Si tengo que resumir el método Lagree diría que es una clase en la que la clave es sudar, temblar y aguantar. Si no pasaste por eso, algo hiciste mal. Y es que lograr alta intensidad con ejercicios de bajo impacto me resultó positivamente sorprendente.
Aquí la premisa es que “no es pilates”, algo que el creador del Método Lagree no se cansa de reiterar en cada una de las entrevistas que da. Sí, hay una camilla, y sí, hay movimientos lentos, pero el entremedio de este método es completamente diferente.
Famosos como Kim Kardashian, David Schwimmer y Michelle Obama profesaron públicamente su afición a este método. Y aquí te cuento de qué se trata.

Cada vez se escucha más sobre este método originario de Estados Unidos, que nació de la mano de Sebastien Lagree. Para su práctica recurrí a Malú Pérez, directora del estudio con su nombre.
Sebastien Lagree venía del mundo del deporte y se acercó al pilates a fines de los años 90. “Con el tiempo empezó a incorporar técnicas de entrenamiento de fuerza sobre las máquinas y fue desarrollando un método completamente distinto, con sus propios principios y sus propias máquinas”, explica Malú. Así nació lo que hoy conocemos como método Lagree que, por lo demás, sigue evolucionando día a día.
“Me decían que no sentían que entrenaban haciendo pilates, así que decidí incorporar pesas de mano y movimientos compuestos de gimnasio, como flexiones, sentadillas, zancadas y planchas sobre la camilla”, confesó Lagree al LA Times.
Una vez en el Estudio Malú Pérez, lo primero que me llama atención es, precisamente, la máquina. Porque si bien el pilates tiene de diferentes tipos, está también es distinta. Es ahí cuando Malú me explica la principal diferencia entre Lagree y pilates.
“Yo llevo muchos años haciendo y enseñando pilates y son dos métodos diferentes, pero que no compiten. Pueden tener movimientos que visualmente se parezcan y ambos trabajan mucho el control; pero la técnica, la intensidad, los tiempos y el objetivo son distintos”, aclara.

Son precisamente la intensidad y el tiempo bajo tensión los que marcan la diferencia. La clase comenzó tranquila con una serie de ejercicios y poco a poco nos fuimos enfocando en diferentes grupos musculares, los que comencé a sentir a los pocos minutos.
El ejercicio en sí va evolucionando y en cada repetición la dificultad incrementa… así como el cansancio. Se ve fácil, pero no lo es. Y es que son esos segundos de tensión en cada secuencia los que se hacen notar. Cuando ya sientes que tu abdomen, muslo u hombro no van a aguantar, viene el otro movimiento entregando una falsa sensación de descanso, pero no es más que la preparación para el próximo ejercicio.
“En Lagree trabajas muy lento, manteniendo una tensión muscular constante y buscando generar fatiga muscular, pero sin impacto. Hay muy poco descanso y las transiciones también forman parte del entrenamiento”, dice Malú.
Así como pilates tiene entre sus principios el control, la precisión, respiración, alineación, movilidad y conexión, aquí la fuerza y la resistencia mandan. “Los dos son métodos increíbles, pero buscan cosas distintas”, sostiene.
Ahora bien, a pesar de ser un trabajo lento, mi ansiedad e intensidad no tuvieron lugar debido, directamente, a que estaba muy concentrada sudando e intentando mantener las posiciones que el instructor nos daba.
La clase se me pasó volando y la sentí en cada uno de mis músculos. Es más, al día siguiente, el dolor muscular abdominal que tenía fue suficiente para decir: “Ok, aquí hay algo que funciona y que requirió de musculatura que, al parecer, no movía hace tiempo”.

