Como una diva inauguró la retrospectiva “Desbocadas. Yeguas del Apocalipsis” en el Museo de Bellas Artes. Más que una reparación histórica, ahora todo le parece una ironía. En esta, su última visita a Chile, revela también que hubo dos Pedros en su vida. El primero, Mardones, era su compañera fiel en las yeguas. El segundo, Lemebel, se convirtió en alguien que cambió mucho. “Ya no me caía muy bien”.
Por Alfredo López J. Fotos Bárbara San Martín, Museo Nacional de Bellas Artes, colección Pedro Montes
Viene de un almuerzo con Pedro Montes, el principal coleccionista de su obra. Después de dos confesas y animadas copas de vino, en su restaurante favorito de Santiago, Le Flaubert, es recibido por un equipo del museo. Es lunes, día cerrado para el público, pero Pancho Casas (1959), aparece por la gran puerta como una celebridad. Hace más de 30 años, sin embargo, las cosas eran muy diferentes. Fue en septiembre de 1990 cuando, Nemesio Antúnez, entonces director del Museo Nacional de Bellas Artes, censuró la obra “Estrellada II” de las Yeguas del Apocalipsis porque incluía un registro visual con cuerpos desnudos.
Eran tiempos en que Casas, junto a Pedro Mardones –después Lemebel–, se imponían ante la sociedad chilena como provocadores artistas de la performance que incomodaban tanto a conservadores como a la izquierda tradicional. “Había llegado esta democracia. La misma democracia, entre comillas, que tenemos hasta ahora. Me acuerdo de que el museo venía de un largo período a cargo de una señora de apellido Ossa, que practicó todas las censuras. Luego, cuando se le encargó la dirección a Nemesio Antúnez y quiso impulsar una apertura con una muestra titulada ‘Museo Abierto’, nosotras aparecíamos en un video de la artista Gloria Camiruaga, donde había una última cena de travestis y una de ellas, llamada Madonna, mostraba el pene”, relata.

Fue un escándalo mayúsculo. Las protestas de sectores conservadores escalaron tan alto que Antúnez, considerado como el gran mediador de la conflictiva escena cultural de la época, finalmente optó por retirar la obra.
“Nunca voy a olvidar el día de la inauguración: un grupo de boy scouts, que por los demás son niños fascistas, se quedó mirando el video por horas, casi con una perversión extrema. Y, después, protestaron hasta que sacaron el video. Eso apareció en la prensa y, al día siguiente, me llaman, casi como en una orden dictatorial. Y ahí, en una reunión, me dicen que, además, se cancela una performance de las Yeguas. ‘¡No es posible que ocurra esto! La vamos a tener que hacer en la calle, entonces’, le advertí, porque la fachada del museo sigue siendo pública. Y lo hicimos. Nemesio reaccionó totalmente ofendido, dijo que no podíamos volver a entrar al museo nunca más, que era la última vez”.
–Y, ahora en el tiempo, ¿siente rabia o le parece una justa reparación?
–Nunca anidamos ninguna rabia porque, más bien, nos divertíamos. La verdad es que con la Pedro nunca nos interesó el museo como espacio. Lo sentíamos como un lugar de almacenamiento burgués, algo que sigue siendo igual, por lo demás. Un espacio donde la burguesía guarda sus cosas, sus colecciones, para verlas una y otra vez. A nosotros nos interesaban los espacios más libres y públicos.
–¿Cómo los miraban desde el frente de la cultura?
–Nos ganamos el odio casi de todas las galerías de arte. Éramos muy críticos a todo eso. Por eso ahora es tan curioso estar aquí, muy irónico.
–¿Qué hubiese dicho Pedro si estuviera vivo?
–No se lo habría imaginado, jamás, al igual que yo. Para el día de la inauguración, yo pensaba que vendrían unas cien personas. Pero no. ¡Llegaron 2.200! Fue increíble ese momento en que entré al museo, miro hacia arriba muy despistada y me doy cuenta de que los balcones estaban llenos de gente. Es ahí cuando te preguntas, ¿qué hicimos con Pedro para que pasara esto? ¿En qué momento se nos ocurrió todo? Y lo más emocionante: estaba convencida de que iban a estar muchos de mi generación, sacados del geriátrico, todas señoras con muletas. O sea, revivir una escena donde estamos todas viejas y otras tantas ya se murieron. Al contrario, estaba repleto de jóvenes.

