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Vida de balcón: “Todos por don Alberto”

Por Vero Marinao | 16 mayo 2020

Una vez a la semana, Gemmina Ramírez, graba un video en el que Alberto envía mensajes a sus familiares.

En esta nueva normalidad dada por la pandemia del Covid-19, nuestras vidas se han vuelto hacia el interior de nuestros hogares. Sin tener la posibilidad de visitar a la familia, salir a trabajar, hacer ejercicio ni caminar libremente, las ventanas hacia la calle, y especialmente los balcones, se han convertido en la única conexión con el mundo exterior. Vecinos que antes no se saludaban y hoy se organizan para hacer las compras o repartir tareas, desconocidos que sonríen con una copa en la mano dos terrazas más abajo y se convierten en inesperados compañeros de cuarentena, músicos que regalan su arte desde una azotea, chefs autodidactas que comparten el menú con sus compañeros de piso. Aquí, las historias de cinco departamentos –y sus integrantes– que resumen cómo la pandemia ha transformado la relación con los vecinos.

Gemmina Ramírez es bibliotecaria y ciclista. Vive en Providencia, en un edificio antiguo de solo cuatro departamentos. Cuando empezó la contingencia por el COVID-19, su mayor preocupación fue su vecino Alberto, un ex profesor de 92 años, lúcido y activo, que vive solo y que, por ahora, sólo toma el aire que entra por su ventana. “Él no es una persona abandonada, tiene hijos, nietos y bisnietos”, aclara. Pero sus hijos, dice, tienen más de 60 años y “están dentro del grupo de riesgo”, por tanto, no es conveniente que lo vayan a ver en estos momentos. Y, como lo mejor es que él no tenga contacto con personas, Gemmina organizó a sus vecinos en torno a un objetivo claro; proteger a don Alberto. “Entre todos acordamos prohibir las visitas sociales, porque queremos que a él no le pase nada”, dice.

Junto a otra vecina, Gemmina se encarga cada día de la higienización del edificio. Además, es ella quien, en bicicleta, va a hacer las compras de supermercado y farmacia para don Alberto. “Lo hago porque me considero su amiga. Esto no es compasión, es solidaridad con un amigo. Cuando hace un tiempo (mucho antes del coronavirus) mi gato se hizo un esguince en una pata, don Alberto (quien todavía maneja) sacó su auto a medianoche y nos llevó a la veterinaria”, recuerda. “El cariño es mutuo. Yo le he dicho ‘murámonos de cualquier cosa, pero no de coronavirus’, y él está agradecido. A veces se emociona y yo también.”.

Al llegar con las compras, Gemmina se baña y se cambia de ropa en su departamento. Luego, va a la casa de don Alberto, y desinfecta todo lo que trajo, manteniendo siempre una buena distancia, pese a que, muchas veces, quisiera abrazarlo. “Él es una persona autónoma, ahora me pidió que le enseñe a pagar las cuentas por Internet”, explica. Una vez a la semana, ella graba un video en el que Alberto envía mensajes a sus familiares. “Siempre estoy en contacto con sus hijos y nietos, y, si yo me llegase a enfermar, saben que les avisaría inmediatamente”, dice.

Y agrega: “El hermano de don Alberto murió a los 103 años, y yo bromeó con él, le digo que no me puede desilusionar, que tiene que llegar mínimo a los 100 años. Y él también lo hace conmigo. El otro día le regalé unas aceitunas. Después me devolvió el pocillo y me dijo ‘tome, no me gustaron sus aceitunas’, pero en realidad me devolvió un pocillo con chocolatitos”.

 

 

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