegó a Chile el año ‘89, con 28 años, sin saber si se quedaría. Venía de París, donde fue a estudiar literatura después de pasar por filosofía en la Chile. “Suena tan glamoroso lo de París y por Dios que uno lo pasa mal afuera marcando precios en el subterráneo de una tienda. Después, claro, uno se adecua y hace cosas mejores”, recuerda. Pensando en qué hacer, porque siempre había trabajado, desde los 15 años, se contactó con Taller Uno, el estudio de fotografía de Roberto Edwards, entonces dueño de la Revista Paula. Así comenzó una carrera destacada como fotógrafa en esa revista, que continuó luego en otros medios y trabajando como independiente. En paralelo, desarrolló un contundente trabajo personal que, desde hace poco, comparte por su cuenta de Instagram y que expone por primera vez en Casas de Lo Matta desde el 28 de marzo.

“Pensaba en ser asistente de fotografía uno o dos meses, y me pusieron a trabajar con el fotógrafo Rafael Fernández. En ese tiempo se usaba cámara de placa. De puro susto aprendí, yo todo lo aprendo de puro susto”, cuenta en su casa en Vitacura, una Ley Pereira llena de plantas y decorada con muebles antiguos, cortinas “de abuelita Pita”, fotos y objetos antiguos mezclados con modernos.
–¿Por qué optaste por la fotografía?
–Lo que siempre quise fue estudiar pintura. Soy una pintora frustrada. A mí la estética me ha matado desde que era chica. Mi abuelo, por el lado alemán de mi familia, era absolutamente loco por la belleza, coleccionaba antigüedades. Mi mamá estudio arte. Mi papá (Eric Campaña, presidente de Lan Chile entre 1964 y 1970) viajaba mucho. Era brillante, muy lector y un poco excéntrico. Me crié en un ambiente donde nos llevaban a museos. Entonces mi mundo se llenó de colores desde que era una niña.
Su primer trabajo importante para Taller Uno fue un viaje por Chile, de norte a sur, con un encargo complejo: fotografiar el país como lo hubiera visto Gabriela Mistral. Para entrenar su ojo leyó todos los poemas de nuestra Premio Nobel. El libro no se publicó, aunque algunas fotos están entre las más de 170 que incluye la exposición. Para ella, ese viaje marcó un antes y un después. “Ahí me di cuenta de que yo en los pueblos me sentía en la gloria. Se me derritió toda la dureza que uno va formando por vivir en el extranjero, por soportar no pertenecer”.

–Alguna vez comentaste que no era fácil llamarse Soledad. ¿Por eso para todos eres la Pin?
–Me llamo Soledad, pero Soledad no es mi nombre. Soledad es como llamarse Dolores, Remedios, Piedad. El Santo Castigo. Mi nombre siempre ha sido Pin. Mi papá me puso Pin. La gente cree que es un nombre de fantasía, que me lo puse como marca, pero la verdad es que un día mi papá estaba almorzando con su gran amigo, el periodista Gato Gamboa, y a los dos se les ocurrió ponerme así. No pudieron inscribirme con ese nombre en el registro civil. No sé si eso de Soledad me ha marcado. Igual uno como fotógrafo es tremendamente solo. Es como estar sordo, pero no ciego. Te la pasas mirando. Yo desde chica hago las cosas así, pestañeando.
–¿Qué criterios te guían cuando haces una foto?
–Me llaman la atención los colores y la geometría. Uno se integra con la máquina; es como si ella y el humano fuéramos una sola cosa. Ahí decides dónde medir y donde mirar, qué dejar fuera, y ahí es donde entra la geometría. Eliges lo que encuentras mágico, pero no lo piensas, es algo instintivo.
–¿Y al hacer retratos?
–Ahí soy tramposa: espero a que las personas estén ahí sin que se den cuenta de que yo las estoy mirando.
