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Kinesiólogos intensivistas, profesionales cruciales a los que poco (o nada) se les agradece

Por Vero Marinao | 02 mayo 2020

Historias de cuarentena.

Este diálogo es típico. En un asado, Eduardo Tognarelli conoce a alguien que no pertenece al mundo de la salud y se presenta como kinesiólogo intensivista. “Ah, tú trabajas con los huesos”, le dicen. Ante el error, él especifica; “no, yo trabajo en la UCI”. Y otra vez viene la confusión. “¿Hay muchos fracturados en la UCI?, le preguntan.

El especialista, kinesiólogo de la Unidad de Pacientes Críticos (UPC) de adultos de la Clínica Indisa y docente adjunto de la Universidad Católica Silva Henríquez, se toma con humor el desconocimiento que, en general, existe acerca de su profesión. En estos días, eso sí, la prensa ha puesto sus ojos en la unidad de pacientes críticos, y su especialidad -una de las más importantes en tiempos de pandemia-, ha salido un poco del ‘anonimato’.

La tarea principal de su trabajo es proporcionar ventilación mecánica a los pacientes, un procedimiento que puede ser no invasivo (a través de una máscara) o invasivo (gracias a un tubo que se instala en la tráquea). “Los ventiladores mecánicos son, como lo dice la palabra, dispositivos mecánicos que ejercen fuerza; lo que hacen es tomar aire, ya sea oxígeno, aire ambiental o aire comprimido, y luego lo mezclan. Entonces ese aire se enriquece y al paciente se le administran flujos de aire a presión, sin que éste tenga que hacer esfuerzos. Para respirar, nosotros normalmente tenemos que hacer un esfuerzo físico; movimientos de músculos y de costillas, y articulaciones que mueven el tórax. De esa manera el aire entra a nuestros pulmones. En ausencia de este trabajo mecánico hecho por el propio organismo, el equipo cumple esa función”, explica.

Y ejemplifica: “La ventilación mecánica es similar a cuando te ponen un yeso en la pierna; el yeso te protege y te da las condiciones de estabilidad para que tu pierna se recupere, pero, una vez que te sacan el yeso, tus piernas están débiles, y no es llegar y volver a caminar. La ventilación mecánica funciona de manera similar (…) Y dentro del equipo de salud, los kinesiólogos somos los más preocupados de recuperar funciones, capacidades y actividades. Nuestro primer logro es que el paciente salga del ventilador mecánico y pueda sostener su respiración de manera normal. Ya hemos sacado de ventilación mecánica a varios pacientes, y eso produce alegría y una sensación de satisfacción”.

Desde hace dos meses, este kinesiólogo trabaja en una unidad exclusiva de pacientes con COVID 19. “Cada vez que un paciente entra con sospechas de COVID, se ingresa a una de estas unidades exclusivas, porque es menos riesgoso que llevarlo a una sala con pacientes que no lo tienen”, cuenta y dice que, hasta antes de la pandemia, hacía turnos de 12 horas, pero ahora son de un día completo. “Es una estrategia para disminuir el número de personas que rota al interior de las unidades críticas; de esa manera disminuye la posibilidad de contagio”, explica.

Pese a la importancia de su carrera, confiesa que no hay mucho espacio para la gratitud. “Yo siempre me comparo con los kinesiólogos que trabajan en el área ambulatoria (con pacientes que van al gimnasio de rehabilitación por diferentes tipos de lesiones). “A fin de año, ellos (sus colegas) salen con unas bolsas llenas de regalos, porque los pacientes se los llevan para agradecer su atención. Y a nosotros en la UCI no nos da ni las gracias, porque, claro, los pacientes están graves y, cuando ya están un poco mejor, se trasladan a una sala de menor complejidad y, si se van del hospital, no lo hacen directamente desde la unidad crítica, entonces, en general, ni se enteran de que uno estuvo ahí con ellos, durante horas, para lograr que respiraran bien. Pero me alegra que así sea, porque, si no, sus recuerdos no serían muy felices. Este es un trabajo de muy poco reconocimiento, pero a nosotros nos llena el corazón cuando logramos que la gente se levante por primera vez, es muy gratificante en lo personal. Y a mí me gusta estar donde las papas queman”.

De hecho, para él no es una opción dejar de trabajar, pese a que sí tiene temor. “Yo estoy casado, tengo un hijo que va a cumplir tres años y mi señora tiene 31 o 32 semana de embarazo, los dos son de altísimo riesgo, pero tomamos la decisión de no vivir separados mientras dure la pandemia. Quisimos vivir esta etapa juntos, y hacemos una vida normal dentro de lo que se puede. Para eso, tomo las precauciones que se deben tomar, siguiendo todos los protocolos. “No uso ropa clínica ni al entrar ni al salir de la clínica; me baño en la clínica y me cambio ropa, y, al llegar a mi casa, me vuelvo a bañar y me cambio de ropa otra vez, la lavo, y recién ahí saludo a mi familia (…) Yo también tengo hijos grandes y nietos. Y mis padres están vivos, pero no los veo, y así tiene que ser porque hay un riesgo permanente.

Eduardo también cuenta que, a lo largo de su carrera, ha enfrentado otras enfermedades virales graves como la fiebre porcina, la influenza H1N1 y el ébola. “Yo ya tenía un par de epidemias en el cuerpo.  Y uno las va viviendo de manera natural, es como que a ti te dijeran ‘reportea fútbol’ y, dos años después, te dicen que tienes que reportear una guerra. Tú vas igual, porque es tu labor. La profesión es una opción de vida”.

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