La visita del papa León XIV a Mónaco durante el fin de semana estuvo marcada por gestos protocolares, tradición y un mensaje directo a una de las economías más exclusivas de Europa. El pontífice fue recibido por el príncipe Alberto II de Mónaco, la princesa Charlene de Mónaco y sus hijos, los mellizos Jacques de Mónaco y Gabriella de Mónaco, en el Palacio del Príncipe, antes de participar en una misa masiva al aire libre.
El líder de la Iglesia Católica arribó en helicóptero desde la Ciudad del Vaticano, concretando un simbólico traslado entre los dos Estados soberanos más pequeños del mundo. La agenda incluyó un encuentro privado con la familia real. Así como también una ceremonia religiosa en el Estadio de Mónaco, donde se congregaron fieles y autoridades.
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Uno de los elementos más comentados de la jornada fue la elección de vestuario de la princesa Charlene, quien vistió completamente de blanco, al igual que su hija Gabriella. Se trata del denominado privilège du blanc, una distinción reservada a un grupo limitado de mujeres de la realeza católica que les permite utilizar este color en presencia del papa.
Charlene fue la primera princesa de Mónaco en ejercer este privilegio en 2013, cuando junto a Alberto II se reunió con el papa Benedicto XVI. Desde entonces, ha reiterado esta elección en eventos clave, como visitas de Estado y ceremonias vaticanas. En contraste, el príncipe Jacques asistió con un traje negro de tres piezas, mientras que su padre optó por un tono azul marino.
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Aunque Gabriella no posee oficialmente este privilegio, su atuendo blanco se interpreta como una flexibilización de la norma debido a su edad. Tradicionalmente, las mujeres sin este permiso deben vestir de negro, con velo de encaje o seda, como símbolo de modestia durante audiencias papales.
La visita del pontífice no estuvo exenta de cuestionamientos. Mónaco, reconocido por su industria del juego y su atractivo como destino de lujo, fue elegido como el primer destino europeo del papa en el año, lo que generó críticas en ciertos sectores.
Durante la homilía, León XIV abordó directamente estos comentarios. “La Iglesia en Mónaco está llamada a dar testimonio de una vida en paz y bajo la bendición de Dios”, afirmó. En esa misma línea, instó a los fieles a compartir sus recursos y su fe. Subrayando que la verdadera alegría no se obtiene mediante el azar, sino que se construye a través de la caridad.