–Tienes retratos hermosos de gente en pueblos perdidos, pero también de muchas personas acostumbradas a las cámaras: ahí están el dramaturgo Jorge Díaz, Gustavo Cerati, Gonzalo Contreras, Roberto Bolaño, Cecilia Bolocco, Jorge González… ¿Qué cambia al apretar el obturador?
–Me gusta eso de que llega alguien lleno de glamour y le haces un flash y es piolita como todos. Al final fotografiarlos a ellos o al bombero más viejo de un pueblo en el sur es lo mismo. Cuando estoy frente a un súper talento trato de llegar a su fondo, porque todos tenemos ese fondo humano maravilloso, donde somos frágiles y somos fuertes. Todos estamos vivos y nos estamos muriendo, estamos viviendo y estamos muriendo. Es una cuestión muy compleja esa. Tú atrapas algo, tú dejas algo, y ese algo tampoco es la realidad, porque es algo nuevo. Ahí es donde se me confunde la filosofía con la realidad, porque al final las dos se tratan de lo mismo: el ser.
Por eso, agrega Pin, ella ama “profundamente a todas las personas de esas fotos, a todas las plantas, a todos los animales, a todos por igual. No hay más famosos ni menos famosos. Para mí, todos son famosos, todos son únicos”.
Armar esta exposición, que bautizaron como “Imágenes Paganas”, no fue fácil para ella, tanto en lo emocional como en lo práctico. Costó encontrar algunos negativos. Costó enfrentar todo lo hecho, y recordar tanta vida, tantos dolores y alegrías vividas con la cámara como acompañante silenciosa, testigo y método de registro. Pero cuando la curadora Cristina Alemparte le ofreció dar el paso, no lo dudó.

“Lloré todo un año mientras la preparaba. Me costó mucho hacer la selección de fotos; fue como hacerme un psicoanálisis. Son muchos años de trabajo. Y también porque me encontré con retratos de personas que muestran una bondad que a mí me conmueve. Yo veo una de esas fotos con esas miradas tan puras y pienso: yo con esto puedo lograr subsistir un año de maldad en el resto del mundo”.
Más tarde, dirá: “Ser fotógrafo es como leer kilos de libros. Abres territorios y personas. Y todo eso que ves se aloja dentro tuyo tal como los libros se alojan en las personas. Yo creo en compartir esa magia. Ese mundo que es horrible y que es poético. De luz y sombra”.
La llegada del mundo digital fue para Pin algo nuevo, que tomó con sabiduría. “Otra vez aprendí de puro susto”, dice. “Y sola, porque tenía que aprender. A Photoshop yo lo llamo el laboratorio”, agrega.
–¿Te resultó difícil?
–Fue como todo en la vida: todo es medio difícil, medio fácil. Ahora hago harta foto con el celular también. Hay muchos fotógrafos que detestan el celular; yo lo encuentro un plus. Si la foto sale buena, no es porque sea bueno el celular; es mi ojo, es donde yo pongo la bala.
–Y a la inteligencia artificial, ¿cómo la ves?
–No me da susto, para nada, pero no la ocupo. Es entretenido que se puedan hacer efectos, pero la encuentro pobre. ¿La IA va a poder hacer la variedad de colores que hay en la naturaleza? Yo creo no. Esa cantidad de animales, de insectos. La IA es una pobre cosa. No he pillado todavía el Van Gogh de la inteligencia artificial.
–Finalmente, la técnica es solo un método. Lo que importa es tu arte.
–Yo no estoy pensando en la técnica cuando hago fotos. El lenguaje, la imagen, como que se van cruzando, no estás pensando “voy a hacer esto o lo otro”. Ahora, yo no diría que lo mío es un trabajo artístico, sino más bien artesano. Eso de artista me suena un poco agrandado. Lo que hago es un arte que me sana, porque si no lo hago, me muero. Si no fuera fotógrafa, estaría por ahí trabajando en artesanía.
–¿Qué te pasa a ti, internamente, cuando estás fotografiando?
