Gala Caldirola Rodríguez, española, valenciana, natural del pueblo costero de Altea, nacida como Galadriel, melliza de Merlín, ha tenido una vida llena de grandes historias pese a sus cortos 34 años. ha vivido en España, Brasil, Turquía, Chile y apenas cuatro meses en Catar, un capítulo reciente de su vida que la llevó otra vez a la portada de los diarios y que terminó bastante mal. Conoció la fama en la televisión española y en la chilena y vivió, entre otras cosas, el dolor de tener un padre adicto, un accidente feroz en auto que estuvo a punto de causarle la muerte, el matrimonio, la maternidad, la separación, la pasión y el engaño. A punto de volver en gloria y majestad a la televisión abierta en CHV, la exmujer de Mauricio Isla y la expareja del Mago Jiménez, dos famosos seleccionados chilenos de fútbol, abre su corazón para contar su vida y, entre otras cosas, qué diablos le pasa -o le pasaba- con los hombres que patean una pelota.
Por Felipe Bianchi Leiton Fotos Paz Vásquez
En su habitual columna de los domingos en el diario La Tercera, el gran Héctor Soto hacía referencia hace algunas semanas a un libro del profesor Christopher Vogler donde, teorizando sobre la persistencia de las estructuras provenientes de la mitología griega en los guiones de Hollywood, confirmaba que los argumentos al final no son tantos y que la búsqueda del tesoro, el regreso a casa, el amor prohibido, la redención o lo inútil que suelen ser las buenas intenciones se repetían una y otra vez bajo distintos ropajes.
Pues bien, conocer la vida de Gala Caldirola Rodríguez (en rigor Galadriel, en homenaje a uno de los personajes más importantes de El Señor de los Anillos) es como meterse a una película donde alguien juntó todos esos argumentos al mismo tiempo en una juguera. Una mezcla de comedia, tragedia, éxito y fracaso que a ratos parece el delirio de una mente extremadamente creativa.
Hasta ahora no tenía mucho que ver con Gala. Sabía quién era, pero no la conocía. De hecho, conocía mucho más -personalmente- a Mauricio Isla, su exmarido, y a Luis Jiménez, su última pareja, exitosos futbolistas con los que me crucé más de una vez en canchas del mundo. O incluso a la Galadriel original, el personaje de J. R. R. Tolkien, diosa del clan Noldor de largo pelo y gran altura, fuerte de cuerpo, de mente y de voluntad, y cuyo mayor poder radicaba en el dominio de sí misma.
Cuando vi llegar a la verdadera Gala al restaurante Las Cujas, en Alonso de Córdova, lo primero que me sorprendió fue su elegancia. No me dio -perdonando la reflexión prejuiciosa y siútica- el tono habitual de los ambientes futboleros. Cosa que solo fui ratificando mientras hablábamos, en una conversación que estaba estipulada para una hora y duró más de tres. Es interesante Gala. Nada de simple. Tiene muchos matices. Muchos mundos. Desde luego me ratificó que, si es por emular la fortaleza del personaje ficticio, el nombre de Galadriel estuvo muy bien puesto por sus padres hace poco más de tres décadas en el bellísimo pueblo mediterráneo de Altea, en Alicante.
Impacta, Gala, con una mezcla de fuerza y debilidad, de simpleza y profundidad. Es entretenida, desde luego. Y tiene una sensibilidad tan grande como su sonrisa. Y mucha vida. Muchas historias, pese a sus pocos años. Repasemos algunas.

—Te aclaro, al partir, que he sido periodista deportivo durante años y conozco y le tengo cariño a Mauricio Isla y Luis Jiménez…
—Si lo que escribes después no es justo conmigo… te mato.
—Te lo digo para que sepas, me parece justo. Pero no vengo a defender a nadie…
—Está bien.
—Lo primero que quiero saber de ti, Gala, es justamente eso: Galadriel. Explícame Galadriel. ¿A quién le gustaba El Señor de los Anillos?
—A mis padres.
—¿A los dos?
—Sí. Yo vengo de una familia muy creativa. Mis padres son artistas y mi madre se dedica, además, a la sanación alternativa. Me identifico mucho con ella, nos llevamos muy bien, tenemos mucha confianza y muy buena comunicación. De hecho, estuvo tres meses en Chile y traté de convencerla de que se quedara cuando me separé. Ella quería, estaba feliz, pero nunca le dieron la visa y se tuvo que volver.
—¿Vive en Altea todavía?
—Ambos, y mi hermano con mi cuñada también.
—Explícame cómo alguien que crece y nace en Altea, en el Mediterráneo, con ese clima (18 grados promedio todo el año), esa tranquilidad (24 mil habitantes), esa comida, esas vistas, ese pueblo antiguo precioso de calles adoquinadas y casitas blancas… se viene para acá. ¿Te pegaste en la cabeza?
—Jajajá. Yo siempre fui una mujer muy soñadora y en algún momento de mi vida definí cuál era mi sueño, y era trabajar en los medios.