Moverse a ritmo lento, pero siempre con resistencia, hace que el repetir una secuencia dos veces se sienta como si hubieses hecho el ejercicio mil veces. A una simple sentadilla le sumas el hacerla sobre una máquina, moviendo lentamente una de las piernas y bajando la cadera. Todo manteniendo la tensión que genera la máquina, lo que resulta verdaderamente agotador. Y, al mismo tiempo, se exige no solo resistencia muscular, sino también estabilidad y control.
Por otro lado, más allá de ser un trabajo completo que combina fuerza y resistencia, tiene un componente importante: la parte cardiovascular es clave. Y créanme que las palpitaciones suben, pero con movimientos de bajo impacto.
Bajar y subir la cadera posicionada boca abajo, con tu cuerpo apoyado en brazos y piernas arrastrando el carro, hizo que me tiritaran las piernas y brazos en más de algún momento de la sesión.
“Algo que caracteriza mucho al método es el tiempo bajo tensión. El músculo está trabajando durante períodos largos y, por eso, aparece ese famoso shake o temblor que se siente en Lagree”, explica Malú.
Uno de los plus que tiene este método es que la intensidad se puede adaptar. De esta forma, alguien que entrena mucho o alguien que está empezando pueden trabajar en la misma clase, con diferentes resistencias y modificaciones.
En mi caso me tuvieron fe, debido al nivel de deporte que hago, y aun cuando no me pusieron la intensidad más alta, en algún momento pensé “no voy a aguantar”. Pero, de nuevo, es en ese momento máximo de tensión cuando llega el siguiente movimiento, y así se transforma en una especie de montaña rusa de emociones… y cansancio.
El corazón se acelera y desacelera, el músculo se tensa y suelta, los brazos se cansan, pero después pasas al abdomen y, en ese descanso superior, pasas al tren inferior, y así. Todo según la versatilidad que pueden tener las rutinas de Lagree, que lo hacen aún más entretenido.

Lo mejor de esta clase fue practicarla junto a Malú. Y, si yo sentí que no podía terminarla, la experta me confesó que también le pasó lo mismo. “Yo pensé que, por todos mis años de experiencia y por venir del pilates, iba a ser más fácil, pero fue todo lo contrario”, me cuenta.
Y es que tal como lo explica Malú, el lenguaje es diferente y los tiempos son otros, así como las transiciones. Finalmente, es otra manera de llevar el músculo a la fatiga.
Debido a la exigencia que le pide al cuerpo, es fundamental realizarlo con profesionales que hayan estudiado el método y, más importante aún, que estén certificados. Más allá de un título, como las máquinas son diferentes, esto es clave a la hora de prevenir lesiones. De ahí que Malú resalte la importancia de la certificación.
“Para enseñar Lagree hay que certificarse en el método. No basta con ser profesora de pilates, personal trainer o haber tomado muchas clases de Lagree. Yo misma, con todos los años que llevo enseñando y estudiando movimiento, hice mi certificación oficial Level 1 y me di cuenta de todo lo que había detrás. Hay una técnica, una metodología, una máquina y una forma específica de enseñar”, sostiene Malú.
Por lo mismo, debido a que cada vez se escucha más y aparecen más centros que lo imparten, afirma que certificarse es el comienzo, no el final. “Después hay que practicar muchísimo, estudiar y seguir perfeccionándose. Dar una buena clase no se aprende de un día para otro”, agrega. “Para mí era súper importante entender realmente el método, saber exactamente qué estamos enseñando y asegurarme de que lo estemos haciendo bien y respetando su esencia”, añade.
Lagree es todo un desafío físico y mental, algo que a Malú le fascina. “Cuando hice la certificación me encantó todavía más. Me pasó algo que no me ocurría hace mucho tiempo: me obsesioné con aprenderlo. Me dieron ganas de estudiar, practicar y seguir perfeccionándome”, confiesa.
Dicen que “para gustos los colores” y me gusta pensar que en el deporte pasa lo mismo. Y, si bien las disciplinas abundan, también las tendencias, pero no siempre lo que está de moda es lo que más te acomoda. Y es ahí donde Malú marca la diferencia. “Para mí, no se trata simplemente de traer algo porque está de moda. Si vamos a incorporar un método nuevo a nuestros centros, quiero que detrás haya estudio, certificación y un equipo realmente preparado para enseñarlo”, concluye.
Tal como expliqué, pueden convivir en una misma clase una persona que hace mucho deporte como aquella que da sus primeros pasos. Eso sí, siempre se deben considerar lesiones, embarazo, postoperatorios o condiciones particulares.
Para comenzar, se recomienda hacerlo dos veces a la semana. Y eso ya es suficiente, porque se trata de un trabajo muscular intenso.
Después, dependiendo del nivel, de la recuperación de cada persona y qué otros entrenamientos haga, puede pasar a tres e incluso cuatro veces por semana. Aquí lo primordial es la calidad y la recuperación antes de entrenar simplemente porque sí.