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Entrevista en Profundidad

«Yo eliminé mis redes sociales. No utilizo Twitter, Facebook ni Instagram»

Por Vero Marinao | 14 diciembre 2020

El ex director de marketing de Google y uno de los creadores de Google Play habla sobre los algoritmos de Google y de cómo las redes sociales nos entregan selectiva –y casi exclusivamente– información de nuestro interés.

Hasta 2010, la tienda de Google para los teléfonos Android era deficiente. “Resultaba una experiencia muy mala para el consumidor: no tenía mucho contenido, sólo aplicaciones. No tenía películas, ni música, ni libros como los que ofrece hoy. Entonces cuando la gente tenía que comprar un Samsung en vez de un iPhone, se producía un rechazo. Nos dimos cuenta de que, para competir con Apple, debíamos tener una mejor tienda y un mejor contenido. Entonces se presentó la oportunidad de crear una nueva marca”, cuenta el belga Patrick Mork, ex director de marketing de Google y uno de los creadores de Google Play.

Mork dice que la invención de Google Play fue un proceso súper intenso que implicó que su equipo trabajara largas noches y fines de semana. “Fue muy riguroso y muy duro, pero muy exitoso. En 2010, ese negocio facturaba 700 millones de dólares o algo así. Después del lanzamiento de Google Play (dos años después), facturaba 2 mil millones y medio de dólares, o sea que subimos la venta casi por cuatro. Y hoy factura 30 mil millones de dólares. Es uno de los negocios más grandes de Google. Fue súper exitoso no sólo a nivel financiero, sino que también fue muy importante para la comunidad que genera contenidos, desde gente que produce música y discos hasta para quienes desarrollan juegos para el teléfono”, recuerda este ejecutivo que ha vivido en 11 países a lo largo del mundo, en Asia, Sudamérica (Brasil, México, Estados Unidos) y en media docena de naciones en Europa.

Mork fue colaborador de Google hasta mediados de 2012, pero siguió en el vertiginoso mundo de Silicon Valley un par de años más, hasta que el estrés lo puso en jaque. “Estaba muy cansado del mundo de la tecnología, cansado de toda la presión de Silicon Valley. Entré en una depresión y tuve muchos problemas. Se me fue mi señora, por ejemplo. Entonces contraté un coach y con él decidí cambiar completamente mi vida”, dice.

Y así fue. Montó Leap, compañía de transformación cultural a través del coaching que ofrece servicios para crear culturas sanas al interior de las empresas. Es una startup que cuenta con una red de coaches internacionales en Europa, Estados Unidos, México y América Latina. Hace unos meses, Mork se estableció en Chile (su ex esposa es chilena y sus hijos viven acá). “Promovemos culturas de valores (…) culturas donde la gente comunica bien, se respeta, se escucha, colabora y trabaja bien. A mí no me importa cuánto dinero genera una empresa, sino el impacto social que trae a la sociedad, cómo están ayudando a las personas con sus servicios. Cuáles son los grandes problemas de la sociedad o del medio ambiente que están solucionando”, dice y aclara que, por lo mismo, hay empresas con las que no trabajaría.

–¿Por qué tuviste ese estrés tan grande? Háblame un poco de cómo se vive en Silicon Valley.

–Es súper difícil, porque hay un ritmo muy-muy intenso de trabajo. La gente trabaja con horarios muy largos y en fines de semana también. De repente vives aislado de la familia. No digo que todo el mundo, pero cuando trabajas en las startups, en grandes empresas como Google y Apple, hay un ritmo muy intenso. Hacer eso está bien durante un par de años, pero después de un tiempo, uno se empieza a dar cuenta de que hay otras cosas en la vida, que
no es sólo trabajo. Terminé agotado, cansado, pagué un precio muy alto. Me empecé a dar cuenta de que no iba a ser el papá que quería ser para mis hijos… Ya se me había ido mi señora. Así que decidí un cambio, dije ‘simplemente no puedo seguir, no es el tipo de vida que quiero tener, y quiero estar presente en la vida de mis hijos’. Y, bueno, contraté un coach y estuve trabajando con él nueve meses. Me ayudó a cuestionarme, a entender por qué se produjo esa situación. Pero lo más importante es que me ayudó mucho a encontrar mi sentido de propósito y mis valores, y una vez que encontré eso, todo cambió.

Y sigue: “Soy mucho más feliz hoy de lo que era cuando ganaba cuatro o cinco veces más en Estados Unidos, y para mí eso es un buen ejemplo de que el dinero y lo material no hacen la felicidad.

