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Yoga por Zoom

POR Francisca Olivares | 14 mayo 2020

En estos días todo es por Zoom, Google Meet, Instagram Live y así. Bueno, y yo practico yoga. No la cantidad de veces a la semana que me gustaría; ni tampoco tengo la destreza que se necesita para pararse de cabeza –shirshasana– o hacer la araña –urdhva dhanurasana–. Sin embargo, es la única actividad deportiva que realmente me gusta; aunque mi doctor de la tiroides me insista en que lo que realmente sirve es salir a trotar o hacer spinning. En fin.

A mediados de marzo, cuando empezaron a levantar las primeras alarmas por Covid-19, dejé de ir a las clases presenciales de Yoga de Santiago; y en ese momento hice toda una investigación para descubrir la mejor App de esta disciplina y llegué a la conclusión que Daily Yoga es perfecta para mí. Hay rutinas desde 10 a 45 minutos, para todos los niveles y la aplicación es muy intuitiva.

Sin embargo, al hacer clases en solitario algo falta. Es un “no sé qué”, que me hizo empezar a buscar tutoriales en Youtube y descubrir nuevos centros de Yoga. Los de California, por lo general, siempre lideran los videos.

En medio de esta búsqueda, mi mejor amiga me contó que JivaMukti Yoga –que se enfoca en “reintegrar los aspectos físicos, filosóficos y espirituales del yoga”– está dando clases por Zoom. Como yo lo había conocido con ella en un viaje a Estados Unidos, le dije que nos suscribiéramos.

Por los trabajos de cada una, las opciones que teníamos era hacer la práctica con los profesores de los estudios de Puebla, Barcelona o en cualquiera de los dos de Berlín. Nos decidimos por el de Berlín Xberg, que tenía el mejor horario para nosotras.

EL PASO A PASO

Lo primero que hicimos fue ingresar a la web del JivaMukti para registrarnos y, aunque la página no es tan amigable, en 10 minutos ya habíamos recibido un mail del centro que nos daba la bienvenida.

Para hacer la prueba, compramos una clase por 5,4 euros. Al día siguiente, unos 15 minutos antes de que empezara la sesión, llegó el mail de activación vía Zoom y, desde cada uno de nuestros departamentos, nos conectamos, sobre nuestros mat y en el mayor silencio, a esta clase.

Cuando ya estaban todos los convocados (unas seis personas), comenzó la clase con dos instructoras –una dirigiendo en inglés con un micrófono inalámbrico y la otra realizando la práctica–. Partimos con una meditación, un cruce simple de piernas y escuchando un canto en sánscrito. Después vino una lectura –donde hubo una referencia a la emergencia sanitaria– y un trabajo de respiración –uijayi–.

Las posturas (asanas), de manera dinámica y fluida, vinieron a continuación, siempre acompañadas de música en la que hay instrumentos de percusión, guitarras y suaves voces que cantan mantras. Las instrucciones eran constantes, por lo que era imposible “perderse”. Inhala y exhala, algo que, en este método se dice una y otra vez. En ciertos momentos, y sin que uno lo imagine, se hicieron correcciones a quienes estábamos participando de la clase.

Como siempre, para mí llegó el fatídico momento del paro de cabeza, y como no di un salto entusiasta para shirshasana –como el resto de la clase–, la profesora me dijo que tomara la restaurativa posición de balasana (posición del niño).

Luego vinieron más asanas y, al pasar a la esperada shavasana (el cadáver del final), no solo se puso la música con más intensidad, sino que se empezó a escuchar la voz de David Life, el fundador del estudio junto a la profesora, compositora, coreógrafa y activista animal Sharon Gannon. Sus palabras aludían a la necesidad de conectarnos con la naturaleza y a convivir mejor con lo que nos rodea. Como vegano, llamó a no comer nada de origen animal, haciendo hincapié en la teoría de que la Covid-19 habría pasado a los humanos porque alguien tomó una sopa de murciélago en Wuhan, y agregó que hemos vivido gripes anteriores, como la porcina o la aviar.

Más música vino a continuación y al terminar, como siempre se da en cualquier clase de yoga, nos giramos a la derecha, pusimos la mano izquierda sobre el mat, para levantarnos todos juntos y volver al mismo cruce simple de piernas del comienzo. El agradecimiento se hizo con el mantra Om Shanti y, al abrir los ojos (después de una hora y media), vino el Namasté, con todas las ganas de volver a repetir esta experiencia que, sin cuarentena, no habría probado jamás.

*En la imagen se aprecia una sesión en uno de los centros del Jivamukti de Berlín. Una clase dirigida por la instructora Anja Kühnel. 

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