—¿Por qué? Veías la tele, revistas…
—Partió como algo muy genuino mío, te estoy hablando de los seis años. Yo a mi madre siempre le decía que me gustaba el arte, los colores, el baile, la música. Solía disfrazarme y bailar, y me gustaba mucho que me sacaran fotos. No sé, llámalo “florerito de mesa“, pero me gustaba mucho estar delante de una cámara.
—¿En el colegio eras la primera que salía adelante?
—No, era un tema más con las cámaras. De hecho, frente a las cámaras, hasta el día de hoy, tengo una confianza que no tengo frente a la gente.
—¿Me vas a decir que eres tímida?
—Sí. Con mucha gente me pongo tímida. Para mí no es lo mismo subirme a un escenario que estar en un estudio de televisión. Es completamente diferente. De hecho tengo hasta un poquito de pánico escénico. Es una cosa muy extraña.
—¿Imitabas en esa etapa a alguien?
—Cuando jugaba me encantaba ser Marilyn Monroe.
—¡¿Quién?!
—Marilyn. Sentía que era una mujer que transmitía una luz y una belleza impactante, que era alguien que se había atrevido a ser ella misma en una época muy compleja para las mujeres.
—Pero tú eres muy joven…
—Leía su historia, veía sus fotos y siempre me encantó. Hasta el día de hoy me gusta lo retro. En todo caso no es que tuviera una musa inspiradora.
—¿Y alguna modelo?
—Naomi Campbell, sin duda. Tuve la suerte de conocerla en persona un verano en Ibiza. Yo trabajaba en Cipriani, que es un restaurante que está en muchas partes -en Nueva York, Estambul, Mónaco, Venecia- y el dueño era muy amigo de Naomi. Me acuerdo que ella vino a un evento y la conocí. Maravillosa. En ese momento yo todavía no estaba en los medios, pero la vi y dije: guau, quiero ser así.
—Ya, pero no me has contestado: ¿cuándo y por qué decidiste dejar Altea?
—Decidí venir a Chile persiguiendo las oportunidades que se iban dando. Cuando me hacen la propuesta de entrar al reality Volverías con tu ex nunca había hecho ese formato y me parecía que era una oportunidad de vivir una experiencia nueva y conocer otro país. No tenía nada que perder.
—Volvamos un poquito más atrás, cuando sales por primera vez de Altea y te vas a Madrid a ser parte de tu primer programa televisivo, en 2012…
—Eso fue a los 17 años. Mi comienzo en la televisión. Fue una experiencia tremenda. En ese momento Mujeres y hombres y vice versa (programa de citas de Mediaset que se daba por Telecinco) tenía mucha audiencia, era la forma de llegar a ser conocida. Y me fue súper bien porque tenía mucha personalidad. Entré como una participante del montón, pero enseguida me pusieron como protagonista porque vieron algo en mí.
—¿El clásico “esta niñita tiene algo”?
—Supongo. Vieron que era genuina, que tenía eso como espontáneo que en la tele se agradece un montón, y dijeron: “Ella nos puede dar un buen espectáculo”. Y efectivamente lo di hasta que, a mitad de ese programa, tuve el accidente.

—Un choque feroz…
—Esa noche estaba haciendo un evento en una discoteca y volvíamos al hotel junto a Alberto Santana y… fue horroroso. No podía caminar, estuve acostada en una cama bastante tiempo, la cara me la tuvieron que reconstruir. Él me acompañó toda mi recuperación. Se quedó conmigo desde el minuto uno.
—¿Nunca fueron pareja?
—Se creó un vínculo muy fuerte, pero siempre a través del accidente. No como pareja.
—A él no le pasó tanto como a ti…
—No, nada, un poquito en las cervicales nada más.
—Tú ibas sin cinturón de seguridad…
—Él también, pero era el destino. Obviamente fue un aprendizaje, nunca más sin cinturón… pero quizás si hubiera llevado el cinturón no lo hubiera contado, porque el accidente fue un choque de frente contra un animal enorme, un ciervo que tenía unas astas gigantes y atravesó completamente el asiento delantero, quedó incrustado dentro del coche. Si hubiera llevado el cinturón no habría saltado del asiento y no me habría salvado.
—¿Es verdad que pasó un buen rato sin que te encontraran, que no sabían dónde estabas?
—Eran las cinco de la mañana, estaba todo oscuro y caímos por un barranco, el auto dio muchas vueltas y salí volando.
—¿No despertabas?
—A mí me sube la adrenalina cuando entro en pánico o cuando estoy en shock. No soy de las personas que pierden la noción. Estaba despierta. Me dormía y volvía a despertar. Recuerdo el impacto, la luz de del auto en los ojos del animal, estar cayendo, después abrir los ojos y no ver nada, todo oscuro, solo árboles. Después recuerdo como me movían y decían: “Alberto, abrázala, abrázala que no está bien”. Luego llegaron las ambulancias y me arrancaron la ropa. Después ya recuerdo el hospital, la policía. Una suma de cosas mezcladas. Y que yo quería hablar con mis padres. No quería que los llamaran porque no quería que se preocuparan.
—¿Podías hablar?
—Yo pensaba que sí, pero después mi padre me dijo que no se me entendía nada. Igual creo que fue tranquilizador para ellos, porque al menos tuvieron claro que aún estaba viva.
