Solo en un fin de semana se pueden combinar escenarios de naturaleza espectacular junto a la identidad de una ciudad que nació como enclave medieval portuario y luego industrial, con excelente gastronomía a precios muy razonables y mucha vida de bares en sus antiguas calles.
Por Monserrat Parraguez
El viento y una lluvia suave y fría, y una temperatura de alrededor de 10 grados (o menos) serán las condiciones climáticas más frecuentes de una visita a Bilbao en invierno. Las nubes se abren de repente y sale el sol junto a la Ría, como le llaman al paseo fluvial junto al río Nervión, o se cierran y de repente se lanza una precipitación copiosa, que pasa en minutos. A los vascos la lluvia no les perturba mucho la verdad y continúan disfrutando de su ciudad como en el verano más álgido.
Mi estancia en la ciudad esta vez, no la primera, fue para celebrar mi cumpleaños y para visitar a queridos amigos que siempre me reciben con cariño en su ciudad natal. No tenía nada más que un fin de semana y muchas ganas de pasear y comer pintxos, así que nos lanzamos a ello.
Después de tomar un café, lo primero es partir por un paseo junto a la Ría, para tener un panorama general de esta ciudad, observar los antiguos edificios y el verde que la rodea. Inevitablemente llegarás a un punto neurálgico de la visita: el Museo Guggenheim Bilbao, inaugurado en 1997, según el proyecto del arquitecto norteamericano Frank Gehry. Cercano a la parada de metro Moyúa, tiene una colección fija de arte contemporáneo que vale la pena visitar, además de exposiciones temporales que van variando a lo largo del año.

Entre las obras más características de la colección permanente está la instalación de paneles de diodos luminosos de la artista norteamericana Jenny Holzer, llamada “Instalación para Bilbao”, que van mostrando aforismos en letras formadas por luces rojas y azules que van subiendo y que uno puede leer si se toma un momento para la contemplación.
Otra famosa obra del museo es la megaescultura “La materia del tiempo”, desarrollada en bronce por el norteamericano Richard Serra, con varias piezas de espirales y ondas entre las cuales los visitantes pueden caminar, como en una especie de laberinto. Y no se puede dejar de mencionar la “Sala de espejos del infinito”, un pequeño cuarto/instalación de vidrio espejado llena de pequeñas luces led de colores, desarrollada por la conocida artista japonesa Yayoi Kusama. Al ingresar en la sala, los visitantes entran a un ambiente infinito de puntos de colores. A veces hay que hacer fila o inscribirse para entrar a esa obra, porque el aforo es limitado, pero vale la pena.

En la visita podrás disfrutar también de otras piezas famosas de nombres como Mark Rothko, Eduardo Chillida y otros reconocidos artistas contemporáneos. El museo está abierto de martes a domingo y la entrada general vale 15 euros. Los menores de 18 años no pagan y hay descuentos del 50% para pensionados y estudiantes universitarios. Es bueno comprar con anticipación a través de la web en caso de que la visita deseada sea en un horario específico.
La prominente construcción del museo ocupa un gran eje junto a la Ría y visitar los alrededores de la construcción también vale la pena, ya que hay obras famosas que se han convertido en sello de la ciudad y se relacionan con el entorno: un ejemplo es la escultura “Puppy”, del norteamericano Jeff Koons, que ya es parte de la iconografía de la ciudad y una de las imágenes que más capturan los visitantes. Tiene 12 metros de alto y está hecha en estructura de hierro, sustrato y flores que van teniendo su ciclo a lo largo del año. Otra obra que se encuentra en el exterior es “Mamá”, de la francesa/estadounidense Louise Bourgeois, una gigantesca araña de 9 metros hecha en bronce, mármol y acero inoxidable.

