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Juan Gregoire: Sin miedo al Covid-19

Por Vero Marinao | 12 octubre 2020

Héroes anónimos... (un año después)

Tras el 18-O, conocimos a un suplementero que nunca dejó de abrir su quiosco ubicado en el sector de Plaza Italia; un panadero de más de 80 años que, después de una década, volvió a amasar para no dejar sin pan a sus vecinos; un florista que repartió clavelines durante las protestas y una psicóloga que regaló Flores de Bach a los manifestantes. A 12 meses del inicio del estallido social, quisimos saber en qué estaban y cómo han vivido este 2020 en medio de la pandemia.

Juan Gregoire (62 años) empezó a usar mascarilla antes de que el Covid-19 llegara a Chile. Desde el 18 de octubre de 2019 guarda un tapabocas dentro de su quiosco ubicado en Santa Rosa con la Alameda. Las lacrimógenas lo obligaron a tener a mano esa medida de precaución. El año pasado nos contó que, pese a que su puesto está dos cuadras de una sucursal del Banco de Chile que fue completamente devastada, nunca tuvo miedo a que su local pudiese ser destrozado. Hoy, dice, tampoco le asusta el virus; “desde los cinco años he vivido en la calle, no tengo miedo”. Pero sí le preocupa lo que pasa en términos sociales. “Creo que se ha hecho más evidente la desigualdad; si yo tengo plata, tomo un helicóptero y me voy a la playa”, dice y mira con escepticismo lo que pueda venir a futuro. “Ojalá que no vuelvan (las protestas) porque, si vuelven, va a haber un enfrentamiento entre los que tienen y los que no tienen; la gente ya le perdió el respeto a Carabineros porque, con tanta corrupción, se sabe al tiro que ellos no están con el pueblo, a pesar de que ellos debieran cumplir las funciones para las que fueron creadas, que es para darle eficacia al derecho, no para hacerle caso a los que están en la administración por un período de tiempo”.

Gregoire dice que, afortunadamente, él pudo trabajar durante el confinamiento y, aunque vendió menos, igual había personas, especialmente adultos mayores, que se las arreglaban para ir a su quiosco. “Mucha gente de la tercera edad caminaba desde sus casas para comprarme el diario, porque el encierro los podía matar, viven solos; la soledad y la angustia son los hermanos del medio de esta pandemia”, dice. Está consciente de que esta tragedia no lo ha golpeado tan fuerte como a otros. “En la población donde yo vivo, hay personas que no tienen qué comer y viven de las ollas comunes que les dan los vecinos por ahí. Yo por lo menos tuve para comer y pagar cuentas”.

 

 

 

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