—Llegaste a pensar que no ibas a…
—¿Seguir viva? No. Jamás. Siempre supe que iba a volver a caminar, siempre supe que iba a volver a hacer mi vida. Nunca caí en depresión, nunca estuve derrotada. De hecho, a diferencia de lo que muchos creen, lo que más me afectó no fue el impacto de la cara, lo que más me preocupaba era caminar. Y siempre supe que iba a poder caminar de nuevo.
—¿Cuánto tiempo pasó?
—Cerca de medio año acostada en una cama, no podía sentarme siquiera. Tuve que volver a caminar desde cero, ya que perdí completamente la fuerza de las piernas por una lesión en la columna. Fue como volver a ser una niña. Me tenían que hacer todo.
—Ese es el primer capítulo de nuestra serie Gala, la sobreviviente…
—Cuando el año pasado hice en España el reality Sobrevivientes, de hecho dije: “Ya sobreviví una vez, voy a poder“. Y pude.
—Me estoy saltando y mezclando etapas, pero me interesa la relación con tu papá. La separación cuando tenías seis años y los problemas de él con la heroína…
—Siento una profunda admiración por mi padre. Y eso incluye, obviamente, su recuperación. Para mí, es un gran ejemplo para muchas personas que puedan estar atravesando problemas y adicciones. Él es la demostración de que se puede.
—¿Te dio rabia en algún momento?
—Más que rabia, cuando era chica sentía pena porque no entendía bien lo que sucedía. Después, cuando volvió a casa y se recuperó -entre comillas- llegó dañado pero muy presente. Y no sé si fue mi primera herida o mi primera virtud, pero empecé a sentir mucha empatía, despertó la compasión en mí, que era algo que no conocía. Quise entender lo que él había vivido, justamente para no sentir rechazo ni enojo
—¿Hablabas con él?
—Siempre. Yo le decía: “Papá, llévame a los lugares donde tú ibas cuando estabas mal y cuéntame qué sentías”. Entonces fuimos a parques, a calles que habían sido el escenario de sus problemas. Iba con él y me contaba lo que había sentido desde un lado de muchísima confianza. En aquel momento yo era una adolescente, tenía 12 años.
—¿Tu mamá era fuerte también o tú eras un poco la dueña de casa?
—Mi madre nunca se mostró frágil, nunca se quejó. Es una mujer con una fortaleza increíble y con una bondad gigante. Jamás la he escuchado hablar mal de nadie ni juzgar a nadie. Ella se ha dedicado toda la vida a ayudar a las personas. El que comete un error siempre es juzgado duramente, pero ¿quién no comete errores en la vida? Aparte, ¿qué es cometer un error? Porque yo no sé si lo que le pasó a mi padre es un error.
—¿Y tu hermano?
—Mi hermano lo vivió de una manera muy distinta a mí, creo. Aprendió cosas distintas.
—¿Son cercanos?
—Somos mellizos. Tenemos una conexión muy especial con Merlín…
—¡¿Se llama Merlín?! ¡¿Como el mago?! Perdón, el otro mago…
—Ya te dije que mis papás son especiales. Merlín es conectado con las plantas, más de trabajar con la tierra.
—¿Se ven poco?
—Hay épocas. He tenido años en los que he estado muy, muy cerca, y otros en los que, por la distancia, no lo he podido ver.
—Y ahora, cuando estuviste en el centro de la información, ¿te llamó?
-Sí, siempre está ahí para apoyarme.
—¿Te reta?
—Toda la vida. O sea, ya no me reta tanto, pero sigue siendo muy protector. Cuando éramos adolescentes me cuidaba. Yo siempre fui una mujer rebelde y era complicado ser mi hermano.
—Eres, hasta aquí, muy bondadosa en el análisis de tu familia. Me llama la atención que no has hablado mal ni un segundo de ninguno de los tres…
—De mi hermano aprendí cosas buenas desde que nací. Me hizo ser una persona que sabe compartir, que sabe escuchar. De mi padre aprendí lo que es la empatía, lo que es la fuerza de voluntad, lo que es ser valiente. Y también la sensibilidad, porque es una persona muy sensible. Y de mi madre aprendí la fortaleza y la bondad frente a otros cuando te pasan cosas malas.
—¿A quién de los tres llamas si estás pasándolo mal?
—Depende del tema. A mi madre, creo. A mi papá me gusta contarle solo las cosas buenas porque siento que tiene una personalidad más vulnerable, más frágil. Entonces, cuando le cuento cosas malas, se preocupa mucho y se enoja. Aunque tarde o temprano se las termino contando, porque tiene una gran conexión conmigo y lo percibe igual. Pero cuando quiero un consejo le digo a mi madre.
—La debes haber llamado harto últimamente, entonces…
—Sí, en todo caso. Honestamente, y ahora que lo estoy pensando, llevo tantos años fuera de mi casa que no sé si mis padres son las primeras personas a las que acudo cuando me pasa algo. Probablemente son los amigos. Llevar tantos años lejos te hace construir tu propia familia. Acá está mi casa, el círculo que mejor conoce mi vida, mi contención más grande, mi hogar.
