Revista Velvet | María Paz Blanco: “Ya no nos basta con vernos bien. Queremos sentirnos bien. Cómodas, seguras, auténticas”
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María Paz Blanco: “Ya no nos basta con vernos bien. Queremos sentirnos bien. Cómodas, seguras, auténticas”

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María Paz Blanco: “Ya no nos basta con vernos bien. Queremos sentirnos bien. Cómodas, seguras, auténticas”

POR equipo velvet | 21 octubre 2026

Y aunque parezca que estoy hablando de ropa, creo que este cambio habla bastante más de nosotras.

Tengo una imagen de cuando tenía unos nueve años que todavía recuerdo con una nitidez sorprendente. Estoy sentada en una pastelería de la Avenida Valparaíso, en Viña del Mar, mirando a las mujeres pasar. Siempre fui muy observadora y, por alguna razón, me fascinaba fijarme en cómo se vestían.

Eran los años 80. Minifaldas, cinturones anchos marcando la cintura, hombreras imposibles, denim por todas partes, accesorios XL, botines, tacos y esas zapatillas blancas de caña que tantas usaban… Muy parecida a la muñeca Jem, ¿te acuerdas de ella?

Las tendencias eran mucho más marcadas que hoy. Había una estética reconocible, casi un uniforme de época. Y, sin embargo, lo que yo recuerdo no es que todas se vieran iguales. Al contrario. Me llamaba la atención cómo cada una conseguía llevar lo mismo de una manera distinta.

Una se arremangaba la chaqueta. Otra llevaba el cinturón de cierta forma. Una elegía tacos; otra, zapatillas. Pequeños detalles que hacían que la ropa se sintiera propia.

Creo que ahí, sin saberlo, empezó mi fascinación por la imagen personal.

Nunca fue tanto la moda en sí misma. Era otra cosa. Me intrigaba cómo una persona podía contar tanto de sí misma antes incluso de decir una palabra.

Después la vida me llevó por otros caminos. Estudié Psicología, trabajé durante casi diez años en recursos humanos en el mundo corporativo y esa inquietud quedó por un tiempo en segundo plano. Hasta que volvió.

Estudié imagen personal en Londres y en 2014 creé MAPIP, Método Aplicado a la Psicología de la Imagen Personal, una metodología que nació justamente de unir dos mundos que para mí nunca habían estado realmente separados: cómo nos vemos y cómo nos sentimos.

Y trabajando con mujeres confirmé algo que sigo viendo hasta hoy: la imagen personal tiene mucho menos que ver con seguir reglas de lo que alguna vez nos hicieron creer.

Porque vestirse es algo que hacemos todos los días. Abrimos el clóset, elegimos un pantalón, una blusa, un vestido, unos zapatos. Parece algo trivial, pero no siempre lo es. Hay días en que te pones algo y simplemente no te sientes tú. Y hay otros en que encuentras esa combinación que te hace salir de tu casa distinta. No necesariamente más bonita. Más tú.

Eso, para mí, siempre ha sido mucho más interesante que estar a la moda.

Hoy las reglas, afortunadamente, se han relajado bastante. Las tendencias siguen existiendo, Instagram se encarga de que sepamos perfectamente cuál es el pantalón, la cartera o el color que “hay que tener”, pero también veo mucha más libertad para tomar esas tendencias, mezclarlas, adaptarlas o simplemente ignorarlas.

Y hay un cambio que me encanta: la comodidad dejó de estar peleada con el estilo.

Quizás por eso las zapatillas terminaron ocupando un lugar que hace algunos años habría sido impensado. Dejaron de pertenecer exclusivamente al gimnasio o al fin de semana. Hoy aparecen con vestidos, pantalones sastreros, blazers y prendas que antes parecían exigir un taco. En mi caso, se han convertido casi en parte del uniforme.

Soy mamá de tres niños y, como tantas mujeres, paso buena parte de mi vida corriendo de un lado a otro. Vivo hace cuatro años en Boca Ratón y muchas mañanas tomo muy temprano el tren para ir al canal de televisión en Miami donde participo en un segmento de Psicología y bienestar. Viajo con zapatillas y llevo los tacos aparte para cambiármelos antes de salir al aire.

O, al menos, esa es la idea.

Hace poco salí de mi casa apurada para alcanzar el tren de las 6:10 de la mañana. Entre cartera, computador, ropa y todo lo que implica salir de casa a esa hora, olvidé justamente la bolsa con los tacos. Me di cuenta cuando llegué al canal. No había plan B.

Ese día llevaba un traje sastrero negro y unas zapatillas blancas Skechers Slip-Ins que uso muchísimo. Así que pensé: bueno, saldré así. Y salí al aire con mi traje negro y mis zapatillas blancas.

Lo curioso fue lo que pasó después: terminó siendo uno de los looks que más me celebraron.

Me dio risa, porque durante años probablemente habría pensado que a un traje así “le correspondían” unos tacos. Sin embargo, ese día no solo funcionó. Me sentí cómoda, me sentí bien y me sentí completamente yo.

Desde entonces he repetido la combinación varias veces. Esta vez, eso sí, a propósito.

Puede parecer una anécdota pequeña, pero creo que refleja bastante bien algo que está cambiando en nuestra forma de vestir.

Durante mucho tiempo aceptamos cierta incomodidad como parte del precio de vernos bien. Zapatos que dolían, prendas con las que apenas podíamos movernos o reglas que seguíamos simplemente porque “así se usa”.

Hoy siento que estamos empezando a preguntarnos algo distinto: ¿esto funciona para la vida que realmente tengo? Porque un zapato no es solamente un zapato.

Cambia cómo caminas, cuánto te mueves, cuánto aguantas de pie y hasta cuánto piensas en lo que llevas puesto. Y cuando puedes olvidarte de la ropa porque estás cómoda dentro de ella, ocurre algo interesante: dejas de estar pendiente de cómo te ves y empiezas simplemente a estar. Para mí, ahí aparece el verdadero estilo.

No en sufrir por un zapato precioso ni en tener cada prenda que dicta la temporada. Tampoco en renunciar a la moda, porque a muchas nos encanta y nos seguiremos divirtiendo con ella.

Está en conocerte. En saber qué te gusta, qué te representa, qué funciona para tu cuerpo, para tus días y para la vida que tienes hoy.

Porque esa vida también cambia. Y es natural que nuestra forma de vestir cambie con ella.

Quizás esa sea una de las libertades más bonitas que hemos ganado con los años: vestirnos cada vez menos para cumplir una regla y cada vez más para vivir nuestra propia vida. Y hacerlo, además, sintiéndonos nosotras mismas.

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