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Por Leonor Varela | 10 noviembre 2020

Vale la pena expresar lo que sentimos, y dejarlo salir al mundo a través de nuestro voto.

Llegó el momento de hacernos cargo de lo que queremos y expresarnos a través de nuestro voto: nos ha tocado llevar nuestros valores, nuestras prioridades y nuestras creencias a las urnas. Para mí ha significado rechazar la apatía que siento hacia los políticos y asumir que estas decisiones afectan de manera radical nuestro día a día, mis derechos, y los derechos de mis seres queridos.

Chile tiene la oportunidad de reescribir nuestra Constitución y aquí en Estados Unidos, con las elecciones presidenciales y la nominación de la nueva integrante a la corte suprema, todo está en juego (no se preocupen, no voy a impartirles mi opinión política aquí, pero si les interesa, síganme en mis cuentas de IG, Twitter o FB).

Lo que me convoca es recalcar algo que me impacta: el hecho que podamos a la vez querer salir de una modalidad que ya no nos parece y contra la cual estamos pidiendo a gritos un cambio, pero simultáneamente seguir con los mismos pensamientos internos antiguos, esos que crearon el sistema caducado que nos causa rechazo y lo mantienen en poder.

Lo reconozco en mí misma con respecto a mi comunidad latina aquí en Estados Unidos, o en mi empoderamiento como mujer. Lo que yo creo sobre mí, sobre mi valor, sobre lo que soy y tengo para entregar al mundo, deber ser el principio del cambio, el motor para que otros me vean y me reconozcan así. Sería en vano esperar que venga desde afuera.

Gandhi decía con esa sabiduría que tanto necesitamos hoy: “Sé el cambio que quieres ver en el mundo”. El cambio de nuestra sociedad requiere una modificación interna en cada uno de nosotros. O, al menos, en una mayoría suficiente que permita alcanzar masa crítica y plasmar esa nueva realidad en el mundo. Estamos pariendo un nuevo paradigma, una nueva forma social de relacionarnos entre nosotros, y con nuestra tierra.

Creo que la clave de ese cambio está en nuestra intimidad, en nuestra relación con nosotros mismos, en nuestros pensamientos, en nuestras relaciones íntimas. Y creo que hay dos elementos claves para lograrlo: la vulnerabilidad y la valentía.

Ya no nos funciona ponernos una armadura y salir al mundo a correr la carrera a la producción y el consumo, buscando ciegamente ser amados por la acumulación de símbolos externos que podrían afirmar que somos dignos de ser amados, ser deseados. Porque, en el fondo, eso es lo que todos deseamos: ser deseados, ser amados de manera total y absoluta. Pero esa armadura impenetrable nos aisló de nuestro ser auténtico, de nuestra humanidad más hermosa. Nos separó de la naturaleza al punto de que ya no sentimos que somos parte de ella. Creemos que podemos minarla, sobreexplotarla, manipularla genéticamente y pensar con soberbia que nada de eso tendrá consecuencias para nosotros. Qué error más fatal. Nos terminará costando la supervivencia si no somos capaces de ajustar nuestra forma de ser.

Ahora que hemos estado físicamente más aislados por el Covid-19, es una buena oportunidad para ser más honestos con nosotros mismos, nuestras emociones, y también frente nuestros hijos e hijas, esa generación que heredará el mundo de mañana. Creo que es bueno dejar que vean caer lágrimas de nuestros ojos, para que ellos también se permitan llorar cuando lo necesiten.

Vale la pena expresar lo que sentimos, y dejarlo salir al mundo a través de nuestro voto.

Lo que es yo, sé que ya no soy una superwoman. Soy más auténticamente yo, y eso quiere decir que hay cosas que me provocarán pena, ansiedad y otras tantas alegrías, pero al navegar esa autoaceptación encuentro más paz, al ser cada día un poco más auténticamente yo. Me falta camino por andar, pero aquí voy. Cada día valoro menos la inteligencia cerebral y más la sabiduría. Esa que vive en el corazón: el corazón de aquel que ha sufrido, sobrevivido y elegido seguir amándose, y al mundo que lo rodea.

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