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Pilar Sordo: “Me acostumbré a no ver gente”

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Pilar Sordo: “Me acostumbré a no ver gente”

POR Pilar Sordo | 09 agosto 2021

En mis grupos de trabajo para la investigación que estoy realizando, cada vez se hace más frecuente escuchar en personas de todas las edades –desde niños y adolescentes hasta los adultos mayores– que no saben qué les ocurre, porque no tienen muchas ganas de ver gente ni de salir demasiado. Esto no le pasa a todo el mundo, pero lo que está siendo habitual es manifestar una contradicción entre salir o no hacerlo. Entonces, las pregunta son: ¿Nos acostumbramos a estar solos y solas? ¿Nos deprimimos? ¿Nos estamos volviendo fóbicos sociales?

A mi parecer, la respuesta es no. Simplemente creo que es una de las etapas que hay que pasar en este proceso en el que no se sabe hacia dónde vamos y hasta dónde o qué tan profundo nos va a cambiar.

Esto es lo que se empieza a sentir con mucha fuerza para un gran porcentaje de la población. Y es que hay un “algo” que nos dice que nos gustaría ir una fiesta, salir o hacer cosas “afuera”, pero, como en todo proceso, hay también una resistencia natural y normal a hacer esas cosas, por lo que empezamos a poner excusas y a dar explicaciones para no salir.

Sin duda, nos cambiaron las prioridades; seleccionamos mejor y ya no nos da lo mismo ir a cualquier evento. Tampoco da igual con quien queremos estar. Esto nos ha producido una evaluación permanente. Si escucháramos bien a nuestro cuerpo nos daríamos cuenta que hay cosas o situaciones que ya no queremos hacer y personas que ya no queremos ver. Esto me parece bueno y sano.

Sin embargo, les tengo una mala noticia para algunos: lo de afuera nos va a ganar y, en poco tiempo, esa fuerza nos va hacer salir, ver gente, participar de eventos que antes eran frecuentes. Entonces, ¿qué es lo que tenemos que hacer?

Primero: disfrutar de este momento que queda para ordenarnos, limpiarnos por dentro, cosa que cuando tengamos que salir lo hagamos despiertos, enteros y claros con respecto a qué queremos y qué no queremos volver a vivir, hacer o sentir.

Todavía estamos en “la pausa”, que puede ser activa o pasiva, pero hay algo de nosotros que nos invita hacia adentro y es ese viaje el que tenemos que aprovechar. Todo impulsa hacia afuera; la vida de nuestros hijos e hijas –que son parte de los protagonistas de esta edición–; el trabajo y hasta el cansancio (aunque a veces disfrutable) de estar adentro. Por lo tanto, el tema no es si salimos o no, sino cómo lo hacemos y de qué forma vamos a transitar por lo externo a nosotros.

Si te sientes con esta contradicción, acéptala y disfrútala, porque no es para siempre. Aprovéchala como una invitación a seguir mirando hacia adentro, para ver cómo quieres salir, aunque físicamente lo hagas todos los días o lo hayas hecho permanentemente en esta pandemia.

Por muchas razones, estamos en un proceso lleno de ambivalencias y de miedos. No se olviden de que el miedo es la no aceptación de la incertidumbre. Quizás, si aceptamos que sólo controlamos nuestra actitud y nada más frente al día a día y nos atrevemos a hacer nuestro viaje del silencio hacia la “casa” interna, estaremos mejor preparados para salir de verdad hacia un mundo que hoy nos parece hostil, peligroso y, a veces, casi sin sentido, pero al que sin duda tenemos que volver, no solo físicamente, sino también con el alma, para hacerlo un mejor lugar.

 

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