—Tengo dos preguntas más de la etapa inicial de tu vida. Físicamente, ¿eras muy distinta antes del accidente? No he visto nunca fotos tuyas de chica…
—Tenía la cara más gorda porque era más niñita.
-Ya, pero, ¿nunca te pasó algo así como en las películas, de sacarte las vendas, mirar al espejo y decir: “Oh, Dios, quién es esta mujer“?
—No. Jamás. Hubo una etapa en la que mi cara estaba completamente deformada, cierto. Pero, al terminar el proceso no era tan distinta a cómo era antes del accidente. Me reconocí siempre. Si me miras este lado de la cara (se tapa con la mano el lado derecho), ¿me ves muy distinta a esto? (ahora se tapa el lado izquierdo). ¿Notas algo?
—Poco…
—Quizás las facciones más marcadas, más definidas, el ojo un poquito más natural en el lado izquierdo, que es el que se salvó. El otro ojo me lo sostiene una red de titanio, perdí la órbita, tengo una placa aquí, otra acá, otra aquí. No es una expresión natural, aunque no se nota tanto. No soy acomplejada.

-O sea, si tú fueras acomplejada qué quedaría para el resto…
—En algún momento de mi vida tuve complejos, como todos. Los solté hace tiempo, pero tener complejos es lo normal. Independiente de si te ve o no te ve alguien. Yo tengo los pies horribles por ejemplo.
—Dios es justo, da y quita…
—No, en serio. Horribles. Son anchos, pero anchos-anchos. Pero después es: ¿y qué pretendo? Si me gusta hacer deporte, hacer trekking, ir al cerro… no puedo tener pies de princesa. Y no voy a renunciar a lo que me gusta.
-Ya, los pies, ¿y qué más?
—Un montón de cosas de mi cuerpo. Por ejemplo, vivo desde hace muchos años en un país como este donde la belleza latina es lo que más gusta. Y yo no tengo caderas, no tengo cintura, soy poco voluptuosa. Entonces, si me preguntas, a veces digo que me encantaría tener más curvas. Pero nunca me he hecho nada porque, al final, esta soy yo. Prefiero trabajar mi belleza lo más natural posible.
—De hecho, la gran gracia que yo veo en ti como personaje, como mujer, es que eres distinta al mundo donde te mueves, elegante de rasgos y de líneas. O sea, una Gala tipo Karol G o Jennifer López, no me tinca…
—No, jamás. Las encuentro espectaculares como mujeres, pero no me identifico con eso.
—Viviste en España, Brasil, Chile, Turquía, te fuiste a Catar. No logro entender, con todo respeto, por qué alguien como tú se quiere ir a Catar…
—Nunca me gustó mucho Catar, la verdad. Pero me gustaba el proyecto de vida que íbamos a tener con Luis.
—¿Eres de las que se echa la culpa, onda: “Qué hice mal yo“?
—No quiero sonar arrogante, pero soy una persona que trata de actuar bien en general. Me equivoco como todos, pero nunca hago algo con la intención de dañar a alguien. Siempre que tomo una decisión es porque estoy segura de lo que quiero hacer. Si luego no sale bien, asumo que no salió bien, pero fue lo que yo decidí y aprendo. En general, cuando tú vives tu vida a través de tu corazón, según cómo va vibrando, es muy difícil sentirse disconforme contigo mismo porque estás haciendo lo que sientes, lo que quieres.
—Al revés, ¿te has arrepentido alguna vez de no haber hecho algo?
—No, no dejo espacio para eso. Hago todo lo que quiero hacer. Independiente de si me equivoco o si no le gusta a la gente, siempre hago todo lo que siento que me va a hacer feliz.
—Pero hay una cosa al menos que ya me contaste fuera de micrófono que te da miedo: la escritura.
—Escribo, pero lo hago para mí. ¿Sabes lo que me pasa? Quizás ahora me siento un poco más segura, pero en algún momento pensaba ¿a quién le va a importar lo que yo tengo que decir? De hecho una de las razones por las que me senté en Primer Plano fue porque sentía que nunca había hablado de verdad. Las personas me habían escuchado siempre a través de programas de entretenimiento, realities, momentos ficticios… y tenía ganas de que escucharan cuál es mi verdadera voz, lo que yo realmente pienso y cómo es la vida a través de mis ojos. Estoy en una etapa en la que quiero darme la oportunidad de mostrarme tal cual soy.
—¿Cuál es tu mejor hora?
—La mañana. Me encanta la mañana. Me levanto a las 6:47 como mucho, ya que vivo al frente del colegio (tengo esta bendición). Dejo a la niña, vuelvo a casa, me preparo mi café -porque no puedo empezar el día sin café- me doy un ratito para revisar celular, hacer lo que tengo que hacer y después me voy a entrenar a las nueve. Parto el día haciendo deporte.
—¿Ya saliste mucho en la noche?
—Sí. Me cuesta más ahora. Me gusta tomarme mi traguito, me gusta conversar, pero no sé si conocer gente, estoy un poco cerrada a crear nuevos vínculos. Ya tengo mi grupo de amigos y, por el momento, me siento segura ahí. Yo era muy sociable, me gustaba mucho conocer gente nueva, pero la verdad es que, por las experiencias que he ido teniendo, me he ido cerrando.