–Es tanta la intensidad que tú dejas de respirar, dejas de pensar, el mundo queda suspendido y tú estás completamente metido en la foto. Es algo casi divino, sacro. Yo no soy de religión, pero soy súper pagana en el fondo: creo que la naturaleza es Dios. Pero lo que yo hago no son grandes fotografías ni nada así, son mis volones. Porque al final uno no es nada. Uno es una cosa. Un espectador que viene a mirar, a enamorarse de todo. A asombrarse y cuidarlo. A ver cómo reaccionan las luces en la noche.
Por estos días, Pin esta haciendo muchas fotos de naturaleza. Las hace en su propia casa, pero al verlas parecen haber sido tomadas en una selva. De hecho, parecen cuadros pintados a mano. “Son mis viajes nocturnos por el jardín. Me acerco lo más que puedo y no me importa que se reviente el grano. Con eso me entretengo. Soy noctámbula, porque soy insomne”, dice.

Pese a su incuestionable talento, Pin nunca ha sido buena para vender. “Yo arranco del poder, me da terror. Lo hallo poco digno, poco honesto, eso de arrimarse por conveniencia. Yo quiero a la gente porque la quiero, porque es buena o es mala”, explica, mientras se toma una Coca Zero. Sin embargo, el año pasado hizo una venta de obra. Necesitaba pagar varios costos derivados de sus problemas de salud.
“De eso no quiero hablar mucho, porque no me gusta eso de ser una pobrecita, cuando soy una gran privilegiada”, confiesa junto a la silla de ruedas que ella llama “La Rodante” y que debe usar hasta operarse en abril, luego de una fallida cirugía de columna y otros problemas que, desde 2023, la llevaron a poder caminar cada vez menos.
Luego agrega: “Que por algún tiempo no haya tenido pierna o no tenga pierna, no importa. Como me decía mi kinesiólogo, están sobrevaloradas las extremidades. Yo me las he arreglado igual y he sido feliz igual. Porque mi papá me enseñó a reírme. Nací en la época de la Guerra Fría, cuando creías que en cualquier momento iba a explotar la bomba atómica. Crecí pensando en que hay que aprovechar el aquí y el ahora”.
–¿Te has sentido frágil?
–Todo es frágil y todo es fuerte. Para ser frágil hay que ser muy fuerte. Yo soy como un vikingo: me siento mejor en lo complejo, en lo adverso, que en lo fácil.
En este camino, dice, la han acompañado sus “grandes amores”: sus hijos Pablo de 37, Clarita de 30 y la Jose, de 28, la única que vive con ella. Y su nieta, de 8. “Se llama Belén, pero le digo Belencio porque Belén me recuerda al Negro Piñera y eso me carga. Hasta les pedí que le pusieran María Belén para poder decirle María. La adoro”, se ríe.
–¿Y cómo ha sido para ti la experiencia de ser abuela?
–Soy la abuela hippie. Eso significa quererla en su esencia, no quererla cambiar, querer que ella sea lo que quiera ser. Esa cosa maravillosa de bañarse con la manguera, y que pinte con tiza las paredes, que se tire de cabeza. Con ella aprendí cómo ver la eternidad. Me encanta ver a los jóvenes de hoy como papás, porque nosotros nos criamos bastante solos, se iban a trabajar y nos dejaban solos. Somos fuertes por eso, y también porque pasamos frío, porque teníamos un zapato para el verano y otro para el invierno, cero comodidad. Y esas estufas a parafina con cáscara de naranja encima, los guateros, todas esas cosas que eran un objeto de arte.
–Has fotografiado muchos de esos objetos. ¿Qué quieres decir con esas imágenes?
–A mí no me hables de eso. No me gusta para nada esa idea de que la obra de uno tiene que transmitir un mensaje. Muy poca cosa como para andar tirando mensajes. Yo, simplemente me doy cuenta de algo que asombra y lo capturo. En ese sentido, nunca he dejado de ser niña. Nunca crecí.