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Jorge Navarrete: “El gran colchón de racionalidad que existe en Chile está en los ciudadanos”

Jorge Navarrete: “El gran colchón de racionalidad que existe en Chile está en los ciudadanos”
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Jorge Navarrete: “El gran colchón de racionalidad que existe en Chile está en los ciudadanos”

POR Paula Comandari | 14 diciembre 2021

“Años turbulentos”. Eso es lo que proyecta el analista político para el Chile que se viene, que será gobernado por alguno de los candidatos que él define como de “corte populista”. Insiste en que el pueblo no está representado por ninguno de estos polos y que la tarea de cualquiera de los dos es ardua, porque “no hay espacio para volver a defraudar a los ciudadanos”.

Fotos Bárbara San Martín

Aunque es un optimista empedernido, Jorge Navarrete, abogado, columnista y una voz influyente en el quehacer nacional, insiste en que quien gobierne el país deberá lidiar con una oposición intransigente y con la Convención Constitucional, que según cree moderará su propuesta y logrará ser aprobada por el bien del país. Con su mirada sobre los últimos acontecimientos y enfocado en la próxima elección del 19 de diciembre, afirma que Chile requiere de mayor reflexión, sobre todo de la élite política, para interpretar mejor a los ciudadanos.

–¿Cómo te imaginas el Chile con Boric a la cabeza, y el que tiene a Kast como presidente?

–Con cualquiera de los dos vamos a pasar dos años muy turbulentos, porque más allá de las diferencias, tienen similitudes: estamos frente a dos candidatos de corte populista, si entendemos el populismo como la pulsión de dar soluciones fáciles a problemas complejos. Ambos van a enfrentar una administración en la cual no van a tener mayoría en el Congreso, los dos van a tener que lidiar con las dificultades propias de que las funciones ejecutivas, legislativas y judiciales del Estado se den en paralelo a la Convención Constituyente, además de una oposición bien intransigente. Soy más bien pesimista respecto de lo que vamos a ver: enfrentaremos una de las elecciones más polarizadas, llena de emocionalidad y subjetividades, con resultados muy estrechos. Sigo creyendo que la elección dibuja un país completamente distinto al que realmente tenemos.

–¿Por qué entonces estamos eligiendo entre dos extremos?

–El escritor Fernando Savater tenía una frase muy ingeniosa: decía que confundimos la opinión pública con la opinión publicada, que no es lo mismo. Siempre he tenido la sensación de que el pueblo chileno es mucho más moderado de lo que a ratos se presenta. Que lo verdaderamente beligerante y a ratos hoy polarizado son sus élites, específicamente la política, y que a partir de un conjunto de diagnósticos –ayudados por los procesos de fragmentación y por el voto voluntario– han hecho que la oferta política se dirija a sectores más fáciles de movilizar, a los más convencidos, y que no haya una posibilidad para ese gran porcentaje de personas que miran la política con algo de distancia, de desdén, y que tienen que ver con los problemas cotidianos que viven los ciudadanos.

–¿Es este grupo desatendido el que, al final, mueve la brújula?

–El gran colchón de racionalidad que existe en Chile no está en nuestra clase política, ni en los empresarios. Está en los ciudadanos que cada cierto tiempo corrigen a las fuerzas que se simbolizan políticamente. Fíjate: Bachelet, segunda vuelta, obtiene el porcentaje más grande que un presidente ha tenido en el balotaje. Cuatro años después Piñera saca la votación más alta que ha sacado la derecha en la historia de Chile y tres años después se produce el estallido social con todo lo que eso significa. Y cuando dábamos por cerrado el proceso, José Antonio Kast gana en primera vuelta y la derecha tiene un resultado espectacular. Acción y reacción. Pulsión y repulsión. Los ciudadanos funcionan bien en la tarea de aquilatar las fuerzas cada cierto tiempo, aunque debería ser al revés. En una fiesta, quienes deberían guardar el orden son los dueños del local. Aquí, es al revés: los dueños del local, los guardias, y todo aquello que tiene que ver con la organización, están todos curados. Y los ciudadanos, que son los invitados a la fiesta, son los que atemperan esta cuestión.

EL ROL DEL MIEDO

–Después de los resultados de la primera vuelta presidencial y considerando que desde 1999, todos los candidatos que han ganado en ella han salido presidentes, ¿ves que esta elección tenga algún elemento distinto, que haga romper la estadística?

