Revista Velvet | “Tengo que leer todos los días comentarios sobre mi peso ¡Basta!, yo sé dónde me aprieta el zapato”
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“Tengo que leer todos los días comentarios sobre mi peso ¡Basta!, yo sé dónde me aprieta el zapato”

“Tengo que leer todos los días comentarios sobre mi peso ¡Basta!, yo sé dónde me aprieta el zapato”
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“Tengo que leer todos los días comentarios sobre mi peso ¡Basta!, yo sé dónde me aprieta el zapato”

POR Jon Reyes | 22 septiembre 2020

Fotos Javiera Eyzaguirre; Maquillaje Carla Gasic; Pelo José Luis Retamal

Después de una insuficiencia renal que la tuvo hospitalizada un mes, la conductora de TV siente que la vida le regaló una nueva oportunidad, que tuvo suerte de salir viva. Está más feliz que nunca y en esta primera entrevista habla de sus aprendizajes, sus dolores y sus miedos: “Recuerdo haber recuperado la conciencia con muchos médicos mirándome, fue muy fuerte, me preguntaba por qué estaba ahí, por qué estaba incomunicada. Mi primera reacción fue pensar que estaba loca”. Dice que su hijo la salvó, y que ahora tiene “un alma más liviana”. Acá, la nueva Fran.

Esta entrevista y la sesión de fotos estaban originalmente planificadas para fines del año pasado. Pero el destino dijo otra cosa. Fran García-Huidobro, la dama de hierro de la TV, suspendió la sesión creyendo que tenía rotavirus: “Me siento pésimo. Lo siento”, escribió en el whatsapp. Y desapareció. Una insuficiencia renal severa tuvo a la actriz y animadora hospitalizada por un mes. Estuvo en la UCI y en la UTI. Lo que vendría después sería un duro proceso de recuperación, pero también de mucha fe interna, apoyada por sus seres queridos. Desde entonces, ‘Maldita Fran’ ya no sería la misma.

Hoy la animadora está completamente recuperada y enfocada en su trabajo; en el late Sigamos de Largo, donde conversa con sus entrevistados; y en el programa digital Francamente, que se transmite por las redes sociales de Canal 13. “El día que crea que llegué a lo que quiero ser en lo profesional, me jubilo. Llevo 25 años trabajando en televisión, mi carrera ha estado llena de satisfacciones; Primer Plano, Maldita Moda, hasta hice un programa de cirugías. Si me ofrecen un programa de farándula, por supuesto que lo haría. Creo que la farándula es necesaria y hoy debe estar enfocada en los faranduleros de verdad; los políticos y quienes abusan de su posición de poder. Yo sé lo que sé hacer y sé lo que sé hacer bien, yo sé hacer espectáculos, ese es mi gran talento. A mí dame un programa de política, pero de eso haré un espectáculo. No quiero hacer Tolerancia Cero, pero creo que hoy Caiga Quien Caiga sería necesario, porque el chileno está harto de los políticos, pero el chileno aún tiene sentido del humor”, dice.

Han pasado casi nueve meses —pandemia de por medio — y retomamos la idea de hacer esta portada. Despojada de cualquier tipo de divismo, se cargó la producción al hombro. “Quiero usar mi ropa, no quiero disfrazarme, quiero mostrarme como estoy ahora, porque estoy más feliz que nunca. No quiero tacos, no quiero plumas”, pidió encarecidamente, como si se tratara de un permiso especial para mostrar su alma al desnudo por primera vez. El exceso de trabajo y la mala alimentación le pasaron la cuenta, estuvo peligrosamente cerca de la muerte y por eso el reencuentro con el equipo de Velvet es muy especial; “Quería hacer unas fotos que fueran limpias, muy claras y alegres, porque así es como me siento hoy, y puede ser que eso no tenga que ver con lo que está pasando en el país y en el mundo y que sólo tenga que ver conmigo, pero así me siento hoy, me siento más liviana, aunque parezca insólito porque peso más, pero tengo el alma y la espalda más livianas. Cuando hicimos la sesión (de fotos) todo el rato tuve la sensación de que esto pude no hacerlo, pudo no pasar, pude no estar. Por eso cada cosa que hoy me pasa es un regalo y una oportunidad”.

—¿Cuál fue el primer síntoma?

