Lo que comenzó como un desafío personal para enfrentar el vértigo de altura terminó convirtiéndose en el descubrimiento de una disciplina intensa, dinámica y sorprendentemente adictiva, donde cuerpo y mente tienen que encontrar el equilibrio perfecto para seguir subiendo.
Desde que comencé esta columna, hace más de un año, la escalada estaba en la lista de pendientes. Si bien era la disciplina deportiva que más me atraía, un gran pero hacía que la pospusiera…mi miedo a las alturas.
Soy fanática de la literatura de montaña y me obsesionan los 14 ochomiles. Y, en ese mundo, la escalada es parte del lenguaje natural de sus protagonistas. Quienes saben de este fanatismo muchas veces me incentivaron a escalar, pero el miedo siempre ganó, hasta ahora.
Desafiándome a mí misma llegué hasta Gimnasio El Muro, especializado en escalada deportiva. Confi eso que, a medida que me acercaba al lugar, la fe retrocedía a paso fuerte.

Al llegar, lo primero que me llamó la atención fue el ambiente. Decenas de personas reunidas en grupos y cordadas, conversando con mate en mano, escalando, asegurando arneses y ropa con manchas de magnesio. Algo intimidante, sí, pero poco a poco te das cuenta de que cada uno está en la suya, frente a su pared y muy concentrado en la ruta a la cima.
El encargado de introducirme en la disciplina fue Diego Tapia, socio fundador de Gimnasio El Muro y gerente comercial, quien es profesor de Educación Física (UMCE) y técnico en Escalada titulado por la Federación Francesa de la Montaña y la Escalada. Cuando le comenté de mi vértigo, solo sonrió y respondió: “Ya veremos”.
En El Muro puedes venir en modo libre o escuela. La clase de escalada dura dos horas. Primero hay una parte de calentamiento, activación muscular, movilidad y también un pequeño trabajo físico de activación. Después viene la escalada.
“Si eres novato, la escalada va a estar enfocada primero en tu técnica de base, utilizar bien los pies, soltar los brazos, respirar y aprender a mover la cadera, ya sea escalada en Boulder o en Ruta”, explica Tapia. En el caso de un experto, la idea es ir perfeccionando técnica y probando rutas más difíciles. Además, las clases incluyen una introducción de seguridad para aprender a hacer los nudos y asegurarse en la vía.
RUTA: UNA PRUEBA DE CABEZA MÁS QUE DE FUERZA
No tan convencida, y sin muchas opciones de huida, tuve mi primer encuentro con el muro. La principal diferencia entre Ruta y Boulder es, precisamente, la altura. Mientras que en la primera utilizas arneses y cuerdas para ascender paredes altas y aseguradas con anclajes fi jos (chapas), en la segunda escalas paredes bajas sin cuerdas, usando colchonetas para amortiguar las caídas.
A nivel físico también hay diferencias, en Ruta hay más resistencia aeróbica, mientras que Boulder es más explosivo, técnico y exige potencia. Eso sí, en ambas la estrategia y el análisis del trayecto es esencial.
Para comenzar elegimos Ruta. Con arnés puesto el instructor –Lucas– me explica temas de seguridad: cómo iniciar la escalada y seguir la ruta, cómo posicionarse, respirar y descansar y, lo más angustiante para mí, cómo soltarse para bajar. Ojo, que lo de la respiración es clave porque uno, tal como dice Diego, “tiende a quedarse mucho en apnea”, algo que no solo cansa sino también impide fluir.
Es importante activar la respiración antes de empezar y mantenerla, así como también lo es soltar, porque si estás con hombros, cuello y espalda tensos, gastas energía. “Hay trabajo táctico mental de economía de esfuerzo, respiración, ritmo y posiciones de mosqueteo, de dónde es la mejor posición para chapar (asegurar tu avance) y estar siempre con el brazo estirado y no encogido. Todo lo que es ahorro de energía”, aclara Diego. En el caso de Ruta, como las vías son muy largas y tienen muchos movimientos, la economía de esfuerzo es muy importante.