—¿Amigas mujeres tienes?
—Sí. Me gusta la energía femenina. Yo soy una mujer aparentemente muy femenina, pero tengo mucha energía masculina. Mucha, todos mis amigos y mis amigas me lo dicen.
—¿Qué te queda de la niña de Altea?
—El amor por el mar y la tierra. Conecto mucho con la naturaleza, con los atardeceres. Eso permaneció siempre. Pero no me identifico ya con ningún lugar. No me siento ni española, ni italiana, ni chilena, ni de Turquía. Me siento un poco de cada lugar, porque cada lugar en el que he estado ha dejado un poquito en mí. Turquía me dio a mi hija, que es lo que más amo en el mundo.
—¿Te costó Estambul?
—Nada. Siempre fui para todos lados, como cuando vivía en Brasil. Me acuerdo que siempre me decían: “Basta, te van a secuestrar”, porque yo me iba a meter a las favelas, iba a todos lados sola, sin ningún miedo a que me pasara algo. Como no soy ostentosa, y no iba con grandes joyas ni nada, daba igual. Yo siempre confío en el mundo y en que no me va a pasar nada malo.
—Bueno, así te ha ido…
—Oyeeee… Jajajá. Está bien. En realidad siento que he vivido todo tipo de cosas, pero han sido muchas más las buenas que las malas.
—Explícame, por favor, qué diablos tienes con los futbolistas. ¿O es una casualidad?
—No, ya lo descubrí. Y es algo muy especial. Es un patrón. Un patrón que hoy se rompe porque ya tomé consciencia de eso.
—¿Cuál es ese patrón?
—La relación más importante que yo he tenido en mi vida, y la más constructiva, fue con el padre de mi hija (Mauricio Isla). Fue una relación donde yo pude soñar con el matrimonio, tener hijos, construir una familia. Él es una persona súper romántica. Con él tuve el amor más completo que he tenido, la experiencia de amor más bonita, más profunda. Yo no me daba cuenta de que, probablemente cuando me separé, eso creó un vacío gigante en mí. Pasé de estar en familia a estar sola, entre comillas. Siempre me quedó como ese vacío, esa necesidad de tener una estructura familiar con la figura del hombre. Entonces, inconscientemente quizás, como con el padre de mi hija -que se dedicaba al fútbol- había construido algo tan bonito, pensaba que quizás en ese mismo mundo era donde iba a poder encontrar nuevamente la estabilidad. Pero no me paraba a pensar que me separé por algo, que no encajé en esa estructura de vida.
—Mi tesis, después de conocer a tantos jugadores de fútbol durante toda mi vida, es que en general son muy familieros, muy querendones, muy de mantener lazos con la mamá, con los hermanos, con los tíos, con los amigos. De algún modo es parecido a lo que pasa con la gente en la tele, que se resguarda de la prensa, del resto del mundo, no sé, de las críticas del público, justamente en la familia.
—Es verdad: como se fueron de la casa y viajaron desde muy chicos, son personas que tuvieron que aprender a independizarse, a estar solos, lejos. Entonces se protegen y se anclan mucho con la estructura familiar. Pero nunca se muestran realmente como son. Tienen un desapego enorme a la vez. Y aquí viene lo malo: se comprometieron tan pronto con su trabajo que se olvidaron del compromiso afectivo. Entonces, sin darse cuenta, son aferrados a su familia y a sus vínculos… pero no comprometidos. Y es ahí donde pasan las infidelidades.
—Si es verdad que efectivamente tienen eso, no te entiendo. Tú lo sabías…
—Llevaba apenas cuatro meses con Luis y me fui a vivir a otro lugar en el mundo con camas y petacas, con mi hija.

—Era una locura…
—Soñaba con volver a hacer familia, con volver a tener esa vida.
-Pero entonces no era amor a Luis. Era tu sueño de retomar la “normalidad” con alguien que se podría haber llamado Luis, Pedro o Juan…
—Quizás, no te voy a decir que no, porque finalmente… nunca llegué a conocerlo completamente o quizás no vi del todo lo que estaba pasando a mi alrededor. A lo mejor estaba un poco nublada. Yo también me pregunto ahora cómo no lo vi venir. Estoy siendo súper honesta.
—¿Te saltaste señales, por ejemplo?
—Puede ser. Todavía lo estoy trabajando. O sea, es muy pronto para definir qué fue lo que me llevó a entregarme así. Lo que te puedo decir a grandes rasgos, lo que siento en este minuto, es que en algún momento tenía muchas ganas de volver a vivir una relación sana, bonita, constructiva. Y él me ofrecía eso.
—Ya, pero hay algo que no se entiende bien desde afuera. ¿Tú eras realmente amiga de la Cote López?
—No. Nos conocíamos, pero nos habíamos visto no más de dos veces puntuales. En casa de una amiga y otra vez por un cumpleaños.
