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Del machismo de Jorge Edwards al feminismo de la Mistral

Por Lenka Carvallo | 03 junio 2021

Ante la opinión (y el silencio) del Premio Nacional sobre las escritoras mujeres, me pregunto: ¿Qué habría dicho hoy nuestra Gabriela de escritores como el propio Edwards o de Bolaño? El reciente libro de Sonia Montecino entrega varias respuestas.

La palabra escrita son huellas que conducen al universo interior de cada ser humano, a sus formas de ver la vida, sus costumbres, la óptica con la que abordó una determinada época y su capacidad para trazar el horizonte de una manera luminosa u oscura, a veces ambas.

En eso pienso al leer algunos de los trabajos de la antropóloga Sonia Montecino, ahora con su más reciente libro: El pelo de Chile y otros textos huachos (Editado por la Subdirección de investigación del Servicio de Patrimonio Cultural), que reúne ensayos y escritos breves de nuestra Premio Nacional de Humanidades (2013).

Entre esta colección de trabajos que van desde la cocina —un asunto donde Sonia es experta en teoría y práctica—; mujeres y género; libros y artes; historia ancestral, folklore, mitología, pueblos originarios, identidad nacional, rescato un par de ensayos que me quedaron dando vueltas por su revelador contraste:  el feminismo mistraliano y el machismo “edwardsdiano”, por decir así.

En el texto referido al Premio Nacional de Literatura, Jorge Edwards, en cada párrafo imaginé a Sonia con la sonrisa ancha y los ojos llenos de picardía trayendo a escena la vez en que  conoció personalmente al autor, a comienzos de los ‘90 en la ciudad de Whashington, en el edificio de la Universidad de Maryland. Ahí estaba con Diamela Eltit, Adriana Valdés, Nelly Richard, Agustín Squella, Bernardo Subercaseaux, entre otros escritores e intelectuales, tomando whisky desde una descomunal botella de whisky aportada por el propio Edwards, por lo visto un gran conocedor del destilado. Con esta anécdota abre el texto con el que analizó (en el 2012) el libro La otra casa, que el escritor dedicó a sus lecturas y relecturas de una serie de autores admirados por él, todos hombres con una sola excepción…

Edwards sólo dedica su atención a Gabriela Mistral; no hay otras escritoras en el suelo textual de La otra casa, ni siquiera para las de su generación, como las poetas Stella Díaz Varín, Delia Domínguez o las novelistas Marta Brunet, Elisa Serrana, María Luisa Bombal, María Carolina Gil, Mercedes Valdivieso, entre otras (…). Se silencian los nombres de las mujeres, incluso de aquellas con las cuales se ha convivido espacios intelectuales”. Aquí Sonia cita un artículo que Edwards reservó para Bolaño: “En París presentábamos novelas en compañía de una escritora mexicana. Bolaño dijo que le costaba mucho hablar de una obra suya y ofreció en cambio presentar la novela mía. Nuestra colega mexicana, no se sabe exactamente por qué, entró en estado de súbita indignación. Uno de los personajes de la historia de Bolaño era una mexicana y nuestra compañera lo acusó en público, con inusitada furia, de toda clase de deformaciones y traiciones. La mesa naufragó en una confusión muy divertida”.

En su otro texto dedicado a la Mistral, Sonia repara en el evidente sesgo de género del autor, quien escribe en su libro: “Gabriela Mistral, en alguna medida es la poeta del silencio. La elocuencia social no calza bien en ella. En ninguno de sus versos adivina el deseo de convertirse en voz de la tribu… Y a pesar de eso su poesía es de los demás, y sobre todo de los sectores más débiles: de los niños, las mujeres, los campesinos pobres“.

Aquí la antropóloga reflexiona: “lo masculino habla, lo femenino es silencio… (…). Claro, cuando las mujeres rompen el silencio…”.

Siempre pienso que me habría encantado entrevistar a la Mistral. Aunque más me gustaría que ahora estuviera viva, que ella viajara a nuestro presente.Preguntar su opinión del propio Edwards, pero también de Bolaño, Vargas Llosa, García Márquez… Sus respuestas llegan desde otro magnífico ensayo comprendido en el libro de Sonia: Palomas Entre cóndores: imágenes de futurofeministas. Aquí la visión de nuestra poetisa rayaba en lo premonitorio.

Sabido es que Gabriela promovía la emancipación de la mujer a través de la educación, así como la igualdad de salario, y de poder. Aunque también entró en polémica con las feministas planteando que existe el profesiones de mujeres y hombres, y consideraba ridículo que nosotras pudiéramos llegar a hacer el servicio militar, eliminar los vestidos de nuestro clóset, y hasta la supresión de género en el lenguaje (¡lo dijo en 1927!). Lo interesante es su mirada en relación al sufragio femenino y una nueva Constitución. Increíble lo que dice: “Yo no creo en el parlamento de las mujeres, porque tampoco creo en el de los hombres.… Se hablaba de la nueva Constitución y lo he acogido con mucha simpatía, aunque poco o nada entiendo de ello. (…)”.  Y sobre la conformación de lo que podría ser un órgano constituyente y el riesgo de caer en manos de la elite, la clarividencia de Lucila Godoy me puso la piel de gallina. Bien habría podido decirlo en mi  entrevista imaginaria, hoy mismo: “La corporación confusa donde hoy nadie representa a nadie, no me interesa aún cuando contenga la mitad de mujeres. Dudo que resulte una novedad medular o una renovación de las entrañas nacionales bajo este régimen, en que el agricultor habla de escuelas y en que (en cambio) el abogado se siente con ínfulas para juzgar al universo”.

Sin duda un libro que deja pensando y que dan ganas de sacar infinitos pantallazos para compartirlos por whatsapp y nuestras redes sociales. Para debatir con conocimiento y profundidad.

Sonia Montecino (1954) es antropóloga y escritora, doctora en antropología de la Universidad de Leiden, Holanda. Académica  del departamento de Antropología de la Universidad de Chile, Coordinadora de cátedra índígena, fundadora del Centro Interdisciplinario  de Estudios de Género y del magíster Género y Cultura. Ha escrito innumerables libros. En 2013 recibió el Premio Nacional de Humanidades y Ciencias Sociales.

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