–Desde el año 90 efectivamente ningún candidato ha resultado electo cuando no gana la primera vuelta. Pero tenemos una serie de datos que indican que uno podría discutir esa cuestión. Primero, un electorado mucho más volátil, una elección probablemente de las más polarizadas del último tiempo, con una mirada de los candidatos que es completamente antagónica. Por lo tanto, uno podría decir que Chile cambió y que esa regla no necesariamente se aplica. Ahora, es cierto que esa regla podría repetirse, pero por razones diferentes. A Boric le va a costar más ir a buscar al electorado que le falta para ganar de lo que le va a costar a Kast. Pero no porque haya salido segundo, sino porque en el lenguaje, la estética, la manera de proceder de esa izquierda, su primera pulsión, sigue siendo hablarles a sus bases más duras y no necesariamente a aquellas que tienen que salir a conquistar. Kast, en cambio, tiene que regular la velocidad en una dirección que ha tomado hace un tiempo. Si hacemos algo grosero y le damos todos los votos de Provoste y MEO a Boric; y los votos de Sichel a Kast, definimos que la próxima elección va a estar determinada por el comportamiento de los electores que estuvieron detrás de Parisi.

–¿Y esos electores conectarían mejor con Kast?

–Vamos a estar frente a una elección súper cerrada, pero Boric tiene el camino más difícil y más cuesta arriba de lo que lo tiene Kast, porque conecta con ciertos temas que han sido parte de la campaña del candidato republicano y que confluyen en un cierto sentido común de las personas: seguridad, inmigración, burocracia, impuestos. Y, además, Kast es muy fuerte en regiones y la mayor votación de Parisi se da ahí.

–¿El triunfo de Kast se puede asociar a una adhesión doctrinaria o responde más bien al miedo?

–El miedo va a ser un protagonista de este proceso electoral. Lo fue en primera vuelta, y lo va a ser en el balotaje. ¿Qué mejor escenario para movilizar el miedo que una elección polarizada, representada por las puntas, donde lo que va a ocurrir es que muchos ciudadanos no van a votar por alguien que los representa, sino contra alguien que significa sus mayores temores? Esa polarización nos empujará a tomar partido por uno o por otro, pese a que ambos candidatos van a hacer un notable es- fuerzo por moderarse. Pero como decía Oscar Wilde, no hay una segunda oportunidad para dejar una primera impresión, y nosotros ya tenemos una primera impresión de lo que significa Kast y de lo que significa Boric.

–¿Ves una derrota profunda en la izquierda después de las últimas elecciones, considerando que el sector arrasó en mayo en la Constituyente?

–El país venía con una cierta expectativa de profundización de los procesos que se habían generado en el estallido social y de mayor izquierdización: el resultado del plebiscito, la elección de convencionales constituyentes e incluso para la izquierda el resultado de las primarias. Toda la evidencia, sin embargo, nos decía que íbamos a enfrentar una elección competitiva. Pero la gestualidad en política es muy importante. La misma noche de la primera vuelta y elecciones parlamentarias, la izquierda representada en su candidato y en aquellos que la acompañaban evidenciaron una derrota. Sin embargo, si uno lo mira con algo de distancia y con una dimensión más objetiva, uno se pregunta ¿de qué derrota me hablan?

–¿En el sentido de la trayectoria que han tenido y el terreno que han ganado?

–Esta es una izquierda que estaba fuera del escenario hace cuatro años; su mayor triunfo había sido la irrupción del Frente Amplio, que había sufrido todo tipo de escisiones y de conflictos. Boric estuvo a punto de no poder competir en la primaria porque no habían conseguido las firmas.

Todo el mundo creyó que era una suerte de postre para que se lo sirviera el PC y particularmente Jadue, y termina casi doblándolo en votos. Y, contra todo pronóstico, termina segundo en una elección sumamente estrecha, habiendo mejorado su participación como pacto y como con- glomerado en el Congreso. Son hoy la fuente de hegemonía de la Con- vención Constitucional con el colectivo socialista. El FA es el que manda ahí. Esta especie de esquizofrenia que nos viene a ratos, de mirarlo todo no más adelante del metro cuadrado, nos hace perder la perspectiva. No creo que en los últimos 50 años tengamos un ejemplo de una fuerza política que, con el nivel de vértigo y profundidad, haya calado tanto en el debate público.