Luego de recorrer el Guggenheim Bilbao y sus alrededores, es probable que llegue la hora de comer y que sea adecuado tomar un vermut con pintxos. Si seguimos caminando junto al río, hacia el Casco Viejo, cerca del paseo Pío Baroja, nos encontraremos con el restaurante Txocook, una taberna de pintxos que tiene menú, cocina local, variedad de tragos y opciones vegetarianas y veganas, además de una terraza con vista al río. Por menos de 10 euros se pueden comer un par de pintxos (pedí una porción de aceitunas y un pintxo de salmón) y una cerveza o un vermut como pausa en el paseo.
Después del descanso, lo ideal sería seguir al Casco Viejo de la ciudad, conocido como las Siete Calles, para conocer el núcleo de lo que fue Bilbao en sus inicios. El barrio es conocido como Siete Calles debido a las siete primeras arterias que lo formaron en la época medieval: Somera, Artekale, Tenderia, Belostikale, Carniceria Vieja, Barrenkale y Barrenkale Barrena. Partiendo en la plaza Unamuno, podemos ingresar al laberinto de calles que hoy alcanzan unas cuarenta, y recorrer las tiendas y bares que han ido renovando el barrio. También podemos visitar la Catedral de Santiago, que originalmente fue construida con estilo gótico entre los siglos XIV y XVI pero que, tras varias reconstrucciones, actualmente muestra una fachada neogótica terminada a finales del siglo XIX.
Cerca de ahí también está la iglesia de San Antón, que se sitúa junto al impresionante puente del mismo nombre, y que fue construida originalmente también a mediados del siglo XVI, pero cuyo campanario e interiores han sido desarrollados en los siglos XVIII y XIX. Muy cerca de estos dos edificios, también se encuentra el Mercado de la Ribera, también en el borde del río, como casi todos los puntos neurálgicos de Bilbao. Abre de 8 AM a 8 PM y tiene gran variedad de pescados y carnicería en su primer piso y frutas en el segundo.

Para cenar, puedes escoger entre la gran cantidad de tabernas, cafés y restaurantes que te encontrarás en el Casco Viejo. Por ejemplo, en la calle de la Pelota, o Pilota Kalea, está el Bar Lamiak, un favorito personal con mesas en el exterior e interior, en donde se puede disfrutar de excelente comida y un buen vermut local. Unos metros más allá, otra excelente opción para los fans del fútbol es la peña del Athletic, del club de fútbol local Athletic Bilbao, que también tiene excelentes pintxos y carta de licores.
Para el segundo día, se pueden visitar los parques de la ciudad o hacer un recorrido por los famosos puentes, como el puente Zubizuri, proyectado por el arquitecto Santiago Calatrava. Ideado para ser una pasarela peatonal que cruzara el río, con una delgada estructura de acero blanco, fue inaugurado en 1997. Su suelo de vidrio fue bastante criticado porque, debido a la frecuente lluvia, se convertía en un gran peligro para los peatones, por lo que actualmente tiene una alfombra antideslizante.
Si la idea es recorrer más los alrededores y, de paso, disfrutar las vistas marítimas, otra excursión posible es al sector de Portugalete y Santurtzi, que es donde el río se abre hacia el mar Cantábrico y en donde podemos cruzar de un costado a otro en el famoso puente de Vizcaya: un puente colgante, primero de su tipo en el mundo, inaugurado en 1893. El puente tiene una estructura superior y un carro colgante –en donde abordan los automóviles y los pasajeros– y cruzan de un lado al otro del río. Los valores del cruce se ubican en 0,60 euros para un peatón, un euro para bicicletas y 1,80 euros para automóviles. Después de hacer el espectacular cruce, que hicimos justo en un momento de lluvia torrencial, se puede disfrutar de la zona de Portugalete, área portuaria con antiguas casas señoriales de vacaciones y zona de bares típicos.

Ahora, si la idea es aprovechar las locaciones cinematográficas cercanas, otro posible viaje es ir a San Juan de Gaztelugatxe, espectacular islote de una zona natural protegida, con un largo puente de piedra con 241 escalones que finalmente llega a una ermita originalmente construida en el siglo IX, pero que actualmente está reconstruida. Si el nombre no le suena, seguro vio el puente caracterizado como Rocadragón, en la famosa serie de HBO, “Game of Thrones”. Se puede recorrer en un paseo en bote desde la zona de Bermeo, por un valor de 14 euros, o hay excursiones completas que salen desde Bilbao. Se aconseja ir en vehículo para acceder más directamente, pero también se puede llegar en tren o bus a Bermeo y luego tomar un bus a Gaztelugatxe. Hay que tener en cuenta que, desde marzo hasta el fin de la temporada alta, es necesario reservar el ingreso, ya que el lugar ha ganado fama tras aparecer en la famosa serie y se busca cuidar el entorno por ser zona protegida.
Solo en un fin de semana en Bilbao se pueden combinar escenarios de naturaleza espectacular junto a la identidad de una ciudad que nació como enclave medieval portuario y luego industrial, con excelente gastronomía a precios muy razonables y mucha vida de bares en sus antiguas calles. Todo eso mezclado con uno de los museos de arte contemporáneo más importantes de Europa, que ha mezclado sus obras con el paisaje urbano de la ciudad. Espero volver a recibir la invitación de mis amigos este verano boreal.