—Porque, y este es mi punto, si lo que querías era recuperar la familiaridad y la, digamos, calma, qué mala idea era buscarlo en una expareja de alguien que conocías…
—Es que yo no lo busqué. Llegó. Hubo por parte de ambos -la incluyo a ella y su familia- un recibimiento muy cálido. O sea, yo en un inicio estaba muy reacia, esa es la realidad. De hecho le dije a él muchas veces que no, lo siento, no quiero. Y él me insistió. Por otro lado, ella se mostró muy amable, muy receptiva, muy contenta de mi vínculo con él. Entonces, todo era ideal. Todo era sano, honesto. Yo no tenía cómo ver que podía transformarse en algo negativo. ¿Me entiendes? Una cosa es no saber dónde te estás metiendo y otra es que te mientan por ambos lados. Porque a mí me recibieron con los brazos abiertos, incluida la familia de la Cote. Y por eso yo nunca sentí que estaba equivocándome. Y no es algo que esté inventando, es algo que ella también dijo públicamente mil veces.
—¿Por qué pasó tan rápido todo?
—A veces la vida te lleva a tomar decisiones en base a lo que sientes y no a algo racional. Yo nunca había vuelto a pensar en irme a vivir con alguien, pero Luis me planteó que la relación a distancia no iba a funcionar. De hecho, nosotros en algún momento hasta terminamos porque yo no me quería ir a Catar.
—Me llama la atención que, físicamente, por decirlo así, construyeras ese nuevo mundo en Catar de inmediato…
—Es verdad. Es que yo soy así: que cama, que casa, que colores. El olor a café por las mañanas, las velitas, sentir el hogar. Pero hoy me doy cuenta de que no necesito un hombre a mi lado para eso, porque yo soy el hogar. Y tengo una hija maravillosa. Nosotras somos el hogar. En algún minuto no me daba cuenta y, efectivamente, sentía un vacío absurdo. Sentía que necesitaba, que me faltaba, la protección de una pareja para sentirme completa. Quizás también porque, al estar lejos de mi familia, cuando estoy sola en la casa y me enfermo, a mí no me cuida nadie.
—Tal vez sentías la necesidad de mostrarle justamente a tu gente, a tus padres, un hogar más clásico.
—No. No era para mis padres, creo. Era para mí. Me hacía ilusión pensar que podía construir otra vez algo. Pero hoy, después de todo lo vivido, de hacerme un trabajo personal, me doy cuenta de mis errores, trato de vivir a través de mis aprendizajes y no de mis heridas. Y me siento completa.
—¿Nunca más con Luis?
—Yo no soy de las que dicen nunca más. Ahora, si me preguntas puntualmente, es muy complejo. Yo ya lo perdoné, le entrego mi perdón de corazón.
—¿A los dos?
—A los dos. Sí, claro. Perdonar para mí es sanador. Uno se puede equivocar y yo lo quise un montón y también a sus hijos. Entonces, solo deseo que estén bien. Que les vaya bien, que estén en armonía. Tienen cuatro preciosos hijos que son máximos. ¿Por qué yo les iba a desear algo malo a ellos? Me encantaría que todo se armonice porque para mí también sería una paz. Yo no quiero estar en guerra con nadie, no quiero estar en conflicto con nadie. Ahora tengo que hacerme responsable de mí misma y de mi hija, que en algún momento pasó por cosas que no debería haber atravesado. Lo que me corresponde hoy, como madre, es hacerme cargo de mis decisiones, buenas y malas. No me puedo hacer cargo del proceso de sanación de Luis respecto a sus fantasmas o sus demonios, porque yo tengo que hacer mi propio camino, tengo que estar bien. Quién sabe si alguna vez en la vida, uno nunca sabe. Pero si me preguntas hoy, es una puerta que está cerrada.
—A propósito de tu hija ¿qué te dijo Mauricio en ese momento? ¿Qué estás haciendo, por qué te vas de Chile?
—No, él nunca se mete en mis decisiones. Obviamente tenemos una hija en común, pero él confía en mí porque ha visto durante todos estos años que soy una madre responsable y que, si cometo errores de la mano de mi hija, es porque nunca se la suelto.
—Me gustó esa frase…
—Es cierto. Si cometo errores con mi hija al lado es porque siempre estamos juntas. Siempre me tiene ahí. Mauricio sabe que yo jamás la dejo sola. Es muy alegre, en el colegio siempre me dicen que es una niña muy feliz. De personalidad creo que se parece mucho a mí.
—Cuándo hablas de tu sanación te refieres a…
—Llevo mucho tiempo en terapia con una psicóloga que se ha convertido en mi mejor aliada. Tengo muy buena conexión con ella. No me daba cuenta de que era algo que podía ayudarme mucho para saber cómo enfrentar situaciones, cómo trabajar heridas. Cuando empecé a hacerlo me di cuenta enseguida que era maravilloso y ya no lo suelto. Voy todas las semanas. De hecho, cuando me pasó esta última situación un poco… tormentosa… me di cuenta de lo importante que había sido la toma de consciencia de mis límites, de lo que yo quiero y no quiero para mí, y pude detectar un montón de cosas que tengo que cambiar, mejorar.