“EL PARTIDO DE LA GENTE ES LA NUEVA LISTA DEL PUEBLO”

–¿En Chile estamos hablando mucho y reflexionando poco?

–Pienso en tres cosas de manera simultánea. Primero, asistimos a un profundo deterioro del proceso político. La política está convertida en un concurso de popularidad, donde cada uno se sube a cuanta pinche causa hay sin preguntarse por su legitimidad. Hay una segunda cuestión que tiene que ver con algo que pudiera parecer lateral pero que me pare- ce significativa: no hemos terminado de aquilatar el impacto del proceso de digitalización en nuestra comunicación pública y privada. La inmediatez digital hace que tengamos poco tiempo para reflexionar, y que el espacio público favorezca la liviandad. Y tercero, los mayores niveles de polarización que hemos visto hacen poco proclive que las posiciones más intermedias y moderadas tengan un mayor espacio de visibilidad. La reflexión es poco rockera en términos políticos.

–Algunos consideran que se perdió el centro y con ello la moderación. Y que hay que ir detrás de él, pese a que no ha tenido resultados exitosos durante varios años…

–El centro no es lo mismo que la moderación. Hace un buen tiempo el centro como un espacio equidistante entre la derecha y la izquierda no existe en términos políticos, porque es imposible llenarlo de algo. El único fenómeno más interesante fuera del eje izquierda-derecha en esta última elección es Parisi. Pero Parisi no es alguien de centro. Es alguien que se aleja del eje derecha-izquierda, que reniega de esa lógica, que tiene que ver el antiestablishment, la antidirigencia, con la antiinstitucionalidad.

–¿Por qué nadie previó la irrupción del Partido de la Gente de Parisi, que ya tiene a seis diputados? ¿Qué nos faltó mirar mejor?

–Nos faltó mirar mejor –y esto conecta con los otros candidatos– que el 18 de octubre desató un proceso que nos evidenció no solo los problemas objetivos que tiene un grupo de ciudadanos en materia de pensiones, de salud, de educación, sino que algo más subjetivo y profundo: que sin darnos cuenta habíamos creado una sociedad con ciudadanos de primera y segunda categoría y que no todos somos iguales ante la ley. La democracia había incumplido su principal promesa, que no es otra que representar de manera equitativa los intereses de todos los ciudadanos. Boric representó la profundización de ese camino, olvidando o dejando de lado temas tan relevantes como el temor y la ansiedad que se genera en torno a la violencia, las mayores pérdidas de libertad, la importancia del crecimiento económico, especialmente para un país en vías de desarrollo como el nuestro. Kast hizo esfuerzos de restauración: recuperemos todo aquello que valorábamos del orden perdido. No hay nada más conservador que eso. Parisi está fuera del eje institucional que se evidencia de manera descarnada, cruda, grosera y obscena, en que tenemos un candidato que termina tercero en una elección en la cual ni siquiera estuvo presente, que no puede ingresar a Chile porque tiene problemas con la justicia, y que además esos problemas conectan con un tema profundamente sentido como es la igualdad de género. Y, sin embargo, obtiene un 12% o un 13%.

–¿Cómo podríamos entender a ese electorado?

–El Partido de la Gente es la nueva Lista del Pueblo. Es decir, un grupo de ciudadanos que nos sorprende, que no entendemos, cuyos códigos miramos con distancia y que a ratos despreciábamos, pero que representan un grupo importante de la población, a los cuales teníamos completamente invisibilizados. Personas más bien de clase media emergente, la mayoría con formación profesional, que siente que la política no da respuesta a sus problemas, que se focaliza en los sectores más vulnerables o pobres, mientras los ricos pueden salvarse solos. Se invisibilizan porque la mayoría de ellos está en regiones, y sienten que los pocos ámbitos de libertad que han ido conquistando, en la versión de la izquierda o de la derecha, son una amenaza a lo que han venido construyendo.

–¿En qué domicilio político pondrías a ese grupo de parlamentarios? ¿Serían más oposición a un gobierno de Boric o Kast, o es difícil predecirlo?

–Es prácticamente imposible. ¿Qué fue lo primero que ocurrió con la Lista del Pueblo? Que frente a cualquier pretensión de institucionalizarlos se produjo un gran quiebre interno. Aquí va a pasar lo mismo: el peor error de Parisi sería intentar creer que esa gente que reniega de los partidos, que su espacio natural está en las redes, pudiera ser sometido a un conjunto de reglas diferentes a las cuales los vieron nacer.

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