Comencé a subir y Lucas me dice: “Ya llevas tres metros”. Fue suficiente para cometer el error de detenerme y mirar hacia abajo. Primer intento fallido, el vértigo me bloqueó. Soltarme de la pared no fue fácil, porque la sensación de quedar colgando no es algo que el cuerpo reconozca, y mucho menos mi cabeza. Sin embargo, una vez abajo, el bichito de volver a subir ya se había instalado.
Cambiamos de pared y el instructor me dice: “No mires hacia abajo”. Consejo clave. Fue el impulso necesario para superar metros anteriores y llegar hasta la cima. Bajar, esta vez, fue entretenido: por más que estés colgando, sí estás fi rme. Con esta primera victoria, estaba lista para la segunda parte, el Boulder.

BOULDER: CAERSE TAMBIÉN ES PARTE DEL PLAN
Cuando llegamos al Boulder me tranquilizó la altura. Sin embargo, al comenzar a escalar, descubrí que aquí la fuerza es necesaria. No hablo solo de brazos y piernas, es literalmente desde la punta del dedo del pie hasta el de tu mano, con core, espalda y cabeza incluidos. En la escalada utilizas todo tu cuerpo.
“Es un deporte muy completo. Se trabaja mucho el tren superior, la parte abdominal –que ayuda a la estabilidad–, y el tren inferior, que incluye pies y empeine. Cada parte de tu cuerpo ayuda tanto a empujarte y moverte como a mantenerte estable. La técnica se basa en usar bien los pies. Se desarrolla mucha fuerza de brazos y dedos”, explica Diego Tapia.
Además, hay que tener ritmo y sincronización en los movimientos, para saber cómo poner las manos y los pies pensando en el siguiente movimiento. “Hay que tener buena tonicidad y fuerza de piernas para pisar cosas chicas, empujarte en las piedras y así no cargar todo en los brazos”, agrega Tapia.
Pero no es solo físico, también se le exige a la mente. “A nivel mental te concentras mucho porque debes estar muy enfocado, trabajar la lectura de ruta, saber dónde descansar. Es una terapia”, destaca Diego.
La mente juega malas pasadas. Aquí no me daba miedo la altura, sino caer a la colchoneta. “Ahora sube el izquierdo”, me decía el instructor, y yo miraba mis pies pensando: “¿Cuál es el izquierdo?”. Y es que por más simple que se vea moverse por un muro y subir, lo cierto es que cada paso es consciente, y mover mal un pie o una mano puede llevarte a caer.
La caída también es importante y, por lo mismo también te lo enseñan, ya que un mal aterrizaje puede tener consecuencias. “Normalmente uno se pone tenso, entonces debes concentrarte en el vuelo para no caer mal”, sostiene Tapia.
El primer vuelo me costó y me corrigieron varias veces, pero con algo de práctica no solo se pierde el miedo, sino que también se aterriza mejor. Como aquí no hay cuerda, solo caes.
En el Boulder sientes literalmente que tu vida depende de tus manos; un error, por lo demás. De ahí la importancia de saber repartir las fuerzas y moverte, para no agotar tus brazos o tus piernas, así como también saber cuándo descansar en el trayecto. “No te apures, descansa ahí”, me decía Lucas, y tenía que recordarme salir del modo tensión para relajarme mientras colgaba.
Para Diego, lo ideal es practicarlo dos veces a la semana si estás partiendo, porque hay un aprendizaje técnico. “En un principio, el énfasis está en la técnica y el movimiento, y el trabajo físico se da de forma complementaria. Cuando el escalador es más avanzado, obviamente hay que sumar más parte física. El escalador fuerte hace trabajo un físico monstruoso”.
Después de tres intentos en el Boulder, dos a mi favor y uno menos auspicioso, estaba lista para pisar tierra firme. No puedo explicar la energía y la felicidad con la que salí de ahí.
Puedo resumir esta experiencia como una terapia de shock para mi miedo a las alturas. Es exigente, adictivo, muy social y dinámico. Siempre hay una nueva ruta que explorar, tanto en muro como en roca, por lo que el desafío es constante. Mi vértigo tuvo un pésimo día, pero yo tuve uno de los buenos, que repetiría sin pensarlo.
COORDENADAS
Gimnasio El Muro
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@gimnasio_elmuro
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