—A principios de diciembre me caí en mi casa y me fisuré una costilla, pero tengo el umbral del dolor muy alto, me tiene que doler mucho algo para que vaya al doctor. Y a los pocos días empecé con síntomas que se los atribuí a un rotavirus, posteriormente me vino una fiebre de 39 grados. Seguía yendo a trabajar, no podía comer nada, todo lo vomitaba. Después de cuatro días así, mi familia se preocupó. Esa noche yo viajaba a Buenos Aires con un pololo que había encontrado después de dos años… (se ríe). Mi papá me llevó a la clínica y resultó no ser rotavirus; era una bacteria que a esa altura ya se había comido mucho de mi organismo. Tenía una costilla fisurada por la caída y estaba muy mal por lo otro también. Me acompañaba mi papá, y el doctor me dijo que no podía viajar a ninguna parte porque mi riñón estaba fallando y, después de eso, no me acuerdo de nada hasta que desperté internada en la UTI. También estuve en la UCI dos días, pero de eso no recuerdo nada. Sí me acuerdo de haber tenido muchas pesadillas y de haber visto gente que claramente no estaba ahí. Según yo, todo el mundo se había pintado el pelo azul, esas son cosas que me contaron después. Recuerdo haber recuperado la conciencia con muchos médicos mirándome, fue muy fuerte, ahí me preguntaba por qué estaba ahí, por qué estaba incomunicada. Mi primera reacción fue pensar que estaba loca e internada en una clínica psiquiátrica. A esa altura ya tenía también una anemia feroz. Me devolvieron mi teléfono y efectivamente todo esto ya había sido público, mucha gente me había escrito y comprendí la magnitud de lo que estaba pasando. Un día se metió un desconocido a mi pieza, era un fan que logró entrar a la UCI de la clínica, no reaccioné; fue mi hermana quien después pidió medidas más serias para que nadie entrara. Me acuerdo de que él sólo quería verme y saber que yo estaba bien. Me puse muy nerviosa y desde ahí empecé a tomar conciencia de cada examen que me hacían. Estuve hospitalizada un mes, pasé la Navidad y el Año Nuevo internada en la clínica. Después de eso no me podía parar, tuve que hacer muchas sesiones de kinesiología.

—¿Cómo fue el reencuentro con tu hijo?

—A mi hijo alcancé a verlo en la UTI. Yo no soy muy religiosa ni mucho menos. En su momento en la clínica me ofrecieron
la comunión; ahí dije “me voy a morir”. Con todo respeto la rechacé, porque lo único que me faltaba a esa altura del partido era haberme muerto en la clínica, con todo lo mal que me he portado en la vida (se ríe). Mi hijo entró a la UTI y él me salvó la vida, porque (hasta ese momento) yo sólo veía caras preocupadas y compungidas. No me quería morir, hay tantas cosas que no he hecho, que mi hijo no ha hecho (se emociona). “Acá no me muero”, pensaba, me resistía a asumirlo. En marzo me operé por última vez del riñón y hoy estoy bien, pero cuando alguien se ha autodestruido y se deja estar con la alimentación, como lo hice yo, es probable que pueda pasar algo así. Descuidé mucho mi organismo y mi cuerpo, y no tiene que ver con que tenga un desorden alimenticio, soy una persona delgada, de estructura ósea así. Estoy cansada de pedir perdón por eso, he sufrido más bullying que alguien obeso por ser flaca, toda la vida ha sido así y estoy harta de eso. Tengo que leer todos los días comentarios sobre mi peso ¡Basta!, yo sé dónde me aprieta el zapato.

—Más allá de eso, efectivamente había un desorden en tu organismo. El estrés te pasó la cuenta.

—Sí, siempre estaba trabajando y no hacía nada de deportes. La gente cree que me la paso metida en el gimnasio y no es así. Cuando uno se ha hecho tanto daño a sí mismo, en el sentido de despreocuparse de la salud, todo repercute. ¿Qué pasaría con los que quedan acá si yo me moría? Con mis papás, mis hermanos, mi hijo… yo me propuse salir de ahí (nuevamente
se emociona). Los médicos pensaron que mi anemia que era muy grave; en un momento creyeron que podía ser leucemia.
La última punción lumbar que me hicieron fue terrible. Recuerdo que mi gran amiga Ingrid Cruz salió en ese momento para hablar con los doctores en la puerta de la habitación y les dijo: “Dime ahora huevón si mi amiga tiene cáncer”. Esa fue la primera vez que escuché la palabra cáncer. Finalmente, dos días después, llegaron los resultados del examen de la punción lumbar y se había descartado el cáncer a la sangre. Me dieron de alta, pero con todo tipo de resguardos, con ansiolíticos, pastillas para dormir, pastillas para despertarse, me costó mucho volver a subir escaleras; todavía hay ciertos músculos del cuerpo que tengo atrofiados. Estuve todo el verano con terapia y muchos remedios, lo único que quería era dejarlos pronto porque me sentía una inútil. Fui muy matea porque tenía que volver al trabajo.

—¿Cómo fue pasar la Navidad y el Año Nuevo en la clínica?

—El Año Nuevo no fue tan terrible, pero la Navidad sí, porque nosotros somos una familia muy achoclonada. Con mis hermanos sacamos a los niños a pasear para ir a buscar al Viejo Pascuero. Mi hermana me armó un lugar muy bonito en la clínica, pero fue muy triste. El Año Nuevo lo pasé con mi gran amiga Carla Gasic, las dos solas, ella me maquilló y me vistió para la ocasión, tal como para las fotos de esta entrevista. Después de las 12, me paré y me fui a la sala de los doctores y enfermeras, y ellos tenían torta y cotillón. Con Carla llevamos diez años de amistad, nos conocimos para unas fotos y ella me maquilló sin espejo. Nunca he permitido que alguien me maquille sin espejo y a ella le creí, y cuando vi las fotos, quedé impactada por el resultado.