Fue hace dos años, cuando Varinia Brodsky, la directora del museo, le propuso una retrospectiva de las Yeguas del Apocalipsis. A pesar de que era una muestra muy cara, “yo me negué a fuera financiada por fondos públicos, como el Fondart. Tampoco quería que aparecieran esos escudos y logos institucionales”, prosigue.
Afortunadamente, se abrieron los caminos y le preguntaron quién podría ser el curador o la curadora.
“Me quedé pensando, obviamente Nelly Richard fue el primer nombre, pero no se pudo. Les dije, de inmediato, que lo más cómodo para mí era alguien de afuera, con otra mirada. Y recordé a Gerardo Mosquera, quien hizo “Copiar el Edén”, el primer libro de arte contemporáneo de Chile. Él era el indicado, a pesar de que lo había visto solo un par de veces en alguna Bienal de La Habana”.
¡Imposible!, le contestaron. Mosquera, considerado el curador de arte más importante en América Latina de la actualidad, tenía una agenda cerrada. “Tan diva como yo, pensé. Lo llamé directamente a su teléfono y le dije: ‘¿Sabes? No hay otra persona, tienes que ser tú’. Me respondió: ‘Por supuesto, Pancha. Es un honor’. Y se acabó la conversación. Desde ahí, él se hizo cargo junto al equipo curatorial del museo y la Galería D21, con Pedro Montes, que me representa en Chile. No interferí en nada”.
–En el montaje, ¿estaba todo el espíritu de lo que fueron las Yeguas del Apocalipsis?
–Tengo críticas. Siento que el espacio fue reduccionista una vez más. Imagino que el museo tenía comprometidas muchas cosas. Nuestra obra es muy amplia, por ejemplo en la sección “Lo que el Sida se llevó”, la foto de Mario Vivado necesita mucho más espacio. Hay varias cosas que no están resueltas: por ejemplo, el azul paquete de vela protagónico de toda la muestra, un color de la casa de mi infancia, pero, la verdad, hubiera preferido el rojo. Eso no significa que no me guste el montaje ni la curatoría, pero también me agrada ejercer alguna crítica.
Dos días antes de inaugurar fue junto a Mosquera a visitar la muestra. Apenas entró, le dijo: ‘Gerardo, sácame de aquí’. Fue un reencuentro con un pasado tremendo, “de muchas cosas que había olvidado porque, seguramente, quería dejarlas atrás. Era volver a recordar toda una vida. Como si ya me hubiese muerto. Me sentí como un fantasmita, como un fantasma recorriendo los espacios. Desde ahí no volví hasta la inauguración y, ahora, en este entrevista”.
–¿El pasado le produce angustia?
–No. Lo digo porque estoy muy próximo a la muerte. Por edad, no tengo muchos años más de vida y, de alguna manera, tengo que reconciliarme con lo que me toca. Soy uno de los pocos que queda sobreviviendo de esta escena cultural. Si miras en la exhibición, hay mucha gente retratada que ya murió, como Carmen Berenguer o Gloria Camiruaga. Otras están listas para que se las lleve la pelá, como decimos en Chile.
–¿Le da lo mismo ese cambio de plano?
–Es que no estoy diciendo que sea la última etapa, la vida no se acaba. Yo soy inmortal. Sobre todo, después de esta exposición. También Pedro, Carmen, mucha gente que aparece en esta muestra. Ninguno imaginó, en su tiempo, que su trabajo llegara a tener tanta vinculación con la juventud de estos tiempos.

Vive en Buenos Aires desde hace casi una década. Antes, pasó largos años en Lima y otra década en México. Como si fuera un destierro autoimpuesto, advierte que le gusta huir de las dictaduras y anuncia que ya no le interesa seguir viniendo al país. “Esta es mi última visita a Chile, no voy a volver nunca más”, establece.
–¿Por qué no?
–Por la edad, porque me casé con un argentino, porque en estos cuatro años que nos quedan por vivir en Chile todo se va a poner muy bravo. Yo, la verdad, estoy entregando la bandera que levantamos, como decía Óscar Contardo, a las nuevas generaciones. Yo estoy vieja, cansada, no quiero seguir. Ahora quiero tirar en paz con mi marido y descansar.
Su gran preocupación, eso sí, era que la exposición “Desbocadas” se inaugurara bajo el gobierno de José Antonio Kast. “¡Por ningún motivo!”, les advertí. “No voy a presentar ninguna exposición de las Yeguas bajo un gobierno de esta derecha. Querían, en principio, que fuera en abril o mayo. Así que todo se hizo muy rápido y se adelantó. Yo no tengo ningún problema con la derecha, pero con la extrema sí. No puedo creer que la mujer del presidente electo aparezca diciendo que la única forma de prevenir enfermedades sexuales y embarazos es no teniendo sexo. ¡Por favor!”.
–¿Lemebel hubiera reaccionado igual?
–No lo sé ¿Sabes por qué? Lemebel en realidad no fue mi amigo. Es más, ya no me caía muy bien y terminó con una gran soberbia. Algo le ocurrió en el camino… Yo era amigo de Pedro Mardones, el original, el de antes, el que trabajó conmigo. La gente se olvida, pero Las Yeguas del Apocalipsis fueron Pedro Mardones y Pancho Casas. Pedro Lemebel, con el cambio de nombre, viene después.
–Y ahora, en este viaje express a Chile, ¿cómo observa todo?
–Es que casi no veo, porque estoy pensando en volver pronto a casa. Ojalá ponerme los zapatos amarillos de “El Mago de Oz” y aparecer en Buenos Aires. Me quedo con la imagen de las 2.200 personas en la inauguración. Un momento histórico: la primera exposición homosexual en los casi 150 años del museo. Yo, además, venía muy acompañado de representantes del Guggenheim, del MoMA de Nueva York, de la Tate Gallery. Y le dije a Alicia Ruiz-Tagle, la hija de Eugenio Ruiz-Tagle, ejecutado en la Caravana de la Muerte, que me acompañara a entrar. La tomé del brazo y no podía creer toda la gente que estaba esperando, se me quitó hasta la borrachera. La gente se puso a aplaudir. Y me puse a llorar, imagínate yo, que no lloro en funeral ajeno.
–Finalmente, ¿qué le diría a ese artista joven, rebelde, inquieto, que quiere protestar, que quiere cambiar el mundo?
–La verdad no sé si ellos quieran cambiar el mundo. Lo quieren todo tal cual es y, tal vez, mejorar un poco las cosas. Lo tienen todo, Internet, redes sociales y eso también significa que habrá nuevas formas de gobernar en el planeta. Les diría a los jóvenes artistas que las galerías no importan, tampoco los museos, salvo como lugar de almacenamiento de saberes. Todo está en la calle.
–¿Siente que quiere cerrar un capítulo con Chile? ¿Queda alguna herida, una deuda, algo que no perdona?
–Con Chile está todo saldado, ¡me voy en paz!