—Dame ejemplos…
—Lo primero que hice cuando pasó todo esto no fue culpar al otro, sino decir ¿por qué yo elegí esto? Tú empiezas a aprender sobre límites, sobre ti misma, sobre cómo enfrentar ciertas situaciones. Y a medida que vas haciendo terapia vas internalizando, quedándote con la teoría, lo empiezas a poner en práctica y, al final, sin darte cuenta, estás accionando con lo que has aprendido y te sale automático. Se llora harto igual.
—¿Eres llorona?
—Era, fíjate. Ya no lloro tanto. Con el tiempo me he ido como endureciendo. Sigo siendo sensible, pero creo que un defecto o una mala costumbre que tomé es que empecé a omitir las emociones de rabia y pena por verme sólida, fuerte. Eso quizás nos pasa a las mamás cuando vivimos solas con una niña.
-Cuando pasó lo de Catar, ¿cómo le dijiste a tu hija que se devolvían a Chile? No debe haber sido fácil.
—Esto se acaba, la mamá se equivocó y ahora vamos a volver a casa.
—¿Cómo reaccionó? Porque supongo que también estaba entusiasmada con el proyecto…
—En una hora tenía todo recogido y, cuando nos fuimos, obviamente no entendía mucho. Pero yo en un principio, antes de explicarle, traté de respirar, de tener la mejor energía para contarle que nos teníamos que volver porque teníamos mucho que hacer en Chile, porque nos esperaban muchas personas que nos amaban, porque estaba nuestra casa. Se lo compartí como lo que era: ahora vamos a volver a nuestro lugar seguro.
—¿No te preguntó por qué?
—Obvio. Y le dije: “Déjame que ahora te lo cuento, mi amor, pero primero vamos a ir un par de días las dos solitas a descansar, a pasarlo bien, a un hotel”. Yo no me quería ir de allá con esa energía densa. Necesitaba bajar un poco la adrenalina y tampoco quería que ella se llevara un recuerdo tan extraño. Entonces cogí un hotel muy bonito al lado de la playa y estuvimos un par de días solitas. Bueno, con Alexandra, que era una chica que vino con nosotras a ayudarnos en el día a día. Fuimos al mar, jugamos en la piscina. En las noches yo lloraba (cuando ella no me veía) y en el día me reía. Era todo un poco así. Antes de irnos tuve una conversación con ella donde le expliqué que no se habían portado bien con nosotras. Que no pasaba nada, estaba todo bien y todo iba a estar aún mejor, pero nos teníamos que ir y probablemente no íbamos a volver porque no nos trataron bien. Y que cuando no te tratan bien, tú tienes que saber irte. No te puedes quedar en un lugar donde no te tratan bien.
—Buena enseñanza…
—Le pedí perdón y ella me dijo: “Tú no tienes que pedir perdón, mamá, si no hiciste nada malo”. Cuando me dijo eso pensé ¡pero qué buena idea fue mantener el departamento en Chile! Yo llevo trabajando por mi independencia toda mi vida y desde que me separé he trabajado para que nosotras tengamos nuestra casa. Eso ya lo construí y no lo voy a soltar jamás, porque tengo más que claro que las relaciones pueden resultar o no, pero mi lugar seguro no me lo va a quitar nadie.
—¿Qué hay en tu lugar seguro, aparte de tu hija? ¿Qué has ido trasladando en todo este tiempo por aquí y por allá?
—En mi lugar seguro hay estabilidad laboral, un trabajo que me hace feliz y oportunidades que nunca dejan de aparecer, porque soy una persona bien movida. Y hay desayunos en la mesa, conversaciones bonitas, muchas velas, alguna foto, alguna silla… y mi santuario, con unas piedras minerales que me regaló mi madre. Allí prendo un incienso y una vela blanca todos los días, y decreto y agradezco.
—A propósito de decretar, hablemos de los planes…
—Decidí, a nivel televisivo, que no me quiero seguir exponiendo. Se acabó mi etapa en los realities. Se acabó la etapa de exponer las relaciones de pareja. Aprendí, ya lo tengo clarísimo, que hay que conocer muy bien a las personas antes de dejarlas entrar en tu vida porque ya me he equivocado tantas veces. Entonces, hoy se cierra un capítulo dentro de la televisión como Gala Caldirola, la chica reality, la chica que se divierte, la chica que se muestra libre en las relaciones, y llega una Gala más consciente a la hora de elegir pareja. Una Gala que, por el momento, ni siquiera quiere tener pareja. Dentro de muy poco podrán ver el inicio de una nueva etapa en los medios, más sólida. No digo que me arrepienta de haber hecho entretención, porque lo he pasado increíble, pero yo creo que está bien por ahora. Es lo más sano para mí y para mi pequeña, así que se viene una Gala con mucho trabajo, con muchos proyectos sólidos, firmes, serios. Una vida un poquito más rutinaria también. Tengo ganas de tener más estabilidad en mi propia casa. Se viene una Gala que se va a dar más su lugar también, que va a dejar de buscar el amor en otra persona y va a empezar a trabajar en el amor propio. Estoy en ello.
-Qué graciosa. Estás hablando en tercera persona, como los futbolistas. Te vi un TikTok donde contestabas “Gala dice, Gaia piensa”.
-Jajajá.
—¿Estuviste en pareja alguna vez con alguien que no fuera conocido?