—¿Este episodio en la clínica marca un antes y un después en tu vida?

—Definitivamente. La gente piensa que por trabajar en televisión, o por tener cierto apellido, a uno no le pasa nada. Eso no
es cierto, yo he tenido muchos dolores en mi vida, pero cuando tú no controlas lo que te pasa, cuando lo que falla es la salud, es otra cosa. No lo recuerdo como un dolor físico; en este tiempo he tenido que bajar el umbral del dolor, no tiene que darme un infarto para llegar a la clínica. Hoy mi salud está bien, la anemia está controlada y mi riñón también. Mientras tenga mi alimentación al día con mis vitaminas y minerales, todo estará bien. No puedo permitirme descuidar mi salud como lo hice. Hace cuatro años estaba muy enojada con la vida, un poco superada, sentía que no cumplía con nada de lo que se me pedía; no era buena dueña de casa, no era buena mamá, no era buena pareja, me sentía pésimo. Tuve una ruptura muy dolorosa, la ruptura más fuerte que he tenido en la vida, en mis casi 47 años. Me tuve que cambiar de casa y fue muy terrible. Ahí empecé a cuestionarme mis patrones de elecciones de pareja, ¿por qué siempre se repetía el patrón?, porque no puede ser siempre que todo el mundo esté equivocado y uno no. Después de eso ya llevaba dos años en mi compromiso de levantarme todos los días “muerta de la risa y ya veremos cómo viene el día”, pero siempre trataba de levantarme de forma positiva. Con esto que me pasó, he vuelto a esa filosofía porque no me quiero parecer a la mina que era hace cuatro años. He sido una mujer con mucha suerte en la vida y también tuve suerte en diciembre cuando caí en la clínica, pero no quiero seguir jugando con mi suerte.

—¿Cómo has vivido estos meses de cuarentena?

—He tenido poca cuarentena porque me ha tocado trabajar mucho, pero me ha tocado como a muchas mamás que han tenido que acostumbrarse al homeschooling, al exceso de tareas y al Internet que se cae. Mi hijo es adolescente, pero él se lleva todas las flores porque conozco gente que la ha sufrido con sus hijos, y el mío ha sido un gran partner.

—¿Y cómo lo hacen con los tiempos compartidos de tu hijo junto a Julio César Rodríguez?

—Lo que pasa es que tenemos un régimen de visitas que es más un saludo a la bandera, porque nuestro hijo ve a su papá cuando quiere. Eso sí, estuvo mucho tiempo sin verlo porque Julio se contagió de coronavirus y le vino muy fuerte, afortunadamente Joaquín no se contagió. Después del mes, pudieron reencontrarse. Julio tienen las puertas abiertas de mi casa, y yo tengo las puertas abiertas de la casa de él.

—Estuvo muy presente el período en que estuviste hospitalizada.

—Sí, y se lo agradezco mucho. Él era parte del “comité de decisiones” junto a mis papás y hermanos (se ríe).

—Mencionaste que estabas saliendo con alguien cuando te enfermaste, se iban de viaje a Buenos Aires ese fin de semana. ¿Qué pasó con esa persona?

—Imagínate pues (vuelve a reír). Pobre ser humano, no llevábamos ni tres semanas y yo termino en la clínica hecha un bulto, él no conocía a mi familia. En muy buena onda no alcanzamos a construir nada que pudiera sostener semejante situación. Nos conocimos en un restorán, andaba con mi amiga Carla, la misma con la que pasamos el Año Nuevo en la clínica. Fuimos a almorzar y en la mesa de al lado había un grupo de amigos. De los siete que eran, dos salvaban y los otros cinco no. Nos mandaron unos tragos de regalo, nos pedían fuego y con él nos pusimos a conversar. Me dijo que estaba separado hace muchos años, empezamos a salir, todo muy buena onda. Después de todo lo que me pasó, revisé mi teléfono y supe todas las veces que él había tratado de ir a verme o comunicarse con mi familia.

—¿Y hoy estás abierta al amor?

—Me llega a dar plancha. Hemos hecho tantas entrevistas juntos. Una vez pusiste que “la dama de hierro había encontrado el amor”, después fue “la dama de hierro se separó” (se ríe). Hoy la dama de hierro está con muchas ganas de pasarla bien, pero no sé si todavía estoy preparada para otra relación. Uno nunca lo sabe hasta que te ocurre. Soy una persona a la que le cuesta mucho enamorarse, no ando picoteando por aquí y por allá, por lo mismo mis separaciones no han sido fáciles. No me cierro al amor, pero me muero de miedo, porque no ha sido fácil.

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