Lamentablemente nos enfocamos mucho en lo material y en las redes sociales y todo eso, entonces vivimos comparándonos. Siempre digo ‘comparar es desesperar’. Si tú vives comparándote todo el tiempo, y se lo digo siempre a mis clientes, nunca vas a estar satisfecho, independiente de lo que ganas, o de la casa en la playa o lo que sea. Yo parto todos mis días a las cinco de la mañana, con meditación y con deporte y dando gracias por lo que tengo y eso me ayuda mucho (…) Y no digo dar gracias a nivel espiritual o religioso; estoy diciendo simplemente valorar lo que nos pasa cada día. Cuando veo el impacto que tiene mi emprendimiento en las personas, en los ejecutivos, en sus culturas y veo cómo empiezan a comunicar mejor y a empoderar a su gente, a delegar, me da una satisfacción tremenda que no tiene un precio (…) Estuve cinco años trabajando en Pepsi, haciendo campañas con Iván Zamorano y Marcelo Salas, y era choro, pero al final del día estaba vendiendo algo con azúcar, ¿me entiendes? No era algo que iba a ayudar a la gente a ser más feliz, a menos que fuese a los niños que, durante media hora, se ponen locos con el azúcar. Cuando hoy veo lo que estoy haciendo y veo la gratitud de mis clientes, sé que nunca había sentido eso antes.

–¿Qué te pareció el documental El dilema de las redes sociales?

–Lo que dice el documental, a nivel técnico del producto y de cómo funcionan los algoritmos de Facebook y YouTube, todo eso yo lo conocía. La parte más técnica no me sorprendió. Lo que me chocó más y me dejó un poco triste fue lo que dicen acerca del impacto social. Eso es absolutamente verdad. Si ves las divisiones políticas que existen no sólo en Chile, sino en todo el mundo, o lo que se ha vivido en Estados Unidos con las elecciones presidenciales, es terrible. La gente ha perdido completamente la capacidad de tener una discusión y eso para mí es asustador, porque como seres humanos la única forma de mejorar es aprender. Cuando no somos capaces de escuchar activamente o de hacer preguntas potentes o de contemplar otras perspectivas, se nos frena el aprendizaje y eso creo que el documental lo demuestra. Estos algoritmos nos van alimentando de contenidos que van reforzando lo que ya creemos, en vez de presentarnos puntos de vista opuestos, que es como realmente uno aprende. Te doy un ejemplo concreto: mi papá es republicano y él apoya a Trump, y yo no. Hemos tenido discusiones muy duras, a tal punto que no queríamos hablar de política, entonces lo que yo hice fue comprarme un libro de un autor de alta reputación, para entender mejor a Trump. Para entender quién es este hombre, cómo es su personalidad, cuál es su trayectoria, los negocios, el mundo político. Después de haber leído eso y de haber visto varias películas y leído varios libros más, sentí que lo entendía mejor y podía tener una conversación más transparente y más sana con mi viejo sobre el tema, a pesar de que seguimos teniendo una opinión diferente.

La principal crítica de Patrick a las redes sociales es que estas se basan en un modelo de negocios que vive principalmente de la publicidad: “Necesitan tener a la gente ahí lo más presente posible para mostrarle publicidad. Esa métrica de engagement es tóxica porque, para forzar a que la gente se quede en Facebook, tienes que alimentarla con cosas que le interesa y, lamentablemente, los seres humanos nos interesamos por cosas que coinciden con nuestra forma de ver el mundo, en vez de tener interés por puntos de vista diversos. Entonces me chocó mucho (el documental). Mi hijo de 14 años también lo vio y, al día siguiente, me mandó un mensaje diciéndome ‘borré Facebook, Instagram, saqué todo de mi teléfono’”.

–El documental es pesimista. ¿Ves alguna luz de esperanza respecto a cómo nos vamos a relacionar con las redes sociales de ahora en adelante o también tienes esa mirada pesimista?

–No. No tengo una mirada pesimista, al contrario. Siempre digo que el primer paso para solucionar un problema es hacer un diagnóstico y entender que tenemos un problema. Es como cuando vas al médico y te ves ‘la raja’, pero él te hace un diagnóstico y te dice que tienes cáncer. Una cosa es cómo nos vemos, pero sólo un médico nos va a poder diagnosticar. Creo que películas como The social dilemma y otras nos están diciendo que debemos tener ojo, que hay un desbalance y que debemos tener una discusión seria acerca de cómo funcionan estas tecnologías y el hecho de que estas tecnologías están controladas por un grupo de menos de seis empresas (…) Soy optimista porque, como raza humana, tenemos la necesidad de ir cambiando con el tiempo. Y el cambio es duro y es doloroso, no es agradable. Pero, para mí, dar a la luz esta situación de las redes sociales es el primer caso para empezar a hacer cambios.