—Sí. La persona más importante en mi vida después del padre de mi hija, la relación más linda. Ya separada. Pero no voy a dar nombres, solo diré que es difícil para una mujer famosa estar con alguien desconocido. Son mundos distintos, les asusta, se intimidan. Y también hay que estar preparada para estar con un hombre de verdad.
—Explícame eso…
—Cuando digo un hombre de verdad hablo de un hombre comprometido con la realidad, con la vida, con las prioridades claras. Siento que muchas veces las personas de los medios, igual que yo, estamos un poquito perdidos en lo superficial, en la falta de compromiso. Cuando conoces a una persona comprometida, con responsabilidades, que no se valida a través de los medios -una persona, digamos, normal- cuesta manejarlo. A mí me generó mucha inseguridad, sentía que no estaba a la altura.
—¿En serio? Seguramente es justo lo que les pasa a ellos al revés, sienten que su vida no está a la altura de una famosa como tú…
—Puede ser.
—¿Y te aburriste?
-No. Se aburrieron. No aguantó muchas cosas que implicaba estar con alguien con un trabajo como el mío. Pero agradezco profundamente haber tenido esa relación porque ahí empezó mi nuevo camino.
—¿Te gustaría repetir una experiencia así?
—En este minuto no quiero ni pensar en tener otra relación. Si te hablo de lo que siento ahora, no quiero estar en pareja nunca más. Estoy pensando solamente en mí, en mi hija y en mi trabajo.
—¿Te cuesta estar sola?
—Aún me da un poco de susto cuando hay mucho silencio. Parte de trabajar conmigo es aprender a amar mi soledad y a darme cuenta de que es una oportunidad para hacer cosas para mí. Si me gusta ir al cerro y no tengo a nadie que me acompañe, voy a empezar a ir sola. Cuando tengo tiempos libres me gusta salir a caminar, ir al parque, a la montaña, al Cajón del Maipo, muy outdoor. Me gusta mucho estar en la calle. Soy muy callejera, fíjate.
—Y cuando sales a la calle, ¿qué reacciones ves? ¿La gente te mira, te habla?
—Me mira, me habla, se acerca. ¿Sabes lo que pasa? Yo tengo un buen feeling con las mujeres y ahora más que nunca. Casi todas mis seguidoras son mujeres. Y cuando una mujer conecta con otra es muy genuino, muy especial. Supongo que ven algo en mí que también está en ellas y eso es súper lindo.
—Gala, te agradezco mucho tu tiempo y tu honestidad… pero no me voy a parar sin que me digas de qué es tu nuevo programa y cuando parte…
—Uf. Qué pesado. Jajajá. Desde octubre me convierto en el nuevo rostro de Chilevisión, del programa Plan Perfecto, el de la Fran García-Huidobro en las tardes. Voy a partir como panelista, todos los días, con una linda proyección. Aparte de que me encanta la Fran, me gustan los compañeros que voy a tener también. Siento que tengo afinidad con todos ellos. Me gustaría aprender y, ojalá en algún momento, convertirme en una buena profesional. Me apetece mucho estudiar, entrar dentro de las comunicaciones, por ese lado. Si sueño con perfilarme como una animadora tengo que trabajar para ello, tengo que saber mucho más que farándula. Tengo que saber de política, de actualidad, de arte, de cultura. Es una oportunidad que me han dado que me pone muy contenta y que voy a aprovechar porque, obviamente, voy a aterrizar en el mundo real de lunes a viernes. Hasta ahora tenía una dinámica un poco más libre, pero creo que va a ser bueno para mí y también para mi hija tener esa estabilidad. Mi intención es invitar a una televisión sana, no desde la crítica ni el ataque. Yo no tengo esa personalidad. No me destaco por hablar mal de nadie.
—A propósito de hablar, cuando vino Luis para acá y estuvo en Primer Plano, ¿lo viste después como se dijo en algunos medios?
—¡Ay, esa pregunta! En realidad no le debería importar a nadie si yo tuve con él una conversación o no la tuve, es parte de mi privacidad. Obviamente entiendo que hay que explicar un poco porque todo fue muy mediático, pero no sé qué importancia tendría si yo me junté con una persona con la que tenía un compromiso tan grande.
—O sea que te juntaste…
—No encuentro que eso cambie nada. Ahora, si fue a mi casa esa noche después del programa… no. Eso no sé quién lo dijo, la vecina creo que se confundió, pero bueno. Es lo único que puedo decir. No siento que haya un vínculo. Ya no hay una relación. Ya está. Hay un pasado, una historia, dolor y también recuerdos lindos. Ahí se cierra. Dar el perdón, que es lo que yo he hecho, es una forma de entregártelo a ti misma también y habla del amor genuino que tú sí entregaste. No porque una persona se equivoque y actúe mal, tú tienes que devolverle las cosas con la misma moneda. Obviamente hay que saber poner límites, pero también una persona que se arrepiente, una persona que pide perdón, merece ser perdonada, porque todos en la vida nos equivocamos. Todos en la vida podemos ser el que está errando y a todos nos gustaría que nos perdonaran. Pero no te confundas. Eso no quiere decir que vaya a volver con él. Son dos cosas distintas. No voy a volver con él.