Hay algo que Patrick siempre dice que genera controversia: “La gente se enoja cuando digo que el Covid es de las mejores cosas que nos pudo haber pasado como seres humanos, como raza. Hoy no se entiende, por todo el dolor y la pérdida económica. La pérdida de vida es tremenda, obviamente, pero de aquí a 5, 10 o 20 años, cuando los niños estén leyendo de eso en el colegio, se van a dar cuenta de que el Covid y el plebiscito y muchas cosas nos forzaron a tomar medidas y cambios que han sido para mejor.

–¿Me podrías dar un ejemplo de eso?

–Una de las cosas que estamos viendo ya en la sociedad, no sólo en Chile sino en el mundo, es que muchos dueños de empresas se dan dado cuenta de que tienen que confiar en los colaboradores que trabajan desde la casa. Una mujer que vive en Pudahuel quizás ya no tiene que ir hacia el otro lado de la ciudad para trabajar en la empresa, porque puede trabajar dos o tres días desde su casa, y eso implica que puede desayunar con sus hijos y puede estar haciendo las tareas con ellos en la noche, no se tiene que levantar a las 5 de la mañana para tomar el bus. Eso es un cambio de vida total para la gente, y hay miles de ejemplos similares. La gente se da cuenta de que quizás no tienen que estar en la oficina cinco días a la semana enfrentando el taco y todo el estrés que produce. Entonces, pienso que esos cambios son para mejor.

–¿Hubo algún momento en que te hayas sentido culpable de trabajar en Google?

–Mira, es una buena pregunta. Me lo pregunté cuando terminé la película. Mi hijo me lo preguntó, cómo me sentía. Pero creo que, por un lado, yo no trabajaba en el área de búsqueda; mi responsabilidad era Google Play, un negocio distinto. El negocio de Google Play es comercializar contenido en el celular, por lo cual creo que no es lo mismo comparado con las redes sociales. Entonces, en lo personal, no me sentí mal. Pero igual me sentí mal en el sentido de que todos tenemos el deber de cuestionarnos. Lo que más me cuestioné es el tiempo que paso en el celular o que mis hijos pasan en el celular. Cada vez hay más datos que demuestran que, hasta cierto punto, no es sano, y que tenemos que diversificar un poco nuestros intereses y la forma de vivir la vida. Es algo que tenemos que trabajar, yo también lo tengo que trabajar.

–Justamente te iba a preguntar eso, si en el algún momento te has sentido adicto a la tecnología.

–Sí, absolutamente. He pensado en eso y hoy día tengo un mejor balance, pero es muy difícil, particularmente por el trabajo que hago. Cuando trabajas en esto, estás pendiente de la pantalla todo el tiempo, escribiendo presentaciones, leyendo. Yo escucho los libros en el celular, con lo cual el celular está siempre presente. Pero sí he cambiado mucho: yo eliminé las redes sociales. No utilizo Twiter, Facebook, ni Instagram. Igual tengo gente de la empresa que de repente maneja cuentas (de trabajo) para mí, pero yo nunca me pongo en las redes sociales.

–¿Cuándo tomaste esa decisión?

–Creo que hace un par de años. Y la tomé por un simple motivo, porque cuando tuve esos malos momentos en 2017, cuando yo y mi ex nos separamos, cada vez que me ponía en las redes sociales veía fotos de amigos o de gente pasándolo bien y viajando a lugares exóticos o con nuevos autos y nuevas casas. Por mi formación y por el mundo de Silicon Valley, tengo amigos que financieramente son muy exitosos y, cuando miraba eso, como que me sentía triste. No era un tema de envidia, sino de tristeza y sentía que, cuanto más tiempo pasaba en los medios sociales, más me afectaba. Entonces con el coach me fui conociendo mejor y, también con el trabajo que hoy hago, me empecé a dar cuenta de que lo más importante no era eso. Lo importante era que soy un papá extraordinario, que soy un súper buen amigo, que he montado una empresa que ayuda y tiene un impacto en la vida de las personas y en los ejecutivos de las empresas. Y que eso era lo realmente importante, que lo material y lo que yo veía no era importante, ¿me entiendes? Entonces pasé a ese punto de “no quiero compararme más”, porque esas no son las cosas bajo las cuales yo defino mi éxito.

 

 

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